Yolanda Pantin

Poemas huérfanos


 

Pablo Picasso: Busto de mujer con sombrero

 


 

OCASO

 

En la casa el aire se había vaciado.

Clara me propuso subir a la terraza
abierta a la ciudad y al Ávila al fondo.

Recuerdo que miré la montaña
como si nunca la hubiese visto:

Todo me asombraba en ella,
las formas que la luz había suavizado,

el color, la calma indiferencia que nacía, pensaba,
en aquella hora cercana a la noche,

cuando todo parecía, al mismo tiempo,
estar vivo y estar muerto.

Mi amiga se apoyó de la baranda
y allí estuvo un largo rato, sin hablar.

Yo me senté en el suelo, distante,
protegida como estaba

por el muro de concreto

(había heredado de la niñez
el miedo a las alturas

y a las grandes mariposas nocturnas).

Desde la terraza parecía inocente aquello,
e indefenso, aun cuando las luces

en las autopistas semejaban
ríos de sangre, arterias en un cuerpo de vidrio,

frágil al tacto.

La muchacha se acercó y se sentó a mi lado.
conversamos en voz baja, sin mirarnos.

-Para ti amar es una pérdida.

Clara insistía en mostrarme
lo que creía era mayor que la cárcel del pensamiento,

pequeños infiernos cotidianos
a los que todos los días agregamos

una piedra, una palabra,
un minuto del tiempo precioso.

-Hemos vivido para ver ésto, decía.

Agradecí la pureza de su rostro,
el perfil recortado al igual que las montañas,

contra el cielo.

Y el hecho de que fuéramos
dos mujeres en el silencio,

ajenas a lo que habría de suceder luego

              -torpeza, ensimismamiento.

Pero nada de aquello sabíamos en la quietud de la tarde.


 

GACELA

 

(no por su belleza)

 

Nada le asegura
a la gacela permanencia
sino, al contrario, le confirma
tal es el estrépito de hojas
o pisadas de elefantes

                                 a lo lejos

su fragilidad
que finalmente es pánico


 

El CIERVO

 

Iba yo con mi hermano por el bosque,
cuando lo vi entre las ramas asomarse.

Pude verlo como era,
y él, mirarme:

Macho, de alta cornamenta.

Aunque de noche,
los ojos clarearon en su estupor al verme.

Volvió la grupa,
temeroso.

Yo alcé el arma que llevaba
y apunté entre los cuernos.

Disparé. Y con ello la cabeza
se deshizo en el aire que había respirado.

Donde hubo belleza
quedó el cuerpo tendido sobre la hierba.

Tomé el arma
y se la di a mi hermano.

"Ten -le dije: el rifle
con el que he matado sin deseo".

Volví la espalda
y caminé hacia el auto

que había dejado
en el umbral del bosque.


 

CAPILLAS IMPERFECTAS (Monasterio de Batalha)

 

                              Duarte y Eleonora de Aragón

 

Descansen estos reyes
para la eternidad descubiertos,
bajo el cielo, sin haber sido
            su deseo,
dormir bajo el sereno, clima inclemente,
invierno y fuego, cuando no alcanzó
            el tiempo
para concluir, quién sabe, los dineros,
capillas que encomendaron a sus siervos,
y que hubiesen sido, túmulos funerarios,
            de haberse terminado,
la perfección hecha forma.

Ya lo dice el nombre que llevan: guiño
para leer lo opuesto
             suponiendo
que sea la perfección completitud, término;
Y siendo que son
capillas imperfectas,
La perfección, es posible,
como la belleza, no sólo de dios,
             feudo,
sino de la mano que la pretenda.

Pero cabe suponer:
Rendición, falta de aliento,
para la Eternidad expuestas
cabezas humilladas éstas, también de reyes.


 

COMO BIEN PUDO HABER DICHO AQUEL PERUANO

 

Que no me deje lo que ha sido mi proeza:
caminar dos metros por encima de las cosas,

un poco tonta, como decía mi padre.

Que no se quede en una comedia de equivocaciones
(y los que se rieron)

aquel alelamiento mientras veía danzar
palabras necias, pero embellecidas.

Que no se apague la música para sordos que escuché
en los sembradíos, algunas veces, mientras cabalgaba.

Ni la ferocidad, ni la ternura, ni los equívocos, ni la culpa,
que no escatimen fustigarme. Pero si me obligan,

y debo renunciar a ver el mar desde estas colinas
junto al gato relamido que viene cada tarde,

como una visita de las cosas que respiran,
no merece la pena por unas palabrejas que mal dijeron.

Mas vale entonces, como bien pudo haber dicho aquel peruano,
que se llevan todos los poemas, y acabemos.


 

ÁRBOLES Y ABSOLUTO SILENCIO

 

Una parte de nosotras quiere depender
totalmente de la otra, una parte que necesita ser cuidada,

                       una tristeza.

Volver a mi casa donde alguna vez fui yo misma,
contra toda realidad. Pero el Cerco

                      desenfunda un arma,

y estrella sus autos contra las verjas de los jardines
donde los niños tampoco

                      son inocentes.

Un algo debe ser protegido, un espacio luminoso,
sin estridencias,

fijación de cuando antes y la vida no había pasado
sobre el cuerpo de humedad

                       que es el llanto.

Tu erotizas la queja, dice mi analista. Y tiene razón, quizás.

                       Pero,

no creas que me interesa tanto. Porque tengo un sueño:

                       árboles y absoluto silencio.


 

TRIPTICO DEL MAR

 


I

 

La visión del mar, azul, puro,
podría aplacar la conciencia,

vaciarnos de la vida
adentro,

como si un magnífico
poder tuviera.

Pero libros, amigos, recuerdos,
algunas vez amados, regresan

cuando estamos solos ante esta sombra líquida.

 

 

II

 

Amé la luz
sólamente un día
la luz plena
de nada esclarecida.

 

 

III

 

Frente al mar que se vacía
de sí mismo

                       siempre

al borde
de lo no revelado


 

Por el poema "Parábola de las manos" de Juan Manuel Roca

 

Le preguntaba a Roca otro poeta,
en dónde, en cuál país, habían coincidido.
Yo escuchaba el diálogo entre ellos, pensando.
Los años han pasado, finalmente,
con todas sus catástrofes. Cuánto
habremos descendido tanteando
nuestras cárceles. Bogotá, Caracas,
amantes. ¿Recuerdas cuando joven, antes?
Eras tímida entonces, pero no has cambiado.
Nuestros versos: jalones de lenguaje. Torpes,
proseguimos nuestros viajes
hasta la hiriente frase. Claridad,
qué noches toleraste. Sí, versos
como los adolescentes hacen, para odiar;
escucho de mi parte. ¿De qué
hemos sido testigos, Juan Manuel,
a lo largo de la vida? Ha pasado el tiempo,
pero tú lo exorcizaste con una hermosa parábola: Manos
cansadas de herirse, hacen tregua en su guerra
sobre un cuerpo amado.


 

ALENTEJO

 

Los barcos se desplazan
en una inmensidad sin tiempo.

No duele este paisaje
que he soñado,

                       y fluye,

según mi pensamiento,
lejos, muy lejos.


 

Cabecera

Portada

Índice