Yolanda Pantin

País

 

Francis Bacon: Pintura

 


Paraguaná


				a Antonio López Ortega


Para matar a la culebra
por la cabeza
 
hay que atravesar un istmo muy estrecho
de manera que es posible
ver a ambos lados el mar cercándolo.

Un mar blanco, con pequeñas olas apagadas.

Los hombros que se desprenden, 
parecen sostener a la república 
de la que es parte la cabeza 
que se inclina hacia el mar.

Domina el paisaje, como los ojos 
al cuerpo, la refinería.

No respira un alma.

Los restos de basura que trae el viento
y deja entre los cardones y mogotes de cujíes,
parecen, bajo estos vendavales,

estruendosos, trepidantes banderines.


Playa El triguillo, Estado Vargas Azuza el aire que fue translúcido igual a un viejo que tiene una gasa sobre la córnea. También el enclave: empedrado del deslave en el litoral inhumano como el paisaje mismo sobre un cuerpo-cosa
Corral Lo incompleto perturba J. Conrad Entidad unívoca, omnipresente, perfectamente redonda como es posible parezca el celo de dios, Madre.
Deslave Desolación llorada. Nostalgia. Arenas que no son tales, escombros, costas de tierra apelmazada que el mar irá cavando hasta los huesos. En estos vertederos de basura, están las piedras también que arrancaron las casas de sus raíces. Irá cavando el mar en esa costra, y a dejar sus arenales como fueron.
Macuto Quedó la piedra enmarcada como un juego de niños: Pasar por el aro su desprendimiento desde lo alto del cerro. No es un juego. Portentosa, luce la piedra en los baldíos.
Magma Los cauces de estos ríos. Mismo cuando fluye el hervidero humano colmando el país que nos parió. ‘Vengan mañana’. Pero afuera, entre los buses, y los autos vomitando, pasa un río. Es la afluencia de la hora. Y el sol. Y la congoja. Y la niña maromera.
Araya Mientras pasábamos por esas carreteras las páginas de un libro escrito sobre arcilla roja, y colinas vimos empolladas por el tiempo como si una mano de uñas garzas o un arado inmenso las hubiese abierto en sucesivas capas donde no vuela un ave ni una mosca grazna contra el azul más azul que el ojo del cielo hinchadas las velas de la boca donde no bate el viento ni una hoja en la bruma agrisada del golfo el paisaje encarnó en la realidad del cuerpo.
Relato de una visión y un viaje Desde la proa, en ‘la palita’, mirábamos, abajo, entre los camiones, y los carros de turistas, entre las maletas entreveradas, junto a las gallinas, y las bolsas para el comercio, a dos caballos pobremente enjaezados. Los habíamos visto en el muelle, antes de embarcar, hostigados por sus dueños que querían, para deslumbrarnos, arrancar de la edad, por el mal trato, un resto de brío. No se movían. Igual de quietos estaban como el mar a esa hora. Uno de ellos, entero, de color castaño. Pero ambas: pequeñas bestias cansadas. Los jinetes fumaban sobre la cubierta conversando entre ellos. El mayor presumía de su desparpajo ante las mujeres. Bajamos del ferry en la península ¡y desde allí al desierto! Tal era el destino que nos habíamos trazado. Recorrimos suficientes kilómetros donde no crece nada, ni hay nadie, en el descampado hasta llegar a Punta Arenas donde nos bañamos en la playa de aguas tranquilas junto a los niños de los pescadores que se lanzaban al mar desde los botes peñeros. Pasó el rato y al final nos marchamos. Avanzamos un trecho cuando vimos a los jamelgos andar sobre el polvero haciendo el recorrido inverso al que llevábamos nosotras, rumbo a Cariaco. Bajamos la velocidad del auto. Los muchachos, apeados de sus monturas, iban lento, a paso, por aquella inmensidad como un campo minado entre el puerto de Araya y Punta Arenas. No era posible esa travesía, que más nos semejaba una visión o un sueño: ¿A dónde iban? ¿Cuál era el propósito de aquel esfuerzo entre la sal y la sal? Imposible saberlo. El jinete que traía al padrote de la rienda, con el orgullo de un rey gitano, arrastraba las botas por el cansancio, como el mostrenco los pasos detrás. Fue cuando pudimos ver, en ese instante que nos regaló el tiempo, antes de hacernos invisibles en la carretera, el relumbre de una espuela que el muchacho llevaba para acicatear el polvo.
Deseo Recojámonos en esta habitación y no salgamos de ella nunca. Veamos desde allí chorrear los vendavales ríos que traen ramas, piedras. No nos interesan. Seamos cabales cobardes durante el tiempo que hemos tomado en préstamo, ya que nada acontece que nos distraiga. Hasta que otro día anochezca.
Dead can dance Todavía, a las hojas, las hacía bailar el viento una danza melancólica, de esperanza ciega, bajo la tormenta.


 

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