Ví­ctor Jiménez

Al pie de la letra

 

Anónimo: Pupitre

 


PARKING PÚBLICO Apenas ha salido el sol y llegan, como un enjambre loco, tocando el claxon, parando en doble fila, colapsando la calle justo delante de la puerta de entrada al abandono. Han sido demasiadas las horas soportando la carga familiar, el peso de los hijos. Ahora les espera una mañana, por suerte o por desgracia, diferente. Y tienen prisa por soltar amarras. Por eso, llegan como llegan, lanzados, compitiendo por encontrar un hueco libre. Como si no supieran que asegurado tienen lo que buscan: aparcamiento vigilado y gratis para sus criaturas.
BREAKTIME Justo después que toca la sirena, inundan, como riada, los pasillos y en estampida la escalera bajan en dirección al patio o la cantina. En segundos, la barra es una guerra por hacerse con unos caramelos o un simple bocadillo. El griterí­o se hace dueño del bar. Cada mañana, durante veinte inhóspitos minutos, doscientas bocas en sesenta metros. Sin duda alguna, tiempo de descanso. Y el lugar ideal para tomarte, serena y lentamente, un buen café y volver, como nuevo, a la tarea.
SEÑORA Por sus finos modales, su elegancia y su edad —hace ya no sé cuánto que cumplió los cincuenta y se vienen notando los años en su piel—, con ellos no conecta, no está en la misma onda. Y hacen oí­dos sordos, como si no estuviera, a sus explicaciones, reprimendas, consejos o propuestas en clase. Igual hora tras hora. Del aula por fin sale y sola se dirige, sin perder un instante, a la cafeterí­a buscando ese descanso reparador y ameno que le haga olvidar tanto olvido en su vida. Como siempre, ha llegado la primera y le pide, por favor, una taza de café al encargado, pero él ni se inmuta. Van llegando sus jóvenes compañeras y algunos compañeros que son servidos de inmediato. Ella sigue esperando el café que no llega y se va, finalmente, como vino, en ayunas, llamándose a sí­ misma la mujer invisible. Aunque no tomó nada, sin reparos, el tiempo hoy le pasa la cuenta.
CANTOS DE SIRENA Después de interminables horas grises con vistas a la oscura y triste tapia que rodea el recóndito edificio, enclaustrado entre cuatro soledades donde a nadie le importa nada tuyo, comprendo que celebres cada viernes la puerta que se abre al horizonte de un tranquilo y azul fin de semana. Y más, si por azar también te espera un largo y claro puente hacia la vida. Pero, encantado con promesas dulces, siempre olvidas que empieza el embeleso con el canto falaz de una sirena.
MONEDA AL AIRE Como si fuera un sueño —¿o es un sueño que vuelve con las sombras cada noche?—, justo durante la primera hora de la jornada, en miércoles o jueves, mientras hacen los jóvenes con calma sus tareas, tranquila, lentamente él pasea en silencio por la clase y, a veces, se aproxima a la ventana para ver si el azar le hace un regalo, para ver si aparece, para verla salir, con sol o lluvia, de esa casa, y esperar impaciente el autobús que la lleva quién sabe a qué lugar. Quiere la suerte que la sueñe ahora, esta nueva mañana, que la vea cómo sale radiante, cómo viene... De repente se cruza un pensamiento: si supiera ella, al menos, que él existe, levantara la vista y, sin palabras, le dijera, con sólo una sonrisa, buenos dí­as... Se acerca a la parada —casi puede tocarla con los ojos—. El autobús deprisa llega. Sube. Y se marcha. Sesenta los segundos que separan la luz de la penumbra. Tan cerca y, al instante, ya tan lejos. El gozo y la tristeza. Las dos caras de esta moneda que el amor es siempre.
LA NOTICIA Hoy, como de costumbre, has abierto el diario para asomarte a la ventana y ver, en tránsito, cómo pasa la vida, la ciudad y los dí­as, cruzar las dos orillas y volver, una vez más, la esquina de estos tiempos modernos... Y, de repente, en frí­o, la noticia con nombre y apellidos: un nuevo miembro de la red ha sido detenido. En prisión preventiva el implicado... Y no comprendes cómo aquel muchacho, educado y formal y querido por todos sus compañeros y sus profesores, aquel joven sencillo que soñaba verónicas y lances en el albero de La Maestranza ha podido caer en ese ruedo oscuro corneado por el toro más negro y astifino, un toro que no pasta en las dehesas, que crece en las cloacas de todas las ciudades. Y te duele su herida como propia. Y esperas que sea limpia la cornada y vuelva pronto de la enfermerí­a, estoque en mano, para darle muerte.
MADEMOISELLE MARIE Se llamaba Marie la profesora. Nosotros la llamábamos Marí­a. Llegó como la luz, la luz del dí­a que viene de la mano de la aurora. Con sus paseos, tan encantadora, en minifalda a la cafeterí­a, puso el Francés de moda. Y su alegrí­a, a todos a sus pies en buena hora. Pero lo bello siempre no perdura y hasta su blanca piel la luna esconde para llevar a otros su hermosura. Así­ que se hizo brisa la francesa y nuestro gozo adiós. Quién sabe dónde cantando estarán hoy la Marsellesa.
EL CARNAVAL DE LOS ANIMALES Ha empezado el concierto. Un bosque es el salón en esta hora final de la mañana, como de fin del mundo. Está viva la fauna que hace suyo el recinto en honor —o en horror— de Camilo Saint-Saëns y su gran fantasí­a zoológica. Leones, gallos y gallinas, asnos, tortugas, elefantes, canguros, criaturas acuáticas, pollinos, cucúes y otros pájaros, homí­nidos y fósiles dan fe de su existencia, su letargo o su sueño. Y, de repente y por sorpresa, el cielo, el alto cielo de la luz sonora. Como por magia de arte, surge un cisne entre las manos niñas que acarician con suavidad la piel del violonchelo. Muda la fauna, embelesada, y a la belleza abiertos ya los ojos, el cisne se desliza por el lago donde el centro del bosque, donde el claro del alma. Dura el silencio lo que el milagro dura. Acabada la música, otra vez, como siempre, se hace dueño de todo el desconcierto.
LOS BUENOS ESTUDIANTES Los buenos estudiantes tienen mala memoria. A menudo, te cruzas con ellos por la calle y siguen, sin mirarte, en sus asuntos. Son ahora señores importantes: médicos, abogados, arquitectos, notarios, ingenieros, empresarios... que tienen poco tiempo y pronto olvidan que un dí­a fueron tus alumnos. En cambio, con frecuencia, cualquier tarde, se te queda mirando y te sonrí­e de pronto el camarero que te sirve una copa, la joven dependiente de unos almacenes, el técnico que llega y entra en casa a reparar un electrodoméstico o la cajera de un supermercado. Y se da a conocer con gratitud y te estrecha la mano con afecto mientras recuerda mil anécdotas, alguna que otra travesura o lo que le costaba aprobar, con un cinco, aquella asignatura. Y te preguntas si no te equivocaste y lo sigues haciendo en las evaluaciones. Y te dices que, si fuera posible, si pudieras volver de nuevo atrás, le aprobarí­as, sin dudarlo y con nota, Humanidades.
AMIGO A Virgilio Campos, in memoriam. Le costaba subir las escaleras. Subí­a hasta las aulas lentamente. A veces se quedaba sin aliento y no porque las clases le pesaran. Era de los que siempre se han tomado la vida con filosofí­a. Nada le preocupaba que vital no fuera. Cuando algún compañero hací­a un mundo de alguna despedida previsible o cualquier contratiempo inesperado, quitándole importancia, le decí­a que en todos los lugares hacen pan. A las sombras poní­a buena cara. Tranquilo como pocos, buen amigo del silencio, jamás daba la nota aunque, de tarde en tarde, se dejaba —socarrón e ingenioso como nadie— caer con una frase de las suyas. Un viernes, de repente, acabó el curso. Se fue sin despedirse. No volvió. Sólo queda su nombre en una placa y su recuerdo vivo en unos cuantos. Esta misma mañana, como tantas, ha subido conmigo los peldaños. Subí­amos los dos a duras penas.
SORPRESAS TE DA LA VIDA Ella te daba abrazos por sorpresa. Los recuerdas aún, como sus besos. Te regaló el primero al cumplir años una mañana cálida de enero. Regresabais los dos de aquel café y terminaba el tiempo de recreo. Muy poco le importó lo que pudieran pensar los sorprendidos compañeros. Se te acercó mirándote y dejó grabado en ti su corazón a fuego como dejan los jóvenes amantes sus nombres en el árbol de sus sueños. Fueron dí­as de luz en la mirada y desnudas palabras en silencio. Pero tiene el amor tan corta vida... Después, llegaron años que se fueron con más sombras que lumbre y comprendiste lo que, en verdad, significaba lejos. Ya quedaron atrás algún otoño y demasiadas noches del invierno; pero, a veces, de pronto, todaví­a, cuando menos lo esperas, en secreto, te sorprende el abrazo de su ausencia en aquellos lugares que eran vuestros. Y no sabes de dónde y por qué vuelve ni qué brisas la traen o qué vientos.
BALANCE Ahora que la noche no me tienta, cuando la vida apenas me enamora, algo me dice que llegó la hora de hacer balance y de rendirle cuenta. Aunque prefiero el sol a la tormenta, me tomo, como viene, cada aurora. Lo que la vida entrega lo devora el tiempo. Y nadie vive de su renta. Tampoco vivo del trabajo. A diario, soy sólo un profesor de andar por clase. Me dan pulso otras cosas y otros temas que no se compran con un buen salario, que no se pagan con el sueldo base. Mis amigos, mi amor y mis poemas.


 

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