Sara Mesa

Rhinozeros

 

Rah Crawford: El país de los sueños flotantes

 


 
Y un día, anhela, sus criaturas no le necesitarán para seguir evolucionando. Manadas completas en las playas competirán por ser las más veloces y estables, y transmitirán de manera autónoma su ADN a las siguientes generaciones, integradas ya por completo en su ecosistema.

                                                                                                                  Art Futura, 2005, sobre las Strandbeest de Theo Jansen



NO CONOZCO MÁS que cuatro o cinco palabras del neerlandés; tampoco sé hablar alemán y mi inglés ni podría ser considerado, de ningún modo, como fluido. Esto, que debería haber sido un inconveniente cuando decidí viajar a Zandvoort el pasado otoño, era en realidad mi mayor ventaja: yo no quería tratar con nadie. Mi hermana, que vive en Holanda desde hace diez años y trabaja en el Waddenzee -una especie de guardería para focas- me había dejado su diminuto estudio durante tres semanas. El destino es a veces así de irónico: ella se iba de luna de miel a México y yo me refugiaba en la costa holandesa para recuperarme de una ruptura, con el estómago maltrecho pero el corazón más bien impasible.

La idea de huir sola y lejos después de ser abandonada me había parecido apetecible y casi literaria, pero cuando me vi allí, en el estudio lleno de crujidos y junto a la playa vacía y neblinosa -con sus filas y filas de dunas lamidas por el viento-, supe que me encontraba en una de esas zonas de ingravidez y de asombro que pueblan los mares del norte. En los primeros días me dediqué a recorrer, casi con un detenimiento complaciente, todos los perfiles del desaliento. El paisaje, de líneas puras y frías, era de una dureza incontestable. Los turistas ya hacía tiempo que habían emigrado con sus cometas plegadas bajo el brazo y sus guías ajadas en el fondo del equipaje, y los lugareños, con sus oscuras voces proféticas, auguraban un invierno inusualmente frío. Fue entonces cuando apareció Pierre, con su gorra de fieltro, su perro de aguas y la soberbia de sus 74 años, y todo cambió un poco; tal vez solo un poco, pero lo suficiente.

Conocí a Pierre la misma mañana en que vi, por primera vez, a una de las criaturas de la playa. Aquel día me había levantado muy tarde, sin esperanza alguna, y había bajado a buscar algo de comer en una de las cantinas del rompiente. Mientras tomaba café en un enorme vaso de cartón, vi mi sucio reflejo bailando en el cristal de la ventana. Me sentía horrible, la cara aún sin lavar, el pelo indócil y escarchado de humedad. Entonces pude distinguir algo extraño a través del cristal, en la lejanía, como una escena que se desarrollara suspendida en el tiempo. Pagué mi café y me acerqué boquiabierta, preguntándome qué demonios era aquello. Sobre la arena húmeda, un organismo inexplicable avanzaba a lo largo de la playa con sus innumerables patas de plástico amarillo. Alrededor, algunas personas jaleaban su paso con expresiones que yo no entendía; otras tomaban notas y parecían hacer sus cálculos; creí distinguir también a un par de periodistas que entrevistaban a un hombre canoso vestido con un chubasquero naranja. Pero yo seguía sin comprender nada. Entonces, alguien a mi lado pronunció una palabra, strandbeest, y yo giré la cabeza y vi a Pierre que sonreía mientras señalaba a aquel ser inquietante.

-Es una de las criaturas del viento de Theo Jansen -me dijo en un español perfecto-. ¿Nunca habías oído hablar de ellas?

No, nunca había oído hablar de ellas. O tal vez sí. Recordaba levemente una conversación telefónica con mi hermana a la que no había prestado demasiada atención. Me pareció que se refería a una atracción turística o a un ridículo juego para niños, y me olvidé de aquello al instante. Posiblemente le dije que no me interesaban los robots ni los parques temáticos, o cualquier otra estupidez del estilo que sabía que ella me iba a perdonar enseguida.

Pierre se presentó, inclinando cortésmente la cabeza, y me dijo que procedía de Ruan, pero que llevaba viviendo en Zandvoort varios meses. Nunca llegué a saber qué lo había llevado hasta allí. Pierre era de ese tipo de personas que se deshacen en explicaciones innecesarias sobre su vida, pero de las que al final uno no logra conocer nada con certeza. Era tan locuaz como ambiguo. Ninguna señal valía para determinar si estaba mintiendo o decía la verdad. Recuerdo que aquella misma mañana me dijo que había aprendido a hablar español gracias a una novia de Salamanca que tuvo allá por los años 50 -¿salamanquesa?, me había preguntado con los ojos entornados, joviales-. Me contó que la había conocido en París y que habían recorrido el mundo juntos, siempre de la mano; me explicó que ella tenía un aire desvalido, como si su cuerpo no pesara nada y en cualquier momento fuese a desaparecer, y que solo al final, cuando la descubrió escupiendo sangre, supo que estaba gravemente enferma y que aquella historia de amor tenía los días contados. Sin embargo, poco después me hablaría de Marguerite, su difunta esposa de ojos violetas como Liz Taylor, ma chérie; nunca había amado a otra mujer que a aquella, la única boca que había besado, el único cuerpo en el que se había vertido, la consagración plena, aseguraba solemne. Toda historia contada por él tenía dos o más versiones, como si las desplegara para darte a elegir, en un juego en el que invariablemente él hacía trampas y los demás perdían. A veces su pastor de aguas, Nuage, era un perro viejo y legañoso, y Pierre me comentaba en voz muy baja -como si el pobre animal pudiese entenderlo- que no sobreviviría más allá del invierno; otras veces Nuage era un perro joven, casi un cachorro; él lo había encontrado aterido hacía tan solo unos dos años cerca de un vertedero, en las afueras de Ruan, y se lo había llevado envuelto en su chaqueta; era un animal espléndido, tenía una salud de hierro, mírale, mírale los dientes; están sanos y fuertes.

Mientras contemplábamos aquella strandbeest que recorría palpitante el litoral, Pierre me contó la historia de su creador, Theo Jansen, un excéntrico artista holandés que se había dado a conocer en los 80 cuando sobrevoló la ciudad de Delf en un platillo volante de su propia construcción. Al principio, me explicó, su nombre solo había sido sinónimo de extravagancia y de locura. Pero poco después Jansen se había encerrado en un laboratorio para diseñar la primera generación de las strandbeest, unos enormes esqueletos andantes fabricados únicamente con tubos de plástico flexible, hilos de nylon y cinta adhesiva, capaces de andar con el viento sin ningún tipo de sensor ni motor ni de tecnología avanzada alguna. En todos los encuentros y ferias de robótica a los que Jansen llevó sus criaturas, la comunidad científica se había reído de aquella especie de insectos gigantescos, con sus cientos de patas amarillas sincronizadas y sus corpachones pesados y transparentes. Frente a los casi milagrosos descubrimientos cibernéticos de la época, las strandbeest de Jansen parecían simplemente grandes construcciones de papiroflexia, monstruos rudimentarios e inútiles, invenciones de un estudiante de secundaria avanzado, pero nada más. Sin embargo las strandbeest -continuó mi nuevo amigo ahuecando la voz teatralmente- habían resultado ser mucho más autónomas de lo que ellos creían, y estaban avanzando generación tras generación, más velozmente de lo que lo hubiese hecho una especie animal real. Me explicó cómo Theo Jansen comenzaba gestando a sus criaturas en un ordenador, donde entablaban crueles luchas darwinistas por la supervivencia. Posteriormente fabricaba con materiales de desecho los ejemplares que habían demostrado ser más fuertes y veloces, y los dejaba junto a las dunas, libres y radiantes entre las altas hierbas y los brezales. Mientras Pierre me contaba todo aquello, yo miraba sorprendida a la strandbeest, que había girado para contrarrestar una corriente de aire demasiado impetuosa.

-¿De verdad nadie las dirige? Parece como si estuvieran vivas… -murmuré.

-Bueno -dijo Pierre-, en realidad el gran Jansen aspira a que realmente estén vivas. Las siguientes generaciones de strandbeest nacen de las vencedoras; de algún modo reciben el legado del ADN más adecuado… si por ADN queremos entender, claro está, la longitud y disposición de esos maravillosos tubos amarillos -Pierre sonrió-. Pero bueno… Moi, je ne suis pas scientifique. Todo esto lo leí… por ahí. ¿Et toi? -me preguntó-. ¿Por qué estás aquí, tan sola?

Le expliqué que no estaba sola. Únicamente sucedía que mi hermana estaba fuera y me había dejado al cuidado de su estudio. Turismo gratis, dije, y sonreí. No pareció creerme, y yo tampoco tuve ganas de mentir, así que le pedí que me contara más sobre las strandbeest. Pierre era un gran narrador. Según me explicó, Jansen afirmaba que en el futuro la anatomía de las strandbeest se volvería más sofisticada. Desarrollarían músculos y un sistema nervioso e incluso cerebro, pourquoi pas. Si Theo Jansen había conseguido moverlas sin ayuda, solo con el viento y el soporte de la arena mojada, tal vez en el futuro ni siquiera lo necesitaran a él para subsistir.

-Al fin y al cabo no precisan comida. Y tal vez incluso consigan ser más felices que nosotros –Pierre se detuvo un instante y su mirada volvió a chispear burlonamente-. De acuerdo, no estás sola. Et dis-moi, ¿cómo te llamas?
    

FUE ASÍ COMO CONOCÍ a Pierre. Desde aquel día nos hicimos necesarios el uno para el otro. Él parloteaba y yo escuchaba, confusa y divertida. Con su expresión brillante y agitada, Pierre tenía a veces la apariencia de un niño que acaba de ser pillado en una mentira, pero que sigue disimulando tozudo, a pesar de saber la inutilidad del esfuerzo. Hablaba mezclando español y francés, datos reales y datos inventados, erudición y naderías. Él me enseñó a distinguir todas las especies de strandbeest: la de aquella primera vez había sido el animaris curres ventosa walking, que con sus patas extremadamente flexibles puede sobrevivir hasta en las condiciones más adversas. En los días siguientes, señalándolas en el rompiente del mar, vimos al animaris geneticus ondula, más bajo y alargado y con dos hélices laterales que lo hacen avanzar aún más rápido, el animaris percipiere, cuyo lomo está coronado por una elegante membrana ondulada, el animaris rugosis, con la apariencia y los movimientos de un enorme gusano óseo, el animaris vermiculis, capaz de hundir su nariz en la arena para anclarse si detecta la llegada de una corriente de aire demasiado fuerte. Me gustaban las strandbeest y me gustaba Pierre, y aunque seguía sintiéndome profundamente desolada y vacía -sobre todo en las noches, bajo la manta áspera y el sonido del viento-, al menos ahora los tenía a ellos.

La rutina de un día cualquiera comenzaba con nuestro encuentro junto a la arena, después del desayuno. Pierre se sujetaba la gorra con la mano para que el viento no la llevase hacia las olas; con la otra me saludaba de lejos jovialmente. A veces me decía que se sentía viejo y cansado, que le dolían las articulaciones, que debía de tener telarañas hasta en el ánimo; otras me aseguraba que estaba joven como un pan y que solo con distinguirme en la distancia ya se sentía como un adolescente recién salido de la ducha. Me hacía reír con su modo de hablar -su voz tenía un divertido tono vigoroso, como si siempre estuviese ligeramente indignado con algo, con todo el mundo, o incluso con él mismo-; me agradaba su cara barbuda y desaliñada y su apostura elegante, la espalda muy recta, las piernas flacas y algo combadas. Nada podía venirme mejor en Zandvoort que un abuelo que desconocía por completo mi pasado. Yo era como la nieta perdida, añorada y felizmente reencontrada; la nieta amada y única. Se enfadaba conmigo si le daba un brazo para ayudarlo a subir o bajar las escalinatas del puerto -suis pas un invalide!, farfullaba-, pero después se quedaba agarrado a mi mano y ya no me soltaba en un buen rato. Nuage saltaba arriba y abajo, como un torbellino castaño, y jugaba a hacernos perder el equilibrio. Pierre y yo permanecíamos juntos hasta el mediodía; a veces íbamos a una especie de cantina de estudiantes que también frecuentaban borrachines oscuros y herrumbrosos, turistas sonrientes y mujeres solas del lugar que miraban al vacío a través de los cristales empañados; almorzábamos allí y dejábamos transcurrir el tiempo lentamente, pensando en nuestras cosas, mientras Nuage dormitaba perezosamente a nuestros pies.

Cuando no llovía, bajábamos a la arena a mirar las strandbeest y comentábamos detenidamente sus avances: nos fijábamos en cómo se adaptaban a la fuerza del viento, en su capacidad para esquivarlo o para girar, en sus reacciones al llegar a la orilla o en su comportamiento si se cruzaban entre ellas -permanecían con algunas patas levantadas, en suspenso, y volteaban violentamente otras a modo de saludo-. Fantaseábamos con aquellas criaturas; imaginábamos historias para ellas -se enamoraban, discutían, se añoraban y se reprochaban sus chismes las unas a las otras- y se nos ocurrían brillantes ideas para su futuro -patas más largas y dúctiles, una cabina para albergar cuerdas que usarían en caso de ventiscas o huracanes, un surtidor de agua que mantuviese siempre húmeda la arena, y cosas por el estilo-. Tal vez debiéramos contarle todo esto a Theo Jansen, decía Pierre con convencimiento, y yo sonreía con el entusiasmo distraído del que contempla una película en la que, aunque lo desee, sabe que no puede formar parte.

Pasábamos las tardes separados. Yo necesitaba mi tiempo diario para llorar, para escribir frases solemnes en un cuaderno y para dibujar hileras de rostros de mujeres enlutadas. Las repetía obsesivamente, una y otra vez, hasta la saciedad, en parte porque tampoco sabía dibujar ninguna otra cosa. Perfilaba con rotuladores los mantos y las capas de aquellas mujeres prematuramente envejecidas, y usaba velas rojas para manchar de cera sus caras con lágrimas de sangre. Me complacía en ser un poco tétrica. En realidad no me sentía tan mal como parecían estarlo mis muñecas. Pero tampoco me sentía bien. Sencillamente, estaba sola y lloraba; los días eran cortos y las dos primeras semanas en Zandvoort ya se habían esfumado.

Escribí algunos versos:

Hoy, como casi nunca,
el viento está moviendo a sus criaturas
sin propósito alguno.
Míralas, ¿qué te dicen
hoy las
strandbeest feroces y abatidas
entre la niebla eterna,
sobre esta arena húmeda y dormida?
Están latiendo como gigantes insectos mojados
de lava y de desánimo.
Están latiendo como bestias heridas con sus humildes
pero poderosos
corpachones de plástico amarillo
y de cinta adhesiva.
Laten como criaturas dolientes, abandonadas, tristes,
que aúllan de dolor por su supervivencia absurda.
Laten porque latir es una de las formas posibles de ir muriendo.

Por las noches dormía intranquila; a menudo soñaba con las strandbeest, soñaba con una pesadísima lluvia azul, lluvia gris, lluvia densa, una lluvia que dejaba los penachos de las strandbeest lamidos por el llanto de un dios desvalido. Soñaba con Pierre, cogido de mi mano, con su bastón y su aire de marinero de otra era. Soñaba quizá con una travesía aleatoria e incierta. Pero jamás soñaba con volver a casa ni con los tiempos de la felicidad perdida. Algo estaba cambiando.

    
FALTABAN POCOS DÍAS para mi marcha cuando oímos que Theo Jansen iba a llevar a la playa de Scheveningen su última creación, el animaris rhinozeros, una gigantesca mole de dos mil kilos de peso con la apariencia de un robusto rinoceronte y la ligereza de un algodón de feria. Era el acontecimiento más esperado desde hacía meses, me dijo Pierre. Tal vez el mismo Jansen estaría allí y podríamos contarle todas nuestras ideas. A lo mejor incluso te contrata; eres joven y lista, añadió. Durante todo el trayecto del autobús hacia Scheveningen estuve dándole vueltas a aquellas palabras. Dejarlo todo. Fabricar strandbeest. Una nueva forma de vida, aún sin contaminar, donde no existían los divorcios ni la soledad ni los crímenes ni el hambre. No regresar. Poder incluso olvidar mi nombre. Llovía fuertemente aquel día; las gotas golpeaban el cristal de la ventanilla con violencia y yo las veía formar anchos regueros temblorosos; las hayas y los fresnos se arqueaban con el viento como si reverenciasen nuestro paso; el cielo parecía haber formado una oscura carpa de lona azul a nuestra medida; Pierre no paraba de parlotear a mi lado y yo me sentía ligera, limpia, como si el pasado se hubiese esfumado definitivamente con la lluvia.

Pero Theo Jansen no estaba allí. Su aversión a las masas hacía que rara vez abandonase su laboratorio de Ypenburg. Maldito Jansen, me dije. He venido hasta aquí solo por ti. Uno no puede inventar criaturas y dejarlas sin más, para que arañen nuestros corazones. Cobarde nuevo Frankenstein, pensé. Mientras lo maldecía, vi cómo el gigante rhinozeros era transportado hacia la línea de la costa por uno de sus discípulos, únicamente guiado con una simple cuerda. A pesar de la lluvia, una multitud de curiosos se había acercado a la playa a descubrir la nueva especie de strandbeest, una criatura tan poderosa que incluso, se decía, podía transportar pasajeros. Estaba fabricado con madera y cartón, y ostentaba una mezcla de rusticidad y de gracia. En su interior brillaban botellas de refrescos vacías, que actuaban como depósitos de aire para el movimiento. El rhinozeros comenzó a andar entre los aplausos de la muchedumbre: dos toneladas movidas por el viento. Sus gruesas patas se alzaban y doblaban con una precisión inusitada. Pero esta vez parecía existir una voluntad, un deseo de dominio. El viento no determinaba el camino del rhinozeros. Todos pudimos ver cómo la criatura desafiaba a la naturaleza, giraba sin domeñarse y se revolvía como un caballo desbocado, con una extraña e inquietante belleza. Y después, comenzó a alejarse de la playa y continuó caminando por un paseo de asfalto con la misma determinación y soltura que sobre la arena. Pierre me cogió del brazo entusiasmado. ¡Las nuevas strandbeest podrían vivir también lejos del mar! ¡Podrían habitar nuestras ciudades! ¡Tal vez pronto ni siquiera necesitarían el soplo del viento para poder moverse! Era increíble, dijo, y me abrazó. Pero esta vez no supe compartir su vehemencia. Vi a un niño, con su pequeño impermeable violeta, que lloraba asustado sin dejar de mirar al rhinozeros y comencé a sentir una creciente congoja. Volvamos a Zandvoort, le pedí, Volvamos ya, por favor. J’ai mal à la tête.

En el camino de vuelta de Scheveningen sentí que toda la esperanza se había esfumado una vez más, que mi vida se escapaba por los resquicios del azar y del viento. Supe que ni siquiera podré anticipar cómo será mi muerte, que sobre ella también penderá una voluntad ajena, sin objetivo ni utilidad. La lluvia era más recia; el cielo se había tornado más oscuro; sobre nosotros se cernía un pesado silencio del que también parecíamos formar parte. Cerré los ojos y empecé a adormilarme cuando, de pronto, sentí que el autocar desbarraba y frenaba de golpe, sacudiéndonos. Me había golpeado la sien con el reposabrazos de plástico. Pierre también estaba sobresaltado, sujetándose el pecho con las manos. Nos asomamos a la ventanilla y vimos un perro -uno castaño, como Nuage- que yacía en el borde de la carretera con el vientre reventado. Tenía las patas rígidas y se estremecía con los ojos inmóviles, como las dos canicas vidriosas de un animal disecado. A través del cristal pude oír que gemía. Aparté la cabeza y me refugié en el pecho de Pierre para llorar.

-Cásate conmigo -me dijo. Me besó los párpados húmedos y me prometió días felices, calmados; no me presionaría, se adaptaría a mis ritmos; seríamos como dos strandbeest bien avenidas.

-Déjame en paz -le contesté con una mueca-. Al final va a resultar que solo eres un viejo verde.

El viejo Pierre, pensé después, siempre mintiendo. Quizá había sido injusta con él, tal vez dijo aquello solo para distraerme de la imagen del perro atropellado. Pero el día anterior al regreso de mi hermana, Pierre me confesó solemnemente que aún estaba esperando una respuesta. Recuerdo con extraordinaria nitidez toda la escena: él con sus cabellos blancos sobresaliendo bajo la gorra ladeada, la respiración agitada y las venas de sus puños marcadas; yo, agarrada a la barandilla y mirando a un animaris percipiere que movía pesadamente su esqueleto de plástico. No le dije nada. Hablé de otra cosa. Hablé sin pensar. Pensé que tenía que hablar. Finalmente pensé no y dije sí. Después me desdije, pensé sí y dije no. Pierre murmuró que tenía que descansar y que ya nos veríamos. Dibujó con su dedo tosco el perfil de mi oreja y se marchó, cansado y viejo.


MI HERMANA regresó con su recién estrenado marido, un belga alargado y huesudo de pelo y ojos claros y piel blanquecina y rosada, como la de un bebé hipertrofiado. Se llamaba René y al decir de mi hermana era un tipo cultísimo, aunque a mí me repugnó verlo comer. Sus dientes se movían arriba y abajo mientras masticaban como cuchillas, con el profundo bienestar de los bien alimentados de conciencia tranquila. Aquella noche le pregunté a mi hermana si podría ayudarme a encontrar un estudio para mí; a lo mejor buscaba trabajo por Zandvoort y me quedaba algunos meses más, expliqué.

-Puedes quedarte aquí con nosotros -dijo ella, y miró a René, que asintió con la boca manchada de salsa de tomate-. Todo el tiempo que quieras.

-No, no se trata de eso -negué fuertemente con la cabeza-. Quiero tener mi estudio, vivir aquí un tiempo. He conocido a un hombre.

Mi hermana abrió los ojos con sorpresa. Untó más mantequilla en el pan, midiendo sus reacciones, y luego dijo:

-Has conocido a un hombre… ¿Y qué tipo de trabajo pretendes buscar?

Le hablé de Theo Jansen, le expliqué que había estudiado a fondo las strandbeest, tenía ideas, posiblemente Theo Jansen buscaba voluntarios para fabricar y mejorar sus strandbeest.

-Mejorar las strandbeest… A veces parece que estás loca -dijo mi hermana-. ¿No sabes que Theo Jansen es ingeniero, que en su laboratorio todos son ingenieros, que hay que ser ingeniero para dedicarse a algo así? ¿Qué sabes tú de ingeniería? No basta con tener buenas ideas. No basta con creerte sensible e inteligente y todo lo demás. No basta con conocer un hombre cualquiera para querer ahora dedicarte a hacer algo que nunca has hecho antes. Theo Jansen te dará con la puerta en las narices.

-¿Seguro? ¿Cómo lo sabes? -me defendí, dolida.

- Por dios, llevo diez años aquí, diez años; no vas a llegar tú ahora a decirme cómo funcionan las cosas en Holanda. No sabes nada de Holanda, ni de las strandbeest. No sabes nada de nada.

Permanecí callada. El viento batía las alas de la ventana. A lo lejos se oía el rumor de una música con acordeones y violines. René guardaba silencio.

-Mira -continuó cambiando el tono-, comprendo tu situación. No he querido herirte. Me refiero a que no sabes nada de aquí. Esto no tiene nada que ver con España. Te comprendo, en serio. No debe de ser fácil para ti lo de la separación, y yo quiero ayudarte, créeme. Puedes venirte conmigo al Waddenzee. Entras varias semanas de prueba y si todo va bien puede que te contraten. René es hermano del jefe de personal -René asintió sin dejar de masticar-. Es un trabajo realmente bonito. Recogemos las focas perdidas o heridas de toda la costa holandesa y de parte de la alemana y la belga; las llevamos allí y las cuidamos durante meses; son unos animales entrañables. Y no me negarás que merece más la pena conservar estas focas que diseñar muñecotes de plástico que se agitan con el viento como molinillos.

Dije que sí, que tenía razón, que lo pensaría, que ya lo decidiría al día siguiente. Estaba muy cansada. Me pesaban los párpados como si alguien hubiese colocado sobre ellos dos placas de plomo o dos monedas antiguas. Me sentía el objeto de un rito funerario del que desconocía los pasos y los fines. Sentía el viento en el interior de mis orejas y de mis pechos, removiéndome. Me despedí cordialmente, como las chicas buenas, y me fui a la cama para dejarlos solos, a René y a mi hermana. Allí estuve dando vueltas, buscando el lado más cómodo del colchón, la postura en la que al fin no tuviese conciencia del peso de mi cabeza ni de mis brazos ni de mis piernas. Me daba cuenta que lo mismo podía casarme con Pierre o no volver a verlo nunca más, que solo un azar impredecible podría hacer que me quedase en Zandvoort amamantando focas o que regresara a mi pequeño piso pardo y vacío, que podría pasar del amor al odio en menos tiempo del que tardaba en voltear la almohada. Dormí poco y cuando amaneció -una leve luz salina se filtraba por las cortinas espumosas- recogí mis cosas con sigilo para que ni mi hermana ni su belga se despertaran y me dirigí a la estación de autobuses, con destino a donde pudiera ser.

Por el camino, por última vez, pude distinguir a Pierre. Nuage le rondaba los tobillos alegremente, pero él parecía ajeno a todo, como una estatua de bronce en el paseo marítimo. Me detuve a mirarlos sin soltar la maleta en el suelo. Pierre se sujetaba la gorra con una mano y con la otra parecía fumar. En la playa, un par de strandbeest recorrían la arena en direcciones opuestas. Una, con sus decenas de extremidades amarillas, avanzaba en zigzag, rápida y decidida; la otra, con las patas más gruesas, caminaba solemne y sin rodeos. Cuando parecía que iban a encontrarse, la primera criatura cambió repentinamente de trayectoria y continuó su camino hacia otro ángulo; la segunda strandbeest quedó inmóvil, ondeando débilmente su penacho traslúcido. Pierre, con un gesto que me pareció de enfado o de contrariedad, arrojó algo al suelo y comenzó a andar, sin verme, hacia donde yo estaba. Entonces giré con rapidez por una de las calles aledañas y corrí hacia la estación sin nostalgia ni miedo ni alegría ni nada.


 

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