Rafael Adolfo Téllez

La resurrección

 

Jean-François Millet: Pastora con su rebaño

 



LA RESURRECCIÓN

De algún perdido cielo, vuelve a los días
en que, con su libro de estampas sagradas,
apagaba fervorosa las llamas del infierno.

Hace tiempo, las vecinas derramaron,
sobre su ataúd, flores humildes.
Pero ha vuelto...

Apoyada en el umbral
-como entonces-
mira caer la lluvia en el alero.

Es la casa en la que, 
cuando era muy joven,
enlutada, rezó al Cristo
que se alza aún en la pared
donde el tiempo hace sus destrozos.

No está sola mientras hierve el café,
mientras oye, junto a la chimenea,
pasos de sus amigas muertas.

Hoy, entra al patio
donde antaño, en las noches de San Juan,
con carbones encendidos,
trazó círculos de fuego.

No se ha ido aunque,
sobre su tumba,
haya una sencilla cruz de piedra
pues vive
en la limpidez de las mañanas,
en la respiración de los mulos
que hoy, en la cuadra, 
relinchan o lloran,
en las aguas mansas del arroyo,
en las adelfas,
es niebla...
es rocío de Dios sobre los campos.

Regresa sigilosa, cada noche, atravesando remotas intemperies.


UN HOMBRE SOLO EN SU VIEJA CASA el árbol de la tumba de mi hermana Jorge Teillier Un hombre solo en su vieja casa puede sentir, mientras aviva el fuego, la sombra helada de los suyos dibujándose en el muro. Sentir cómo, bajo las grandes piedras del patio, murmura un alfabeto antiguo. Un hombre solo, sentado junto al fuego, oye pasos de una lluvia que viene de muy lejos. Ahora sabe, mientras se apoya por un momento sobre el muro, que su cuerpo es sombra que el viento se obstina en dispersar. Ahora se hace tarde y sabe que, junto al árbol de la tumba de su hermana, crecen también las iniciales de su nombre.
HABITO AHORA ENTRE GENTES... Habito ahora entre gentes que se obstinan en sus viejos oficios. Parecen estar en la vida por azar. Sus nombres tal vez no fueron incluidos en el último censo. Lejos del bullicio, en la oscuridad de la cuadra, cuidan aún a grandes mulos pardos que no van ya a parte alguna. A veces, en el umbral de una fragua, saludan sencillamente al día. Son, sin embargo, vigorosos y reconocen en cada rayo de sol a uno de sus antepasados. Leen sus vidas en un libro antiguo que alguien abandonó al fondo de las norias.
CALLE SANTA MARÍA Antes de ahora, aquí hubo vientos y sombra y cruces de barro en los zaguanes. Todavía un rumor de carros viene y va sobre las piedras de la pequeña calle donde, sentadas en el umbral, unas campesinas con luto custodian la puesta de sol. A mi paso, en un dialecto olvidado escribo cosas que no te dije. Tu dulce alegría de muchacha que se mira al espejo y no sabe que en su piel pervive aún el oro de todos los veranos. Antes de ahora, aquí hubo dioses de greda cuyos nombres no recuerda nadie. Pienso, mientras empujo la pesada puerta, que en esta calle sólo es verdad tu cuerpo, tus pechos altivos como hogueras en la noche de San Juan. Pero tú callas. Pero tú ignoras las cosas que yo amo.


 

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