Reyes Font

El saltador y otros relatos


 

Paul Klee: Una vez surgido del gris de la noche

 


 

EL SALTADOR

 

En la tarde apaisada, la niña Mariola coge la delgada cuerda y la aúpa por detrás de sus coletas, pisando el aire. Tiene prisa por coger un trozo de algo entre esos dos extremos agarrados con fuerza por sus puños entretenidos. En el patio ondea la brisa. Arrinconados el diábolo y las tizas del tejo, la piedra blanca y el elástico, se ha quedado sola con la cuerda de empuñaduras sin nombre. En el patio, no se ven los finales. Todo el mundo podría ser esta tierra celeste que atesora guijarros y columpios, rejas pintadas de verde y una fuente en la cantina. La virgen de roca observa sus saltos ordenados, su falda de uniforme volando entre losetas con las que también se juega.

Está distante del resto de la humanidad, de todas las cuerdas que en ese momento penden como esclavas en los otros rincones; la misma que aguanta la lámpara mordida de la cocina donde va a merendar esa tarde, la cuerda que arrastra el carro con que un lechero portará los cántaros para que ella temple sus nervios de nata: leche para descansar. La cuerda que martiriza al perro de ese mismo jardín mientras ella canta y da saltitos de gorrión desarmado. Cuerdas que matan y ahogan en cercanas, privadas y repentinas cárceles para presos desahogados, mientras su melodía acuna un regazo desierto.

Alrededor el aire pesa con olor de plata y pánico. La soledad entumece los músculos a los que el salto salva como una terapia que afloró en el puño cerrado. Mañana habrá lección, colecciones de cuadernos nuevos, tareas para repasar y flores de punto de cruz sobre el bastidor. En presencia de los invisibles hilos de una felicidad rematada en correas de madera azul claro, el saltador golpea el suelo, asintiendo. Tiene un color semejante al hierro sin fundir, a la espera, a la paciencia y a la misma tarde en la que resuena con la lentitud del imperceptible giro de la tierra.

Cuando vibra y asciende el arco destensado, allá en lo alto, una idea que no pasaba, se afloja por el retorno de sus pies que ascienden acompasadamente, como si nada. Y cuenta, más de veinte saltos y seguidos, incluso más de treinta. Salta tangencial como las aves cuando abren sus alas para cruzar el estrecho de un solo viaje para emigrar a las tierras cálidas. El salto comparte con Mariola la alternancia del sol y la sombra, se posa y levanta el polvo, se rinde enredado en el pelo, y entonces cae con la laxitud de las curvas, sentadas más tarde sobre el pecho de nadie. Y repasa:

Tiene dos razones para permanecer sola y menuda en medio del patio sin permiso, con el riesgo de la cancela echada y las sombras de la noche: un amigo que le pide los deberes aunque los tiene siempre hechos; esto lo piensa acariciando la idea, como si en realidad no le perteneciera; pero sí tiene un examen de matemáticas y ahora no puede cerrar el cuadro paisaje del ocaso para llenarse de ecuaciones. La tarde debe caer sola, como la cuerda relajada después del salto, como sus reflexiones y como la ansiedad de las botas que tocan el albero y se quejan amarillentas de resonar tan solas, ahora que va haciéndose de noche.

Por la cancela baja de la trasera, da un salto grande para abrirse paso a la calle y con la cuerda enroscada va encaminándose hacia la casa tibia: coloca el saltador a los píes de la cama para que mañana entre en la cartera con la agilidad del juego.

Mariola imagina en blanco y negro el patio, al niño de los deberes resueltos, la gruesa cuerda de otra chica con la que salta en los recreos largos, en grandes competiciones. La que arrulla por su densidad y golpea con saña.

A la vez que ella otras cuerdas están ignorando el rugir de la noche: calabozos que rebosan, inauditos latigazos enmascarados por la costumbre, lóbregos paisajes de tiranía como amarras de pescador perdido en el mar.

El saltador inocente, la cuerda desfiladero por la que todos caminamos, enciende también una idea nueva: quiere por primera vez que el juego no sea sólo un juego. Y hasta lo implora.

En el día que ya despierta Mariola va a trabajar pendiente del nuevo saltador: ha soñado que coge el extremo de una cuerda y debe seguir esta pista hasta alcanzar el otro flanco. Se ha levantado estremecida y recordando las largas tardes de juego. Ahora teme equivocarse, la madurez es duda y sombra, nadie canta en el patio solo, aunque aún las cárceles vean pender de sus siniestras esquinas pecados con los que la humanidad jamás se entretiene. Ahora ella también se arrodilla y teme hasta ese infinito nunca logrado de las líneas paralelas, que este juego no haya existido nunca.

Sevilla, madrugada del 16 de abril de 2002

 



 

EL AMOR ANDA SOLO

 

Cuando le escribí la primera vez, no pensaba sino en abrir mi corazón de forma que lo desconocido me redimiera como una salvación, la extraña salvación que propone un mundo encerrado en más de dos mil millones de posibles personas.

En ese momento todo era atractivo, serio, honesto; yo había excluido el juego, la broma, las malas intenciones y por supuesto, una mala amistad. A veces ocurre esto: se hace algo sin pensar y resulta que no era necesario pensar y por eso aciertas.

Yo ya había aprendido esta teoría en el sentido inverso y necesitaba comprender que el contrario podía seguir existiendo para mí. Hace siete años, sin pensar, me salté un stop. Hace siete años que vivo en una silla que se va haciendo cómoda a medida que comprendo lo que es la comodidad. Todo el mundo puede imaginar el horror de perder la movilidad, el horror de perder la independencia y el macabro mundo nuevo que uno escupiría desde la profundidad de un alma que ya no tiene profundidad, que quema y aúlla miserablemente, como si en eso consistiera su misión, su única misión.

Pero les resulta más difícil asumir que el ser doblegue su carne y su mente a la rigidez, a la desnudez, a la inoperancia; porque esa misma alma recibe como un soplo misterioso la presencia fabulosa de la vida, en cualquier ámbito, tocado o no de avatares generosos o de crueles burlas; la independencia del alma es su individualidad y aún su goce y el fervor con que se la puede mirar.

Todo me pareció justo, en su lugar, adecuado. Era alemán pero escribía en inglés, de modo que podía contestarle. Sólo buscaba una chica honesta, educada y de buen corazón para amistad. Pedía una foto. De él no hablaba; este paso me suponía dos cosas muy importantes: desde el accidente no había intentado conocer a nadie, era valentía para mí arrojarme al mundo que había distanciado y perdido como si mi desaparición fuese ya un hecho. Incluso pensé que le ofrecía muchas cosas, pues mi alma adormecida se congratulaba de nuevo con la existencia a través de él. Aposté y gané, en principio. Porque desde el comienzo fue sincero, abierto y consciente de sus palabras, parecía no sólo amable sino dispuesto a agradar a quien se cruzara en su camino.

La segunda cosa que tuvo gran peso en esta relación fue que nos escribiésemos en inglés: insegura como estaba de la caricia aún interrogante del mundo por venir, la lengua extranjera, su mundo, su mirada sobre las cosas, eran pura irrealidad; como la imaginación, que está llena de memorias y llena también de su propia creación, y no una simple fantasía que hubiese sido entonces torpe, volandera, loca.

Le mandé la foto, donde se me veía sólo de medio cuerpo, no me pidió más. Me la hice para enviársela, yo no le mentía, al revés, acusaba una desazón enorme por el hecho de avanzar de forma múltiple: había borrado de mi rostro la agonía que llevaba reflejando durante siete años, sólo para ser capaz de darle lo que todavía pensaba que no volvería nunca a dar.

Todas sus cartas eran precisas, llenas de detalles sobre una vida que me pareció silenciosa y bella, singular. Esta particularidad se centraba en su trabajo, era encuadernador: vivía en un pequeño pueblo cercano a Munich, y reproducía en un taller artesanal, volúmenes de la historia o la literatura alemana olvidados por la absorbente, la implacable modernidad. Pero no la rechazaba, me pareció que vivía a gusto con su medio, o tal vez que había sabido hacerlo suyo.

Yo también veía una metáfora en el hecho de que estos fueran libros olvidados: hoy se tiende a olvidar todo, lo vivo y lo muerto; y especialmente, lo inútil, aunque esté muy vivo. Esto era justamente lo que me pasaba a mí.

También él me envió una foto: se veía al fondo un bosque muy poblado, la luz era naranja, en medio de unos arbustos muy vigorosos asomaba un hombre alto con apariencia sencilla. No puedo decir mucho más. Excepto que yo no quería ver la foto. Tardé en darle la vuelta. Y fue la única de sus cartas que no volví a tocar. Le tenía reservado un espacio de mi corazón tan concreto y correcto como sus acabadas frases.

Él en cambio, había mirado mi foto muchas veces y no me lo ocultó. Una vez escribió: Your photo proves to me that angels do most definitely exist and you are one. Me dio miedo. Yo había sido muy atractiva, todo me presagiaba hermosos sueños que compartiría con dulces amadores. Pero ahora no quería, no podía. Tampoco recordaba que mi cara seguía siendo la misma.

Él descubría una ilusión que renace pero no reconocía su naturaleza, porque yo tampoco la reconocía. Vivía sentada como si esa fuese la forma natural de vivir, no había asumido que el mundo exterior estaba lleno de negros, insufribles, incomodísimos handicaps para las personas de mi condición.

Sus cartas empezaron lenta y delicadamente a ser románticas. No sé por qué lo dejé. Quizás con él me vengaba también del mundo que había puesto un stop donde yo hubiera necesitado una avenida de cipreses, abierta, alegre. Es como cuando permites a alguien que te desabroche un botón y luego te juras que los demás se desabrocharon solos. Eso jamás ocurre. La voluntad es un suplicio pero con normas y reglas muy definidas. Todo sucede porque uno va a buscarlo. Todo menos el stop. Yo, tan convencida de que el mundo tenía esta abigarrada y casi enfermiza reversibilidad, no podía mantenerme a flote a la vez con sus propuestas y mi situación.

Yo le hablaba de mis estudios a distancia, nunca le mentí. Es acaso mentir no contar. No se cuenta casi nada, es decir se cuenta una parte ínfima de lo que se vive, de lo que se siente. No es en cambio, que a la belleza se la relaciona fácilmente con la posibilidad de todo; el mundo es también para él convencional, me dije la primera vez que desconfié de nuestra inmejorable amistad.

Entonces llegó la carta que yo había olvidado, que yo había ocultado como una tela envenenada bajo mis sábanas, porque incluso con la lanza rota por su amor, yo estaba en el margen de la oscura incapacidad, esa que se enciende cuando uno de noche, a solas, se relata la verdad, con frases cortas, con un sólo verbo. Decía simplemente: I love you and would be honored to have you as my wife.

Era una tarjeta, representaba una enorme piedra de oro, sostenida cerca de un precipicio. Su mundo era una metáfora del bien para mí y esta tarjeta por casualidad o porque yo me empeñaba, proponía una definición alegórica de mi vida: una piedra -inmóvil- de oro -valiosa- al borde de la caída: no podemos, no podemos, no podemos...

Como es natural, estas historias no acaban, él vendrá o no vendrá, cogerá un avión o un tren, atravesará una tormenta o un río, verá luces, tocará animales, respirará asfalto. Yo he alumbrado mi habitación pero no puedo apagar la luz, y a veces se necesita la oscuridad, si no, no existiría.

El mundo que me colocó en un cruce amargo, me colocará tal vez en otro, cuyo dolor no preveo, cuyo color voy a imaginar.


 

NO PUEDO TOCAR LA VIDA

 

Entre los cientos de corredores que circulan por el palacio ducal de San Atanasio en la costa veneciana, hay uno que conduce a una pequeña estancia triangular, en el último piso, coronada por un tejadillo que resiste y recibe a la lluvia casi perenne en el invierno.

Se trata de un monumento histórico que se puede visitar. El pase de siete a nueve incluye la visión del fantasma de la niña enferma.

Esta joven, muerta a los doce años, en la plenitud de su infancia, que ya prometía una feliz adolescencia y mejor madurez, adoraba la vida y desde su tumba habría dado golpes por las noches, para que todos recordaran que ella no había querido morir, y mucho menos que las parcas saborearan su luctuoso viaje desde el Averno.

Rebelde, díscola, desobediente, nunca estudió ni mostró la menor inclinación por aprender ninguna de las enseñanzas que entonces debían adquirir las jóvenes de su posición.

No era hermosa, pero la vida, arrojada a su pecho como una lanza ardiente, la convertía en un espíritu noble, más allá de su nobleza de cuna: deseosa de experimentar cosas nuevas, jugar, saltar, correr, disfrutar de los árboles, del sol, del agua, de los placeres simples.

Nada de piano ni canto, ni lecciones de francés; mucho menos agujas para bordar o pintura sobre tapices.

A la niña enferma no quiso darle la naturaleza ese privilegio con que dota a las muchachas de encendidas mejillas y piel suave, vigorosos cabellos y fuertes piernas.

A pesar de sus deseos, el corazón, tan salvaje por su ímpetu, tenía un mecanismo muy pobre. No hacía correr a la sangre por sus venas como corría ella por los pasillos interminables del palacio ducal. Por esta razón, al menor golpe, múltiples hematomas con forma de flores dormidas, le salpicaban la piel. Era toda ella un ramillete que se dibujaba inconstante por sus poros abiertos. Y en el centro, una sola flor silvestre.

La niña enferma, al pasar la pubertad, empezó a sentir el cansancio infinito del corazón siniestro, la falta de deseo; el rigor y el desacierto de los doctores la redujeron a la habitación triangular que, alejada del bullicio de los salones principales, debía proteger a su corazón desasistido, como una figura de cristal en una caja rodeada de algodones, que lo preservara todo el tiempo posible.

Desde allí oía la música de los bailes, imaginaba el rumor de los trajes de seda, el tintineo alegre de las copas y las arañas de luz sobre el techo de espejos, que mostraban a las parejas dando vueltas incansables en el vaivén infinito de la noche.

Cuando su alma empezaba a abrirse a la vida verdadera, al agradable roce de la piel de los demás, al elegante contoneo de las figuras juveniles a través de los susurros y los secretos y los enigmas de los amores primeros, ella, condenada al olvido, se reconcomía por dentro, se marchitaban sus ansias de vivir, contando los grados de su habitación triangular. Echada en el lecho, contemplaba con angustia las esquinas, se detenía en los frescos de las paredes. Ángeles gordos y delicados que tocaban la flauta miraban desconsolados a la niña enferma.

Como ella no creía en los espíritus, los ángeles determinaron dejarle notas sobre la mesilla; la primera de ellas decía así: "Queremos ayudarte", luego: "Creemos saber lo que necesitas". Ella pensó que algún criado compasivo quería alegrarla un poco, darle a beber de la fuente, de todas las fuentes, como es necesidad de los abandonados.

La tercera fue la más importante: "Si quieres volver a la vida, debes dejar que mientras duermes, te saque una gota de sangre. En tu próximo sueño, que durará ya para siempre, podrás hacer todo lo que siempre has deseado, aunque nadie te vea durante al menos, siete años."

La niña no lo pensó dos veces, sobre su cuaderno inmaculado, escribió: "Sí, quiero", que era como una boda de sí misma con el mundo, otra vez, más ardorosa y vehemente que nunca.

El ángel más decidido bajó esa noche de su mural templado y después de observar el sueño tranquilo de la niña, pinchó uno de sus dedos con un estilete de oro, y ella se desvaneció y de su cuerpo salió otro cuerpo igual pero más ligero, al que la sangre del corazón insulso ya no podía paralizar.

Ella notó que el cuerpo se le aflojaba, ya no sentía peso ni picor, ni desazón ni cansancio. Sólo se sorprendió al ver por la mañana que del palacio salía un cortejo fúnebre ante el cual desfilaba la guardia del duque llevando el traje solemne y los penachos negros.

Como ausente y sólo impulsada por la brisa del albor primaveral, corrió al campo de tiro, montó en su caballo y no se detuvo hasta el lago. Luego bebió de la fuente entre los álamos y volvió dando un paseo por la campiña, fresca aún del rocío nocturno y la lluvia reciente. Todo era perfecto. Atravesó los campos de labor, nadie la saludó con la mano como antes, pero recordó la advertencia del mensaje. Por la tarde, fue a nadar al pantano, se revolcó entre los cochinillos junto a la alberca, recogió violetas silvestres, miró al sol poniente enrojecer los prados como una brasa nueva.

Se retiró a su habitación entrada ya la noche. Algo había cambiado: un grupo de señores hablaban de dolencias del corazón, de compromisos y trabajos para mejorar la salud pública. Parecía una reunión muy seria, a la que habían asistido los consejeros de su padre en distintos lugares de la región.

No supo qué pensar, pero aquella noche su cama le pareció tan dulce y suave que la invitaba a un sueño largo y tranquilo hasta el próximo amanecer que ya deseaba.

Durante siete largos años casi nada cambió en el palacio. La niña ocupaba sus horas entre la mansedumbre del campo y la plenitud del mar, siendo siempre la misma muchacha de trenzas doradas y pálidas mejillas. No había conocido el amor y por tanto no podía añorarlo. La soledad de sus años encerrada en la habitación triangular, la habían hecho también olvidar a sus semejantes, a los que observaba, muy tranquila por su invisibilidad, como lo que era: un alegre fantasma, aunque ella no lo supiese.

Transcurridos los siete años, una noche de invierno al volver a su celda, vio una nota en la mesilla: "A partir de ahora serás observada como leyenda del pasado, por los visitantes que acuden al palacio; te rogamos aceptes esta interrupción en tu vida diaria de siete a nueve.s Los asuntos financieros andan mal, tu padre ha donado grandes sumas a la investigación de las enfermedades cardíacas. Tú a ellos no los verás, igual que en tus paseos durante el día, nadie te ve a ti".

La niña aceptó este requisito pues, sin duda, los nuevos tiempos hacían cambiar muchas cosas, aunque ella no entendiera bien la finalidad. Campos, prados, aguas, montes, ciervos, todo seguía en su lugar, no había de qué preocuparse.

Es por esta razón por la que todas las entradas de última hora al palacio, tienen como detalle curioso la visita a la habitación triangular, donde el turista comprueba que, efectivamente, esa niña enferma y muerta doscientos años atrás, sigue echada en su cama mirando a los ángeles de las paredes, que oportunamente la informan con mensajes dejados sobre la mesilla.

Sevilla, madrugada del 6 de septiembre de 1998


 

NUBES HORROROSAMENTE BLANCAS

 

El lavandero del manicomio se llama Gabriel y sonríe con frecuencia. Cada mañana recorre una distancia de tres kilómetros en bicicleta subiendo y bajando cerros, hasta divisar las torres descarnadas y rojizas del edificio, como manchas de sangre en un traje de fiesta.

Él sabe mucho de vestidos y pantalones, mucho más de sábanas y ropa de casa. La casa de salud tiene una azotea muy grande donde tiende los despiadados trozos de tela al viento inconsciente de la tarde.

Pasa todo el día en el sanatorio pequeño, antiguo hospital de San Lázaro. Muy temprano recoge en grandes cestas todo el tropel embarullado que baja por canales creados al efecto, desde los pasillos normalmente en silencio de la vivienda. Su propia casa no es más alegre.

Resulta estremecedor y hermoso el esfuerzo o el logro que hacen o consiguen estos lugares para crear un orden que realmente está fuera de todo orden. Gabriel como los ángeles más señeros, pone su mano para cooperar al equilibrio y a la tranquilidad de los enfermos.

En el sótano hay una gran sala con máquinas muy rugientes que revuelven las telas y las machacan hasta lograr la temible y siempre deseable limpieza. Esto le recuerda al dolor de la cabeza humana para su pulcritud y bienestar cuando un inesperado virus o una experiencia malsana o un nosesabequé lo ha transformado todo y ha convertido al mundo en un infierno que estos lugares disimulan con esplendor.

El joven vacía los recintos de blancura nueva, se deja las manos entre sustancias muy fuertes y olorosas que desinfectan los tejidos y los rehacen para imitar un estreno, que es ya muy antiguo, nadie sabría decir cuánto. Durante el resto de la jornada, pendiente de las idas y venidas de las monjas y sus bandejas y sus susurros y sus reconvenciones, Gabriel sube y baja a la azotea portando otros cestos más fáciles de llevar.

La mente humana es la azotea donde se ventilan o se entumecen las ideas, se dice mientras balancea el cesto, lo deja en el suelo y mirando fijamente a las sempiternas nubes, comienza a desbrozar los contenidos. Aquí la ropa interior, allí los sufrimientos, aquí las batas de trabajo, allí las obsesiones, aquí las sábanas, allí el perdón o las miserias.

Diez años en el sanatorio le han dado a conocer muchas cosas que no le ha contado a nadie. Cree firmemente que la locura es una enfermedad igual que un catarro, pero aún tiembla cuando por las escaleras una mujer grita y escupe espuma blanca camino del electro, o cuando la sala de juegos se convierte en un amasijo de muñecos de cuerda incontrolados.

Una semana después de iniciar este trabajo, se juró que lo dejaría no bien encontrase cualquier otro. Pero ese primer mes sería importante para el resto de su vida.

A principios de noviembre, un día muy claro salpicado de cúmulos y de ventisca, apareció un coche muy elegante por el camino de los cerros; la puerta del sedán se abrió como el capullo de una flor negra y dejó ver su interior, que no era otro que Águeda. Tendría apenas veinte años y la piel muy blanca: su vida parecía haber transcurrido sin una gota de sol.

Llevaba un traje de gasa celeste y un sombrero, que el fabuloso y discreto sanatorio convirtió en una bata milbotones y nada más. No hablaba ni gritaba, comía en un rincón y recibía una visita al mes. Gabriel sólo la veía al entrar a veces en el jardín o desde la azotea que divisaba todo el lugar. Tenía cara de mujer y ojos inexpresivos, no vacíos, sino de alguien que no se atreve o no se permite decir lo que siente.

Al principio su aislamiento producía pavor. No se acercaba a nadie ni nadie se le acercaba. Pasaron varios meses sin que nada cambiase. Un día de verano ese primer año, Gabriel alargó la jornada ante las inminentes vacaciones, quedándose después de las ocho, hora de ir a dormir.

Cuando subía del sótano la vio sentada en el alféizar de la ventana frente al jardín y la luna abierta, rodeada de tranquilas nubes estivales. Se acercó y Águeda no se fue ni hizo ningún gesto de miedo; sin poder evitarlo, le rozó el pelo y la acarició: el vacío de sus ojos hizo una tregua martilleada sin embargo por el dolor y sus labios se entreabrieron suspirando.

Ese rincón secreto y oscuro fue su lugar de encuentro durante el resto del verano. Gabriel pensaba y se estremecía al contacto de sus labios finísimos y fríos, de sus caderas redondas y estrechas, de sus piernas inalcanzables. Era verdad: vivía. Aunque ella no lo supiera ni pudiese después recordar sus experiencias ni comunicarlas, ni alegrarse con ellas. Pasó miedo, tomó precauciones, vigiló puertas y pasillos, la esperó. No sabía definir sus sensaciones que eran una mezcla de sorpresa y júbilo, como suele ser el amor, cualquier amor.

Durante casi una hora miraban desde la ventana las nubes blancas o coloreadas al poniente. Se aproximaban, respiraban cerca, compartiendo algo que también ponía un abismo entre ambos.

La enfermedad esta, que debía parecerse a un catarro, ironizaba en su interior, la ha dejado sin habla y sin contornos; es una mujer pero tan empequeñecida y quieta, que podría no serlo. La locura lo representa todo porque no vive en nada. Todas las posibilidades que caben en una mente, se rompen y se desquician cuando llegado el momento, uno se ha arrojado sin red al vacío de la inquietud, de la angustia, tal vez de la salvación.

Nunca conoció su historia ni la preguntó. Todas las historias pueden conducir a la locura, pero la suerte o el interés o el amor, están sólo de un lado. Durante diez años pensó y respiró junto a Águeda, sin saber si afecto, contemplación o curiosidad podían desligarse en esta trama inmisericorde, allí frente al jardín de las nubes, de las nubes siempre, que manchaban el paisaje como si la totalidad no existiera, como si uno tuviera que caminar siempre a parches, como caminan tal vez las mentes de los enfermos, sin ocupar espacio, sin definir sus límites.

Hoy Gabriel no sabe qué hacer: después de diez años de trabajo lo trasladan a un hospital mayor, donde podrá ocupar una oficina y abandonar de una vez irremediables sábanas y antisépticos devoradores. No sabe qué sería abandonar a Águeda, por eso cuando baja por última vez el camino de los cerros, mira ansiosamente a las nubes y las quitaría para siempre de su vista, como el recuerdo de ella que no está lleno de recuerdo sino de la fascinación lóbrega y bella de amar la insania y la blancura.


 

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