Ricardo Iribarren

Inocencia del cordero

 

Rinat Izhak: Redes

 



El cordero es una mancha sobre el día.
Tan blanco,
que anuncia sombras rojas
y el rosal florecido
grita a las madrugadas
que cuando llegue el mediodía
habrá un muerto más sobre la tierra.

Gocho Versolari


Cuentan los Sirigones que vivimos, nos movemos y morimos dentro de un enorme cordero que es todo el universo. Con el paso de los ciclos, este manso animal se convertiría primero en un dragón y luego en un tigre, siguiendo la creciente violencia de los hombres.

El cordero es pacífico; une, no separa, y cuando hace milenios decidimos someter a la naturaleza a fuerza de acero y guerras, debimos sacrificar cientos de miles de borregos para aplacar a los dioses sanguinarios.

—Cuando era niña tenía un cordero blanco, con una mancha negra en medio de la frente —dijiste mientras partías un sándwich con el cuchillo corvo y afilado que fuera de tu padre—. Al llegar de la escuela, pasaba horas acariciándolo.

Pensé en la ternura de tus manos sobre los vellones y sin contenerme, te tomé el rostro y besé suavemente tus labios.

—Al cumplir diez años, degollé al cordero. Le corté el cuello con este mismo cuchillo, y luego estuve horas mirando los rizos que dibujó la sangre al caer sobre la tierra...

Te miré con horror, imaginando tus ojos curiosos, mientras el sol iluminaba el cadáver de la víctima. Era monstruoso y a la vez erótico el contraste de tu voz, casi de niña, y la descripción de aquella muerte brutal...

—Mis padres nunca lo supieron, y cuando lo confesé a un sacerdote, me dijo que el cordero había sido el propio Cristo; en esta época pecadora, todos los hombres lo matan una vez en sus vidas. Aquel sería el momento en que yo sacrifiqué al Salvador.

—Es una interpretación interesante.

—No creo que fuera Cristo, sino un cordero; mi cordero. No pretendí otra cosa que verlo morir. Sentía la curiosidad de un niño al descubrir como funciona un juguete.

—¿Y lo supiste?

—En la mirada del cordero al agonizar, estaba todo; lo que nace y lo que muere. La lluvia y el sol, la noche y el día; en la muerte de mi cordero vi el mundo, y supe que alguna vez un dios curioso dará candela al universo y las víctimas seremos nosotros. Querrá ver los dibujos que traza nuestra sangre al caer sobre una tierra misteriosa.

Volví a mirarte con asombro. No te creía capaz de aquel lenguaje; de esas conclusiones.

—Muchos hombres en la lejana antigüedad pensaban que el universo era un enorme cordero —expliqué— que al matar a uno de ellos alimentaban al animal fabuloso que nos sostiene y de ese modo, recibiríamos beneficios...

Antes de contestar, sonreíste coqueta.

—Cinco años después de la muerte del cordero, tuve un novio que me escribía poemas; en uno de ellos elogiaba la belleza de mis senos y por alguna razón, hablaba del sacrificio. Recuerdo una de las estrofas: En toda ofrenda / el acero ama la carne / Del coito de ambos cae la sangre / y la muerte triunfal / cabalga los dragones del día.

El brillo de tus ojos, la sonrisa pícara y la forma de adelantar los senos, me advertían que hablabas de tu novio anterior para darme celos. Reconozco que lo lograste. Bajé la cabeza y simulé mirar una caravana de hormigas para que no vieras mi rostro rojo de furia. Los últimos versos del poema de tu novio seguían sonando en mi mente: ...el amor entre el metal y la carne tiene como resultado el sacrificio.

Al levantar la mirada, te vi dormida sobre la hierba; tenías la cabeza levemente caída hacia atrás y la brisa agitaba la falda, dejando ver tus muslos. Desde el escote surgía tu cuello, con una textura lejana de tan sedosa.

Encendí un cigarrillo mientras recordaba a Mircea Eliade: ...en las sociedades donde se realizan sacrificios humanos, un cordero es cualquiera capaz de soñar y renunciar a la malicia. Un sujeto corrupto o sometido al miedo que llega con los años, no podría ser cordero. No se trata de la pureza en sentido cristiano, de la ausencia de actos considerados malos; hay en los niños una crueldad natural que acompaña a su candor.

La inocencia del cordero era tan sensual, que no me sorprendía el amor del acero asesino por esa carne blanca. Me acosté junto a ti sin despertarte, y al acercarse a la pureza de tu cuello, mi boca se llenó de saliva. Traspirando, respirando apenas, recogí de la hierba el cuchillo corvo y afilado que fuera de tu padre.

El silencio era total y en la tarde clara, brillaba la precoz silueta de la luna.


 

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