Reyes Font

La llamada de la selva
y otros cuentos

 

Susan Ricker Knox: Té japonés

 


 

LA LLAMADA DE LA SELVA

En lo tocante a originalidad, mi familia se lleva la palma. Un criado alto y sigiloso limpia nuestras ventanas y nos ameniza la conversación. Un guacamayo se entretiene en sabotear nuestras comidas, insultándonos en portugués, ya que es portugués. Sucesivas oleadas de gritos e imprecaciones acontecen durante todo el día para indicarnos que debernos estar alerta. La pasión que ponemos en todo nos condena, pero da a los hechos cotidianos una inaudita placidez y, a veces, un jolgorio indescriptible.

Sucede que vivimos de espaldas al mundo, cargado de útil amabilidad. No somos amables. No ofrecemos bebidas a nadie. No sabemos usar los inventos, ni los servicios más simples ni los contestadores, ni casi el mando a distancia.

No es que dialoguemos, pero peleando también se descubren cosas interesantes. Por ejemplo, el espacio. A todos nos resulta importantísimo, pero no podemos evitar ir acumulando materiales procedentes de los más diversos lugares.

X disfruta recogiendo sillas de los contenedores y basureros; sillas que arregla, pinta y deja como nuevas. Pero lleva haciéndolo tantos años que podríamos llenar con ellas el patio de butacas de un gran teatro.

Z siente predilección por los pájaros tropicales, de modo que cada semana recibe en período de prueba una docena de aves que tardan otra semana en desaparecer. La habitación destinada a este trasiego guarda inmundicias de todos los colores, que son estudiadas con detenimiento por Z, para reciclarlas con fines industriales.

T es de una piedad exigente y comprometedora. Tiene promesa de reunir a todo el santoral del calendario español en forma de escultura de tamaño natural, pero tomadas de iglesias, por aquello de la bendición. A la entrada de la casa, el dedo singular de San Benito, patrón de Europa, indica el tenebroso camino. A continuación, Santiago, patrón de España, seguido de Santas Justa y Rufina, patronas de Sevilla, y luego San Martín de Tours, patrón de Bollullos de la Mitación, etc.

F es decididamente cleptómana de productos alimenticios imperecederos. Filas de latas de conserva, platos preparados con todas las vitaminas y proteínas necesarias, panes sintéticos, bebidas energéticas y mucho más, llenan una habitación, cuya puerta cedió al empuje de tanta caloría.

R reúne libros cualesquiera que sean su tamaños, colores, formas y por supuesto, utilidades. Miles de libros se arrinconan en montículos, detrás de las puertas, tapiando las ventanas, llenando armarios, debajo de las camas o simplemente por el informe y vulgar suelo de losetas rojas; algunos gigantes, casi tan grandes como los santos, otros diminutos, invisibles, curiosidades halladas por doquier, objetos por excelencia.

Por estas y otras excentricidades, nos abuchean cuando salimos a la calle, nos tiran hortalizas y hablan a nuestras espaldas de todo lo que nosotros nos echamos a la cara. Es curioso. Si lo supieran, tal vez no lo harían. El pecado, el mal, lo es en gran parte, por inesperado, sorpresivo, capaz de cambiarnos la vida.

El día del terremoto, estábamos todos en casa. El pueblo donde vivimos quedó destruido. Nuestra casa se salvó porque es insalvable. Está en una encrucijada de caminos, grande, poderosa y llena. Por primera vez tuvimos conciencia de este detalle.

Poco a poco fue llegando la gente, desahuciada de sus hogares, por la fuerza natural de la tierra, lo cual se convirtió, además, en fuerza mayor.

El resto de la historia es imaginable, real y tradicionalmente imaginable. Como en los cuentos, lo inútil se hizo mágicamente positivo, necesario, importante.

Se necesitó entonces el alimento robado sin ninguna codicia, sino con enfermedad, para evitar ahora enfermedades peores. Utilizamos las sillas para sentar a los heridos y a los cansados visitantes.

Incluso pensamos, qué gracioso, que hubiera sido mejor una colección de camas, y en silencio, sonreímos. El espíritu del dolor encontró paz orando ante tantos santos cuasi humanos que, hasta entonces, eran expectantes figuras sin devotos. Los libros entretuvieron y dieron a conocer singulares historias a todos los vecinos del pueblo. Puede que algunos, incluso, descubrieran algo fundamental para sus vidas.

Los pájaros realmente no sirvieron para nada, pero tras el silencio gigante de polvo y escombros que el temblor de tierra sembró en el pueblo, se decidió soltarlos para su libre albedrío. Desde entonces se han reproducido y cubren el cielo de la población, que se reconstruyó con gran esfuerzo y la medicina de nuestras improbables dedicaciones.


EL PLANTÓN

Los odio, los odio. Me tiré en la cama y les juré odio eterno. Era por la mañana, entonces se oían ruidos como el silbato del afilador, gente pregonando o movimientos que yo, desde mi rincón, identificaba; probablemente no eran lo que imaginaba, pero me divertía viendo por el sonido.

Madurar un odio en la infancia es una tarea obsesiva y dificil. Se van y vienen los motivos. Pero uno no puede razonar correctamente -y ahora querría no saber hacerlo siempre- y la no comprensión de las cosas lleva a un dolor cruel y sordo, casi estúpido, porque no tiene nada de lirismo ni de atenuación.

Recuerdo que estaba vestida para salir; el motivo de aquel desasosiego tan penetrante era que, finalizado el curso, para celebrar mis buenas notas y las malas notas de la otra hija de la familia -por lo visto-, íbamos al cine. Yo estaba deseando ver La dama y el vagabundo, y el otro bando suspiraba por una película sobre la vida de Cristo.

El dolor me pareció una aguja, un pedazo de metal injusto que se clavaba dentro de mis dientes y por sitios donde era sanguinariamente duro sentirlo. Tenía puesto un vestido de flores muy suave, con un lazo en la espalda, muy delicado, pero yo me sentía un monstruo desprotegido.

La injusticia se me formuló como un credo. En ese momento de reflexión obligada quise que existiera Dios, porque así su mente suprema total y perfecta, hubiera dicho que yo tenía razón. ¿O habría dicho otra cosa? Sigue tranquilizándome la inteligencia ilimitada de Dios pues implica que los conflictos infinitos son finitos, abarcables y que el misterio también lo es.

Yo había entendido que me correspondía la elección. Me habían ayudado a creerlo. El paso de los años me ha enseñado que nada es creíble hasta que no lo he escrito, por lo menos. Naturalmente hay poco de necesidad en ese tipo de divertimentos. No debería haber sido importante. Si no fuera porque ya no se verían más películas en el cine en todo el verano, y sobre todo, porque yo relacioné el hecho con una negrísima ocurrencia que me venía haciendo la vida imposible desde la cuna: los celos.

Ya sin razonamientos, favorecer la voluntad de la otra parte significaba como mínimo, mayor comprensión de sus deseos. Y qué significaba eso sino un instinto más claro de protección, satisfacción y amor hacia ella...

Quise haberme vestido de niño. Pero aún no usaba pantalones. Se me ocurrió que me sobrevendría un mareo, o el infierno en pleno ante mis ojos. Y esto sobre todo, por ser una niña ignorante y ridícula.

Cuando comprendí esto ya llevaba en la cama más de una hora. No los oía. Habían salido. Yo también había hecho mi propia elección. No fui. Terminaba aquel verano quinto de EGB, una especie de culminación del prosaísmo que presidía entonces mi vida.

Había sido tan obscenamente disciplinada que estaba harta de mí. El premio era un mínimo reconocimiento que necesitaba para creer que dirigía, desde mi espacio tan reducido, el valor sin precedentes de aquellas magníficas cosas que acababa de descubrir: las ciencias naturales, la sociedad, las perfectas matemáticas y el lenguaje ilimitado.

Abrí la ventana, el sol de junio había bajado hasta nuestro umbral. Ya los odiaba menos. La tarea era ahora mantenerme en esa línea tan caótica del enfado y la exposición de mis quejas. Escribí una nota. Me pareció muy pobre para tantos deseos frustrados. Aún no sabía que estos eran el proyecto de un edificio que se sostendría ya durante toda la vida: entrando, saliendo, mirando, a veces, incluso bombardeándolo.

Se había comentado que Dios me dejaba sola porque no quería ver la película de su vida. Esto me pareció mezquino y de forma irreverente pensé si querría Dios ver la película de mi vida.

Se me ocurrió que Dios tenía una gigante filmoteca con películas de cada uno de los seres humanos. Para castigar o premiar no tenía más que proyectarlas y recordar las hazañas de uno u otro.

Aún así, era una tarea enorme, lenta, difícil. Qué memoria la de Dios.

Aquel día lloré con rabia y pataleo. Por la tarde me dolía el cuerpo. Interpreté y le di sentido al dolor. Recuerdo que su tardanza me dio miedo. El abandono se cernía sobre la casa oscurecida y pensé cómo iba a vivir a partir de entonces. No sé si realmente se se modificó algo.

En el cuarto de jugar se ponía el sol, que entonces me pareció famélico y como impertinente. Hablé conmigo misma. Qué hacer.

Cogí el Cinexin. Estaba algo maltrecho; yo acabé de arreglarlo. Sobre la pantalla blanca, donde se proyectaban las minipelículas, dibujé sin calcar, a la dama y el vagabundo. Resultaron dos perros feos, furiosos, no me los imaginaba así. Les di color con rotuladores para que ya no se pudiera borrar ni ver ninguna otra imagen.

No merendé. No leí. No miré mis cosas. Algunas circunstancias de la vida entonces y ahora, me han paralizado, quizá por una soberbia intragable.

Después volví a coger el aparato. Lo llevé a la ventana y lo despeñé. No me pareció que hiciera nada malo en ese momento. Anochecía. Que la noche se comiera mi falta. Tuve miedo del padre. Pero pensé que había otro padre todopoderoso que entendería mi gesto. Casi inmediatamente este pensamiento me avergonzó. La piedad, la satisfacción o el deber. Todo mezclado e incomprensible.

Hoy el dolor es total. La injusticia, inabarcable, desde mi presuntuoso pero trabajado y logrado punto de vista. Pero la historia ya no me pertenece. Me he quedado sólo con la teoría de que tengo una tendencia natural a desarreglar el mundo.


TODO ROTO

Cuando te vi la primera vez, oí que se caía algo muy fuerte y contundente a nuestro alrededor. Todavía no era a nuestro alrededor. No sé si cristales, piedras o estrellas. Tampoco sé si más tarde lo descubriré.

Aquel día la música se reía de mí. Era a contradanza, la ceremonia de mis pretensiones. Qué suerte que a ti no te lo pareciera. Perdí el ritmo, tropecé mil veces, el cuerpo, a más temperatura que el ambiente, ya en julio, no me respondía. Estaba nerviosa y desconcentrada, aunque esto a veces propicie un estado arrebatadoramente atractivo, sencillo, en el que uno tiende a protegerse, sin saber, de momento, de qué.

Tengo que acostumbrarme a oír otras músicas, las que provienen de un exterior comprometido, irónico a veces, cosa que en realidad, me aterra.

Al salir de casa, la pastilla naranja de la luna esfervescía como un medicamento a punto de ser tragado. Abajo, sobre la ciudad ardiente de encuentros y emociones, se dejaba sentir como una matrona gorda y feliz.

Yo, que caigo con tanta facilidad, con obtusa dependencia, en un ambiente a medias inventado, no imagino sin embargo nunca lo que va a ocurrir. Me coge todo por sorpresa y es emocionante verme a mí misma doblegada a los giros imprevisibles de la realidad.

Te vi en el arco de luz que formaban las bombillas de verdad del baile, y una bombilla de mentira, como bocadillo de un cómic se encendió en mi cabeza. Inevitable. Ya había oído el zambombazo y estaba dispuesta a conocer su origen.

Al otro lado en pendiente armonía con el lugar estabas tú y no sé qué oías.

A mí la música como la emoción, a partes iguales, me destroza o me eleva a las nubes. Pero con tanto ruido interior no conseguía dejarme llevar. Menos mal que te acercaste y soplándome al oído un comentario, pretendí que podía pegar los trozos rotos, pegándolos.

De los primeros encuentros recuerdo siempre el miedo, la inseguridad y algunas palabras. Normalmente las que no justifican mi presencia en ningún sitio.

De la segunda cita, sólo veo una tabla de billar y un juego donde las bolas se rompen al caer al suelo, que está realmente lejos de nuestros pies. No voy andando por ningún tapete ni es verde ni de terciopelo. La luz ha hecho que recuerde con el jazz de fondo, la escena de una película de gangsters. Juegan a cartas, manipulan su imaginación. De repente, en una venganza premeditada y correcta, tirotean a los compañeros de juego. Oigo los disparos y renuncio a otra partida.

La música me llega a medias pero presencio rupturas que me abren los ojos. El juego ha dejado de ser precioso, ya no protege, para convertirse en una aventura de los sentidos.

Los colores, la redondez obnubilarte de las bolas que al chocar multiplican el sonido y es estruendoso como una tormenta de película, placas de metal, cocos sobre mármol. No sé qué más.

Sería impropio decirte que oí muchos otros ruidos de cosas rotas. La cinta que te dejé se rompió, enredándose en el sonido de tu radio, rompiendo a su paso otras cosas inmóviles, nunca oídas. Qué grato saborear tu silencio. El pájaro destrozó un libro de la biblioteca, eso sí, con ruido y malas artes. No quiero seguir.

Cuando oigo la cinta tuya, desentierro en mi interior todas las músicas que significaron, que hicieron su hueco para tener empuje o punto de partida, al menos.

Todo lo que se ha ido rompiendo tiene que ver con el sonido que producen. No sé si antes o después de la ruptura.

Hemos vuelto al billar. La hecatombe se dejó sentir entre el calor y los palos, que se volvieron lacios entre las manos, después del esfuerzo.

Al salir ya no había luna ni fresco ni otros detalles que me ayuden a relajar la tensión de tantos encuentros ruidosos.

Aún no sé. Silba el viento entre las copas de vino y las palabras dichas interrumpidamente. El volumen se impregna de caída, contorno, color.

Voy a instalarme en una radio para sintonizar mejor con mis propios intervalos sonoros. También he comprado un billar diminuto que me recuerda cuánto me queda por aprender.

Imagina que el ruido ambiente dependiera de un enorme interruptor que se pudiera bajar o subir a voluntad. También presiento las gigantescas manos cuando todas las luces de la ciudad se apagan, aún de madrugada.

Apenas hemos hablado pero puedo reconstruir las conversaciones que tendremos. Es un aliento del alma, el son roto y compacto, fragmentado por una imaginación piadosa.


EL COLOSO

Eres una estatua, un gigante pétreo que me plantó en la tierra y se me puso enfrente desde el principio. Sé que he intentado remontarte, subir por tus pies, las piernas rígidas, hacia una cintura también en retroceso hasta el masculino torso y la cabeza.

En ella me instalé desde la primera mirada. Los ojos son cauces vacíos, caballos de una batalla que dura siempre. Con el azul verdoso de la tempestad y el orgullo. La boca fuerte, la nariz proclive a desmentir las verdades que yo entiendo, con una misteriosa sensualidad sin embargo.

He sobrepasado tu severa imagen a costa de mi esfuerzo para descubrir que detrás de esa inmensa llanura donde estás instalado, como en un espejismo aterrador, no hay nada; la tarde no existe para que yo no tenga que hacer el sacrificio de trabajarla tanto: nadar, correr, estudiar, escribir finalmente.

Y labrar la piedra. Como un torpe escultor me he quedado con el cincel oprimido entre piedras iguales. Y con una fuerza que nadie apostó para mí, de flaqueza absurda, he ido golpeando. Sólo hay piedra y más piedra. Como si la estatua no fuera vertical sino el centro de la tierra dura y aritmética; piedra y más piedra, yacente espíritu de la monotonía.

No se debe odiar con la misma facilidad caprichosa con que a veces se ama. Cuando me amenaces, podré acaso retarte: dime si la amenaza es tan grave como para dejarme vencer, aceptar el chantaje un instante y asimilar con los dientes apretados el vendaval de la sinrazón, para que mi cabeza, de piel y huesos, fabrique toda la guerra de papel con que voy a atacarte.

Por qué voy a atacarte. La luna está borrosa en mi recuerdo. Siniestra. Por eso ha caído sobre el patio formando un centro de luz muy discreto. Sorpresivo. Indirectamente, como todo ocurre, hiciste que se descoordinaran las razones con las que pretendía "labrarme el porvenir".

Era por el miedo, no a intentar ser buena ni la mejor, sino a silenciar complicadamente que debía ser un peldaño más inconsciente, imperfecta e irresponsable que el progenitor de mi figura tan concentrada y frágil, tan capaz.

La persona es obtusa, egocéntrica, insondable. El exterior, ameno, divertido, elocuente, loco. De donde la crueldad acaricia como un pasamanos la escalera que baja a tu instinto.

Acercar todo esto al heroísmo rápido de los falsos altares, era una tarea propia de hormigas laboriosas que arrastran el cadáver de un enorme insecto y que jamás conseguirán llevar al hormiguero.

El suelo es áspero y me abrasa los pies.

Incluso en los delitos más abiertos he gozado de tu generoso regalo: los zapatos que me entregaste impolutos y ahora llevaré siempre sucios, puerilmente, para no semejarme al diablo.

Además he meditado sobre la magnitud del regalo. En mi sueño yo te los regalo destrozados, porque caía la lluvia, porque había andado muchísimo, porque había hablado con tanta gente sobre la necesidad y la forma del calzado.

Al final seré descalza, la gitana más celebrada de un encuentro de fieras en el bosque. Los sueños en que apareces tan real, tan entero, ofenden para siempre mis deseos de paz.

Estas fantasías no son comunicables. Por ti he apresado toda la imaginación en una tarta fría. Para ofrecértela como la hermosa venganza en que se convirtió el principio de la literatura.

Miro una sombra que se mueve en la noche. Enciendo la luz una y mil veces. No es nada. No te comprendo. Sombra de poder como padre de Hamlet, que estás aquí y ausente, que no me oyes. Fantasmal como una hoguera blanca y crepitante.

Jugador de un mundo con tendencia a desaparecer en el que ya nada tiene la importancia de antaño y en el que prevaleces como un personaje de cuento que yo voy modificando. Siempre uno y diferente. Te visto con la ropa de mis amigos, con sus deseos, te peino, con sus charlas le doy paso a tus pasos. Nada me ha servido.

No nos parecemos en nada y por eso elaboramos hace tiempo una conversación informal de cuadros y de versos en el que sólo se enreda la madeja irreconciliable que una parca ha de cortar a su libre albedrío. Antes tú. Antes yo.

Un encuentro desesperado de dos extraños pobres en un lodazal, buscando un no se sabe qué hallado por ti; por mí imaginado, creado, tragado sin alimento.

Murió quizás también la imagen recortada de una playa con ocho años de antigüedad en mi memoria. Dunas de satén amarilleado donde se esconden los graciosos camaleones, que no cambian realmente de color. Una tradición oblicua que a medias he buscado, buceando en un mar ignoto en el que hundes mi fragilidad y poco valor. Todo ese color me ha cambiado.

Cuando la tarde aún existía fuimos con un bote de cristal y un pañuelo al acecho de la presa.

Cuidado con confundirlos con los lagartos, que muerden. Se espera. Se cubre con el pañuelo al animal. El bote abierto y ya tengo la mascota verde para todo el verano. No se despegará de mi hombro.

Al terminar el estío volverá a su arena y no le contaremos el milagro a nadie.

Me he quedado sola en mitad de una playa tranquila y transparente, desde donde oigo todas las voces del padre. Me rodean.

Este temor significa no ya agarrarse a un lugar que tiembla o a un clavo ardiendo, sino que los varales están demasiado fríos o en último caso, que no hay donde agarrarse.

Me evitas. Como un nombre que sonara en la distancia, ya sin diminutivo ni amor.

Fuiste tantas cosas que me he perdido. Qué habría sido de mí de ser tu esposa, tu madre, tu hermana. Sólo tu hija en una heredad recelosa y cruel. Nada favorita. Nada favorecida.

He guiado tus intereses, creo. Sin las palabras que tú manejas perfectamente. Al revés que yo, que quise morir en el intento absurdo de hacer valer este conflicto sin mí, mas por ti mismo y además, no supe.

Tanto placer, derroche, creencias, que de tu bolsillo sufragaste con una enajenación clandestina. Nadie sabe qué hay seriamente en la cabeza total de piedra, que pudo ser un busto, que yo fotografío, pinto y describo con pétreas exigencias.

Aunque expliques una parte, yo tiemblo al imaginar cuánto se desvía de mí tu silencio. Seguramente dando palos ciegos al percibir mi inseguridad, mis ganas de crecer creando. Inabarcable pérdida de los cambios en cuya imaginaria entrada un día pusimos pies igualmente calzados. Es posible que no contaras con esto.

Querrías otra hija que hubiera sido regular, más muñeca dócil y de plástico, naturalmente bello, con formas aceptables, sin la sensible locura de los planteamientos feroces, ricos, feroces.

Me he visto tantas veces tragar a la vez sopas y lágrimas, como para que la condición física acabe siendo el pecado de mi superstición. Para que en mis relaciones sea meditabunda y lentísima. Con un proceso eternizado en el juego de la verdad.

No llevaré cuchillos ni elementos cortantes nunca que salga. Así no me los quitarán al entrar en la casa del padre.

La última vez que me temblaron las piernas en tu presencia está aún caliente, no tiene razones reales y sí un fondo de casa-culpa atestado de muebles insólitos. Si compones primero la sala, el lugar concertante de la visita que hoy nos hacemos, luego vendrá sin deliberación, el resto.

Uno duerme en la cama que se hace e inevitablemente, en un momento dado, en la que los demás le deshacen.

Es como imaginarte llegando a la piscina, buscándome a tiros entre la gente sorprendida o muerta. Qué mal casan el azul y el rojo líquidos. Y todo porque yo siempre vuelvo a casa imaginando una tragedia diferente: el piso se ha quemado -mis libros comidos por insectos-, o nos han encarcelado o hemos sucumbido al envite de otros animales...

Se ha colapsado la imagen de la carretera por la que corrimos, de ayudas que me prestaste con la satisfacción que entonces entendías.

Yo he dado pasos atrás pretendiendo que aún pertenezco en un mínimo por ciento a tu casa. No sé echar cuentas del viejo mundo y por eso voy a vigilarme entera, padeciendo como otro mortal, el dolor de este fracaso.


 

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