Rafael Fombellida

Poemas

 

Richard Crossley: Vencejos

 


De Deudas de juego, 2001


DISPAROS EN LA NIEVE Blanco del cazador es el caído en la celada inmóvil de la nieve. Una quietud profunda desampara su indefensa pisada ante el abismo. Con torpeza se orienta hacia nosotros, busca la protección de su asesino. Fijamos ese rostro unos instantes y lanzamos al aire una moneda inmunda cuyos siniestros giros, bajo el denso ramaje, son criterio de indulto o extinción. Es fácil abrir fuego ante quien calla o se sabe acabado de antemano, dar en el corazón de quien arrastra su inocente verdad a la intemperie. No tiene buen invierno el que se expone temblando sobre el llano entumecido. El desalmado, el desertor, lo husmean y aguardan, apostados, esos ojos que ignoran lo que pronto han de perder. Sin pesar ni vergüenza respiramos el poderoso aliento del instinto. Mas apagado el resplandor, dispersa la cruenta tufarada de la pólvora, se escucha el merodeo febril y rencoroso del hombre solitario, del que escapa de la pálida luna y va exhalando su infamante secreto y su maldad. Por la ladera espesa, entre la nieve, caminamos sin fin. Rumiando el ansia de matar o matarnos. De volver el arma hacia el horror de nuestras vidas.

De Norte magnético, 2003


LA VERGÜENZA Ha vuelto la vergüenza a desvelarnos. En la mitad profunda de la noche acostó entre los dos su flor hedionda, cubrió con sedas negras nuestro rostro y desnudó una carne que no tolera amor exponiéndola al sol de la costumbre. Ha vuelto la vergüenza a sofocar la obediencia sutil del que dormía; gotas de su ponzoña nos lavaron los ojos dilatando su errática visión. Si en la mitad profunda de la noche la razón no moviera un solo músculo y un sopor impalpable transportara los distanciados cuerpos al abrigo del perezoso despertar del mundo se salvaría, sí, se salvaría el consentido afecto que nos unge con su delgado soplo permanente. Mas vino, inconmovible, la vergüenza de ser lo que ahora somos, a tocar las frentes que quisimos sudorosas; parando el fraudulento temblor del corazón relajó un nervio apenas erizado y dirigió mi mano al miembro frío mientras bañaban lágrimas tus pómulos. En la penumbra inerte la vergüenza posee sin condiciones nuestras vidas. Y esas calladas ráfagas de llanto son culpable festín que desmenuza.
VENCEJOS Observas cada tarde a los vencejos, su fulminante acopio del espacio. Tatúan la espontánea llamarada de una velocidad irresponsable. Armonía no hay, tan sólo vértigo rebotando en un aire que refleja los mordiscos certeros del instinto. Vencejos sobre la ciudad antigua. Aves que viajan contra ti y el tiempo, que te ligan al gran ayer del mundo. ¿Qué dispersa nación los ha mirado batir la fortaleza a contraluz atravesando siglos, irrumpiendo en el pulso sagrado de las décadas con negligente y álgido dominio? Vencejos contra el tiempo, contra ti. Su fulgor reverbera en tus pupilas, testigo inmemorial de esa constancia. Los ojos que, imantados, persiguieron su circularidad incorregible, los rostros o sus lágrimas, qué importan; todos los hombres son un hombre solo. Mudo, solemne, en pie, vas aprendiendo la turbación de tus antepasados, arrastrado hacia un vértigo, como ellos, cautivo, como ellos, de lo eterno.

De Canción oscura, 2007


SCHWARZ IST DIE NACHT? Schwarz ist die nacht... LIED ALEMÁN ANÓNIMO Negra es la noche, cerrado el bosque, el mundo. Mortal el corazón del mes de enero. Desolada vereda sin pie ni rodadura. Invisibles los rasos cabezos de la sierra. Negra es la noche, y roja la luz de nuestro insomnio; grueso cristal de hielo seccionando los finos capilares del dedo que se acerca a tocarlo. Negros son los ladridos, el zureo del ave, la quietud solapada de la lechuza, el cárabo que en la mañana nueva ahorcarán los chiquillos, mañana blanquecina tras su nublada aurora. La noche prolifera su opaca incandescencia, la noche sin campanas, sin pisada en la arcilla, sin punzones que horaden sus pedazos de plata, colirio en plena noche, goteado en los ojos. Negra es la noche, el mundo cerrado como un arca. Enero es más mortal con la ventana abierta. Pero tú la traspones, hebras de tu cendal cabellera se mecen al oreo del aire de la noche, aire ligero, estático. La traspones. Despierta reclamas la acostada resonancia de todo cuanto germina y muda, de todo cuanto a oscuras dice su canción verde, ventea su follaje y alborota tu sueño. Traspones la ventana del mortal mes de enero con el rojo destello de tu pupila en vilo por ver un rebrotado ramo verde, en la noche más claramente negra que haya cubierto al mundo.
PESCANDO EN LA NOCHE Pasas la noche entera removiendo desde un pequeño bote, en el remanso más lento del estuario, la marea y sus tónicos flujos con la piel avivada en extremo, sin un solo parpadeo. Quietud y tenues luces; envolviéndote, el apagado rostro de las constelaciones y el espesor de una frialdad llovida. ¿Para qué esa constancia? Tus capturas no merecen siquiera el disimulo de un recuento benévolo. En el fondo del cestillo de mimbre, contraídos, ves ligeros corpúsculos, cabellos de savia filiforme, tan escasos que nunca aliviarán tu paladar. Una vez más, y cuántas noches tanta concentración se embosca en bruto y rueda aguas adentro la preciada larva, el tesoro llegado de fosas submarinas. Las noches de la angula traman su propia malla; silencioso te enredas en su araña de fibras. Pero poco te importa. Tu sangre se reflota con cada puja igual de la crecida obedeciendo a una atracción más alta, y el pez, mínimo imán, pensamiento intocable de las fases lunarias, lleva a la madrugada el fulgor inasible de un vibrátil venero, una cuenca de plata derramada en estambres que te rozan la mano antes de disolverse con la aurora.
NOCHE DEL OCEANÓGRAFO A veces olvido que estoy escuchando en el centro del mar. Olvido que un gran corazón se encabrita y remonta sumergiendo en mi oído su entero compás infinito, añadiendo otro pulso a mi pulso, doblando un acorde que embolsa en su luto el acero del denso cardumen. El agua enclaustrada retiene el fulgor de las lentas especies. La masa profunda recoge en su arca el rodar de corrientes muy vagas. Su fosa insondable recibe el tañido de finos lamentos, opaco clamor que abastece de un eco azulado su hondura remota. A veces olvido que estoy escuchando en mitad de la noche y vuelvo la cara a su manto, rehuso su anillo. Borra un espeso tejido el quehacer que consigna las útiles notas, raudal chaparrón rebotando en las sombras, en tela impermeable; brilla en su cerco el manómetro, vela el rebelde latido del sobrio perfil que consulta sus gráficos. Todo es bruto oleaje en el mundo, campana sin pausa. Todo es ronca turbina girando, perpetua erosión de los ventiladores. El bivalvo se aprieta encostrado en cuajadas colonias. La encharcada cubierta se apresta a albergar al albatros caído. Pero a veces olvido que estoy escuchando en el centro del mar el agudo temblor que los seres propagan a oscuras, su párpado hundido. Estoy escuchando en mitad de la noche un sutil diapasón, la escondida frecuencia que emite cada cosa en su cápsula sola, en su germen o grumo dando cuenta de sí, resistiéndose a no ser hallada.

De Violeta profundo, 2012


CONTRACUERPO Parezco un Lucian Freud, me dices abatida. Y qué esperas de mí, te contradigo. Intolerante veo que despides tu rabia hacia estragos que empiezan a ser graves. "Hace poco tenías un culo de discóbolo..."; me miro en el espejo, y soy un Lucian Freud. ¿Mas para qué ofenderme, si es verdad? Enseña a ser humilde la desfiguración, la estría, el flato, el rojo de los pómulos, el vello en donde asoma un miembro recogido. Por fortuna no tengo la cara de esos necios que pinta Lucian Freud; su modelo australiano, las fulanas obesas de Glasgow, del East End. Soy un poco más digno, creo yo, y tú sólo lo dices por herir. Pero empiezo a sentirme una mole dramática, torpe, lenta, aprensiva, desgraciada, y cuando entro en el baño ya no quiero tentarme. Yo soy la solitud, el cuerpo depreciado, el desnudo infeliz que araña la tortura, el muslo rosa, la ingle enroñecida. Mas no lo digas nunca. O estarás obligada a quedarte esperando ante la puerta por si saliera el agua tintada de carmín.
WEEP NOT FOR ME, O LOVE... Moriré a media tarde. Cuando toda la lógica del mundo se mude en metafísica y los carros de niebla preparen su atavío. Moriré cuando nadie esté conmigo. Unos pocos vehículos, detrás de la cortina, como peces silentes harán comba lo mismo que la aguja de un pick-up sobre el mojado asfalto. Moriré cuerdamente, sin santiguarme. Solo se alejará este cuerpo como un leve sonido y vivir no será más que ese instante cuya esencia es dejar de ser en mí. Desplegarán amantes sus campanas pluviales debajo del neón de algún hotel y un grumo de saliva hará distinto el paralelo junto de sus labios. Y el volcán de un limón estallará sobre el encaje de las niñas rubias, y volverá a caer en la desnuda escápula un puñado de sal deslumbradora. Moriré a media tarde, sin notarlo y sin verme morir. Y tú estarás buscándome en las cantinas y en los lazaretos arruinada de lluvia, agotada de andar. Y tú estarás buscando la llave de mi puerta, la ingle de los ángeles, una copa labrada. Cuanto había prometido y ya no podré darte, cuanto yo te debía y nadie saldará. Me moriré tranquilo, invisible, a media tarde. Descalzo por la arena de la hora que no ha de rebasarse nunca más. Y me iré despoblando, tercamente rendido, aquilatado en forma, misérrimo de fe. Con oídos atentos al rodar de los autos, la onda funeral que me abrirá camino.
DE PURA SOMBRA LLENO Gáname por el gusto, dama de lejanía. Úngeme con tu óleo, lávame con tu soplo. Hazte toda de barro para unirte a mi escápula. Baña en bálsamo el pliegue donde nadie me toca y baja a devorarlo con tu hedionda fisura. La carne no se basta, quiere luz, la más tinta, el más enamorado de los encubrimientos. Deja tu aplomo en mí, tu material abrazo para que yo, en mi anillo, me ahogue sin protesta. Es mi cuerpo planicie, contorno que desea esa facilidad con que desciende tu hora cuando es madura y alta y está a punto de ser; es mi cuerpo lugar, por ello no me envisca tu eclipse mejorado en negrura y quietud. ¿Hasta dónde, en qué plazo arribarías franca y ardiente a mí, y me darías paso? ¿Cuánto estremecimiento, cuánto pánico habría de preceder a tu opaco claror, a tu mudo avenirte con mi conformidad? Mientras me quede pulso no seré más que ascenso a ti, sufrida aspiración sin eco. No seré más que escombro, pormenor, ascua, medida, brega, trazo en bruto, escasez. Gáname por el gusto, tráeme tu victoria. Dime Nadie, y alberga mi cabeza en tu seno. Mis ojos están vueltos a lo que se separa. Ocúpame la sombra, pues ya te di mi luz.

Inédito


LA CASA VERDE ÓNICE "¿Me encuentra muy afilado? Han dicho que lo soy. ¿Hará usted el favor de distinguirme como a un ser más amable?" Mascaba cada frase, cada mota de voz, cada palabra asida a su sofisma. Y la hacía rodar como un rumiante garganta abajo el nudo de alimento, un nudo de saber donde el forraje macerado era un compuesto de ideas sensibles o rugosas, de orquídeas blancas o legumbres crudas, la crin de un alazán o las cerdas de un puerco. Y ese rostro surcado como un fósil por arrugas de piedra iba volcándose sobre el salpicadero al tiempo que charlaba, tonto, fijo en el rítmico baile del limpiaparabrisas "que es como el verso inglés, de dos, de cuatro acentos". "Adorable su esposa, inteligente. Y cómo se percibe que posee un cerebro. Qué bien sabe callar cuando los hombres conversan sobre cosas importantes, cristianismo, lingüística, arte abstracto. Cómo sabe eludir el parloteo de otras grullas chillonas. Para éstas propondría una pena: muchas décadas encerradas ante un fogón enorme, embreadas, untadas con aceite...". El automóvil viraba a la derecha, y la avenida jalonada de luces amarillas semejaba una pista de despegue brillando al aguacero de lo irreal. Al llegar a la casa su lengua agonizó y era ya una parodia el idioma de cal que un resurrecto idiota farfullaba con las manos blancuzcas cruzadas sobre el bulto del estómago. Como un autómata desajustado aún pudo refrescar sus mejillas en la esfera de pórfido pulido que ornaba, majestuosa, la escalera de mármol. Somnoliento cebú de rostro azafranado, vaciando un borborigmo, "...poesía..., ...la poesía...", se dejó abandonar entre los ocho brazos de sus acompañantes. Y atravesó el umbral verde de ónice como el príncipe beodo de una tribu aborigen, sujeto por los codos, haciendo reverencias a los gatos, al cielo, a los mendigos. Sentí piedad del dios y revolqué mi fe por donde fue pisando mientras él, asustado, encogía su vientre envuelto en sucio hedor y vomitaba gloria, magisterio, su corona de hiedra, su gracia enajenada.


 

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