Rosa Elena Pérez Mendoza

Entonces el amor

 

Amedeo Modigliani: Desnudo sentado

 


 

Las alcobas de los hoteles tejen secretos, intuyen secretos, anidan secretos, confiesan secretos. Las parejas que ocupan esos cuartos de hoteles no saben, desconocen casi por completo, el sortilegio al que peligrosa e inocentemente se van sometiendo al hundirse en esas cuatro paredes olorosas a jabón de segunda, custodiadas por cortinas de forros metalizados, dotadas con deshilvanadas toallas, tatuadas sus impersonales mesas de dormitorio por la sombra sepia de un cigarro olvidado.

El ejercicio del sexo clandestino unas veces es sórdido; otras, urgente; otras, sereno; otras, glorioso. Cada uno de los encuentros deja su marca en las sábanas como un sello de agua en el papel, que apenas se divisa al trasluz de una clara mañana que lava los goces, los gemidos, las culpas, los reveses, los sueños, las lágrimas.

Cada noche una sonrisa mal disimulada o un brillo tímido en los ojos de la mujer enamorada que pasa frente al celador; un rictus cansado en los labios de alcohol o una mirada hipermaquillada y diestra en la ramera. Cada mañana la entrega somnolienta de las llaves y el adiós.

Lo fugaz signa el encuentro: debut y despedida dicen algunas después de la faena. Otras, pre o profiriendo el camino de la erudición, hablan de un buen preámbulo acompañado de un rotundo epí­logo. El cuerpo del texto, alegan, se lo dejan a otra —¿tal vez a la esposa?— que se quede con la médula del mismo, no importa si es novela, ensayo o poesí­a, pero que otra lidie con el nudo o el conflicto, que otra lo entienda y lo discierna; lo evalúe, lo critique y lo corrija; lo imprima y lo publique. Que otra urda el desenlace, para mí­ es suficiente con las puntadas de prólogo y colofón.

Pero, a veces, la maravilla del hechizo se instala en forma de aliento cálido y duradero en medio de una escenografí­a cursi y aterciopelada. Hay parejas que vuelven una y otra vez —preferiblemente a la misma habitación asignada en ocasiones pasadas— y hacen del amor un ejercicio cierto y de claro entendimiento que prosigue en el afuera sin interrupción. Lo que empieza siendo pasajero se va alargando ante la mirada asombrada, conmovida, incluso incrédula en algunos casos, de los amantes que, una vez culminado el encuentro, salen al parque o a la plaza que queda a la vuelta de la esquina, a tomar limonada o alguna otra bebida que acompañe el apremiante sustento. Los transeúntes los ven reí­rse o limpiarse los labios cuidadosamente uno al otro y descubren en medio del oprimente paisaje urbano, gestos de ternura que evocan un amor que para algunos es y, para otros, fue. El registro insospechado de palabras y voces, de recuerdos, se dispara gracias a estos amantes anónimos que distraí­damente proporcionan una punzada acre y dulce en unos y reconfortante en otros.

Cruzan la calle los amantes y se pierden entre un remolino de humo, corneteo y pregones que ofrecen mercancí­a de a tres por mil, y ahí­ quedan la taguara de comida, la habitación de hotel y la plaza, junto con sus respectivos fisgones, suspirando por ese amor realizado, frente al cual no se sabe qué derroteros vendrán, pero que en aquel instante son la promesa viviente de eternidad a la que todos aspiramos. Nos quedamos en la plaza con deseos de asir con fuerza nuestra taza de café o la botellita de agua y empujarlos en gozoso brindis contra la del vecino, que apuesta que ellos sí­ serán felices.

Hay quienes dicen que si el amor no tiene reveses, no hay romance; puede que sea cierto, pero hacemos oí­dos sordos ante la declaración y seguimos creyendo en esa construcción idí­lica y deliciosa del amor que nos han regalado, en ese viejo mito del alma gemela que espera en algún punto del universo por nosotros. Seguimos con fruición el remake del amor que todas las noches nos presentan por medio de las pantallas televisivas, y en las que los protagonistas no terminan de juntarse sino hasta el capí­tulo final, todo ello para confirmar, en medio de una patética exaltación colectiva, que el momento en que los amantes se encuentran, llega. Y olvidamos las espantosas pruebas, así­ como la paciencia, que Ulises y Penélope atravesaron y tuvieron para reencontrarse, la crueldad de que Romeo y Julieta hayan muerto sin casi haber disfrutado de su dulce encantamiento y el odioso hecho de que Tristán e Isolda nunca se realizaron como amantes. Entonces el amor, esa especie de elixir milagroso que todos ansiamos y que nos redime de los pecados más atroces, se nos revela como un cofre en el que también se pueden guardar peligrosos enigmas, subterráneos secretos internamente ligados a la desgracia, nacidos, quizás, bajo la luz mortecina de una habitación de hotel.


 

Cabecera

Portada

Índice