Pedro José Vizoso

Poemas


 

Lyonel Feininger: El río

 



[1]

CENA DE CENIZAS 


Vienen los muertos para hablar conmigo:
llegan juntos, difuntos, cejijuntos
luciendo en las solapas cenicientas
las orquídeas de yeso del recuerdo.


Solitario banquete de ceniza,
asamblea de huesos descarnados
bajo los cortinajes de la sombra
y la rota escayola del ocaso.


La risa absorta de las calaveras
rompe el silencio de mi biblioteca
donde Quevedo y Baudelaire disputan
de lujuria y de muerte, almas en vela.


Pero los muertos de mi pensamiento
con sus cráneos de cuarzo miran fijo,
miran al otro muerto, al muerto vivo,
y en el ojo del culo guiñan cómplices.

                                      (1988)


[2] LABERINTO La noche me devuelve una mirada que viene desde el fondo de los años. Estaba en otra noche, en otro tiempo mirándome a mí mismo en este cuarto. Me levanto y recorro las desiertas calles que me separan de mí mismo. Voy a parar a una ciudad sin nadie que es como un pozo de ciudades juntas. Ciudad de sueño y árboles abstractos, de coches muertos y de soles grises. Ciudad de sombra y de glacial silencio, llena de cicatrices, sin auroras. Y entro en el cuarto donde estoy mirándome, y cierro ya los ojos y oigo pasos por los ciegos caminos de mi sangre: oigo los pasos que me están buscando. (1988)
[3] LOS SUBURBIOS DEL SUEÑO Yo desperté en la madrugada rota. Busqué tu blanco cuerpo: sólo pude tocar el humo oscuro de tu ausencia. Dejé la cama de herrumbroso hierro. Busqué la luz del alba. Era de noche. Salí a la calle. El tiempo, consumado, en relojes de mármol se espesaba. Yo era una sombra que buscaba sombras. Sólo encontré inmundicias. La ciudad ya no estaba en la historia. En todas partes una fría blancura se adueñaba del silencio y sus fósiles poliédricos. No amanecía nunca. Yo cruzaba los suburbios del sueño y ya mis pasos tejían una red que me ceñía, y me aplastaba el peso de mis pasos. Cada puerta era un signo, negra runa, una letra vacía, indescifrable. En un muro sin fin tracé en la noche la cifra de mi muerte. Era tu nombre. (1990)
[4] EL NOMBRE Tu nombre arde esta noche como un cirio. Roe la memoria el sueño, el alma pesa: esta noche tu nombre me atraviesa con su flechazo de afilado lirio. Hoy me alumbra la Rosa del Delirio, fuego amarillo en la penumbra espesa. Tu recuerdo es la espina y la pavesa de esta rosa de sombra y de martirio. Mi rostro, destrozado por los años, por el espejo flota a la deriva sobre la balsa de los desengaños. Arde en sombras mi frente pensativa y en ella arde el ayer, días y soles, como un ramo espectral de girasoles. (1990)
[5] ENDIMIÓN Medianoche. El pasado entra en mi cuarto como una sigilosa avanzadilla. A la luz de una lámpara amarilla, a solas con mi nombre, yo me aparto. A la luz de esta lámpara, en mi cuarto: el cuarto del dolor, la pesadilla, el semen calcinado y la colilla... Todo el pasado vuelve y quema el cuarto. Hundido del espejo en el abismo busco en vano los restos de mí mismo: mi rostro es una máscara de arena. Y en los blancos suburbios de mis sueños yace entre desperdicios marfileños la estatua rota de la luna llena. (1990)
[6] OLVIDO Yo quisiera beber ávidamente en la copa de sombra del olvido: beber hasta borrarme lo vivido... Y romper la corteza de mi frente y escapar de mi nombre: ir a la fuente donde está el manantial de su sentido y palpar allí pulpa y contenido de su seco y gastado continente, y el guijarro buscar de mi semilla sumergido en la espuma de mis sesos, en la tibia sustancia de mi arcilla... Y después, con mis júbilos ilesos, limpio y desnudo, desde la otra orilla a mi nombre volver y a mis huesos. (1990)
[7] UN CEMENTERIO EN EL SUR Una sacra humareda levísima se eleva de los blancos sepulcros, cuyas losas pulquérrimas el poniente ha encendido como brasas sin fuego. El aire resplandece como un vivo recuerdo y un fulgor destrozado de naciones y siglos vibra sobre los mármoles y los fragantes mirtos. Pequeño camposanto varado como un barco junto al mar azulísimo tan próximo que antaño blancas naves surcaron abrumadas con ánforas, con estatuas, monedas, con guerreros y lanzas... Un mar duro, metálico, tal escudo de acero que bruñe un resplandor de países de viento. Tras los cipreses bíblicos y las pálidas tapias, el cielo es ya ceniza, perfume, sueño, nada... Pensativo paseo por estas avenidas de pequeñas casitas encaladas y limpias que semejan un pueblo muy ordenado y bueno donde no pasa nada, como en todos los pueblos. Y no oprime esta atmósfera donde, azaroso, flota el humo de los huesos ya disueltos en sombra, que se eleva en el aire funeral habitado por palomas de yeso y por espurios ramos, crucifijos, estatuas, coronas, esculturas que atiborran el plácido puñadito de tumbas, colmena silenciosa donde cada celdilla es vasija de huesos, quebradiza vasija donde, impávido, el tiempo para nadie atesora tanto dolor y angustia, tanta ambición y pompa. Algunas losas tienen una argolla metálica y es aldabón tristísimo, porque allí nadie llama, y en vano nombre, fechas, charramente labrados con un oro retórico sobre el pálido mármol silenciosos pregonan esta suma de ayeres, repertorio de sombras... ¿Y ocuparé, solemne, esta alcoba con vistas hacia ningún paisaje? ¿Y aspiraré el perfume de esos ramos fugaces, de esas rosas de fuego, de esos jazmines cándidos, que abandonan los vivos en cálices de plástico cuando van a sus muertos de visita el domingo? ¿Y oiré yo (en qué comarca del insondable abismo) las voces de esos niños al ritual ajenos que aún ignoran, dichosos, la amenaza del tiempo, y por los panteones como pájaros saltan? ¿O es que acaso tendré, como ahora, nostalgias de remotos países a los que nunca he ido, vastos mundos de sombra que son sólo espejismo, mas de cuyos ponientes, ciudades, calles, cielos guardo yo mil recuerdos tan vívidos y eternos? (1994)
[8] INVERNESS A Suzanne Ciani Como entrevistos barcos de sombra, de humo o alba, que en la tarde dejaran sus estelas de fuego, de la bahía en llamas de mi memoria zarpan los barcos encendidos de mis propios recuerdos. Yo no sé adonde apuntan con sus proras inciertas estos barcos sin rumbo por la luz en que bogan a través de las costas que en mi mente se elevan y apenas perfiladas se deshacen en sombra. Sólo sé que está ardiendo la rosa de la vida y mis recuerdos parten cual plateados aviones de esta ciudad sin nombre que en el ocaso brilla al final de este siglo de las demoliciones. Con todo cuanto he sido, con cuanto yo he soñado, como gritos inútiles que escaparan del pecho, de la inmensa bahía de mi pena han zarpado los barcos fantasmales de mis propios recuerdos. Lentos buques obscuros que a su Pasado vuelven y sus hondas sirenas van lanzando un gemido desgarrador, metálico, larguísimo, doliente que se adentra en la tarde y en todo lo vivido. Brillan como pavesas de ciudades de vidrio que el crepúsculo abrasa y en mi menoria fulgen, ciudades jamás vistas en donde yo he perdido mi corazón, mi rostro y cuanto nunca tuve. (1996)
[9] LÍMITES ¿En mar o en cielo bogan esos barcos que pasan? No hay confines: los borra la luz deshabitada. Relumbra una gaviota como si se abrasara. Por el cielo se arroja y su pecho es un ascua. La luz, esta luz rota, en los muros se atarda. Se adueña de las cosas un vértigo: ¿son nada? En jardines sin forma, solo, un pájaro canta. Vuelve el mundo a la sombra y el cielo se amorata. A sus obscuras costas vuelven barcos en llamas. Con levedad insólita casas y árboles zarpan. Lo real se desploma; ya las últimas casas tan sólo en mi memoria sus cimientos afianzan. Esos pinos y rocas son una masa abstracta; acumulada tromba de silencio y de ramas. Se derrumba la historia -artificiosa máquina-. Sus columnas remotas esta luz las socava. Ya las cosas son otras. En su sombra se bañan. Están lejos y próximas, son ambiguas y exactas. Se disipan las cosas; quedan sólo palabras. Queda sólo a esta hora la luz tenue del alma. (1998)
[10] LA LUZ DE LAS ALMAS De dolor y de muerte hablan las cosas las cosas hablan de su luz recóndita. Como un bosque de cirios y de lámparas son mis recuerdos y mis remembranzas. Candelas en la noche de la historia que el viento de los años ya sofoca. Las almas pasan, brillan frías, muertas como trémulas luces en la niebla. Por las ciudades quebradizas, solas, que resplandecen en la sucia aurora. Mis sueños brillan y se desmoronan como un puñado de monedas rotas. (1999)
 

 

 

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