Marco Tulio Socorro

En Venezuela se baila el porro


 

Carmen Bardasano: Aventuraleza  III

 


 

 

Lo noche ofrece sapos,
perros negros,
cadáveres de ahogados.

Y. Kawabata

LA NOCHE DEL gran fuego, cuando comenzó el incendio que devastó las Sierra de punta a punta, fue también la primera noche de las fiestas patronales. Yo estaba seguro de que las Ilamas llegarían hasta el pueblo, porque se veían tan cercanas y tan agresivas que ningún obstáculo bastaría para detenerlas. Según los peones, la candela tumbaba los árboles más altos, y sus penachos en llamas caían al otro lado de los ríos, abrasando nuevos territorios. Parecía una manada de animales luminosos desparramada sobre los montes. Era como si el sol, de tanto saltarse las cumbres, hubiera terminado estrellándose contra ellas, repartiéndose líquidamente por las laderas.

Desde la mañana se había dicho que la Sierra estaba ardiendo, que desde la selva colombiana para acá no quedaba ni una macolla en pie. Al principio nadie le hizo caso: era otro cuento de la frontera, pero a cada rato se veían grupos en las esquinas oteando hacia arriba, contemplando las primeras volutas de humo. En todas las casas, a la hora del almuerzo, se habló de los mismos temas: el fuego, el baile inaugural de la feria, la mujer ésa que según dicen llegó anoche de Colombia, las dos orquestas. Yo me desaparecí por la tarde porque mi madre y sus amigas me tenían harto con tanto mandado: "Álvaro, andá a que fulana, que me mande las tijeras, traéme el cofrecito de las lentejuelas que está en el cajón de la máquina de coser; Álvaro, andá buscame las anchoas que están, oíme bien, si no en la primera gaveta de la cómoda, en la segunda, ahí deben estar envueltas en un pañuelo; andá a decile a fulana que si no se va a poner el medio fondo que me lo mande ¿oíste? a ver, ¿qué es lo que le vas a decir? que te mande el medio fondo". Me desaparecí. Andaba furioso porque sabía que este año tampoco me llevarían al baile. Nunca iba a tener la edad suficiente.

Me subí a una mata a comer cotoperíes. Abajo, por la calle, desfilaban las señoras preparándose para el baile. Iban al salón de la señora Esmirna a que les hicieran rizos, cúmulos y cascadas en la cabeza. Bailaban mujer con mujer para probar la elasticidad de los vestidos, desencumbaban trapos, se pasaban paquetes secretos y secretos paquetecuento por encima de los bahareques. De vez en cuando se quedaban mirando la Sierra y murmuraban: "Ay Corazón de Jesús", pero enseguida se volvían a acordar del baile y se les quitaba la seriedad. Así pasó toda la tarde, hasta que llegó la hora horrible y la calle se quedó sola.

 

* * *

 

La hora horrible llega todos los días a las seis. Los grillos se vuelven locos y levantan un chillido multitudinario, agudo, estridente, como una marejada de cascabeles. El sol salta sobre la Sierra, rozando las cumbres. Viaja sobre Colombia antes de sumergirse en el océano para amanecer en China. Los últimos rayos penetran de costado en las nubes, tiñéndolas de rojo, luego de violeta, malva, y finalmente gris. Suenan las campanas de la iglesia y el aire se llena de esos pájaros negros y pequeños que dan vueltas y vueltas hasta que uno se marea. Es la hora de prender las luces. Las viejas de mi cuadra sacan las sillas de loneta a la acera. Se desatan los zancudos. Los televisores comienzan su efervescencia de burbujas en blanco y negro. Para mí siempre ha sido la hora de la tristeza, de pensar en la muerte, de querer estar en otro lugar, lejos.

Las tres niñas regresan del cine con la muchacha. También están tristes. Cenamos todos en el comedor bajo la luz amarilla. Yo insinúo que ya tengo más o menos edad para ir al baile. Que no, dicen mis padres, que falta mucho todavía. Finalmente entra la noche, calurosa y sin estrellas. Creo que a esa hora los grillos comienzan a callarse, no sé, no puedo saberlo, porque su sonido se ha quedado tan grabado en mis oídos que lo sigo escuchando. En todas las ciudades, en todos los silencios, desde el fondo de las almohadas volverá a buscarme el chillido estridente de aquellos grillos. Más tarde sólo queda un silbido intermitente y los eructos siniestros de algún sapo acompañando la calma de las plantas bajo la luna. Al fondo, a lo lejos, se ve el fuego como una costra viva sobre los cerros.

 

Mi madre es una muchacha. Se perfuma en su peinadora llena de frasquitos de colores. Me acerco, la contemplo en el espejo. Está preciosa y se lo digo mientras le beso el cuello. Se ha puesto una falda negra, ancha, que se esponja hasta un poco más abajo de la rodilla. La parte de arriba es blanca, escotada. Los hombros desnudos y el cabello corto. Zapatos negros de tacón picudo. Sé que no la voy a convencer, pero aún le digo que sólo quiero ver cómo es el baile y enseguida me devuelvo. Y ella que no, que me aburriría y me caería de sueño. Mi padre anda por allí muy elegante, vestido de negro, con corbata. Hizo lavar el Galaxie, que espera frente a la casa, largo y lustroso. Papá fuma, impaciente, hasta el momento en que mamá se contempla por última vez, se levanta, coge la cartera de canutillos, se despide de las niñas y le da instrucciones a Nubia, la muchacha, que tranque bien las puertas. Luego sube, hermosa y perfumada, al carro.

 

Se fueron. El fuego parece avivarse allá lejos, encima de la noche. Entro en el cuarto de las niñas. Están jugando a la película que vieron por la tarde. El aire acondicionado despide ráfagas de viento helado. Las cobijas están extendidas por el suelo, en un desorden de muñecas, zapatos, carteras, pantaleticas. Las niñas juegan "a sufrir". Se han cambiado los nombres: ahora son Anastasia, Alejandra y Tatiana, unas princesas que huyen entre el frío y la nieve hasta una frontera inalcanzable. La cama-cuna de la menor, por sus barandillas, es el trineo. Me ven entrar y desaparecen bajo una manta. La mavor se asoma.

-¡Oh, Anastasia, un oso polar, huyamos!

Las dos mayores alzan a la menor, la princesa Tatiana, que es casi una bebé pero participa igual. Siempre hace de enfermita y le encanta que la envuelvan en trapos. A la princesa Anastasia le fascina desmayarse.

-¡Oh, moriré! -grita, luego se voltea, y cuando se asegura de que hay una almohada o un colchón, se desploma y se queda allí, toda dramática.

-¡Oh, se ha desmashado! -dice la princesa Alejandra- ¡qué haré... con este frío... esta nieve... la guerra... oh!, y se abrazan las tres.

Se ponen sombreros, collares, se abrigan elegantemente con toallas y fundas de almohadas y se ponen a decir "oh" todo el tiempo. Son adorables. Yo soy el oso polar que las persigue por las estepas rusas para hacerles cosquillas con la boca en las blanquisimas barrigas. ¡Oh, qué terrible, moriremos!

Se esconden en el closet. Las oigo murmurar "¡Oh, aquí estaremos a salvo, hermanitas". Abro la puerta y me lanzo sobre ellas.

-¡Auxilio, moriremos, oh!

También soy un elegante señor que las lleva en trineo a la frontera. "¡Por fin llegamos a Varsovia, hermanitas!".

Anastasia, tendida en el piso, se abraza a mis piernas.

-¡Oh, mi héroe. Nos has salvado de la guerra y la nieve!

La más pequeña se sube a su cama.

-¡Oh, moriré! -dice, dejándose caer.

Encienden el televisor. Salgo al pasillo, al calorón. Prendo el ventilador de mi cuarto, me pongo la pijama y me acuesto. "Angel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, no me dejes solo pues me perdería". No tengo sueño. Repito mecánicamente: por lá señal delasán tacruz/ de nuestros/ ene migos/ líbranoseñor/ diosnuestro/ en el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo amén. Me arrodillo en la cama y miro por la ventana. Todas las cosas se ven distintas por la noche. Las plantas tienen un aire desamparado. Allá arriba, el fuego se extiende por la cuchilla de la Sierra. Se me ocurre que se va a quemar la frontera y no se va a saber qué es Colombia y qué es Venezuela entre tanta ceniza. Salgo del cuarto. El pasillo está como un horno. Me paro frente a la puerta de Nubia. Se oye la radio. Toco suavemente. "Pasá", dice. Nubia se está quitando de la cabeza los rulos de cartón. Es negra, alta, delgada, tiene dieciséis años y un hijito en Colombia. Cuando vino tenía las piernas como si la hubieran azotado. Atravesó la Sierra a pie. Yo llegué del colegio y la encontré en el patio, lavándose las heridas. A la hora del almuerzo mi madre nos la presentó y esa primera noche la oi llorar en su cuarto.

 

 

-Nubia.

-Qué.

-Decime una cosa, ¿tú viste la frontera?

-¿La frontera? -habla con acento costeño. Es tan dulce. Mi nombre lo pronuncia "Ápvaro". Se levanta y alisa un vestido que cuelga de un gancho en la ventana.

-No sé -dice- a lo mejor la cruzamos de noche.

-¿Pero no viste ni un bahareque ni un alambre de púas ni nada? Nubia hace memoria. Al rato me dice:

-No.

-¿Y es muy distinto cuando se cambia de país?

Se queda callada. Luego se voltea y me mira a los ojos.

-No. Es el mismo monte y los mismos bichos. Lo que pasa es que uno se siente diferente.

Nubia es tierna, buena conversadora. Siempre, de noche, tenemos diferentes motivos para angustiarnos, pero nos ponemos a hablar y todo se olvida y nos da risa. Nubia está aprendiendo a leer y a escribir.

De repente entiendo que Nubia tiene planes para esa noche, el vestido... el peinado...

-¿Vas a salir?

Ella se pone un dedo sobre la boca.

-Sssst, pero tú no vas a decir nada, ¿no?

-¿Para dónde vas? -le pregunto, ansioso- ¿al baile?

-Sí, pero no pal de los patrones. Voy pa la caseta.

-Llevame, Nubia, Nubiecita. Yo te juro que me porto bien.

Ella menea la cabeza.

-Ahí no dejan entrar pelaos.

-No importa, yo me quedo afuera. Nomás quiero ver cómo es quedarse despierto toda la noche. Por favor, no me dejei aquí solo.

-No, no y no. Acostate y dormite.

-No tengo sueño.

-¿Ya te pusiste bravo?

-Sí.

-¿Ya no me querei?

-No.

Me mira por unos instantes.

-Está bien, vení conmigo. Pero eso sí, nos tenemos que devolver temprano, antes de que lleguen tus padres.

Corro por el pasillo. Me pongo la misma ropa que me quité: bluyines y franela. De pronto me acuerdo de que las niñas se van a quedar solas. Entro a su cuarto. Están dormidas. Sus pestañas se extienden sobre las mejillas. Son tan hermosas en el abandono del sueño que uno siente una opresión en el pecho cuando las mira. Siento que podría dar hasta la última gota de sangre para que nunca les pase nada malo, sobre todo a esta hora, cuando sé que afuera está la noche, el pantano, el fuego, y esos ojos terribles que miran todo desde la fronda tenebrosa de los almendrones. Aquí adentro, ellas están dormidas, respirando las tres al mismo tiempo. En el televisor hace rato se acabaron las novelas, se traspasó el limite de vigilia que ellas pueden aguantar. La pantalla, en silencio, muestra las noticias del Apollo 15, el lento paseo del carrito por el desierto apedreado de la Luna. Luego, un locutor y luego un hongo atómico que se repite en el horizonte de una isla, tiñendo el cuarto de mis hermanas con sus reflejos plateados. No puedo soportar más verlas dormir así, tan bellas, tan serenas, tan vulnerables, caídas entre la utilería del último juego: las barajas-billetes, los sombreros, las muñecas-hijas, las metras-perlas y todos los trapos necesarios para el juego de "sufrir". Apago el televisor y salgo al pasillo. Nubia y yo revisamos las trancas de todas las puertas de la casa, luego cerramos el candado del portón y ya estamos en la calle.

 

***

 

El calor nos sale al paso, envolviéndonos en un caldo donde reina un olor a pólvora y cebollas fritas. No hay brisa, pero en el aire se siente una agitación; se escucha, a lo lejos, la música de doscientas rocolas enloquecidas. La calle está desierta, oscura. Nubia me toma de la mano y comenzamos a doblar esquinas, caminando hacia la parte del pueblo adonde nunca se debe ir, fuera de las ocho calles asfaltadas, donde todo empieza a ser de arena, de barro. Vamos hacia una sopa de música en la que suenan varias canciones al mismo tiempo. Nos topamos con gente que viene en dirección opuesta y seguimos caminando hasta vernos envueltos en el tumulto de una pequeña feria.

En un terreno junto al río se amontonan los kioscos iluminados por bombillos desnudos que atraen a las taritas y los zancudos. Mujeres sudorosas con trapos en la cabeza sacan pinchos de carne frita de unas ollas enormes. Todo huele a orine, a calor de agua. La gente camina pateando potes de cerveza y entre los grupos que se cruzan se ven los vendedores de sombreros sentados en sus alfombras. Más allá están alineados unos caballitos de madera forrados en cuero. Nubia y yo nos detenemos. Unos novios jóvenes se acercan al fotógrafo. La muchacha sube a uno de los caballitos. El hombre de la cámara despliega uno a uno los gobelinos que sirven de fondo. Finalmente el muchacho se decide por uno que representa un paisaje desértico con un letrero anunciando "RECUERDO DE NUESTRO VIAJE A MÉXICO". La muchacha escoge un sombrero y posa, feliz como una niña, ante el fogonazo de la cámara. Nubia me hala y seguimos caminando. En una tienda se anuncia al hombre que traga espadas. Al lado, dos negritos bailan cumbia sobre vidrios de botella y muerden tizones sin quemarse ni cortarse. En otra tienda tienen a una niña que a los tres años ya se ha desarrollado y la exhiben desnuda, anunciándola como la mujer más pequeña del mundo. Hay que pagar para verla. Nubia me aleja de allí y al pasar junto a la pared de lona escuchamos una voz infantil cantando "la cumbia cienaguera, que se baila suavezona". Nos paramos frente al kiosco del "Hombre más Sabio del Mundo, llegado a estas tierras desde la lejana Benarés para arrojar luz sobre los siglos oscuros de América. Conozca el futuro y los misterios del universo. Compre su tique". Es un hombre oscuro y delgado como una rana. Está sentado sobre un tapete. Tiene un turbante en la cabeza y viste una túnica negra llena de estrellas, planetas y signos zodiacales.

-¡Pasen, pasen! Usted, señorita, que tiene cara de llamarse Nubia y usted, caballerito, que se debe llamar Álvaro. Acérquense, que la sabiduría no muerde.

Nubia y yo nos quedamos paralizados. El hombre se ríe, mostrando una hilera de dientes alternados con huecos. Dice no sé qué cosa de las artes adivinatorias y del pensamiento. Entramos los tres al kiosco, que exhala una bocanada de calor. Al fondo hay un gobelino donde aparece bordada la huida de Nuredín y la hermosa Putifar en un caballo alado, saltando las murallas de Jericó. El sabio habla tanto, tan rápido y con tantas palabras raras que uno se siente como mareado. En el centro hay una mesita con un mazo de barajas. Yo me quedo contemplando un mapa amarillento extendido sobre la alfombra. El sabio se acerca más y me aturde con una catajarria de predicciones.

-Esta es la isla de San Brandán -me explica, alargando un dedo oscuro con una uña afilada y sucísima sobre el mapa. Y comienza a contar que en el año setecientos, cuando los moros invadieron España, siete obispos huyeron por mar y llegaron aquí mucho antes que Colón. ¿Y qué hicieron? ¡Ah, eso sólo hay un hombre en el mundo que lo sepa, caballerito! Y ese hombre soy yo. Y entonces se desata a contar en rima que los obispos levantaron siete mojones en los sitios donde en el futuro crecerían las siete ciudades perdidas de la Cíbola. Nubia hace un gesto de impaciencia, pero el sabio continúa tras encender un cigarro oloroso a trapo quemado. Mil años pasarán, par de niños, y América se sumergirá junto a su hermana la Atlántida, pero ATENCIÓN, sólo quedará un pedazo: esta isla de San Brandán en cuyas orillas florecerán las siete ciudades perdidas, que hoy son los míseros y violentos pueblos de Tibú, Tres Bocas, Casigua, Encontrados, Machiques, Codazzi y Valledupar, porque el mar se detendrá frente a sus iglesias, y habrá palacios, torres y pirámides y... Nubia me agarra del brazo y me saca de allí. Afuera nos perdemos entre la multitud. Aturdidos aún nos topamos con una negra alta y gorda, muy maquillada de rojo y celeste y con grandes aretes.

-¡Nubia, negra, ya creía que no ibas a venir!

Y reparando en mí, me pone un dedo en la frente.

-¿Y este pelao? ¡Mierdaaaa! ¿Te trajiste el trabajo para la feria?

Nubia me la presenta. Se llama Asmara, trabaja donde la señora Gema Luisa, cerca de mi casa.

-¡Ombe, aquí en Venezuela aprenden a parrandear desde chiquitos!

Las dos mujeres me toman de las manos, nos metemos entre la gente en dirección a un cobertizo alto con bombillos de colores. La famosa caseta. Asmara alarga el cuello mirando por encima de las cabezas.

-Vengan por aquí, mis hijos.

Entramos en un callejón oscuro, separado de la pista de baile por una pared de lona.

-¿A que no saben pa dónde los llevo? ¡Al cuarto de la Bella Colombiana!

¡La Bella Colombiana! ¡Entonces es verdad que está aquí! Llegamos a un rancho de ladrillos desnudos. Asmara toca la puerta. Esperamos un poquito. Asmara vuelve a tocar y la puerta se abre, como empujada por una mano invisible. Entramos a una habitación tapizada de rojo, con una gran cama rodeada de cojines. En un rincón hay un buda dorado. El aire huele a incienso. La mujer sentada frente a un espejo orlado de bombillos se voltea y nos mira.

-¡Esa mujer es una puta! -dijo el padre Fernando en pleno sermón. Los dos monaguillos enrojecimos. Así mismo lo dijo: puta. Y la acusó de traer la perversión y el pecado al pueblo. Mi padrino se levantó y salió de la iglesia, mientras el cura seguía acusando a la Bella Colombiana de ser una enviada del diablo.

La Bella Colombiana había aparecido en bikini en el periódico de Maracaibo. Se decía que tenía dominados a los jefes militares de todas las alcabalas, y que por ella un hacendado rico de Colombia había prendido fuego a la Sierra para impedir su huida.

-¡Eche! ¿Y este pelao tan bonito?

Es una mujer grande, bastante mayor que Nubia. Morena, de ojos verdes, con una mata de cabello negro que le baja por los hombros y la espalda. Tiene un anillo en cada mano y una tobillera de cascabeles. Y es bella, la Bella.

-Ven acá -me ordena-. ¿Y tú cómo te llamas?

-Álvaro.

-¡Ápvaro! ¡Tan bonito y tan catirito! Uy, yo me llevo a este pelao pa Barrancabermeja. ¿Te quieres venir conmigo pa Colombia, papaíto? Nomás las vacaciones, después te devuelvo.

Me abraza y me olfatea el cuello. Yo busco a Nubia con la mirada. La Bella se ríe, mostrando una hermosa dentadura en la que brillan varias piezas de oro.

-¿Por qué estás tan colorado, Apvarito? Anda, bésame aquí, en el pecho -y se ríe más todavía.

En ese momento se descorre una cortina y aparece ni más ni menos que mi padrino. Al verme, abre los ojos y se queda boquiabierto un instante.

-Bendición, padrino.

-¡Álvaro! ¿Vos qué andáis haciendo aquí?

-Nada. ¿Y vos?

Se queda callado.

-¡Pero yo soy un hombre, en cambio usté debería estar durmiendo a esta hora

Mi padrino se mueve con familiaridad en el cuarto de La Bella.

-Venga acá, carajo.

Me lleva a un rincón.

-Los dos andamos sin permiso, así que usté muere callao, ¿meoyó?

La Bella lo llama por un diminutivo. Nos acercamos a la peinadora.

-Déjalo tranquilo, papi, que el pelao anda con Nubia y Asmara.

Luego se abstrae en la imagen que le devuelve el espejo y continúa maquillándose. De pronto parece que estuviera sentada frente a una mujer antigua, con poderes telepáticos. Una mujer sabia y fuerte. Las dos Bellas se miran fljamente. Se maquilla, como obedeciendo órdenes lejanas, procedentes del otro lado del espejo. Toma un lápiz rojo, se pinta un lunar entre las cejas. Se voltea y nos habla, investida de una extraña autoridad:

-Bueno, ahora toel mundo pajuera, que me voy a trajear.

Mi padrino me da un billete de a diez y desaparece tras la cortina. Nubia, Asmara y yo desandamos el pasillo oscuro y salimos a la entrada de la caseta.

-Ahora rato -dice Asmara- sacaron un ahogado del río. Seguro que lo agarró la candela allá arriba y se tiró al agua.

Adentro, en el inmenso galpón de lata decorado con bombillos y arcos de palmas, se escuchan Los Corraleros del Majagual cantando "recoge el sillón y pónselo a la burrita, pónselo a la burrita pónselo a la burrita" y se siente el roce de una multitud de zapatos contra el piso de cemento.

-Permiso, permiso -va diciendo Asmara, utilizando su artillería de codos y caderas. Yo camino pegado a ella, temiendo que no me dejen entrar. Nubia va detrás de mí, y así, escondido entre las dos mujeres, logro meterme en la caseta oscura, caliente y atiborrada. Tiene dos paredes de lata y dos de cerca de ciclón. El piso es irregular, más alto a la derecha que a la izquierda. Nos topamos con Antonio, un peón de la hacienda de mi padre. Antonio besa a Nubia, sin hablar, pues de todos modos la música no dejaría oír nada.

Antonio me mira a mí y luego a Nubia, ella me abraza, para darie a entender que conmigo no hay peligro de nada. "Vengan por aquí", dice él. Reanudamos el trencito: Antonio, Nubia, luego yo y detrás de mí Asmara, que viene bailando. Llegamos al fondo de la caseta. Junto a la cerca de ciclón Antonio consigue sillas de hierro. Nos sentamos. Desde allí se ve el río y, a lo lejos, el club de ganaderos. Veo los faroles de papel en los jardines y los reflejos de la piscina en las paredes del salón de billar. Incluso, se ven las siluetas de las parejas bailando lentamente y, a ratos, logro escuchar la sordina de las trompetas cubanas. Afuera, se ve claramente la hilera de carros y camionetas estacionados bajo los fluorescentes blancos. "Si mis padres supieran", pienso, fascinado con la idea de andar suelto de noche, como un hombre grande. "Nos juiiiimoooos" gritan Los Corraleros y empiezan a tocar "yo soy como los vampiros/ que salgo al anochecer/ porque en la noche me inspiro/ y me llevo a una mujer". Nubia y Antonio se paran a bailar. "Vampiro vampiro, te chupó el vampiro, vampiro vampiro, te chupó el vampiro". Las cabezas y los hombros suben y bajan a la vez. Asmara se pone a conversar con un grupo de gente. Hablan de la Sierra, de los que no pudieron bajar de las haciendas a causa del fuego. El hombre de Asmara, Desiderio, está allá arriba, luchando con la candela.

-Ay mi Desi -suspira ella empujándose el contenido de un vasito de plástico.

"Nos juiiiimos", vuelven a gritar Los Corraleros y las parejas regresan a las sillas. Desde algún lado habla un hombre con acento bogotano:

-¡Y ahora, querido público tropical, verán ustedes a la odalisca de la cumbia, la diosa selvática del amooorrr, LA BELLA COLOMBIANA!

Se hace un silencio que deja pasar los rastrojos de la orquesta del club: las notas más agudas de Serenata a la luz de la luna. La caseta se queda a oscuras. En el centro del techo aparece girando una bola cubierta de trocitos de espejos, proyectando puntos de luz sobre el techo de zinc. Al mismo tiempo suenan los primeros acordeonazos de la cumbia sampuesana, y entran los tambores, elegantes, comedidos. Se abre la luz en el centro de la pista y allí está, vestida con un bikini de pedrería, LA BELLA. Caderas, caderas caderas caderas caderas caderas caderas caderas caderas el pelo suelto caderas caderas caderas caderas caderas caderas caderas caderas de mujer. La Bella se mueve con indolencia, excesivamente consciente de que le pertenecemos. Mueve los hombros como si estuviera metida en el agua y se dejara llevar por las olas caderas caderas caderas el pelo parece petróleo fluyendo fluyendo fluyendo caderas caderas caderas. Los acordeones se callan, dando paso al rumor de los tambores, las semillas, la madera. Ella se queda quieta, moviendo sólo el cuello y ese pelero se derrama en círculos. La Bella nos mira desde su superioridad. Ya no hace falta que baile, si quiere nos puede matar a tiros, que no importa. ELLA LO SABE, LA BELLA, LA ENVIADA DEL DIABLO, y ya no baila, sólo camina, completando la música con el tintineo de sus cascabeles y su tobillera de oro. Se escapa de las luces, a veces no la vemos, pero sabemos de su poder porque la gente murmura: "aquí mi vida, aquí mi santa". Y vuelven los acordeones de la sampuesana caderas caderas caderas. Sentimos que se acerca. Oigo que un hombre le dice a otro: "¡compai, todas las mujeres están locas, pero ésta no come camisa de juerza!". Se acerca se acerca se acerca. AQUÍ ESTÁ, La Bella me reconoce, me saca de mi rincón y me besa la frente, luego se pierde de nuevo y vuelve a aparecer en el medio de la pista, bajo la bola de cristal que gira gira gira caderas caderas caderas caderas y allí termina de bailar la cumbia, que se va apagando apagando y La Bella se va borrando, desmaterializándose, evaporándose con la música, y termina de desaparecer cuando ya sólo queda de la sampuesana el rastro de un sonido vegetal. Y nos deja a todos sin La Bella, contemplando la bola de espejos que gira y gira y gira. Los aplausos enloquecen el aire, quizá para conjurar el vacio de habernos quedado sin La Bella. De algún lado sale urgentemente otra música, como para devolvernos las ganas de vivir. "Muchachos bailen la puya/ puya puyará/ esta puya sí es candela/ puya puyará/ báilenla questa es muy suya/ puya puyará/ hasta quel callo les duela/ puya puyará". Y una cañita de indios chilla en lo alto, contándonos una historia de ciudades perdidas en la selva, borradas de la frontera. Siete ciudades de piedra, con escaleras talladas en la montaña, un idioma, una religión, un imperio desaparecido entre los ríos y los nudos verdes de las enredaderas.

-¡Erdáaaa! -dice un hombre acercándose a donde estamos Asmara y yo-. ¡A este pelao le quedaron los labios de La Bella pintaos en la frente!

La gente se acerca.

-Respete, ombe, queste es mi novio -le dice Asmara abrazándome.

Me preguntan si soy capaz de beberme un vasito de plástico completo.

-Sí -respondo yo.

Me pasan un vasito con una bebida color miel. Pregunto si es whisky. Risa general. "El whisky está onde los patrones, pelao". Las caras me miran. Entiendo que la única forma de no quedar peor es bebiéndome el trago de un solo golpe, e inmediatamente lo hago.

Es como tomarse un frasco de merthiolate.

"Bailen mujeres hermosas/ puya puyará..."

Mil agujas en el paladar, me he bebido el fuego de la Sierra. "...ay con mucha sabrosura/ puya puyará".

Todo gira, igual que la bola de espejos.

"...esta puya candelosa/ puya puyará y muevan bien la cintura...".

La bebida me quema, abro la boca, los ojos. A mi alrededor, las caras se ríen, mostrando unos dientes irregulares, plagados de negrura.

-¿Qué pasó, patroncito, no puede con el ron?

-Claro que puedo... deme otro.

Me bebo otro vaso y entonces sí es verdad que me gano el respeto de los colombianos. Tan chiquito y aguantando más palos que cualquiera. Ahora creo que suena, sí, suena la canción más hermosa: "Me contaron los abuelos que hace tiempo/ navegaba en el César una piragua...".

-Vamos a bailar -le digo a Asmara.

Nos levantamos, nos metemos en el tumulto, a sudar con todos los demás. Asmara es dos veces más alta que yo, pero no importa. Ella se ríe, poniéndome las tetas sobre la cabeza. Y sigue la historia de una piragua en un río al otro lado de la Sierra.

"...que partiendo de El Banco viejo puerto/ fue a las playas de amor en Chimichagua/ Arreciando el vendaval se estremecía/ impasible desafiaba la tormenta/ y un ejército de estrellas la seguía/ tachonándola de luz y de leyenda/ era la piragua de Guillermo Cubillos/ era la piragua/ era la piragua/ era la piragua de Guillermo Cubillos/ era la piragua/ era la piragua...".

La piragua. Todo da vueltas. El fuego, la luna, la Sierra. Veo que por el río bajan las vacas ahogadas, con sus panzas infladas, troncos quemados... "los remeros, viejas sombras ya no reman/ ya no cruje el maderamen en el agua/ sólo quedan los recuerdos en la arena/ donde yace dormitando la piragua...".

Asmara y yo bailamos por toda la pista, en las oquedades oscuras que forma el gentío. A veces divisamos a Nubia y Antonio, y nos volvemos a perder. Se hunde la piragua, dando paso a la mejor canción de la frontera en llamas: "En Venezuela se baila el porro/ de una manera muy singular/ en Venezuela se baila el porro/ de una manera muy singular/ se da un paso para alante/ se da un paso para atrás".

Una mujer bailando con un enano le dice a Asmara:

-Tamos iguales, negra.

-Nada de eso -responde Asmara- éste pisa más duro.

-La multitud apercochada cumple rigurosamente con la letra. "Se da un paso para adelante/ se da un paso para atrás/ y la venezolana baila el porro colombiano/ un pasito para atrás". La perrera. La caseta se inclina para alante y para atrás. "Ay mira el porro de medio lao sabrosito/ se da un paso para atrás/ eeea, para bailar suavecito/ se da un paso para atrás". La perrera. "En Venezuela se baila el porro/ de una manera muy singular". La perrera. "Se da un paso para alante/ se da un paso para atrás". La perrera.

Primero fue un rumor perdido entre la música, y nadie le hizo caso, pero luego se vieron las luces azules relampagueantes y la música cesó para dar paso al grito: ¡LA PERRERA!

Era la perrera. Asmara desapareció. Se prendieron las luces, la gente corría, desesperada. Cayeron las dos paredes de lata y parte del techo de zinc. La bola de espejos estalló en el piso. Por todas partes habían policías, patrullas, perreras. Yo no hallaba qué hacer. Los bojotes de gente caían y se volvían a levantar. Buscaba a Nubia y no la encontraba. Los policías repartían golpes con la parte plana de los machetes, pidiendo papeles. Muchos se perdían en la oscuridad del monte aplastado por las paredes caídas. De pronto me vi alzado en el aire y fui a parar al interior de un camión de la guardia nacional, donde me encontré con Antonio, Asmara y el Hombre más Sabio del Mundo, que resultó ser de Bucaramanga. Nadie había visto a Nubia. Había doce patrullas y camiones, todos cargándose de colombianos-sin-papeles. Yo me puse a llorar como un pendejo, mirando para el club de ganaderos, que ahora se oía más cerca: "anoche, anoche soñé contigo...".

Antonio y Asmara se preocuparon, le pidieron al Sabio de Benarés que hablara con los guardias para que me soltaran. Si me llevaban, quien iba a salir perdiendo era Nubia, porque yo era hijo del patrón.

-Oiga, oficial, suelte a este pelao, mire que éste es venezolano, hijo del señor...

Me bajaron del camión.

-¡Corre pa tu casa, anda corre! -gritó Asmara.

Me alejé a toda carrera, bajo el cielo gris oscuro. Pensaba en Nubia mientras pasaba junto a los camiones y patrullas. ¿Dónde estará? Seguramente se la llevarán a la frontera y nunca más la veré. Además, como ella tiene la llave de la casa, me van a dar una buena monda. Caminé por calles extrañas, por donde nunca había pasado a pie. Eran de esas calles orilleras del pueblo, con cercas de alambre de púas y cochinos en los patios. Sentí pavor de andar por allí de madrugada. La piel de la cara se me pegó a los huesos y corrí corrí corrí corrí. De los callejones salían perros negros, ladrándome. Corrí hasta que volví a las calles asfaltadas, donde estaban las casas de la gente conocida. Allí se devolvieron los perros negros que me perseguían, pero la grima me siguió acompañando. Pasaba frente a los jardines dormidos y sólo escuchaba el ronroneo de los aparatos de aire acondicionado. En las esquinas, me detenía a mirar las calles desiertas, iluminadas por el resplandor del fuego. Finalmente doblé la esquina de mi calle y corrí bajo la sombra de los cotoperíes. El portón de mi casa estaba cerrado con candado. De pronto, desde la fronda oscura de los árboles llegó hasta mí un rumor de ramas. Una sombra cayó desde la espesura a mis espaldas. Me puse a gritar la letra aAAAAAaaaAAAAA.

-¡Ápvaro, cállate, que vas a despertar a todo el mundo!

Era Nubia. Había escapado de las perreras y me había esperado subida a un cotoperí. Nos abrazamos llorando, con toda la fuerza, carajo. Nubia, Nubia. Ápvaro, Apvarito. Yo creía que te habían llevado, vida mía. Y nos hubiéramos quedado allí toda la noche si no fuera porque vimos brillar al fondo de la calle los faros del Galaxie.

-¡Mierda, los patrones, padentro, Ápvaro!

Y el candado que no abre. Y ya viene el Galaxie. Tiemblan las llaves, ésta no es, ésta sí, así no: pa la derecha ya abrió metéte rápido cierra el candado corré. La puerta de la sala la llave plateada ahí vienen las luces abre la puerta corre Apvarito cierra la puerta.
Dentro de la casa, en la sala, volvimos a respirar. Corrimos por el pasillo, a donde ya llegaban las luces del carro entrando al garage.

"Hasta mañana", me dijo Nubia, corriendo hacia su cuarto, al fondo de la casa, mientras se dejaban oír las voces de mis padres entrando en la sala. Corrí a mi cuarto prendí el ventilador me quité la ropa me puse la pijama apagué la luz me acosté en la cama arropado hasta la nariz. Escuché a mi madre pidiéndole a mi padre que la ayudara a bajarse el rache de la espalda. Luego la oí entrar al cuarto de las niñas, donde seguramente las arropó y las besó. La oí acercarse por el pasillo. Cerré bien los ojos cuando entró en mi cuarto, descalza y olorosa a madre. Me subió la cobija hasta el cuello, me besó en la frente, donde habían quedado pintados los labios de La Bella Colombiana, y murmuró "angelito mío". Después salió, trancó la puerta y se alejó por el pasillo, caminando hacia su baño, donde mi padre hacía correr el agua. Entonces, ya desvelado, me quedé contemplando el resplandor del fuego en la ventana.

 


 

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