Manuel Sánchez Chamorro

La tentación

 

Josep Guinovart: La luna de Galets

 


Como os decía, por aquel entonces yo llevaba ya cerca de un año ejerciendo mi modesto ministerio en aquel pueblo perdido entre sierras, y he de confesaros que me encontraba a gusto allí, realizando mi labor de un modo metódico, casi rutinario. Mi vida, tal y como yo la había soñado y deseado para terminar mis largos años de sacerdocio, transcurría de un modo sumamente apacible, y yo la veía completa, llena de una tranquila y casi bucólica armonía, que tenía su origen quizá en la belleza de los campos, de los montes y de los encinares que rodeaban a aquel pequeño pueblo, en la frondosidad de sus riberas y la belleza agreste de sus senderos, por los que solía pasear a la caída de la tarde, poco antes de ponerse el sol, siempre acompañado de algún libro de los que nutrían mi pequeña biblioteca. Era aquella una vida de cura rural casi de otro tiempo, y esta sensación yo la veía acentuada por el hondo respeto que me guardaban todos los habitantes del pueblo. La mayoría de ellos, humildes campesinos y hortelanos, me regalaban de vez en cuando los frutos de sus huertos, de sus granjas o de sus campos, y me trataban con una deferencia de la que era casi imposible no envanecerse. Por mi parte, yo solía tratarlos a ellos con una especie de distanciada benevolencia, con una bondad que sabía y que quería guardar siempre las distancias, como debía de ser y como, en el fondo, ellos también deseaban que fuera. Afortunadamente, todavía no habían llegado hasta aquel pueblo los ecos del Concilio Vaticano II ni otras nefastas moderneces (como sabéis, os estoy hablando de hacia mil novecientos sesenta y pico), y mi negra y siempre pulcra sotana era una impronta indeleble, un claro y respetado símbolo del sacerdocio de siempre. La sotana, mis años, el tono grave y solemne que yo sabía dar a mis homilías, pláticas y sermones, el trato cordial y distante que procuraba ofrecerles a todos, así como mi amor por los libros (la imagen de un viejo cura rural ataviado con su negra sotana y con un libro en las manos es siempre, decididamente, una imagen muy seria y respetable) me conferían un claro y alto status del que yo procuraba ser digno: el que corresponde a un venerable representante de Dios y de la Iglesia.

Yo vivía prácticamente en la misma iglesia (una notable obra mudéjar, de muros y de torre blanqueados), a la que estaba adosada, en su ala izquierda, una vivienda quizá de la misma época, compuesta en la planta baja por una sala habilitada como sacristía. En su parte alta, a la que se llegaba por una breve escalera, se encontraban mis aposentos particulares: un mediano salón comedor con chimenea, una habitación auxiliar (que, naturalmente, yo había convertido en biblioteca y en despacho), un minúsculo retrete y otra habitación pequeña donde había instalado mi dormitorio. La comida me la preparaba una mujeruca del pueblo, una pobre y buena mujer que me tenía un respeto casi supersticioso. Esta mujer (Blasa, se llamaba) también se encargaba de la limpieza. Y así, tranquila y metódicamente, como yo había deseado, transcurría mi vida en aquel pueblo, pasaban los últimos años de mi dilatada labor sacerdotal, antes de la obligada jubilación, de la que ahora se supone que disfruto. Mis únicas distracciones eran esas: pasear y leer, a las que poco a poco fui añadiendo como sano pasatiempo el cultivo de una pequeña parcela de tierra también propiedad de la Parroquia (La Huerta del Cura, la llamaban), situada junto al río y que, con un poco de trabajo y de saludable ejercicio físico por mi parte, reencontrándome también de este modo con mis entrañables y nunca desdeñadas raíces campesinas, me proporcionaba tomates, lechugas, pimientos y otras hortalizas con las que nutrir mi mesa.

Perdonad toda esta larga introducción, pero creo que era necesaria para la buena comprensión de lo que ahora voy a contaros. Vosotros soy buenos y viejos amigos, queridos compañeros en la labor pastoral, y el tema es, sin duda, delicado. Sí, creo que bastante delicado. Pero me habéis preguntado si yo, en algún momento de mi larga trayectoria sacerdotal, tuve alguna crisis de fe, algún instante de debilidad o de flaqueza, de duda ante la alta y divina misión que a todos nos fue encomendada al entrar voluntariamente en el seno de la Iglesia. Y os sorprenderéis si os digo que, si alguna vez sentí algo parecido a eso (algo que no fue exactamente eso, pero que podemos definirlo o considerarlo como un hecho muy similar) fue precisamente en aquel pequeño pueblo perdido en la sierra, en medio de aquel ambiente agreste y bucólico, repleto de los balsámicos y gratos efluvios y aromas de la Madre Naturaleza. Y no creáis que os hablo de gratos aromas silvestres tan sólo de un modo banal o retórico: tengo la certeza de que ahora mis palabras deben comenzar así, de ese modo.

Porque un día, una tibia y soleada mañana de a últimos de marzo, poco después de abandonar mi lecho y de lavarme en el retrete, como todos los días, a las seis en punto de la mañana, sentí claramente que aquellos benéficos efluvios habían desaparecido. En aquella época del año, ya en los inicios de la primavera, yo solía dejar la única ventana de mi habitación completamente abierta, tanto de día como de noche, para que la atmósfera del dormitorio se llenara de esa grata y sutil fragancia, delicada y silvestre, beneficiosa tanto para el alma como para el cuerpo, de los campos en flor. El pueblo era, como os he dicho, pequeño, y la ribera y los cerros estaban muy cerca de la iglesia: cerros colmados de tomillo y romero, campos en los que medraban el hinojo, el orégano y otras plantas aromáticas, pinos y eucaliptos entre las tupidas arboledas que destilaban balsámicos y casi medicinales aromas. La brisa de la sierra y de la mañana me los traían a mí para comenzar el día, para iniciar cada jornada bendiciendo a Dios y a la Naturaleza por sus pequeños milagros cotidianos.

Pero aquella mañana, todo eso había desaparecido. En su lugar, comprobé que mi dormitorio no olía a nada, a nada en especial, o, en todo caso, olía a un miasma desagradable y casi completamente imperceptible, que yo olfateé con minuciosidad durante un momento y al que no di ni presté mayor atención, considerándolo tan sólo el insignificante resto de alguna inevitable servidumbre fisiológica nocturna. A las seis y media en punto, poco después, Blasa, la mujeruca que me asistía, se presentó con el desayuno, y ya toda la atmósfera de la habitación se colmó con el grato aroma de los picatostes calientes y del café recién hecho. Antes de desayunar, yo me preparé para la primera misa del día, a las siete, a la que sólo acudían una cuantas viejas devotas y algún campesino que se ponía a bien con Dios antes de marchar a su trabajo. Y olvidé el incidente.

Pero aquello se repitió durante los siguientes días, todas las mañanas. Y no sólo se repitió, sino que su intensidad fue acentuándose de un modo paulatino y creciente. Cuatro noches después, recuerdo que algo me despertó, hacia las tres de la madrugada. Vosotros sabéis que yo soy un hombre de costumbres ordenadas y metódicas, y entre ellas se encuentra la de dormir sin interrupción alguna durante toda la noche, con un sueño profundo y continuado. Lo que vulgarmente se dice, dormir a pierna suelta y en paz con Dios. Pero aquella noche, algo me despertó, y fue aquel olor, aquella pestilencia. Estoy seguro de ello. Despierto a medias, sumido en la oscuridad de la noche, llegó a mi olfato, y bastante subido de intensidad, un olor a excremento humano, sí, pero también a quemado, o a como quemado y después, como base de esos dos efluvios, un profundo y repugnante matiz que me inquietó y desasosegó particularmente y que me es casi imposible de definir de un modo adecuado, pero que yo consideraría como la densa emanación de algún animal salvaje, de algún animal que, de todas maneras, no conseguí llegar a identificar. Como comprenderéis, esta mezcla de olores era algo más que desagradable.

Al día siguiente revisé el retrete. Se trataba de un pequeñísimo cubículo de apenas tres metros cuadrados de amplitud, de paredes encaladas. A ras de suelo se hallaba un sumidero de unos quince centímetros de diámetro, en el que yo hacía mis necesidades. Un espejo rectangular, adosado a la pared derecha del cubículo, bajo el que se encontraba una mesita con una palangana y un jarrón siempre lleno de agua completaba el mobiliario, junto con una toalla y un trozo de jabón para el aseo diario.

Inspeccioné el sumidero con un palo de escoba, y no encontré ningún atasco en él, ni ninguna otra irregularidad. Después, comprobé que su desagüe conectaba a través de los muros de la iglesia con la red de alcantarillado del pueblo. Casi con sorpresa, pude averiguar también que la instalación del alcantarillado era muy reciente, prácticamente nueva, y que todavía no había ocasionado ningún problema de atascos o de malos olores. De hecho, hacía muy poco tiempo que se había instalado el agua corriente en la población, aunque la mayoría de las casas, como ocurría con la que yo ocupaba, aún no contaban con cuartos de baño modernos. Por otra parte, a lo largo de los días siguientes también pude comprobar, sin lugar a dudas, que el mal olor no provenía del retrete, sino de alguna otra parte de la vivienda.

Simultáneamente a todo esto, comenzó a ocurrirme algo extraño, a sentirme como enfermo, o como indispuesto. Al principio, yo achaqué aquellas molestias a la pesadez de las comidas que solía prepararme Blasa: una mañana, durante la Misa de siete y en el exacto momento de la Consagración, sentí un rictus de dolor en el estómago, como una sobrecargada y súbita oleada de acidez que prácticamente duró ya a lo largo de toda la Misa y que (lo recuerdo bien) fue extendiéndose hacia mis brazos, impidiéndome casi alzar la Sagrada Forma. Al mismo tiempo noté un extraño vacío en el alma y en la mente, una sensación que, afortunadamente, nunca he vuelto a experimentar, y que podría intentar definiros como la llegada repentina de la vejez, o de la inutilidad, o de la desesperanza. Mientras, el sordo dolor en el estómago continuaba. Creo que, por suerte, ninguno de los escasos feligreses que se encontraban en la iglesia se dio cuenta de aquella repentina indisposición mía, la cual pareció remitir justo cuando terminó la Misa. En otra ocasión, poco después, un domingo en la sacristía, cuando me estaba vistiendo para celebrar la Misa de doce, me envolvió, también repentinamente, una agobiante sensación de opresión, de ahogo. La pesada casulla que me había colocado un momento antes parecía asfixiarme entre sus gruesos pliegues, y la blanca e inmaculada estola, alrededor de mi cuello, se convirtió en una especie de terrible dogal que me estrangulaba. Y aquel calor. Por fortuna, conseguí al final dominarme y acudir sin más percances a celebrar la Santa Misa, en el templo repleto de feligreses. Pero poco después, al llegar durante la celebración al sublime momento de la comunión con el Cuerpo de Cristo, justo cuando llevaba a mi boca la Sagrada Forma, me invadió una náusea sutil e insidiosa, una alevosa repugnancia, y sentí una violenta arcada de asco en el estómago, que conseguí vencer aplicando en ello toda mi fe y mi fortaleza espiritual, superando un penoso instante de temblor, de miedo y de derrota. Y otra vez, me encontré a mí mismo arrodillado al pie de mi lecho, musitando mis cotidianas oraciones de la noche, olvidándolas de pronto, despreciándolas, anegándome en un sucio cenagal de imágenes lascivas que conseguí rechazar después de un terrible momento (tan sólo un segundo) de caída. “¡Aparta, Satanás!”, grité mientras me alzaba por fin de los pies de la cama y me santiguaba.

Vosotros ya sabéis muy bien que soy un hombre fuerte, tanto de cuerpo como de espíritu. Me conocéis. Nunca he padecido una enfermedad grave, y tampoco he visto nunca amenazada la firmeza de mi fe, ni por un mínimo átomo de debilidad, ni por la menor tentación o flaqueza. Y sin embargo, aquellas pequeñas cosas, aquellos hechos casi insignificantes, que tuvieron lugar tan sólo durante unos seis o siete días, en aquel bucólico y bellísimo pueblo perdido entre montes y riberas, comenzaron a corroer mi espíritu, a mortificarlo y a lanzarlo a la duda. ¿Eran tan sólo consecuencia de algún achaque físico, completamente disculpable dada mi ya avanzada edad? ¿O por el contrario (y lo que sería más grave) obedecían a una enfermedad del alma, a una profunda alteración espiritual, que se manifestaba de ese modo? Ahora, amigos míos, sé positivamente que los caminos del Señor son inescrutables, y que en ocasiones esos caminos son extraños, en verdad muy extraños, pero que siempre hay que recorrerlos sin desmayo ni duda para mantener incólume nuestra Fe.

Así, no sé por qué motivos concretos (quizá debido a una extraña intuición, a una corazonada, o sencillamente a un aviso del Cielo que guiaba mis pasos), finalmente terminé por relacionar todos estos hechos con los insistentes y malos efluvios que aún persistían en mis habitaciones, y que parecían acentuarse a la llegada de la noche. Comprendí (o intuí también) que quizá ahí, en esa pestilencia, se encontraba la raíz del problema, y me dispuse a atacar esa raíz, a buscar sus orígenes. Por otra parte, pensé que la realización de esa tarea, aunque al final resultara inútil o infructuosa, ayudaría a mantener mi espíritu ocupado, lo alejaría de nuevas tentaciones, ahuyentaría por fin esa sensación de honda opresión y de vacía congoja que poco a poco iba envenenándome el alma y la fe, haciendo peligrar mi santo Ministerio.

Por fin, una noche, descubrí que el mal olor provenía sin lugar a dudas de la habitación que yo había convertido en mi despacho y biblioteca. La habitación, de mediano tamaño y de altos techos, era sombría y húmeda, sin ninguna ventana o claraboya al exterior, y su pared derecha era aledaña al altar de la iglesia. Precisamente en esa pared era en donde reposaban mis amados libros, en doce anaqueles de madera que se alargaban hasta el techo: mis queridos devocionarios y misales, mi colección casi completa del Año Cristiano de Croisset, alguna enciclopedia en varios tomos, dos o tres Biblias... También, unos pocos libros de agricultura, que yo había empezado a repasar y consultar por aquel entonces, para intentar sacarle el mejor rendimiento posible a mi sencilla labor de hortelano en La Huerta del Cura... y la serie completa de las novelas del inspector Maigret, de Simenon, por las que sabéis que siento verdadera pasión, y que todavía sigo releyendo con gusto de vez en cuando. Papeles, carpetas, hojas parroquiales, catecismos del Padre Ripalda y del Padre Astete y otros documentos y volúmenes reposaban también en los anaqueles.

Entonces creí comprender por fin lo que había ocurrido. Sí, amigos míos, exactamente lo mismo que en este instante vosotros con toda probabilidad estáis pensando, o ya seguramente hace tiempo que habéis deducido: ratas. El papel, y sobre todo el papel viejo, las apergaminadas y amarillentas hojas de los misales, de las viejas enciclopedias y de las novelas, son pasto de ratas y ratones en todas las bibliotecas del mundo, sobre todo cuando, como ocurría en mi caso, las bibliotecas se encuentran en aposentos húmedos, sombríos, de antiguas y gruesas paredes que rezuman humedad y vejez. Sí amigos míos: ahí creí encontrar la raíz del problema: en alguna rata muerta, cuyo cadáver medio putrefacto, agazapado entre los libros y las estanterías, destilaba en su proceso de descomposición aquel mal olor, aquel efluvio pútrido, que había terminado por alterar y casi destruir mis nervios y por provocarme una auténtica crisis de fe, de imprevisibles consecuencias.

A la mañana siguiente a mi descubrimiento comencé a retirar ordenadamente todos los libros de los anaqueles, y a inspeccionar el espacio existente entre éstos y la pared, en busca del cadáver. Procedí con sumo cuidado, armado de una corta escalera que me proporcionó Blasa, mi asistenta, de un bastón y de algunos trapos para ir de paso limpiando el polvo y las telarañas. Iría depositando los libros y papeles en la mesa de mi escritorio y en el suelo de la habitación, anaquel por anaquel, libro por libro, hasta que no quedara por revisar ni un centímetro de pared, ni ningún otro recoveco que pudiera servir como guarida o refugio para los roedores.

De este modo, comencé mi labor justamente por donde creí que se notaba con mayor intensidad la pestilencia: arriba de la biblioteca, en su ala derecha y en el estante superior. Para acceder a aquel sombrío rincón, tuve que ayudarme de la escalera, e incluso alzar mis brazos con el fin de alcanzar y comenzar a recoger los libros que allí se acumulaban, y que eran restos desechados seguramente por el párroco anterior del pueblo: casi con toda probabilidad, viejos misales descabalados y otros papeles sin importancia que yo algún día tendría que revisar en mis ratos libres.

Y entonces ocurrió. Sí, amigos míos, todos queridos compañeros en la fe de Cristo, quiero que creáis que entonces ocurrió. Mi mano derecha, alzada justamente sobre mi cabeza, alcanzó un tomo en cuarto, de tapas de cuero, que supuse en un primer momento que sería algún antiguo libro de asientos parroquiales, o de partidas de bautismo, y lo alejó del anaquel, hacia abajo. Entonces, escuchadme bien, el libro exhaló una intensísima vaharada de pestilencia, de aquella pestilencia casi indefinible y que sin embargo yo he intentado vanamente explicaros, a excremento humano, a densos y desconocidos efluvios animales y a tufo a quemado. Por otra parte, del libro emanaba también un calor húmedo y pegajoso que sentí un instante en la palma de la mano derecha y que me obligó a soltarlo, asqueado de su contacto, hasta que terminó por caer al suelo.

Yo también casi caí rodando al suelo desde la escalera, a causa de la desagradable sorpresa. Cuando por fin bajé, me acerqué al libro, que reposaba en el suelo, con una extraña aprensión, casi con miedo. Seguía exhalando aquella rara y desconcertante pestilencia y, por un momento, me pareció que sus oscuras tapas de cuero emitían un tenue y apagado latido, como si se tratase de algún animal u organismo vivo y palpitante. Me acerqué un poco más a él. Probablemente a causa de la caída desde el anaquel, una de sus páginas se había desgarrado. Un trozo de ella aparecía por su canto superior, en un ángulo oblicuo, y ya casi completamente desprendida del volumen, y allí pude leer, en negras y desgastadas letras de un tipo grande y antiguo:

...TENEBRARUM INFERNALIS... ...SATÁN, DÓMINE NOSTRUM...

No quise saber más. Sólo eso conseguí leer, pero me bastaba. Me encaminé con rapidez hacia la chimenea del salón, y allí tomé las largas tenazas de hierro que me servían para atizar el fuego. Inmediatamente después me dirigí otra vez a la biblioteca y aprisioné el libro entre las puntas de las tenazas, procurando en todo momento no tocarlo y apartándome lo más posible de él. Luego lo deposité en un recio saco de arpillera, cuya boca cerré con un trozo de cuerda. Más tarde, ya en la iglesia, de rodillas ante el Santísimo, medité largamente y oré, oré con una paz interior y una serenidad de espíritu que hacía ya muchos días que no gozaba.

Para terminar, os diré que nunca he sabido de dónde venía aquel libro, aquel maldito grimorio, ni por qué se encontraba allí, perdido en los anaqueles de la biblioteca parroquial de aquel pequeño pueblo perdido a su vez entre sierras. Tampoco me he preocupado lo más mínimo en averiguarlo. Como os decía, y como vosotros sabéis bien, los caminos del Señor son inescrutables.

Y así conseguí vencer aquella crisis de fe, la insidiosa y pertinaz tentación que sufrí aquellos días, la llamada traidora y alevosa del Maligno. ¿Conseguí vencerla? Porque al final pequé, pequé, sí, hermanos míos. Pequé. Sin duda, el Diablo tiene también muchos caminos y modos de tentarnos, de intentar acercarnos a su Maléfico Reino.

Antes os he dicho que en aquel pequeño pueblo donde me había propuesto terminar mi larga labor pastoral todos me respetaban. Pero, por desgracia, sería mejor y más exacto decir que casi todos. Como gusano en fruta sana, que al final termina por malear y estropear el cesto completo, también había allí algún réprobo, alejado del redil de la Iglesia y propenso a burlarse y mofarse de ella y de sus sagrados ministros. Entre estos, se encontraba en el pueblo un viejo hortelano, gran borrachín, que cultivaba su mísera parcela justo al lado de La Huerta del Cura, junto a la ribera, y del que tuve que sufrir algún que otro irritante comentario de burla y de desprecio sobre mi manera de trabajar la tierra, de cuidar los tomates, los pimientos y demás hortalizas, comentarios entremezclados también con groseras blasfemias contra Dios y su Divina Madre. Aquel viejo proclamaba mi inutilidad como hortelano a los cuatro vientos, pronosticando la completa ruina de mi pequeña huerta y, por el contrario, profetizando para sí mismo una óptima cosecha.

Y pequé, amigos míos. No pude resistir aquella tentación, y así lo reconozco: una tarde quemé el libro que aún mantenía encerrado en el saco, y recogí con cuidado sus cenizas. Después, aprovechando un rato en el que el viejo se encontraba ausente, las esparcí cuidadosamente en la huerta de aquel hombre blasfemo, borrachín e impío, saturando su tierra, suelta y fértil, con aquellas cenizas de las que aún parecía desprenderse un olor nauseabundo. Aquel año, el viejo réprobo y burlón vio quemada toda su cosecha, achicharrados todos sus frutos, reseca y estéril su tierra, maldita de Dios.

En cambio, yo saqué buenos tomates. Dios me lo haya perdonado.


 

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