Manuel Moya

Cuatro poemas

 

Albert Ràfols-Casamada: Camí de tardor [Camino de otoño]

 



Dudar, dudar hasta caer rendido,
muerto de vida, intacto. 
Dudar hasta quedarme
sin sitio, ni argumentos.
Dudar hasta que sangren 
las uñas y el estómago,
hasta que ya la noche se me rompa 
con su armazón de plomo y dexedrina.
Dudar sobre la arena hollada.
Dudar ante el granizo, ante el rubor, 
dudar ante tus manos,
dudar, dudar, al fin, 
desde el principio.


PERDICES Como todos los días, el viejo cuelga sobre el muro la jaula de perdices y nada le importa que desde hace cuatro años, cuando aquellos días de helada que lo quemaron todo, murieran sus perdices, porque él las sigue escuchando y no admite que nadie le conteste. El día para él transcurre de esa forma, es decir, al lado de la jaula, trajinando sobre las varetas de ciruelo que en sus manos diestras más bien parecen juncia, hilos de seda. Nada inmuta al viejo que sigue obnubilado el trajín de sus perdices, que se pasan el día refiriendo historias de esas remotas islas que vuelan en la noche. A veces llegan mercaderes que se llevan las ásperas harinas del molino y los frutos de las huertas y, con un poco de suerte, las cestas de mi amigo que él mismo cuelga bajo el clavo donde pende todavía la jaula perdicera. Él de eso vive. De eso y de escuchar durante horas sus perdices, temiendo que llegue la noche y al descolgar la jaula, con desolación descubra que han volado.
LLUVIA Tienen sed los campos. Ha llovido poco últimamente. Pasaron las tormentas que no dejaron nada. Sacaron a los ídolos y no vino la lluvia. La lluvia viene cuando quiere. No tiene su sazón hora fijada. Mucha o poca, la lluvia jamás mide cuanto otorga, ni prevé dónde será bien recibida. Llueve con simpleza, simplemente. Se deja llover por puro gusto. No castiga la lluvia, no condena. Jamás la lluvia aplaude, jamás se afirma en nada. Es un don la lluvia, y no lo sabe.
EL RÍO QUE PASA POR MI PUERTA No me creeréis, pero, de cuando en cuando, un río viene a visitarme. Un río tan pequeño que apenas pesa nada. Cruza por mi puerta y un poco sorprendido mira el zócalo, las rejas, el alero. Ni siquiera sabe que es un río. Recuerda apenas que otras veces pasó ya por aquí, bajó esta calle y se perdió, humilde, por el caño. Eso le basta. Tiene, como el vencejo, sus días convenidos y guarda memoria inquebrantable de un mar que no conoce. Pero mi río es tan pequeño que se olvida con frecuencia de nacer y, ya nacido, se olvida de seguir su propio curso o de vaciarse en otro río. Lo he visto correr seco, vacío, olvidado de sí mismo, y como el pájaro que ignora que es calandria o golondrina, pero sabe del Sur y del Estrecho, mi río se presenta cada invierno modesto como un dios. Mirad, no está. Viene en camino.


 

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