Antonin Artaud

Para los analfabetos

Traducción de Manuel Moya


 

 


 

La anarquía, sin orden ni ley, las leyes y las normas no existen sin el desorden de la realidad, sin el tiempo y sin la ley. Desarticularé lo que se me ponga por delante en la vida de los universos, para que el tiempo sea yo. La revuelta general de los seres ha sido un sueño que he observado como a un árbol, desde mi rincón, con la epidermis de mi propia mano. No había muerto, ni me había destruido, salvo alguna parte mínima de mi cuerpo. Soy una máquina que funciona de puta madre y arranca al primer tirón. Soy de los que, con la dialéctica, hacen surgir falsos problemas para comprender de forma explícita aquello que queda dicho: mi coco funciona.

Sigo mi camino hacia la honestidad, en la contención, en el honor, en la fuerza, en la brutalidad, en la crueldad, en el amor, en la acritud, en la cólera, en la avaricia, en la miseria, en la muerte, en el estupro, en la infamia, en la mierda, en el sudor, en la sangre, en la orina, en el dolor. No soy la inteligencia o la conciencia de haber hecho nacer las cosas, sino el dolor misterioso de mi útero, de mi ojete, de mi pirula, que no es un sentido, mi querido Freud, sino una masa obtenida solo a través del sufrimiento sin haber aceptado el dolor, sin reivindicarlo, sin imponerlo, sin irlo a buscar...

No hay ciencia, existe sólo la nada, y a la nada no la superarán sus ciencias por mucho que lo creáis. No se puede vivir con tantos parásitos mentales alrededor. Soy sólo aquél que ha querido hacer inútil el signo de la cruz.

La duda, la inconsciencia, la ignorancia y la inconsecuencia no constituyen un estado de trastorno sino el único estado posible, pues no existe el ser innato que porta en sí mismo la infusa luz. La luz se hace viviendo, y por su naturaleza real tenebrosa, jamás llenará el espíritu de consciencia y de la necesidad de acatar su ser, de recogerlo en el centro de las tinieblas, afirmación consistente de cualquier ser, de cualquier forma que con su mezcla y sus apetitos, acabará por afirmarse a expensas de dios o de cualquier otro principio innato.

No he venido a decirle a los intelectuales: ¿qué es lo que queréis? Ni siquiera los he puteado, simplemente los he escandalizado con la lengua y los golpes. La idea que tengo de mí mismo es que no soy nada y siento algo extraño con respecto a la idea del amor y del dolor que no puede quedarse en mí.

Nunca he aceptado la atmósfera de las casas de locos y no admito que se me apliquen.

Lo repetiré una vez más, no me guía ni siquiera el orgullo literario del escritor que pretende triunfar o ver publicado su producto. Los hechos que cuento son los que quiero que nadie ignore, los gritos de dolor que se me salen por el cuerpo, son los que quiero que escuchéis.

No, yo Antonin Artaud, no, no y no, no quiero escribir salvo cuando no tenga nada que pensar. Como quien devora el propio vientre, el hueco de su vientre, desde dentro.

En la gramática se esconde el pensamiento, y ahí es difícil de golpearle, virgen renuente, mucho más difícil en cuanto se lo toma por un hecho innato. Porque el pensamiento es una matrona que no ha existido siempre.

Y las palabras huecas de mi vida se inflan en el bullir bla-bla-blá del escrito.

Y escribo para los analfabetos.

P.S.: Hay que pagar a los ignorantes con dinero y buenas palabras para transportar opio y fusilar a los soldados, por vestirse con hábitos civiles.

Asesinar a todos los soldados.

Liberar el opio de Afganistán.


 

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