María José Barrios

Cuentos mínimos

 

Paul Klee: Estación L-112

 


EN PAZ

 

Llevaba una vida ejemplar, pero al cumplir los cincuenta se presentó en la comisaría y dijo: “Señor guardia, arrésteme, por favor. Sin preguntas.”

Durante los treinta años siguientes permaneció en silencio absoluto, en una celda pequeñita pero bien ventilada.

La noche de su octogésimo cumpleaños se levantó y llamó al carcelero. “Ya puede dejarme ir. Gracias por todo.”

Al día siguiente atracó cuatro bancos y un furgón blindado. Sabía que su corazón no aguantaría tantas emociones, pero murió contento. Joaquín Vélez siempre pagaba por adelantado.


PRECAUCIONES

 

Nada más llegar, tuvo tanto miedo a perder su identidad en una ciudad tan grande, que la guardó en una cajita. Desde entonces es una persona totalmente distinta.


CON un puÑado de dÓlares

 

El hijo del archimillonario fabricante de alfombras Mohammed Abdul Haj-Salej no quería dejar la casa en la que se había criado para ir a estudiar a un país extranjero, tal y como estaba planeado. Piedra por piedra, casa por casa, y habitante por habitante del condado de Berkshire fueron trasladados al sur de Siria, muy cerca de Damasco. La única persona que no se dejó engatusar por el dinero de Abdul fue la señorita Idgie W. McGregor, a quien las comidas “exóticas”, según sus propias palabras, no sentaban nada bien.


PEQUEÑO (Y ALEGRE) CUENTO IMPROVISADO

 

“Volveré”, escribe.

Ya no es una niña. Quiere irse, viajar. Recorrer mundo... darle la vuelta, quizá. Va a escribir un libro. Volverá, pero... ¿cuándo? Tiene una idea súbita. Corre al escritorio de su padre. Se mete cuatro bolígrafos en la mochila. Vuelve a coger la nota, y añade: “Cuando se me acabe la tinta.”


 

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