Miguel Florián

Este es mi cuerpo

 

Alberto Durero: Adán y Eva

 


 

I.     


Y dijo, este es mi cuerpo. Cuerpo tierno y blanco como la entraña cálida del pan, como la miga blanda que aún nos huele a madre entibiada, a madre limpia, a mandil de madre recién lavado.

La semilla golpeada, triturada: que se abre, se hincha, se inflama hasta formar un alma desnuda, transparente. Toma mi cuerpo, y cómelo; toma esta carne mía para endulzar tu boca; desciende hasta el centro oscuro de la pulpa, y conoce allí el regusto amargo de la almendra.

El de Jesús es el cuerpo simbólico que, en sus innumerables facetas, recoge la multitud de cuerpos. En él se depositan cada uno de aquellos que en la parusía habrán de resucitar bajo la luz del mismo sol que adoran, rodeados de los mismos cuerpos que antaño amaron.



II.    

Con qué certitud, honda, existo. Existo todo entero, contenido en los costados de mis músculos, esparcido en las márgenes compactas de los huesos. Alma soy que sobre la piel se extiende, y allí con dichosa complacencia se reconoce. No como en la imagen simétrica del espejo, sino alargada en el eco de un mar donde se mece la cadena infinita del recuerdo. Memoria de miríadas de seres, de todo cuanto se reunió hasta dar en mí. Memoria dichosa porque permanece, porque le es posible recorrer, en un sólo instante, axial, el espacio curvado de los siglos. Más allá de mi cuerpo nada alcanzo.

Hablamos del cuerpo, y nos parece ajeno. Precisamos de otra lengua donde las palabras rebasen todo atisbo de diferencia. Tan plenamente coincido con él que puedo justamente repetir, con Merleau-Ponty, soy mi cuerpo.



III.    

Descartes escindió la conciencia del cuerpo. Éste quedó reducido a mera extensión, res extensa, materia opaca donde difícilmente podía cohabitar con un alma. Descartes reinstauró, la arcana tradición órfica del cuerpo-prisión (soma-sema). Carne que es triste cáscara, tosco recipiente de arcilla que se quiebra cuando cae al suelo. En esa carne se sumerge el yo, el alma obligada a purgar su olvido, navegando a través del laberinto, tanteando la superficie de la sombra.

Cuerpo oscuro, en cuyas aguas se agitan las pasiones, las fuerzas turbias que avarician una chispa de luz. ¡Oh, cuerpo desolado, enamorado de su alma! Jesús creyó en la resurrección de la carne, imaginó un tiempo en donde la carne y el espíritu se conciliaran, transfigurados, redimidos bajo una sola claridad. Un Monte Tabor en donde edificar nuestra morada.

Este es mi cuerpo. Lo siento latir, encabritarse, rebullir, abandonarse a un hambre indefinible. Todo lo devoraría: los planetas, las mujeres, los árboles.... Descartes lo diseccionó con el escalpelo de la razón analítica. Al hacerlo, hirió también al alma. Un cadáver, y un alma lacerada. Ego cogito..., pero ¿desde dónde es que puede decirse Yo pienso?



IV.    

No es verdad que el cuerpo ocupe un lugar entre el yo y el mundo [i]. El cuerpo es el yo, y también es el mundo. Hablar del cuerpo es nombrarlo todo; que desde él se hace posible el habla. ¿Qué, fuera de un cuerpo, puede existir? ¿A qué ser sino a un cuerpo le es permitido hablar? Los cuerpos sueñan, y al soñar edifican esa ilusión que llamamos vigilia. Se reconocen en los límites que ellos mismos instauran. En los cuerpos todo encuentra su centro, de ellos todo procura para alcanzar su existencia. Vive en tu cuerpo, es tu cuerpo [ii].

Qué enigma -tan al alcance de la mano- saber que la carne se enciende (ella, que es una amalgama de células, de átomos, de energía...), y estalla en el relámpago de la metáfora, en el diluvio de la música. Desde esas aguas larvarias donde los protozoos -paramecios, radiolarios, diatomeas...- se agitan bajo una tempestad de luz, de polvo transmutado, y su mano traza en el aire el vuelo irisado de un pájaro, la vibración fosforescente de una melodía.

Un cuerpo no es sólo un cristal que refleja otros cuerpos, sino un azogue vivo que reproduce la orografía imposible del sueño. Desde el humus vegetal, desde la cerrada densidad de la piedra, a través del cuerpo brota como un prisma la palabra. Y, desde ella, fructifican universos, constelaciones de ángeles, de dioses, de demonios...¡nadie sabe lo que puede un cuerpo! [iii]



V.    

Soy algo más que el territorio de la piel. Caigo, también, hacia lo hondo. Me escondo, subterráneo, y transito por los meandros de las venas, de las vísceras -el páncreas, el hígado, looos pulmones...-. Seres enmudecidos, palabras cenestésicas, de esta masa que envuelve y que sostiene eso que llamo yo. Y ese yo que yo soy los ama con un amor profundo, de avarientas raíces.

Como un árbol creciendo hacia su abismo, precipitándose hasta el centro compacto de su alma. Y que al llegar allí se cierra, se recoge en un sinfín de signos. Alientos que quisieran ser acariciados por las manos, ser besados por los labios.

En la enfermedad la carne parece desnudarse y mostrarnos su envés, su adentro, lo mismo que un guante que se vuelve. Entonces creemos escuchar las voces confusas de las glándulas, reconocemos la fisiología oculta de las células. Persiguiendo un lugar en el país abierto de la luz, para saborear el sol cálido de cada tarde. Sólo el dolor de un cuerpo clavado en la madera, atravesado por la lanza, ennegrecido por la muerte, nos sitúa sobre el horizonte inefable de la nada.

¡Y tener que morir, renunciar a los destinos insospechados que tramamos! ¡Tener que acallar con arena los murmullos que en el seno de la carne borbotean! Este cuerpo que cada uno es no se resigna al silencio. Él ama la voz, porque él es palabra. Por eso configurará de nuevo la arcilla, se erguirá desde su mudez hasta lograr otra vida más alta. Decidme, ¿porqué no hemos de poder volver al mundo mientras seamos capaces de adquirir nuevos conocimientos? [iv]



VI.    

Yo también amaba su cuerpo
, se lamenta en Ordet el desconsolado esposo de Inger. Inger ha muerto pero, desde su muerte, como Lázaro, se levanta para continuar cumpliendo su destino en la tierra. (No nos des, Señor, otro cuerpo que éste. No nos hurtes nuestro pequeño cuerpo, este país donde la dicha adquiere la justa dimensión del hombre. Cuando nos resucites, hazlo a un mundo idéntico a este mundo. No queremos un alma descarnada, una conciencia de humo que a nada puede asirse, ni un paraíso donde no cabe la sed ni la palabra).

Un alma es un cuerpo que se sabe, un cuerpo que en sí mismo descubre su reflejo. Demasiadas son las máscaras de un cuerpo, múltiples sus disfraces. Sin su alma, un cuerpo se volvería mudo; al buscarse sólo hallaría olvido. Sin su alma el cuerpo de los hombres sería semejante a la anatomía desnuda del mineral o el viento. Y el cuerpo es la permanencia de un oleaje interminable [v].



VII.   

Carne fagocitaria, devorada por un hambre de manjares sutiles, por una sed de sangres imposibles. Ebria, se defiende con garras, con profusos colmillos que horadan la tierra hasta dar en el tuétano macizo de la fruta. Como un reptil se interna en la humedad musgosa donde el metal germina. La carne es el lugar donde el deseo habita; y lo que ansía un cuerpo es otro, y otro..., inacabables cuerpos. Cuerpos que sobre él se depositen, y lo adensen.

Con cuánta febril glotonería los ojos se alimentan de formas, de colores, que luego habrán de acumularse en el fondo del corazón. El cuerpo es una lente, un vidrio que titila con un rayo de luz en la mañana: llega hasta él la claridad, y lo atraviesa, y después se va. Y en los labios queda un ligero sabor de luz desconocida.

Esto que siento aquí, empalabrado, retenido en las sílabas, es un cuerpo. Un verbo conjugándose en la alquimia infinita de los signos.

NOTAS

[i] R. D. Laing, El yo dividido. Madrid, 1983

[ii] F. Nietzsche, Así habló Zaratustra.

[iii] Spinoza, Ética.

[iv] G. E. Lessing, La educación del género humano.

[v] J. Lezama Lima, Paradiso.


 

Cabecera

Portada

Índice