María Romera Montero

Biografía de una gota de agua

 

John Frederick Peto: El almacén del pobre (1885)

 


 

Soy una gotita de agua corriente, poco peculiar. Estoy hecha, como todas, de eso que llaman "moléculas", de hidrógeno y algo de oxígeno; no soy demasiado grande, transparente y podría decirse que redonda.

Creo que nací en invierno, estoy casi segura porque hacía un frío espantoso en aquel tejado. Fui fruto de un chubasco. Aparecí como por arte de magia entre aquellas tejas azules, con muchas como yo. Allí conocí a doña Elvira, una mamá caracol que me enseñó todo lo que una gota de agua debe saber. Nuestra primera vez fue muy divertida. Como ya he dicho, aparecí "de golpe" entre las tejas; caí sobre algo blandito, que era, nada más y nada menos, que la cabeza de doña Elvira. A la pobre mamá caracol le dí un buen susto cuando la despertó mi tacto frío. Aunque después me tomó mucho cariño, lo primero que salió de su boca fue: ¡¡¿Qué diablos haces tú sobre mi cabeza, pequeño átomo de hidrógeno oxigenado?!! ¡Eres una gota de agua insolente! Me quedé "pasmada" y atemorizada, yo ni siquiera sabía lo que era una gota de agua, por no decir lo raro que me resultó aquello del hidrógeno no sé qué. Soy bastante educada, así que pedí perdón a aquella señora y, aún llena de temor, le pregunté qué significaban aquellas palabras. La señora "gritona" se echó a reír y, después de un rato de carcajadas, se presentó: -Muy bien jovencita, te lo explicaré todo. Me llamo Elvira y soy una caracol, vivo dentro de mi caparazón, es mi casa. Tú eres una gota de agua, te formas cuando...- doña Elvira me contó todo eso de los átomos, las heladas y el agua; al fin lo entendía todo.

Pasé buenos momentos con mamá caracol, me enseñó muchas cosas. Con ella vi mi primer, y único, amanecer; entonces me enseñó a colocarme de manera que los rayos del sol no me alcanzasen de lleno, esto me fue muy útil para mi vida futura. También me presentó a unas golondrinas que vivían justo al final del tejado en una casa muy graciosa, algo que fue fundamental para mi supervivencia porque a muchas de mis compañeras las hicieron desaparecer dentro de su pico.

Desafortunadamente, mientras doña Elvira me mostraba las maravillas que puede hacer la naturaleza en una grieta con la ayuda de mis átomos y los de mis semejantes, resbaló, le fallaron los reflejos y cayó precipitadamente al abismo que asomaba bajo la cañería del desagüe. Me quedé muy triste, ahora estaba sola, había perdido a mi mamá caracol, ¿quién cuidaría de mí?Al verme tan deprimida, las bacterias que habitaban la grieta sintieron lástima y me ofrecieron sus cuidados a cambio de que trabajase para ellas cultivando su jardín de musgos. Al principio acepté, me pareció una buena salida para no estar sola; pero, pasado algún tiempo, me sentía mal, aquello era aún peor que la soledad, ¡incluso estaba encogiendo! Decidí marcharme de la grieta; manteniendo mi educación innata, me despedí de las bacterias y, armándome de valor, me arrojé del tejado hacia lo que todos llamaban "pared".

La pared era un sitio nuevo para mí. No era demasiado bonita, el color era bastante triste, gris o negro, así era. Parecía como un gran vecindario de bacterias, había muchas y todas me ofrecían trabajo en sus jardines de musgos, debían de ser bacterias adineradas, de la "burguesía bacteriana".

Aunque era novata, no se me daba nada mal eso de deslizarme; pero lo del frenado todavía escapaba a mi habilidad.

Me gustaba deslizarme, me divertía, sin embargo, era duro y estaba cansada. No conseguía pararme y pedí ayuda a todo lo que me encontré por aquella pared. Nadie me hacía caso, este nuevo lugar no era como la teja azul donde nací, aquí cada cual iba a lo suyo sin importarle nada lo que pasase a los demás. Gracias a Dios, todo el mundo no fue igual de "pasota". Justo cuando pensaba que aquello era el final oí una vocecita, aún más debilucha que la mía, que me indicaba cómo moverme para conseguir frenarme. Lo logré.

La voz que me ayudó pertenecía a una cosa muy rara anaranjada que estaba semicolgando del piquito de una ventana. Además de mostrarme la manera de frenar, también me dirigió a la hora de aprender a desplazarme por la pared a un ritmo mucho más relajado que el que había llevado hasta entonces en mi "excursión" por la pared. Cuando lo tuve todo "controlado", me dirigí hacia la ventana, hacia lo que me había ayudado. Llena de curiosidad me presenté muy deprisa y luego le di a mi nuevo amigo opción para que lo hiciera. La cosa anaranjada dijo: -Hola, yo soy un trocito de hierro, vivo aquí desde hace muchísimo tiempo. Cuando yo nací...- así, el trocito de hierro, Ferrum se llamaba, me contó su historia. Lo que más me sorprendió es que para los que eran como Ferrum mi existencia y la de mis hermanas las gotitas de agua también era muy importante, nosotras los hacíamos transformarse y cambiar su color gris triste por el llamativo naranja. Ferrum también me habló de mi mamá, de la verdadera, me contó que mi creadora era la lluvia (eso se le olvidó a mamá caracol, me lo contó todo excepto su nombre), que era buena con él, con las plantas, con todos, ¡qué buena mamá!

Ferrum me pidió que le ayudase ahora yo a él, estaba cansado de vivir en el mismo sitio todo el tiempo, además él también perdió a la mamá que cuidaba de él, ella cayó al abismo que había bajo la ventana. Después de meditar sobre cómo podía sacarlo de allí pensé en imitar la forma en que cambiaban de color mis hermanas a los trocitos de hierro y entonces dejarme caer deslizándome de nuevo por la pared, así nos deslizaríamos los dos. Ferrum estuvo de acuerdo y lo hicimos. Todo salió bien, mi nuevo amiguito y yo dejamos el piquito de la ventana sin ninguna dificultad.

Contrariamente a lo que esperábamos, no estábamos rodando por la pared sino por otra cosa con un tacto más suave, yo me asusté, era muy pronto para otra aventura. Ferrum fue más valiente, eso me tranquilizó, él me contó que esta nueva superficie era el vidrio, me dijo que llevaba allí el mismo tiempo que él llevaba en la ventana, se mudaron juntos a esta pared. Mi amiguito estaba cansado, no estaba acostumbrado a los viajes. Nos paramos un ratito sobre el vidrio. Ferrum se quedó dormido, yo no tenía sueño, así que me puse a mirar a través del vidrio (era transparente igual que yo); entonces me llevé el susto más grande que he tenido nunca, quizás el segundo más grande, el más grande vino después; pero bueno, que me llevé un buen susto. Estaba tranquilamente mirando por el cristal, también se llamaba así el vidrio ese, cuando de repente surgió de la nada una cosa enorme llena de pelos y de babas como las de mamá caracol, empecé a gritar desesperadamente y Ferrum se despertó; él, en vez de asustarse, se rió de mí. Debí haberme enfadado, con los nervios y el miedo no me paré a pensarlo. Cuando el trocito de hierro naranja se hartó de carcajear me dijo que ese "monstruo" que yo había visto era simplemente un animal, un perro. Me habló de ellos, más concretamente del que yo había visto. Se llamaba Pepe, siempre había estado ahí, incluso antes de que Ferrum, el cristal y la ventana llegasen a la pared, él siempre había estado allí detrás; vivía con un "hombre", así lo llamó mi amigo, le hacía compañía para que no estuviese solo. Realmente, pese a que mi primera experiencia con Pepe no fue demasiado agradable, todavía sigo pensando que era un buen tío, me hubiese encantado conocerle mejor.

Mi amigo y yo continuamos nuestro viaje y seguimos deslizándonos por el cristal durante un buen rato, aquello era interminable, ya se echaba de menos la rugosa pared. Sin que lo esperásemos, la transparencia del vidrio despareció y todo se tornó verde. Comenzamos a dar vueltas y ya no era necesario que yo me impulsara para deslizarme, rodábamos sin ningún esfuerzo. Con la misma rapidez con que todo se volvió verde era ahora oscuro. Esta vez no era yo la única asustada. Ferrum temblaba y hacía un ruidito muy simpático. Estábamos a oscuras y, aparentemente, solos. El ruidito que producía mi amigo sonaba también en otra parte, no muy lejos; eso me hizo tener esperanza, ¡había alguien para ayudarnos! Nos movimos un poco hacia aquel ruido y... ¡vaya sorpresa que se llevó el trocito de hierro naranja!, la que imitaba su ruido no era otra que su mamá perdida, no había caído al abismo como pensábamos hasta ahora, había caído dentro de esa planta. Mamá hierro me explicó dónde estábamos y los peligros que podíamos encontrarnos en aquel lugar. Comprendí algo que me puso muy triste, mi mamá la lluvia era buena con las plantas, pero éstas no eran buenas con sus hijas, ellas las engullían para crecer.

La mamá de mi amigo me enseñó a salir de allí, me dio un mapa que mostraba el camino, una gruta llena de peligros que me llevaría hasta el exterior de la maceta. Ferrum se quedó con su anhelada mamá y yo me marché sola. La primera parte de mi huida por la gruta fue tranquila, no encontré a las hormigas de las que me había hablado la señora Hierro. Casi cuando estaba terminando mi recorrido por el interior de la maceta tropecé con algo, caí y quedé inconsciente unos instantes, me despertó uno de los peligros de los que me advirtió la mamá de Ferrum: las raíces. Aquella malvada raíz estaba haciéndome cosquillas mientras intentaba absorberme y llevarme al interior de la planta, ¡quería transformarme en alimento! Tras una larga lucha con la raíz conseguí escaparme y caí por el agujero de la maceta que señalaba el final de la gruta que indicó mamá Hierro. Estaba otra vez en la pared.

Me deslicé tranquilamente recordando mis primeros momentos de vida, sentía nostalgia por mamá caracol, por las bacterias de la grieta y su jardín de musgos, por las golondrinas que vivían al final del tejado... por la tranquilidad de aquellas tejas azules donde nací.

Planteándome lo que le gustaría a mi mamá adoptiva, mamá caracol, volví a ser la gota valiente que un día se arrojó del tejado en busca de aventuras, dejé de lado la tristeza y la nostalgia. Ahora tenía que tomar una nueva decisión que, probablemente, cambió mi vida; estaba frente a una cañería de desagüe, idéntica a la que había en el tejado, y frente a una cosa roja y negra que se movía de un lado a otro en lo que parecía el final del abismo, una superficie aún más gris que el inicio de la pared. Era una decisión difícil, no tenía ni idea de qué debía hacer y mucho menos de lo que yo quería hacer. Me guié del corazón y me lancé al abismo, tal vez allí estuviese mamá caracol.

No tengo demasiada puntería, no acerté a caer sobre la cosa roja y negra sino sobre una blanda de color blanquecino, he aquí el mayor susto de mi vida, el susto tan grande del que hablé antes. Tenía delante de mí a un bicho igual que Pepe; pero a este le faltaba el pelo, las babas, el sonido 'guau' que hacía el perro... en fin, era algo distinto a pesar de tener unos ojos similares. Tuve que sacar mis dotes de equilibrista en ese momento, aquel ser se movía sin parar de un lado a otro, estuve a punto de caerme varias veces. Conseguí mantenerme durante un buen rato. Este "animal" se llamaba Manolo, así lo llamó otro igual que él con el que hablaba sobre una cosa muy extraña que llamaban fútbol, debía de ser algo muy divertido porque Manolo estaba entusiasmado.

Me gustaba Manolo; pero a él no debí de gustarle yo porque, cuando menos lo esperaba, me dio un empujón y me dejó caer al abismo. Pensé que era el fin, cerré los ojos y me dejé llevar por el viento sin oponer resistencia. Supongo que lloré y todo eso, no lo sé muy bien porque siempre he estado húmeda y no fui capaz de distinguir lágrimas de mí misma, de agua. Ya no me movía, el viento ya no soplaba, estaba muerta, llegué al final del abismo sin mamá caracol. No sé bien qué estaba esperando, abrí los ojos para ver cómo era la muerte; pero fue maravilloso, ¡no estaba muerta! No había caído en las garras de la muerte ni nada de eso, estaba junto a muchas gotas de agua como yo. Me puse muy contenta, alterada si se quiere. Pregunté a todas que dónde estábamos, que si era esto la casa de la mamá lluvia; no era eso exactamente, estábamos en un charco. Pregunté también si habían visto a mamá caracol, nadie la conocía; les hablé de Pepe, de Ferrum, de Manolo... tampoco sabían quiénes eran. Aquellas gotitas de agua eran "ignorantes", no conocían las bacterias, los musgos, las plantas, nada de nada. Eso era divertido, yo era la gotita de agua más lista de todo el charco, la más intrépida, la más aventurera, la "mejor" según Gotito.

Gotito era una gota de agua diferente, tenía hidrógeno, oxígeno, como cualquier otra gota, incluso era también ignorante; pero me hacía reír, eso lo hacía especial, diferente.

Permanecí junto a Gotito durante toda mi estancia en el charco, lo pasé muy bien a su lado. Gotito era y sigue siendo mi mejor amigo.

Cuando estábamos en el charco empezamos a tener mucho calor, todas las gotitas y los gotitos empezamos a movernos impulsivamente con una velocidad estrepitosa. De pronto, Margarita, una gotita muy delgada que siempre estaba llorando, salió volando hacia el cielo, después le siguió Basilito, luego Pablito y así hasta que todas las gotas de agua del charco subimos hacia el cielo. No tuve miedo esta vez, Gotito me contó que eso era lo que nos ocurría normalmente cuando nos daba el sol y que ahora iríamos a la casa de mamá Lluvia. Estaba impaciente.

Volar fue apasionante, no me importaría repetirlo...

Llegué a la casa de mamá Lluvia, se llama Nube; aquí es donde estoy ahora, sentada en un trozo de algodón contando a las demás gotitas mi historia, el cuento de mi vida. Aquí seguiré hasta conocer a mamá Lluvia, luego le pediré que me devuelva a aquellas tejas azules donde nací, le pediré una nueva oportunidad para vivir feliz en mi hogar.

Febrero, 2001


 

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