Marié Rojas Tamayo

El rostro del ángel

 

Vincent Van Gogh: Café de noche

 


 

- Dijiste que habías muerto de amor una vez – me mira con tono inquisidor.

- Fue hace tiempo – respondo mientras la camarera rellena mi vaso.

Nos atrapó la tormenta a la salida del teatro y, al ver el mesón abierto, corrimos a refugiarnos en sus entrañas. Es tarde, apenas una señora envuelta en un chal bebe en un rincón. Nos sentamos lejos para no perturbar su soledad. Para mitigar el frío, pedimos a la camarera vino tinto, que bebemos a sorbos lentos… Cada vez que el vaso se vacía, regresa ella, solícita, a llenarlo. De vez en cuando, miramos hacia fuera, a pesar de que el sonido de la lluvia nos dice que aún debemos permanecer, esperando el regreso de la calma.

Miro sus ojos, sabiendo que volvería a morir si me alejara de él. La camarera nos trae panes dorados, que comemos mojándolos en aceite.

No le voy a contar de mi primera muerte, aunque sé que quiere escucharlo. El amor no muere, sólo cambia su semblante; pero dentro de nosotros algo se marcha con el que se va. No hablo de amores pasajeros, sino de ese momento en que sabemos que hemos encontrado a la persona perfecta y que nuestra vida no será la misma sin ella. La otra mitad de que hablan los textos sagrados, que nos acompañará por siempre o compartirá un tramo de nuestro camino.

En aquel entonces no conocía que el amor podía tener varios rostros, para mí sólo era aquel, mi alma gemela, que había tenido la fortuna de encontrar. No sabía que a veces hay que dejarlo ir. Necesité morir para comprender lo que desde un principio debí haber adivinado: alguien, tal vez un ángel, ata y desata los destinos, más allá de nuestra voluntad. No debemos apegarnos a lo que no nos pertenece.

Cuando encontré a este hombre que tengo frente a mí no lo reconocí, no sabía que el que buscamos podía cambiar de faz. Luego comprendí que para ser mitad no siempre hay que ser dos, aunque en esto no funcione la lógica ni la matemática. Ahora lo tengo frente a mí, compartimos la lluvia, el frío, el vino y el pan. Comunión perfecta. Sé que lo amo, sé que me va a amar, como me ama una parte de mí que anda vagando por estos mundos.

Ha escampado, es hora de marcharnos, pido la cuenta con una señal. La bebedora solitaria se ha incorporado y arrima su silla a la mesa.

-¿No vas a hablar de nada? – me dice él sonriendo.

- Sí, de la amabilidad excesiva de la camarera, de su obsesión porque el vaso nunca esté vacío, de la serenidad de su rostro...

- ¿La camarera, dices? – responde sorprendido - ¿Estás bromeando o has tomado demasiado vino? Quien nos ha servido todo el tiempo ha sido un mesero, un hombre de más de sesenta años. Es cierto que se adivina serenidad y sabiduría en sus ojos, pero también sufrimiento.

Lo miro sin entender, ¿por qué juega conmigo de ese modo? La mujer que bebía en la esquina se nos acerca.

- Disculpen que haya escuchado esta última parte de su conversación. Quisiera saber si es un juego; porque el camarero, si bien es hombre, es muy joven. No sé si sonríe con los ojos, pero los tiene preciosos, me ha regalado más de un guiño esta noche, cada vez que iba a rellenar mi vaso; si no fuera por mi edad y la de él, diría que se me está insinuando… Creo que lo hace porque notó que estaba triste y, aunque no lo crean, logró darme algo de alegría.

La miramos sin saber qué responder. Ella se encoge de hombros y sale. Seguimos sus pasos. Todavía hay agua acumulada en los bordes de la calle. Decidimos esperar unos minutos en la acera.

Un joven elegantemente vestido entra al mesón. Nos miramos, sin necesidad de formularnos la pregunta. Sonreímos. La vida tiene sus misterios, el rostro del ángel puede ser una perfecta broma de los dioses. El joven viene saliendo y se dirige a nosotros:

-Les vi salir del mesón y pensé que, si estaba abierto a esta hora, no me vendría mal una copa. He entrado, pero está vacío. ¿Podrían decirme a dónde se ha ido el camarero, o la camarera, si en algún momento lo hubo?

Nos encogemos de hombros. Él se aleja protestando.

Seguimos camino, tomados de la mano, a pesar de que la lluvia se ha reiniciado y cae, persistente, sobre nuestras ropas de ocasión especial.

La noche nos envuelve.


 

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