Miguel Florián

Eleusis

 

Anónimo: Deméter con espigas y amapolas

 


No preguntes cómo germinan los brotes de los árboles.

Osip Mandelshtam


I Hablo con la boca apretada a la tierra para que me escuchen las raíces. Me encuentro ya en sazón, dispuesto a enmudecer (reconozco el silencio detrás de las palabras) quiero conversar con lo que se esconde, reconocer mi voz en los labios sellados. (Y se eleva la espiga para caer de nuevo abierta sobre el légamo.) No me hagas esto, decía, y lloraba, lloraba amargamente con lágrimas voraces, lloraba algo confuso, informe. Era un hombre muy joven que hablaba por teléfono, y su llanto abisal, me cubrió con su llaga avarienta, y compartí su tristeza de piedra fría y húmeda. No me hagas esto, exclamé yo también, y me perdí en su tristeza inerme, para esconder la frente contra el muro y confundirme en su dolor. Y volví el rostro avergonzado hacia la tierra.
II (Aquel olor a metal pulverizado, ardiente, el olor a hollín ocre como asfalto y plomo derretido en el crisol solar.) La belleza desciende hasta los cuerpos desde su reino distante, y nos habita. Es extraño reconocerla aquí, entre los vivos, bajo esta luz ambigua. La belleza se adentra en la materia y se pierde en la calle en cuerpo de mujer. Y nos derrumba. Esta es la avenida Tverskaya, la belleza avanza por la acera. (Me hiere adentro de la carne, sus filos me laceran y me dejan vacío, solo, desnudo ante la nada, y me conduce al umbral de la muerte.) Ha llegado el deshielo, los árboles responden torpemente a mi voz, aún dormitan y en sus ramas apuntan los renuevos.
III Te apoyas en mi hombro, oigo tu carne honda, el gemir de tus células. Y llueve. La belleza se ha apoderado de ti y tú lo desconoces. Existo para ocultar la tiniebla, el vacío que ocupo. En cualquier instante el mundo puede derruirse, y no sabré permanecer. Y quedaré deshabitado, hueco, y tú no podrás contener tanto vacío. Me habitúo a vivir erróneamente. El mundo se genera de improviso mientras voy ordenando las palabras, y es un mundo idéntico a tu rostro, con la misma apariencia del otro mundo aquel (con el enano informe en el portón inmóvil del instante).
IV Vuelve la tarde gris, el perfume de hinojo, la tinta de las moras, también aquella ermita. Caminaba de la mano de un niño que era yo. Todo estaba presente, el tiempo enorme lleno de luz cumplida, como un mármol denso y duro que no puede quebrarse. Tiempo a punto de hacerse eternidad. Algo de perfección encuentro en este existir de las cosas siendo otras también, el afán de los seres para permanecer. Perfección del momento en que camino de la mano de un niño (y ese niño soy yo). Vuelve el brillo irisado del carbón, la pez oscura, el estruendo de las válvulas, el vapor asfixiante, las correas gimiendo, el humeante asfalto de la tarde, ahora cuando desciendo al andén de la mano de un niño. Y siento la carencia de otra mano.
V Malpaís lo llamaban, crecía el tajinaste, una planta de fuego, de roja lumbre como aquellos carbunclos del pasado, con sus huesos hablando con la lava, conversando con la aciaga tierra, con lo inevitable. (Me volví otra vez a descifrar el ruido de la sangre cuando empapa la arcilla.) El metal derretido se vierte en la memoria, su olor pesado y duro se vuelve ahora palabras asombrosas y extrañas: Logrosán, Almagrera... Veo las vagonetas colgando de los cables de acero retorcido, cargan el mineral cerrado, la pizarra, la pulpa de la tierra lacerada. Allí habitaban los duendes, los vagos animales del misterio, criaturas viscosas, imposibles, que pueden comprenderse desde el temor y el sueño... Aún había una madre protegiéndome. Aún era yo el hijo que hablaba con la luz. Villuercas, Almagrera, Logrosán... las palabras carentes de destino que ignoraban la muerte.
VI Reúnete en mí, tierra, y vuelve a edificarme. Supe que todo azar feliz nace de la inocencia. Converso con la grama, descifro los murmullos de la raíz informe que jamás se hace mundo. Ahora el árbol soy yo y me inclino sumiso sobre el légamo. (Deseas desprenderte de mí, habitar otro cuerpo, te esfuerzas por hallar la equivalencia entre el mundo y la sangre.)
VII El verdor de las hojas, los castaños de indias florecidos, los imponentes cedros, el polen movido por el sueño, el cinamomo dulce y perfumado... (Regreso al tiempo aquel, lo retengo en mis manos.) El tiempo está en mis manos, como abalorios limpios, y hago como los hombres, me confundo en el azogue de las calles, bajo hasta los andenes que huelen a plomo consumido. Muestra el tiempo su hendidura, su sexo incierto. Equivocado subo al tren que habrá de dejarme en una estación errónea. Me amparé en las palabras, ahora deseo hablar la lengua de la turba, soy la simiente que se pierde, y desespera ser espiga de nuevo. Aproximo mi boca al suelo para aspirar el cieno, exijo mi sitio en el silencio. Me alimento de las palabras ásperas, de las palabras grises, de los tubérculos impúdicos del miedo.
VIII Tócame, aún estoy aquí entre los vivos. A veces siento quemarse el tiempo, crepitar, y la piel expandirse. Sorprendo la abubilla que salta del ramaje, el alto azor sobre las torres desdentadas abriendo sus anillos. Si me esfuerzo aún puedo divisar los altos silos de la infancia donde fermenta el cereal, y aquella nata espesa.


 

Cabecera

Portada

Índice