Miguel Ángel Rivero Gómez

Prometeo

 

Anónimo: Kílix griego con las figuras de Atlas y Prometeo

 


Sea inmortal dolor, mi eterno buitre,
y no placer efímero, mi premio.

Miguel de Unamuno, Poesías


 

-Tomás, ponme otro trago, por favor.

-¿No crees que has bebido ya bastante, viejo?

-¡Qué va, hombre! Estoy bien. De veras, tranquilo. Una copita más y me largo.

- Pero si llevas seis whiskeys con hielo, además de las cañas que tomaste al llegar. Ya has bebido más que suficiente, ¿no te parece?

-Tú ponme otra copita, que yo sé perfectamente cuándo he bebido bastante y cuándo no.

-Venga hombre, vete ya a casa y duérmela. Hazte el favor.

-Joder, Tomás. Ponme un whisky, ¿no? O me voy a otro bar si no y punto.

-Está bien, tú mismo. Pero estás jodiéndote la vida tú solito.

No le contesté. ¿Qué carajo sabía él lo jodida que podía ser mi vida? Tomé el whisky de un trago. Lo miré en silencio a los ojos y me sirvió otro, aunque con peor cara, claro. Este ya lo bebí más despacio. Pretendía disimular que me encontraba bien, cuando realmente aquella copa estaba derribándome sorbo tras sorbo. En mitad de esa lucha entre la embriaguez, mis vanas pretensiones de lucidez y el sueño, al que también torpe e inútilmente trataba de resistir, deambulaba por mi cabeza la última frase de aquel camarero amigo mío.

De repente, un fogonazo de lucidez me llevó a la convicción de que quizás era el momento. Muchas veces antes ya me lo había planteado, aunque sin llegar a reunir nunca el valor necesario para ponerlo todo en marcha. Ahora estaba dispuesto, pero debía actuar rápido, antes de que se apagara del todo el fuego. Cuando salí a la calle ya era casi de día, despuntaba una mañana levemente brumosa del otoño de los profundos valles. Caminé largo rato, cada vez con menor torpeza en mis pasos, hasta salir por fin del pueblo y adentrarme en el monte. El paisaje era estremecedor. Entre la tenue niebla se adivinaban unos tras otros, en armónico desorden, aquellos robles y castaños seculares en todo su esplendor de belleza, cobijados a sus pies por los desiguales helechos expectantes ante la pronta caída de las hojas. Por momentos, ante tal visión llegué a replantear mi decisión, pero si regresaba, lo que me esperaba era el pueblo, otra vez el pueblo. Seguí, pues, caminando hasta alcanzar un lugar que reconocí enseguida, no muy lejos de Jerte. Era un puente de piedra que el rey Carlos V hizo construir cuando lo llevaban a Yuste a morir. Aquella historia me la contó mi madre poco antes del accidente, un domingo que salimos como cada otoño a recoger castañas por los alrededores del pueblo. Allí cerca, según ella, estaban las castañas más dulces de la zona. Es de los pocos recuerdos que el alcohol y las drogas se han negado a borrar de mi memoria. Y allí me encontraba de nuevo, justo en el momento decisivo.

Atravesé el puente hasta llegar justo al centro, me asomé al río y estudié con atención el fondo. Pensé incluso bajar antes hasta la orilla para cerciorarme de que era seguro, pero intuyendo que esos pasos precederían a mi cobarde deserción, sin apenas pararme a pensar más, me coloqué de pie en el borde del puente, cerré los ojos y me arrojé al vacío. Confiaba en que las piedras y la fuerte corriente que llevaba el río se ocuparían del resto en un solo instante. Sin embargo, sentí un fortísimo golpe en mi espalda al caer y luego cómo la corriente me arrastraba, golpeándome con violencia contra las piedras. Tragaba agua sin cesar y era incapaz de dominar la dirección de mi cuerpo, que corría río abajo como un viejo tronco caído. La sensación de agobio era horrible. Fui arrastrado un buen rato, hasta que una gruesa rama atascada entre dos rocas detuvo mi paso. Intenté agarrarme a ella con las manos para acercarme a una de las rocas y salir del agua, pero no podía. Mis fuerzas no reaccionaban. Mi cuerpo estaba totalmente paralizado. Quedé allí retenido y, gracias al fuerte empuje de la corriente, me fue incorporando poco a poco sobre una de las rocas. Una vez allí, comprobé que efectivamente no podía mover un solo miembro de mi cuerpo, salvo la cabeza. Mi ansiedad se acrecentaba a medida que pasaban los minutos y las horas, que fueron suficientes para volver a maldecir mil veces más mi jodida suerte. Pese a ello, no estaba arrepentido de lo que había hecho, por muy lenta y cruel que fuese a ser la muerte que me estaba destinada. Al fin y al cabo, aquello se correspondía con lo que había sido el resto de mi vida. No iba a tener un final feliz, después de todo. La certeza del inevitable final, que ya más temprano que tarde se había de cumplir, era mi consuelo. Lo peor fue la sed, pero se ocuparon de remediarla unas tímidas gotas de lluvia que me brindó el cielo como última voluntad y que desfilaron por mi ya casi pétrea garganta como un signo de esperanza que en el fondo no deseaba.

Pronto empezaría a flaquear, sin embargo, la estoica firmeza con que estaba afrontando mi adiós, desde el momento en que ví llegar a la pareja de buitres que parecía iba a dar cuenta de mis restos. Estuvieron acechándome un rato vigilantes desde las ramas de un árbol próximo. Yo movía la cabeza y gritaba con el propósito de que vieran que estaba vivo, pues, hasta donde sabía, los buitres sólo comían carroña. Pasó bastante tiempo hasta que empezaron a acercarse. Conforme lo hacían, con sus macabros saltos y sus enormes alas abiertas, permanecía callado, esperando a que se aproximaran, y una vez que estaban lo bastante cerca lanzaba un fuerte grito y agitaba la cabeza lo que me permitían mi reducido movimiento y mis agotadas fuerzas. Logré espantarlos así por dos veces. Luego llegaron tres buitres más que, tras un momento expectantes, se fueron acercando. Pese al empeño que ponía, mis alaridos ya no surtían ningún efecto. Rodearon mi cuerpo inmóvil y empezaron a rasgar con sus afilados picos mi estómago. Yo gritaba todo lo que podía, hasta que mi voz no dio más de sí en medio de aquella tétrica tortura. Mis sentidos, además, seguían despiertos. Pude ver incluso cómo ingerían mis vísceras y a éstas colgando de sus picos ensangrentados, y pude escuchar también el chirriar de esos mismos picos contra mis costillas. Esperaba con ansia el momento del desmayo, que, sin embargo, tardaba en llegar, lo cual hacía mi agonía insoportable. Por fin, empecé a vomitar sangre y parecía ya cercana la liberación definitiva de aquel dolor extremo que pondría fin a mi trágica existencia. Justo en ese momento, sentí que alguien me agarraba por la espalda. Era Tomás, separándome de la barra para que vomitara sobre el suelo del bar, otra vez.


 

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