M.ª Ángeles Pérez López

Poemas

 

Ana María Morgal: Desnudo

 



Dos piernas, dos rodillas, dos tobillos,
los dedos diminutos de los pies
que son tan parecidos unos a otros
y suman sus falanges en parejas,
los huesos semejantes, sucedidos
y su contaduría vertebral
para escribir el peso o el fulgor
son nómina y carbón en papel copia,
perfecta simetría con que el cuerpo
busca no estar tan solo y se consuela
del lunes y su abrazo envenenado.
Por eso se acompasa en paridad,
escruta sus meninges, sus alardes,
su tiempo entristecido y concluyente
y cuenta sus costillas mientras gime,
porque es inmensa la llanura sola
y el sol está tan lejos como el mar.
El día en que nos faltan los afectos,
palabras olvidadas como trébede,
justicia, lapicera o resplandor,
cuando estalla la flor de la torpeza
y aroma los manzanos al troncharse,
el cuerpo se conforma como puede,
busca su concordancia, su acomodo
para la ley de las compensaciones
y balancea su peso duplicado
por el estrecho beso de lo dual.
Tan sólo los impares desiguales
-el sexo, el corazón o la cabeza-
revientan en su plomo solitario,
reclaman con ardor para la sed
y exigen de algún modo compañía,
un canto en que se enreden otras voces
haciendo más liviano el universo.

               (de La ausente, Cáceres, Diputación/ Institución Cultural "El Brocense", 2004)


Hasta el poema llegan, como islotes de óxido y de plancton celular, los restos silenciosos del naufragio en que quedan los barcos y los hombres tras el amor intenso, el oleaje que levanta su proa y la sumerge al fondo de la mar y sus caballos. Las caracolas guardan su rumor, la lentitud sombría en que los peces desnudos se acomodan a morir y vuelven cristalina su belleza de fósil, su armadura transparente, su vertical caída hasta el silencio en que el fondo del mar guarda la espuma que levantó el deseo y las mareas. En su abisal distancia deslenguada, amor y mar comparten varias letras y la raíz mojada por la sal empapa cada signo tras su empeño por la coloración y el frenesí. La boca humedecida, la entretela del cuerpo y sus humores ablandados, las veintisiete letras rezumadas por la líquida masa del amor después se vuelven piedra quebradiza, astilla y fósil blanco en su rescoldo, su agalla enrojecida en el vivir.

               (de La ausente, Cáceres, Diputación/ Institución Cultural "El Brocense", 2004)


La bañera imagina, ilusionada, la presencia del pie, la de los brazos admirables, redondos para el beso de la piel que los cubre y acaricia, de las piernas cansadas y felices por el champú o el gel enjabonando la orilla corporal de lo que somos. La bañera imagina, desconchada, el cauce de los ríos en invierno, atrapados en lodo, en la corriente que destaza los álamos, los chopos, la aterida ribera del ciprés, y siente el placer pequeño y envidiable de su propia tibieza, su perfume, del vaho contra el cristal, contra la puerta jugando a dibujar los emblemas del cuerpo, su existencia desnuda, la representación. Mientras en casa la atmósfera caldea el silencio interior y abandonado a la espuma, a la insistencia de la esponja y del chorro de agua indispensable, la poza de los ríos, litoral, aguarda solitaria la crecida del hombre y su figura en el verano, luminoso al desarrollo del calor o de la prisa con que mueve la sangre el remolino que remonta del cuerpo, del caudal, de su disposición para el deseo.

               (de La sola materia, Premio Tardor, Alicante, Aguaclara, 1998)


Besémonos, cordero, flor de lana, hagamos, deshagamos la madeja que va de ombligo a ombligo hasta el comienzo redondo y empapado de mi vientre, juguemos a tocarnos como niños. Prometo no gritar si me embadurnas la cara y los pezones con el barro que excretas y alimentas y enrojeces. No diré que te temo si te escucho llamarme con voz ronca e imposible en lengua parecida al esperanto, no estaré sorprendida de belleza si te veo tan hermoso cada vez, haré como si no te conociese, descubrámonos juntos, iniciemos el viaje por la noche y sus contornos. Podemos dibujar sobre la espalda el mapa del deseo en signos chinos, que sea la saliva nuestra tinta para atraer de nuevo a las mareas. Soñemos sueños de cartografía orgánica y corpórea en el deshielo.

               (de Carnalidad del frío, XVIII Premio de Poesía Ciudad de Badajoz, Sevilla, Algaida, 2000)


Mientras estoy subida sobre ti y juntos arqueamos la bóveda del cielo sólo puedo escuchar el rumor de mi sangre golpeando los poros, la pared de la piel, el tambor de cristal de la sangre bombeando varios litros espesos por minuto. Cuando estoy sobre ti no pienso en casi nada, sólo siento una zona de sol que me conduce al amarillo hueco del calor, al lugar en que tiemblan las espigas antes de su recolección para la hoguera. Porque tiemblo y escucho la pulsión de la sangre como si fuese tierra que se estuviese haciendo en el horno inicial del corazón del mundo, escucho su rumor subiendo de volumen antes de su erupción en lava y en ceniza y su anverso es el génesis pero tiene también transustanciado el rostro de la muerte. Y es que mientras estoy subida sobre ti me llegan otros ecos de desastres, lo del desplome azul de las casas de Oriente que alguien cuenta en la radio, no le tiembla la boca: Afganistán es nombre de tristeza si ha habido un terremoto y no era de placer. Por eso continúo subiendo por tu pene y así estoy conjurando la caída del tiempo, la caída devastada de la gente en Tajar, la redención ?que es falsa? del sufrimiento horrible porque atrapo un instante nuestra gloria insensata.

               (de Carnalidad del frío, XVIII Premio de Poesía Ciudad de Badajoz, Sevilla, Algaida, 2000)


El acento imposible en cada nota, ese temblor del aire cuando vibra porque viene la música de lejos, de dentro de la piedra soñadora, de su oculto deseo por el agua... El pálpito del aire cuando crece una nota de luz desde la piedra, el resplandor que atrapa los contornos y hace inmenso el sonido, impenetrable... Pero no por todo esto se acaban los mendigos, la floración de especies condenadas a su nulo sustento, autonomía de la escasez quebrada por el aire. La piedra soñolienta, soñadora, repleta de sí misma, de arenisca y quebranto, belleza, más quebranto, se queda sin aliento, se estremece porque no hay forma humana de entender la pobreza, el crecimiento vegetal de manos como ramas, como brazos creciendo como troncos, atados de raíz a la carencia, extraños y desnudos, doloridos.

               (de El ángel de la ira, Zamora, Lucerna, 1999)


Hay días en que la luz querría borrar el signo de la sangre cotidiana un viernes cualquiera de ceniza en que un barrendero recoge una paloma que está muerta en la calle, caída sobre sí. No le tiembla la mano al empujar el cuerpo y su perfume con preciso inquebrantable movimiento de muñeca, y yo miro temblando el gesto elemental de arrastrar, de alejar lo carnal si no lo es, si perdió la preciosa trabazón con el pálpito, su atadura solemne con la vida. Mientras cae a su muerte yo miro esa paloma alejada de sí, oscurecida por el tiempo en que deja el hueco de la especie, aterida en el suelo de cemento, su corazón profundo, tan tempestuosa- mente animal como el mío, tan innoble. El día trae la marca de su herida.

               (de El ángel de la ira, Zamora, Lucerna, 1999)


Para Ana Orantes, a quien su ex marido prendió fuego un 17 de diciembre de 1997. La mirada insolente es una forma aguda como un clavo en la tierra, contiene una porción horrible de sí misma y apenas imagina la depauperada humillación de estar como si no, del cuerpo que se arruga y se encoge en su nudo primerizo volviéndose ceniza, haciéndose invisible materia degradada por el odio, la paja que se prende con blandura. La mirada insolente acompaña a la mano, a la pierna insolentes para apresar el cuerpo con el garfio del miedo, con cuerdas y cordeles y sogas y correas de miedo, y aún más miedo porque ella está tan sola y ya vencida, herida de la queja y azotada con el tizón de espanto que lleva el que es su ángel del mal o de la ira. La violencia insolente hace temblar los márgenes del cuerpo y en su lenta combustión como de encina la tinta de las venas escribe ese calvario cuando era profanado el templo de la carne y en el aire se anotan garabatos, graffitis con la voz enfangada y sucia de ese grito que calcina los labios, las cuerdas de la boca, "porque yo no sabía hablar porque yo era analfabeta porque yo era un bulto porque yo no valía un duro". Oh cuerpo de papel para la hoguera.

               (de El ángel de la ira, Zamora, Lucerna, 1999)


Supongo que crecer debe ser algo de esto. Supongo que ha de ser el largo aprendizaje de mirar cada cosa tantas veces como para cubrir su superficie de rutina o costumbre que sabe de antemano el gesto, ese ritual del ojo, de la boca en su risa inicial, en la lejana. Supongo que ha de ser el largo aprendizaje de mirar desde atrás, desde debajo para dejar así manoseada la cosa que miramos, la persona, traspasada, capturada por el ojo que se aburre y se espanta, y no recuerda la fuerza insoportable de la herida, tijera, afilada tijera contra el cordón umbilical, la que establece nuestra propia autonomía celular, sentimental, respiratoria, nuestra capacidad estrictamente personal para el desastre, el estallido o la deflagración. La que me nombra dueña de mi baúl de sombras, de mis aperos, mi lápiz despuntado, del uno que quiere copular y sumarse pero se queda en sí y mira desde dentro la determinación de la materia.

               (de La sola materia, Premio Tardor, Alicante, Aguaclara, 1998)


 

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