Lecturas


 

Lawrence Alma-Tadema: El poeta favorito

 


Félix Morales Prado

Jose Antonio Antón: El pozo y la estrella, Jerez de la Frontera, Colección Hojas de Bohemia, Ediciones EH, 2008.


Nos encontramos ante un poeta atípico, poco frecuente en una época nihilista en la que, como mucho, todo quiere ser reducido a la dimensión de lo material y las relaciones entre sus elementos, en la que cualquier otra realidad fuera de ese ámbito es taxativamente negada, desvalorizada y tachada de fantasía. Hablamos, naturalmente, en términos generales. La poesía no ha escapado a este signo de los tiempos. Y dividida, con todos los matices intermedios, entre la denuncia social, el existencialismo, la exaltación de los sentidos y un vago esteticismo cuya evaluación depende de criterios cada vez más relativos, desprecia cualquier otra manifestación, sobre todo si da cuenta de instancias trascendentes que, en la mayoría de los casos, se suelen calificar como pueriles.

Por eso, y como veremos, a José Antonio Antón Pacheco se le puede incluir entre los heterodoxos contemporáneos.

¿A qué clase de poeta vamos a leer? Dejemos que sea él mismo el que nos lo diga. En su libro filosófico Ensayo sobre el tiempo axial hace la siguiente aproximación a la noción de poesía y de poeta: "La poesía como recepción de la palabra otorgada y del sentido recibido, también se encuentra unida al pensamiento originario. El filósofo, el poeta y el profeta forman un solo personaje, pues es a éste al que se le ha concedido recibir, portar e interpretar la palabra, el sentido, lo sagrado. Es el poeta­filósofo-profeta (nabi, risi, mantis) el hombre que está abierto a la presencia, a su significado, por lo que es asimismo un vidente, extático o chamán: escudriñar la palabra, inquirirla, es habitar en lo sagrado. De donde la importancia no ya de la noción de lenguaje, palabra o sentido, sino también de aquel que está abierto a la escucha y a la traducción de ese conjunto de nociones. Y aquí también, como nos ha venido ocurriendo, ese escuchar-traducir se da en pluralidad de ámbitos y bajo una pluralidad de aspectos. Pero en todos los casos se va a tratar de una acción sagrada; el escuchar el logos (el filosofar mismo) significará una incursión hacia lo sagrado, pues el logos es lo divino mismo haciéndose presente en nuestra realidad. En esta experiencia del logos como emergencia del sentido, filosofía, poesía y vivencia religiosa se identifican". Así pues, el poeta es un profeta, un chamán, un portador de la palabra sagrada. Tal vez habría que hacer aquí aclaraciones para evitar sospechas de megalomanía que no vienen al caso. No tenemos espacio. Creo que bastará con aclarar que nos movemos en el plano de lo simbólico; advirtiendo, eso sí, que con "plano simbólico" no nos referimos a un mero juego lingüístico sino a una cuestión muy seria indisolublemente imbricada con la existencia humana. Sigamos acotando. Fijémonos en la última frase del párrafo que hemos insertado: "filosofía, poesía y vivencia religiosa se identifican".

Si sustancialmente son idénticos, la poesía es una forma de conocimiento y también un tipo de religión (o uno de sus aspectos). Ambas ideas nos acercan al universo creativo del autor, las dos relacionadas con el simbolismo, con el símbolo como eje y matriz de su obra. Porque cuando rastreamos en ella no podemos sino advertir, además de otras influencias, como por ejemplo, la de los clásicos griegos, dos claros antecedentes, el surrealismo y el simbolismo. Pero si el influjo surrealista hemos de verlo en una aceptación y uso crítico de las técnicas que los surrealistas inventaron y liberaron para la poesía, la influencia simbolista se evidencia en su concepción del hecho poético como algo sagrado y que exige un compromiso casi religioso por parte del poeta tanto como en su visión de lo manifestado como expresión divina para la que el poeta y su obra sirven de antena. Carece Antón, sin embargo, de la actitud elitista y reservada que caracterizó a aquellas "Torres de Dios", en expresión de su admirado Rubén Darío. Nuestro autor, lejos de excesos, adopta el Camino de en Medio. Si hubiese que buscar algún nombre concomitante con J. A. Antón Pacheco elegiríamos a Saint John Perse, a caballo también entre surrealismo y simbolismo, que tampoco renunció ni despreció a la condición humana y en cuya obra vemos ecos de Antón como si se tratase de dos voces de un mismo coro.

Efectivamente, ya en los poemas juveniles de Antón podemos apreciar un clima surrealista que se mezcla con elementos extraídos de la tradición clásica. Así en su "Rag time homérico": "Jelly Roll Morton / toca el piano / en el tejado / de un rascacielos / de Troya City / con rosados dedos / ojos vivaces / y hermosas grebas: / Crónida blues / boogie-boogie del Cíclope / y / Baby, llévame al jardín de las Hespérides".

Tras seguir sumergiéndose después, en su primer libro, La lluvia perseguida, en el mismo ambiente surreal, sus posteriores estudios metafísicos, de los que da cuenta en obras como Elementos de metafisica tradicional o Symbólica Nómina, impregnan su poesía y la conducen por otros derroteros sin que ello implique un total abandono de ciertas técnicas y posiciones surrealistas. En Midrás, plaquette publicada en 2003, inspirada en el universo temático de la cábala judía, también estudiada a fondo por nuestro autor, el símbolo se erige en el recurso fundamental de su poesía. O, para ser más exactos, el poema deviene símbolo, en el sentido al que nos referíamos más arriba, es decir, como vínculo, como vehículo entre el ser humano y su más alta realidad.

Este libro que ahora presentamos arranca, desde su mismo título, El pozo y la estrella, de tal supuesto. Invitaré al lector a considerar las implicaciones simbólicas de "pozo" y "estrella" sin ofrecerle interpretaciones que, sobre ofender su inteligencia, empobrecerían las intenciones del poeta. Pues el símbolo, al contrario que la alegoría, necesita de la lectura del receptor para completar su significado.

En El pozo y la estrella figuran textos de libros previos con otros inéditos, organizados en torno a una de las ideas matrices de la poesía del autor: la dimensión metafísica de lo manifestado o, mejor, lo manifestado como expresión de la realidad metafísica. Es el tema de J. A. Antón. Lo ha trabajado a lo largo de toda su vida, tanto en el terreno del lenguaje filosófico, resonancias del cual se pueden espigar entre las líneas de este libro, como en el del lenguaje poético.

Los textos que vamos a leer funcionan como "emblemas poéticos" que reúnen, que evocan, que llaman. Son estampas en las que una reorganización del discurso común es capaz de mostrarnos filos de la realidad habitualmente inadvertidos tras las gafas del discurso cotidiano, lo que no implica una traición al logos sino, muy al contrario, una recuperación de su verdadera naturaleza. Y en eso consiste la función poética.

Inútil resultará al lector preguntar qué significa "una campana en la madrugada tocada por una flor enguantada", por poner un caso. Mejor será que decida qué significa para él. O, aún mejor, que permita que el símbolo se comporte dentro del ámbito de la belleza que concita. A Federico García Lorca, en una lectura de su Poeta en Nueva York, le preguntaron qué había querido decir en determinado poema. A lo que el poeta granadino respondió: "Lo que dije".

"Como en una película antigua", introito del libro, tras señalarnos el principal objetivo poético de la obra, "los trenes que marchan avanzando en la noche", nos ofrece una guía de lectura: Los textos son "como esas estaciones que los precipitados ferrocarriles dejan atrás de manera rauda, y sólo nos queda de aquéllas una imagen que se nos desvanece rápidamente, apenas entrevistas (pues los trenes huyen en la noche). Árboles, pueblos, rostros... todos son pasados en el instante a través de las besanas de hierro, y es inútil retenerlos. Así has de leer, amable lector, estos escritos: tal como estaciones de paso, tal como rostros olvidados, mientras el tren marcha y huye y se interna en el bosque de la lluvia". Estamos, en fin, ante la invitación a un viaje a través de una geografía imaginal donde personajes, objetos y espacios funcionan según la lógica poética de los sueños o de los mitos. Escenas que podríamos comparar a haikus en prosa, cuajadas a veces de humor y sorpresas estéticas, desfilarán ante nuestros ojos, preñadas de alusiones y guiños, a veces homenajes, al cómic o al cine, entre otros iconos del mundo moderno, que son así reivindicados en su calidad de símbolos. El carácter "ilusorio" de la "realidad" junto a su dimensión profunda se nos muestra en estos poemas en forma de palabras gozosas que percibimos de la misma manera que el niño percibe por primera vez el mundo, maravillados, y nos elevan a otros planos que forman parte de nosotros mismos, que duermen, como diría Bécquer, en el fondo del alma.

El Rompido, Enero de 2006

 


Francisco Lira

SUELTO DE PALABRAS PARA UN LIBRO: EL DESEO DE PINTAR

Rafael de Cózar: Con-cierto visual sentido (Poemas 1968-2004), rd. editores, poesía, Sevilla.


Ya desde los años sesenta: una poética visual recorre, en toda su extensión, la obra de Rafael de Cózar, unida a un predominio de la función sobre la forma, aunque sin desdeñar ésta; poesía cuyos rasgos visuales son un pretexto para desplegar las figuras de su imaginario, muchas de un gran acierto y necesidad. A propósito de las obsesiones que han venido abordando al poeta, a lo largo de estos años, de entre ellas, hay una que cruza en plenitud de oficio, de parte a parte, esta reciente edición de su poesía y que, de algún modo, responde al título dado a este emocionario imaginal: no es otra que el deseo de pintar. A los algo más de treinta años de la aparición de los primeros poemas, de De Cózar, disponemos del suficiente horizonte como para entrever que su obra viene resistiendo bien los vaivenes del tiempo.

Con-cierto visual sentido, su última entrega, libro editado por rd. editores, en su colección de poesía, noviembre de 2006, es el resultado de un entusiasmo editorial que han hecho posible, de un lado, su director, Rogelio Delgado; y, de otro, esta primera edición, ha estado cuidada, tanto en la maquetación del libro y cubiertas, como en la elección de la viñeta que aparece en portada, por Ana Sánchez Martínez, cuyo diseño ha tenido la suerte de mimar, en cualquier caso, incorporando algunos elementos gráficos que han dado, al fin, con este sobrio, por elegante, esfuerzo impresor.

No me extenderé mucho, porque De Cózar, poeta, narrador y ensayista, entre otras cosas, nos dará buena cuenta de ello. No en vano ha puesto en sílabas contadas este prontuario lírico que es hasta ahora, la primera antología de sus versos: Con-cierto visual sentido.

Uno tiene la impresión de que buena parte de la poesía que se hace actualmente, contribuye a un completo aburrimiento: a un aburrimiento de la palabra y del palabrario, de la imagen y del imaginario, a un aburrimiento del duelo poético casi siempre fallido. Esto trae como consecuencia -al desocupado lector- un caer en el desaliento: lo que, indefectiblemente, nos conduce a una melancolía general que parece sobrevivirse en el reciclado de sus huellas. Al parecer, también, una buena parte de la poesía que se hace ahora, está reservada para la retrospectiva infinita de cuanto nos ha precedido; pues, todo quehacer poético se ha retirado cuanto menos para orientarse hacia el pasado. De tal manera que una parte de la poesía que se viene haciendo los últimos años, no es sino cita, simulación, reapropiación, cuando no mero simulacro; la poesía, hoy, se dedica a reapropiarse de manera más o menos lúdica, más o menos kitsch, de las formas del pasado, ya sea cercano, lejano y hasta contemporáneo. Este reciclaje pretende ser irónico, pero aquí la ironía es como la trama ajada de una tela; es el resultado de una desilusión, una ironía fósil: ironía del aburrimiento para con la poesía.

Pues bien, resulta de agradecer, contra el aburrimiento que padecemos, la aparición de libros como el que acaba de llegarnos a las manos: Con-cierto visual sentido (Poemas 1968-2004), obra de De Cózar, porque no es otro asunto lo que justamente nos trae aquí, y lo que en buen ánimo nos pone, una vez más, ante la lectura de un libro de poesía. Un libro de poemas de buena y sincera factura: a sabiendas de que el poema que aguardamos con más impaciencia es el que nunca escribimos, pues no hacemos otra cosa en nuestra vida que intentarlo; y si no termina de llegar, no será porque se encuentre extraviado o destruido, sino porque nunca fue escrito.

Nacido en Tetuán (Marruecos) en 1951, De Cózar llega a Cádiz a los 11 años. Allí participa, más tarde, en la fundación del grupo literario Marejada. En 1972 se traslada a Sevilla: Doctor en Filología Hispánica y profesor de Literatura Española, fue entre 1982 y 2002 presidente de la Sección Andaluza de la Asociación Colegial de Escritores de España. Como poeta es autor, junto a otros libros, de Entre Chinatown y Riverside: los ángeles guardianes (Nueva York, 1987), Ojos de uva (Sevilla, 1988), y Poesía (Palma de Mallorca, 1988). Autor también de novelas como El motín de la residencia (Sevilla, 1978), El corazón de los trapos (Madrid, 1996) que obtuvo el Premio Vargas Llosa, y de libros de relatos, Bocetos de los sueños (Cádiz, 2001). De Cózar ha publicado hasta la fecha unos cuantos y buenos libros de poemas.

No obstante, quiero deciros algo de este libro-antología en el que se recogen poemas de varia intención, pero en los que se aposenta la voz y definen bien la poética de su autor; deciros algo acerca de este Con-cierto visual sentido; y, decirlo, antes de ceder la palabra al lector.

Se trata en este poemario de contar cantando, de contar cantando nuevamente, y de contar la duración del amor, pero en soledad extrema, esto es, lo que más cabalmente hace que éste sea. En este abundar en soledad extrema, que es abundancia de soledades, se canta lo fugaz, lo efímero, lo perecedero; pero, también, lo transido de amor, de soledad, de olvido. Sí, en Con-cierto visual sentido, hay toda una mostración, todo un ceremonial de escritura, una lenta depuración de estilo, que conduce al lector -desocupado mirón- a una poética para los ojos, a una poesía e imagen del comparecer, del traer a los ojos lo nombrado. Una poesía de visual sentido que pone ante nosotros lo nombrado, que es lo que propiamente significa -si atendemos al viejo Corominas- comparecer. La palabra no es todavía imagen para nosotros, mientras no comparece ante nosotros lo nombrado. Canto y cuento es la poesía, dice el poeta. Contar cantando es el modo elegido, por De Cózar, para Con-cierto visual sentido: libro cuyo título ya sitúa al lector, desde un primer momento, ante un doble juego de significación y propósito. Este poeta es, por tanto, más que nada visual: sensible al color y, sobre todo, a la luz; prefiere a los vagos fulgores, la claridad intensa.

Conviene insistir en que los planos textual y visual, que explican las técnicas de este libro, las más de las veces no son consecutivos, es decir, De Cózar no presenta el plano versal y luego, tras él, su interpretación visual. Las propuestas mínimas del plano versal suelen verse contagiadas por el plano visual sin solución de continuidad, llegando a veces a una con-fusión de uno en otro, una compresión, como sucede al leer "En la primera soledad del verso" (ver ilustración correspondiente en el apéndice final del libro, página VI), por poner sólo un ejemplo, y así en tantos otros. Finalmente, para una mejor contextualización de algunos de los poemas recogidos en este libro-antología, se ha añadido una nota complementaria a pie de página, que, a su vez, nos remite a la adenda visual de esta edición.

En este libro, el amor, la soledad, el olvido, la desazón del tiempo ido, el desasosiego en fin, de la vida que hacemos, comparecen ante nosotros. En estas páginas, estamos frente al amor, la soledad, la ternura y la fatalidad propias de nuestro tiempo, aunque demorándonos con lentitud de lector entre sus versos. Poeta atento a la raíz misma del lenguaje, a la estimativa de sus versos, pero también a la fuente del grito que irriga su decir cantando.

Hay en esta antología muestras de los diversos libros y plaquettes publicados por De Cózar hasta la fecha, y cuya selección -tarea nada fácil- fija de momento el êthos marcado por su poesía. Una poesía que se encamina desde el verso breve y el peso tipográfico del sentir de sus poemas iniciales -como sucede en "Preludio"-, hacia el lento y pausado respirar narrativo de sus últimos poemas. Lo que no puede verse ni decirse, la poesía debe mostrarlo, esto es, traerlo a los ojos para oír de este modo, la trama y la urdimbre de la escritura en que están tejidos estos versos.

Las razones de este poemario, Con-cierto visual sentido, en verdad, no son otras sino las de hacer sentir o velar: la sinrazón, el dolor, el desengaño, la muerte; asimismo lo misterioso, lo incomprensible, como la mentira del mundo y su hermosura, el destino y la fatalidad. Estas razones se nos abren y se nos comunican en los libros de poesía, pero también en Con-cierto visual sentido, toda vez que somos capaces de reconocerlas. Amor y desamor, hermosura y fealdad, felicidad y destino, se dan en este libro. Todas estas cosas se nos muestran, sobre un fondo de narratividad visual, mezcla de ritmos y estilos.

Estamos, sin más, ante un libro de soledades que es a la vez y sin contradicción un libro de desamor, porque qué otra cosa son los libros de amor sino libros de desamor. Se canta el amor porque de nada se tiene más viva constancia que de su pérdida… Escrito en buenos y sinceros versos, con un ritmo tal vez inquietante y a contratiempo, en Con-cierto visual sentido, el poeta vuelve a insistir en eso que a todos nos importa, y acierta en decirnos con voz propia:

El saber es el sabor, la digestión del tiempo,
el sueño de la razón 
que choca de continuo con la vida, 
esa herida que nos va dejando la conciencia
al rozarnos con el mundo que nos toca…

Sí, la digestión del tiempo, siempre de lo mismo. Rafael de Cózar, en Con-cierto visual sentido, canta la soledad que es amor y desamor a un tiempo, pero nos lo cuenta, poniendo su cantar, en unas pocas palabras verdaderas. De entre los mejores momentos de este libro, alguno lo sitúa en esa estela de los que están contando ahora, porque tiene la rara habilidad y el hallazgo de poner su poesía en palabras asideras. Ésas que -por poca atención que pongamos en ellas- nos tocan físicamente.

La Carbonería, Sevilla, 18-4-2007


 

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