Lecturas

 

Amedeo Modigliani: Anna Akhmatova

 


 

Lecturas

 

Rafael Castillo Zapata:
Tangentes para alcanzar la poesÍa de Rodolfo HÄsler

 

Miguel FloriÁn:
Palabras de Dios, palabras de la muerte
[JosÉ MarÍa Algaba: El silencio de Isaac]

 

Miguel FloriÁn:
La voz en llamas
[David GonzÁlez Lobo: Casa de fuego]

 

 

 


 

 


tangentes para alcanzar los poemas de rodolfo HÄSLER

Rodolfo Häsler, Antología. Fondo Editorial Pequeña Venecia. Caracas (Venezuela), 2005.


O uno cree que la poesía habla de la vida o de lo vivido, y es una elevación monumental que conmemora algo experimentado por el que en el poema habla, y se sorprende preguntándose acerca de la extraordinaria capacidad de viaje del poeta, su maravillosa o prodigiosa errancia por paisajes terrenales tan distantes y distintos como China y Grecia, o cae en cuenta, juicioso y gozoso al mismo tiempo, de que también se vive en los libros, en las postales y en los sueños, y de que la errancia de un cuerpo puede ser también perfectamente la errancia de su imaginación. Que un cuerpo es la carne de lo que imagina; que un cuerpo se nutre con la sangre de lo que trabaja el alma con el material de la memoria; que un cuerpo es también los otros cuerpos, los cuerpos de los otros a los que ha estado unido, los cuerpos de los otros con los que se ha unido en una conjunción que tiene la naturaleza de una ósmosis, el cambio e intercambio de mutua conversión donde los ríos personales, los flujos individuales se confunden, y los recuerdos y los sueños de cada uno pasan a ser los recuerdos y los sueños de ambos y de nadie. Así es, pues, como se viven muchas vidas en una vida, y en cada poema se vive lo que no se había vivido sino porque se lo iría a vivir luego, escribiéndolo, en el poema que lo vive. Nada vive y todo vive para el poeta porque viene a ser así vivido en el poema; que el poema es ese paso de vida que se transparenta sobre la estela acumulada de los días vividos y soñados, de los días leídos o invocados: de los paisajes, de los cuerpos, de las sensaciones que se han visto y se han tenido, se han gozado y padecido, depositado todo en el ebrio cuenco de la memoria que todo lo confunde a su manera y desordena; que el poema es otra forma de continuar este proceso que la memoria cumple con lo que se vive, se lee, se siente, se sueña; otra forma de continuar, digo, sin completar lo que la memoria lleva, porque el flujo continua, y el río de palabras con ribera que el poema pone a disposición de quien lo escribe -cauce y contención y dirección y canalización y drago de lo que, no obstante, fluye, sigue fluyendo, yendo, más allá de sus propios muelles y andenes y terraplenes-, el poema, digo, pone a disposición de quien lo escribe (y, un instante después, de quien lo lee), lo que la memoria misma sigue agregando interminable en el devenir de la existencia: un devenir que, para fortuna nuestra, sobrepasa las fronteras de la propia existencia del poeta, de la propia existencia del poema, y se derrama convocando las aguas -¡esas uniones y reuniones acuáticas de los ríos con el mar en la bocanada abierta de los deltas!- de las otras existencias, las nuestras, los lectores, en la coincidencia prodigiosa de sus flujos y los nuestros, de sus flujos y su influjo sobre las propias existencias nuestras. Así la inesperada coincidencia de los cuerpos, la inesperada coincidencia de los tiempos, el gancho de la imagen que nos tienta para el encuentro y nos pone en disposición de ser llevados por el río de las palabras hacia un país remoto -ignoto- que, no obstante, reconocemos, en cada poema, y quién sabe por qué, como ya nuestro, ya nuestro y olvidado, y que el poema viene a despertar, con la fuerza de la novedad que es la versión de un acontecimiento antiguo, profundo en nosotros como una huella familiar, como una herencia de la sangre, más significante que todos los significados y más real que cualquiera de las pruebas aducibles por ninguna ciencia, cuando se levanta frente a nosotros como un hallazgo de la carne, como una revelación, como una aparición dulcísima que nos embosca en el recodo de un sueño. Es prodigio del poeta hacernos vivir de su vida como si viviéramos de la nuestra. Es prodigio del poeta vivir todas las vidas en la vida del poema y hacernos vivir en el poema no todas las vidas, no, sino la nuestra, nuestra propia vida como devuelta, como ya vivida, pero al mismo tiempo como si la viviéramos, de nuevo, nueva.

No es posible hablar de la poesía sino trazando a través de los poemas una tangente. Y a menudo esa tangente se desvía. No es posible, tal vez, hablar de la poesía sino como un sonámbulo, como el que habla a medio camino entre la vigilia y el sueño, en la duermevela de una entreclaridad que es una penumbra. No se puede hablar de la poesía sino como un convaleciente, en el tres y dos de una indecisión y una incertidumbre, en el umbral entre un pudor inmenso y una temeraria grandilocuencia. No se puede hablar de la poesía sino de lado, ladeado, quedándose en los bordes de un paisaje enorme que sólo se puede atravesar entrelíneas en los versos.

Un poema nos hala con el gancho de una imagen a su fondo y a veces nos deja regresar ya a la superficie con algo entre las manos, enganchado en alguna parte de nuestro propio cuerpo, un resto que llevamos como una reliquia, cavilándolo, sobre la tierra árida diaria, plana, plena de pena. A veces el poema nos deja salir indemnes, y volvemos al mundo algo mojados de algo que se nos evapora al sol rápidamente.

Quiero decir que los poemas de Rodolfo Häsler han sido para mí de los primeros, es decir de los que halan con el gancho de una imagen hasta el fondo y no te sueltan, y cuando nos sueltan algo han soltado en nosotros que nos queda, permanece resonando en uno, se va haciendo poco a poco parte de nuestra propia memoria afectiva y auditiva. Porque el gancho de la imagen de un poema es un gancho, sí, ciertamente, visual o conceptual, pero es sobre todo un gancho sonoro, es por encima de todo el gancho de lo que se revela en la conjunción de unas palabras que resuenan plenas, buenas. Y la poesía de Häsler es una poesía de serena cadencia de la frase, de atinada caída del verso y de afinada sonoridad de las imágenes que la habitan y la pueblan. Hablar de los temas de una poesía o de unos poemas puede resultar quizás aburrido, pero es evidente, por otro lado, que los poemas nos comunican cosas y que el poeta tiene sus preferencias en cuanto a lo que en la vida y en el poema experimenta; que los poemas tienen, pues, sus recurrencias, sus insistencias. Y habría que decir, entonces, que los poemas de Häsler son poemas amorosos, poemas donde el hablante vuelve a vivir una experiencia del deseo en la carne luminosa de los versos: el poema hace, porque repite, los cuerpos y los gestos del amor; el propio cuerpo del poema es experiencia de la experiencia amorosa que celebra, que evoca, que invoca y que provoca. Los poemas de Häsler son al mismo tiempo poemas muy visuales -memoria de un paisaje, de una atmósfera y, de nuevo, de algún cuerpo-, postales puntuales de una visión que surge de un viaje, de un encuentro, de una lectura, de la visita a unas ruinas, a un templo, a un museo, a una mirada, a un sueño.

Pero quizás sea lo más justo dejarse de tangentes ya y afrontar de frente algún poema. Voy a leerles uno, para que su gancho, espero, los lleve hasta su fondo y no los deje por mucho tiempo en paz. Uno corto. El primero de la serie, que pertenece al libro Poemas de arena, y que se llama “Sueño en Cesarea”:

Saladas estrellas de mar
se agitan sobre la arena
y en el anfiteatro se vuelven a oír
poemas griegos
declamados por eternos actores.
Las gastadas piedras se abren al sol
mostrando en las puntas de las lanzas
la carne de los tiempos.
Una paloma se baña
en la blancura del mármol.
Su ojo refleja la vuelta
del instante lejano.
Cuando las naves chocaban
contra frontones de agua,
ánforas de vino tinto se vertían
en el mar.
Entre las columnas se asoma
el caballo de nuestras miradas.
Un espeso ámbar
se desliza por tu piel,
y soplan sobre mis muslos
un pez de vidrio de Tiro.

De este encuentro y esta convivencia de un paisaje exótico y una resonancia antigua, de una imagen culta y un tono reflexivo que se resuelve en comentario íntimo de sesgo coloquial modesto, de estas estrofas medidas y estos medidos acentos, de estas metáforas y estos símiles, de este venir a desembocar todos los viajes en las venas de un cuerpo y en la temperatura del amor, de esta sonoridad marina donde a menudo se confunden el Caribe y el Mediterráneo, están hechos los poemas de Häsler. Hay que leérselos todos. Sin pérdida de tiempo.

Rafael Castillo Zapata

 


 

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PALABRAS DE DIOS, PALABRAS DE LA MUERTE

José María Algaba, El silencio de Isaac. Colección de poesía Ángaro. Sevilla, 2004.


 

La lectura del libro de José María Algaba me ha llevado a plantearme -y no es la primera vez- el sentido de la poesía. Acabada la lectura, sigo convencido de que la función de la poesía es la de ayudarnos a reconocernos en nuestra calidad de seres efímeros, y lograr alcanzar una mejor y más honda comprensión de nuestra realidad. El decir poético no es un decir cualquiera, es un decir que busca sentido, el sentido de ese sabernos pasajeros, y aceptarlo. La poesía es, desciframiento, encuentro del sujeto con el mundo que habita y que posee por ello una función que yo no dudaría en calificar de soteriológica. Para llevar a cabo esta tarea, el poeta se sirve de la lengua común, se afana por desnudarla de cuanto de espurio y de inerte persiste en ella, buscando que recupere su decir prístino, su decir inocente, ese decir que vuelve posible la conciliación entre la conciencia y el mundo.

Este esfuerzo por forzar a la lengua a que diga más, así lo entiendo yo, es seguramente lo más significativo de El silencio de Isaac, el poemario de José María Algaba que ahora presentamos. Está estructurado en tres partes que a su vez se subdividen en otras: ‘Dolor’, ‘Madre’, ‘Padre’, ‘Éxodo’, ‘Desde una desolada ficción’, ‘Atardecer en Tavira’, ‘La lluvia’. El título del poemario, El silencio de Isaac, se encuentra dotado de connotaciones muy sugerentes. El silencio de Isaac…, el silencio del hijo ante el padre, el ‘temor’ y el ‘temblor’ frente a una realidad, una heredad, que nos rebasa, ante la que nos sabemos frágiles y que, presentimos, acabará por enmudecernos. El silencio ante el padre, ante la Palabra, la palabra que buscamos a tientas en la niebla, la palabra que nos ayude a desvelar cuanto de secreto y cifrado nos envuelve. “Las palabras de Dios o de la muerte”, ante las que al hombre sólo le resta el silencio y el estupor: “En mí sólo estaría llegar y detenerme”, leemos en el poema titulado “En la ladera del Parral”. Hablamos, tal vez, como Job frente al torbellino, frente al caos, frente a lo absurdo… “Todo poema tiene a Dios por testigo”, escribió Pierre Jean Jouve. Pero el caso es que hablamos; no nos es fácil sustraernos a la ambición adánica de nombrarlo todo; y hablamos presintiendo que nuestra voz, como el canto del ave, como una estela, quedará aquí por un instante y se perderá. Un instante nos baña con su luz y después desaparece. Hablamos para confirmar lo que el ojo ve, lo que la mano toca, lo que el corazón ambiciona. Hablamos porque intuimos aquella voz primera, esa voz inicial que brota de lo indecible, el abismo desde donde articulamos nuestra palabra. Tal vez por eso calla Isaac ante el padre que le conduce al sacrificio: “Padre, no me lastimes / no me llenes de luz / cuando estoy solo” (“Aún”, página 32).

Es la poesía de José María Algaba una poesía elegíaca porque elegíaca -yo lo pienso así- es al cabo la poesía más verdadera, la poesía sabedora de lo real. En uno de los más intensos poemas del libro, el que se titula “Atardecer en Tavira”, leemos: “Tal si de un negro mar la lluvia se arrancase / y fuesen las palabras la entrada y la salida / de lo que nunca comprendimos, y ahora, / de los muchos senderos transitados / aún pudiese elegir”.

Y es que el poeta cuando celebra, cuando conmemora lo existente para confirmarlo, y es su testigo emocionado, es consciente al tiempo de la huída, del lacerante vértigo de la pérdida, del agua que nos huye hasta su mar. Como Cratilo, señala lo existente y al momento la realidad indicada ya es otra. La poesía emerge de la conciencia de la pérdida, “su hoz es matemática -dice Algaba-, su esencia es el dolor (página 47)”. Qué paradójica es la palabra humana: pretende lo inmóvil cuando ella es tiempo, estricta sucesión: “Arrancamos del tiempo palabras desoladas”, (“No de un lugar”, página 24). Nombramos aquello que huye: “No se detiene nada. Ni siquiera esta luz” (“No se detiene nada”, página14), “yo estoy viendo la luz / y estoy viendo la muerte”. La palabra es heraldo de la pérdida, de la desposesión. Ella confirma la devastación. Y lo lacerante, lo trágico, y también lo bello, es ese tomar conciencia de lo efímero y afanarse por contenerlo, brevemente, en los labios. En el poema titulado “Dolor” (página 13) se lee: “No se encuentran palabras que lleven a la noche. / Calan barcas de niebla. De niebla y luz las golondrinas / el invierno entreabren, y el mar reposa en la blancura / de las gaviotas muertas. El dolor es quietud. / Y el mar no se detiene”.

El silencio de Isaac es el resultado de una logomaquia, de una lucha desabrida contra y por la palabra como Jacob cuando luchara con su ángel. Ya desde el primer poema, el titulado “En la ladera del Parral”, asistimos al esfuerzo por forzar a la lengua a que exprese, paradójicamente, aquello que no parece poder decir. Este es, a mi parecer, el enigma más hondo y secreto del decir poético: pretender trascender la experiencia individual hasta universalizarla volviéndola así comunicable. En el poema que acabo de mencionar, descubrimos que la palabra es mundo, es confirmación, consuelo, entibiada conciliación de lo vivido.

Volviendo de nuevo al poema titulado “Dolor” (¡cómo no recordar aquí dos referencias fundamentales en la poesía de José María Algaba: Vladimir Holan y Giuseppe Ungaretti!); pues bien, en “Dolor” la voz parece tornase luz, palabra-luz, fuego prometeico para alumbrar fugazmente la tiniebla que somos. Los seres cotidianos (“Atardecer en Tavira”); el sauce, los gorriones, las libélulas... nos desvelan la sima del ser, su compacta densidad. Y la palabra brota allí para confirmarlo.

El hablar poético es un hablar desde el límite, desde el umbral, es un hablar intersticial (Paul Celan) que busca sondear el fondo del devenir, esa fina película que a cada momento nos abre a la finitud: “¿quién ve la luz sobre la muerte?”, se pregunta en el poema titulado “¿Quién camina?”, para afirmar poco más adelante: “La muerte está detrás. Yo estoy viendo la luz / y estoy viendo la muerte ¿Tengo que ver la muerte?”. Y es que José María Algaba nos está mostrando la anatomía de la palabra, su osamenta desnuda y lacerante, cuando es sometida a la desmesura del decir, del decir más, del rebosamiento: decir justamente lo que ya no saben decir o que olvidaron. Decir, desdecir: callar en su hablar. La palabra traza la parábola, el arco que brota del silencio y al silencio regresa para perderse.

Asistimos a la aventura de la palabra. Ella, la palabra -la palabra hecha carne- es la entraña, el tema del poemario. Su personaje. La palabra que nos ocupa, la palabra que fatalmente somos, el verbo hondo que labramos y que acaba por modelarnos en una suerte de metamorfosis alquímica. Palabras encarnadas, palabras-cuerpo, palabras-sangre... Vivir es apartar lo que fatalmente sabemos, la verdad que germina en nosotros: “Como la eternidad, como el instante, / es amarga la voz. Esta pasión / de ver crecer los limoneros, pájaros / con sus hilos de brasas, de no ver / a quien sostiene el muro de la muerte.” ( “Al alba”, página 26).

Vivir es hablar, generar signos. De ahí que temamos que la muerte sea un enmudecimiento, un no poder decir. “¿Habrá palabras en la muerte?” se pregunta Algaba en el poema “El legado” (página 27). ¿Habrá, en verdad, palabras en la muerte? Entre la muerte (que es silencio) y el incesante devenir de los seres, se yergue la palabra. La palabra que se afana por alcanzar a la madre muerta, la madre que nos va naciendo hacia la muerte propia, la que nos pertenece: “Ya la muerte -¿tu muerte?- extiende sus abismos / donde te hiciste tiempo. Tal vez el de una plaza / donde arrojar migajas de pan a las palomas, / o el de este atardecer.” (“No de un lugar”, página 24).

Imágenes éstas poderosas, contundentes… Y es que la palabra cuando pretendemos que diga más hay que solicitarla con ternura, pero también violentarla y así sustraerla de su inercia. Qué sino palabras desoladas es cuanto nos envuelve, las que tomamos de las ramas del viento, las que levantamos del suelo, pecios son de ese naufragio del devenir. Nos llevan y nos traen, y “conducen a qué lugar” (“A qué lugar”, página 25). Estamos ante la voz que enuncia lo real, y es voz desengañada, y es por ello amarga. Pero, insisto, hablar es estar vivo, saberse vivo, ser uno entre otros seres, gustar el acíbar de reconocerse pasajero. De ahí que se preguntara José María Algaba: “¿Habrá palabras en la muerte?”. Si así fuera, la muerte ya no sería propiamente muerte, o es que, acaso, como aseguraban los antiguos órficos ya estemos muertos y este hablar nuestro sea verdaderamente un callar. La palabra que es mediadora (anguelos), se asienta, ya lo vimos, en el umbral, pues en ella, a través de ella, es que se nos desvela nuestra radical fragilidad, nuestra radical carencia: “Dos muros insalvables, la palabra” (“El legado”). Todo hablar, escribió William Carlos Williams, es hablar “contra el tiempo”.

Procuramos nuestra redención en la memoria. En el poema titulado “Padre” (uno de los más intensos del poemario) el recuerdo de la propia infancia se confunde con la infancia de la hija. El poeta es aquí el hijo que busca la mano del padre y también el padre que toma la mano de la hija (en los hijos buscamos, en alguna forma, redimirnos). Indefensos, procuramos ampararnos en la tibieza de la palabra para contener lo que no puede detenerse (“El tiempo nos da muerte, nos despoja / de sueños, pero no de la voz”, “Padre”). Escribió Matthew Arnold en El estudio de la poesía que “la humanidad descubrirá en creciente medida que tenemos que recurrir a la poesía para interpretar la vida, para consolarnos, para sostenernos”. Consolación de la poesía, poesía de la conciencia lacerada que se reconoce en el cauce del devenir: “¿Cómo era la casa que incendiaron las islas / y un renacer vertiginoso, azul, / inmenso? ¿Cómo dábamos cabida / al dolor y a la muerte? ¿Y cómo a su quietud, / sus dioses, sus cenizas, sus raíces sin tierra? / Si alguna voz perdura, esa voz era.” (“La casa”, página 38).

El verso de José María Algaba es un verso calmo, irisado, preciso, sensual, dotado de imágenes poderosas. Un verso limpio. Los perfectos endecasílabos blancos, los alejandrinos, se extienden dotando a sus poemas de un ritmo remansado, como el de un mar que piensa. Poesía grande la de Algaba, poesía verdadera. Logomaquia decía yo al comienzo, y es verdad, lucha por hallar esa palabra que pretendiera Kierkegaard (otra referencia aquí inexcusable): “Yo -escribió el pensador danés- lo daría todo, junto con mi vida, por ser capaz de encontrar (…) la expresión y luego morir con esa expresión en los labios”. Encontrar esa puerta que comunica con el envés de la oscuridad.

La poesía de José María Algaba posee la suave carnalidad, la luz mansa del verso cernudiano y la gravedad de la última poesía juanramoniana. La poesía es precisión, así es como la entiende un poeta exigente como José María Algaba: “precisión”, emoción sometida a un orden que pueda hacerla comunicable. Estamos ante una poesía que da que sentir y también que pensar. Emoción y pensamiento que se funden. Poesía que nace admirada ante la extrañeza del ser, de la mirada sorprendida, que busca la confirmación y busca el desvelamiento.

Miguel Florián

 


 

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LA VOZ EN LLAMAS

David González Lobo, Casa de fuego. Ediciones Mucuglifo. Mérida (Venezuela), 2004.


 

El hombre ha conocido los signos antes de conocer las cosas.

ALAIN

 

Existe una poesía proclive a lo hondo y que se alimenta de los símbolos que están presentes en la realidad circundante pero que, difícilmente, pueden ser observados en el tráfago de la vida cotidiana a no ser que se conjunte una mirada penetrante con un espíritu dilatado. La intensa luz de esa poesía logra rescatarlos de su naufragio. Así la palabra intensa y fulgurante de David González Lobo.

Lo que no deja de admirarme en toda poesía epifánica, esto es, aquella que acierta a mostrar bajo la luz común cuanto de secreto y sorprendente se esconde en nosotros, es ver cómo la experiencia personal, la vivencia individual, alcanza -merced a la palabra certera- a expandirse, a ensancharse, para, finalmente lograr universalizarse, pero sin perder nunca el carácter originario, la raíz particular de donde brotó. De otra manera no sería más que huera abstracción. Alcanza así a salir de la mónada que cada sujeto es para hacer posible la conjunción con el objeto. Arthur Schopenhauer ya afirmó que sólo estéticamente nos es posible percibir lo universal que en lo individual subyace.

La poesía a que me refiero brota siempre de la especial experiencia del sujeto, una experiencia en donde éste accede al reconocimiento de su íntima comunidad con las cosas que le rodean. Y es de esta forma que alcanza a columbrar un sentido, un orden, una interpenetración entre los seres. Pero ese orden sintético poco tiene que ver con aquel otro que nos muestra la razón, la razón analítica, cuando divide, ordena, distingue y cuantifica… El arte si es verdadero no clasifica, desclasifica. Esa suerte de armonía que la experiencia poética nos ofrece nos permite entender cómo todo al cabo se concilia. La poesía es, asimismo, una vía (un método) de desvelación que, insisto, nada tiene que ver con la racionalidad analítica (aún cuando, a la postre, puedan ayudarse mutuamente); Baruch Spinoza se refería en el libro V de su Ética a un especial tipo de conocimiento, que el llamó Ciencia intuitiva, con las siguientes palabras: “me refiero -dice- a un conocimiento de las cosas singulares o conocimiento intuitivo (…) más valioso que el conocimiento universal”. Y es que en Spinoza, al decir de Georg Simmel, “se percibe el éxtasis (…) que suscita el milagro del ser”.

El poeta se sumerge en la realidad, se demora en su seno, reconociéndose a sí mismo en ella, sabiéndose una esquirla de ese ámbito en que se ampara, y percibe que su conciencia es un fragmento de la íntima y cálida correspondencia que entre las cosas se establece. Es por eso que el lenguaje poético puede parecernos absurdo (y tal vez deba ser así) cuando nos aproximamos a él con los anteojos de la razón. La poesía posee la capacidad de, apartando aquella a un segundo plano, hacer posible la apertura a la realidad multiforme y caleidoscópica, no esqueletizada por la costumbre ni por el interés. “Somos una flor” se lee en la página 42 de Casa de fuego, “Caronte, una flor; los asesinos, los santos, los hombres todos, Caronte, son una flor”.Qué podría significar para la racionalidad analítica expresiones como estas: “somos una flor”, o “cruzar un puente entre la noche y la lluvia”, tal y como leemos en la página 11 de esa misma obra. Y, sin embargo, en otro estrato de nuestra conciencia cobra pleno sentido, y comprendemos con absoluta nitidez qué es eso de “cruzar un puente entre la noche y la lluvia”. El lenguaje poético está dotado de alta densidad, propenso a rebasarse, pues que existe en él una demasía del decir. El lenguaje poético es radicalmente simbólico, siempre remitiendo a algo más de lo que expresamente parece decir. A este respecto dejó escrito el gran poeta catalán Joan Vinyoli: “La poesía es siempre simbólica, incluso cuando el poeta se expresa de forma directa. Si verdaderamente es poeta, alude a otra cosa o realidad espiritual”.

La poesía que David González Lobo nos ofrece en Casa de fuego brota también de una experiencia abisal, sin piel, adérmica. Y su percepción del mundo vivido se precipita en voz. Escribe David González Lobo en el poema “Cuando sea una piedra”:

“Cuando sea una piedra y el agua resbale sobre mí hacia la llanura, cubra los esteros, en los que apenas sobresalgan las copas de los árboles más altos, y a los fósiles de flores que tendré donde una vez sentí cintura, los vaya cubriendo el lago, mi voz, que será un árbol de estrellas, habrá grabado en sus sueños la caligrafía de la hierba elevándose y cayendo”.

La emoción que le llevó a escribir al poeta estas palabras volvemos a revivirla nosotros, sus lectores, y de sobra presagiamos que como él seremos piedra y que el agua habrá de resbalar también sobre nuestra piel endurecida. Y entendemos, asimismo, con cuánta transparencia, qué es eso de que la voz sea “un árbol de estrellas”. No únicamente en estos escasos ejemplos sino a lo largo de todo el poemario, nos estremece la magia, la grandeza de la poesía y nos reconocemos palabra, verbo emocionado. Somos los hombres cuencos de palabras. Estamos en el mundo para enunciar, para tomar en la copa de nuestro espíritu las variadas facetas del mundo y combinarlas.

La poesía de David González Lobo habita en el riesgo del decir, en ese umbral en donde la palabra que surge del silencio, del espacio vacío del silencio, se interna en lo ignoto y es capaz de rescatarlo y mostrarlo a la luz de la conciencia. Nos dice: “Su boca es una hoja transparente (página 11)”, “el cielo está lento (página13)”, “un árbol estremecido por la luna llena (página 30)”… y podría seguir enumerando imágenes, grupos de palabras que nos abren a la sorpresa, a un mundo ignoto y palpitante, henchido de ser, que continuamente va mostrando sus vetas escondidas.

Casa de fuego se estructura respondiendo a una precisa arquitectura. El poemario se encuentra dividido en cinco secciones sobre las que se eleva el edificio verbal. Se abre con ‘Solar’ en donde se nos propone la base poética que habrá de sustentar el edificio; en ‘Piedras’ van elevándose los muros, pero todo queda aún por asentarse; la tercera parte es ‘Madera y fuego’, el territorio ígneo de la pasión. ‘Nubes’, la cuarta parte, representa una mirada hacia ese pasado en donde “el vaho crea un cierto temblor tan puro”. El poemario culmina con ‘Páramo’ donde asistimos al imperio de la soledad y la destrucción. La casa sobre la que se levanta la palabra es refugio y es también desvalimiento.

La voz de David avanza abriendo claros de luz, y lo consigue con mesura, con armonía, con ternura también. Al oído no le cuesta distinguir la cadencia carnosa del heptasílabo, del endecasílabo, del alejandrino… entreverándose entre las líneas del poemario. “La fortaleza simple del impulso, su belleza instantánea, soberbia, trepidante”. Estas últimas palabras que aparecen en la página 32 muy bien se le pueden aplicar a su propia escritura. Y es que la poesía es desciframiento y, por ello, rebosamiento del lenguaje. Impele a la palabra a decir más, y este decir es un decir virginal, un decir donde el instante ha quedado liberado merced a su taumaturgia.

La escritura de David González Lobo es, decía antes, valiente, arriesgada. En esta braveza inocente, insisto, de la palabra no es difícil encontrar las hondas raíces americanas de David, que le emparenta con algo que me parece común a los mayores poetas de América -y no solamente me refiero aquí a los poetas americanos en lengua española (también a los que allá han escrito y escriben en inglés, en francés o en portugués). Pero centrándome en nuestro idioma, el español, pienso que allí, en América, nuestra lengua se ha tonificado al descargarse en parte del oneroso peso de la tradición, y ha logrado una contundencia verbal más carnal, más radical, tal vez más primigenia, más inocente siempre que acá, en Europa. Tengo en la mente a poetas como Vallejo, Lezama, Neruda, Gorostiza… Y a David también.

La palabra de David parece que a veces va a quebrarse para mostrarnos su misterio. Sí, su palabra, sintética, aglutinante, nos hace posible el acceso a una comprensión de ese ámbito en donde el pensamiento y la emoción se concilian, volviéndose indistinguibles. Leemos en la página 13 de Casa de fuego:

“Escribir una voz con las hojas de los árboles desnudos, escribirla con unas letras y un estilo que crujan bajo las botas y las ruedas de los coches, escribirla bajo un rayo de sol que se pierde y tiñe el cielo y el mar”.

Las imágenes, deslumbrantes, se encadenan entre sí para mostrarnos el mundo en la brevedad del nombre, acertando a enunciar lo que no parecía posible ser expresado. Un ejemplo más, el brevísimo poema que se encuentra en la página 15: “En la gota de ternura, el agua de las nubes grises del invierno se viste de lámpara en flor”.

He hablado bastante. Sé que toda palabra sobre la poesía de David, como sobre toda poesía verdadera, es, sirviéndome de un acertado aserto de Émile Cioran, “una palabra de más”. Hemos de leerla. Leer buena poesía es algo semejante a viajar, cuando luego regresamos al hogar algo se ha transformado en nosotros. Les invito, pues, a que se adentren en las estancias (luminosas, encendidas) de esta Casa de fuego.

Miguel Florián

 


 

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