León de la Hoz

Ruego al mar

 

María Girona: Casas de Santander

 



RUEGO AL MAR


Entre un punto y otro de mi existencia está el mar.
Desde Santiago a una calle cualquiera de Madrid
yo siento que el mar acerca a mi orilla moluscos,
estrellas y residuos fétidos del pasado del mundo.
De un cuerpo a otro de mujer llego dando brazadas,
largas brazadas de náufrago que no sabe a dónde ir.
De una casa a otra de mi vida voy de isla en isla,
harto de soledad, ahogándome y escupiendo peces.
Soy víctima del mar, hondo y circular que me lleva
y me trae las playas, arrecifes, acantilados y rías
donde floto muerto, hinchado de espuma y paisaje.
Soy parte de lo que es parte del origen del tiempo,
que va y viene eterno, incesante, hermoso en verano
y aterrador en invierno siendo huésped de la muerte.
Sitiado por los encinares y los labrantíos de Castilla
o en medio de setos sordos y ventanas polvorientas,
oigo el sonido del mar que se arrastra por la arena.
Despierto en la noche vacía de ruidos y espejismos
y me oigo rodar en las olas hacia una playa solitaria.


A veces me resisto y quiero errar por fuera, inerme,
como una partícula de polvo en el aire de mi cuarto,
pero no puedo dejar de ser quien lleva el mar en sí,
que igual a un marino carga islas y rostros en el pecho.
Y mientras ando piedras de pueblos grises y serranos,
es el mar quien me sostiene en sus hombros múltiples
como alguna vez lo hiciera bajo los pies de Cristo,
si paseo una montaña es su verde lo que me revive,
si sufro la sed de un desierto es el que me la calma.
Oh, Dios, sé que no importo en tu obra más perfecta,
por eso ruego que seas piadoso quitándome el oído
para no escuchar ese susurro del mar que me socava,
diciéndo: "Estoy aquí y tú estás en mí hasta que muera".

					3.03.99



ÉSTE QUE VEIS NO SOY YO Éste que veis no soy yo aunque quisiera. Éste que veis es la sombra del que estuvo aquí hace mil años con el sol a la espalda. Es la imagen de uno que quiso ser santo y acabó siendo éste que veis condenado. Yo no soy éste, ni estoy ni estaré en este lugar. Mi cuerpo quedó atrapado en los muros de Ife el día que elegí la vida de Edmond Dantés. Ni siquiera es éste otro que se requiebra en las manos jóvenes de una futura madre. Si pareciera que soy el equilibrista del ocaso que se cree caminando la línea del horizonte, no soy yo, ni nunca lo fui, ni podré serlo. Si creyeran que soy una máscara de estreno porque duermo y despierto con ojos de otro, no lo soy, ni nunca seré, ni lo he sido. Si dijera que he soñado que soy éste que veis, no confiéis en las palabras de un viejo soñador que dice haber vivido y estado entre ustedes. Yo he procurado sencillamente ser lo que no soy: Un invisible que se aleja hacia el borde de la luz como un caracol corriendo por una hoja de acanto. Tampoco tú, amiga mía, amor mío, con tus manos puedes salvarme de no estar aquí o en ningún sitio. Éste que sientes abrazado a tu cuerpo desnudo en realidad se adentra en una playa desierta, llenando sus pulmones, imitando un hombre libre, y ni siquiera yo puedo imaginarme quién es. Mi suerte es esa: aire!, un eco sin réplica del vacío.


 

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