Leonardo Gustavo Ruiz

El poeta perdido y otros textos

Selección de David González Lobo


 

Jandro López: Acantilado

 


Poemas dispersos (1977-1998)


A esa mujer la deseé durante años. Ella venía a mi casa, realmente pequeña. Abría la reja azul como jaula de pájaros. Tenía su sombra, yo era su sombra. No usaba lentes, ni encajes, ni se pintaba la boca, sólo un perfume que aún siento inextinguible. Era para morirse y estoy vivo. No sé cómo es que existo, tengo esposa e hijo y los amo. Octubre de 1979
Heráclito-Caín (1988)
LA SOMBRA DE CAÍN El bueno de Caín, el desterrado. El malo, el que mira hacia todos lados. El inocente culpable de esta historia ¿desde hace cuánto va en su propia sombra? Aquellos angustiados, abismados, lúcidos en las nubes del sendero, todos son hijos suyos o vienen de Jubal, padre de los que tocan arpa y flauta. Y aunque los personajes de Kerouac sean descendientes del errante que expían nuevos pecados en carreteras desoladas, y muchos peregrinos de los bosques otros caínes por voluntad o provengan de Zila, abuela de los artesanos, ni con tabacos y hongos mágicos -vehículos hacia otro tiempo- ni con abundante agua de los manantiales ni con una hermosa muchacha enmendarás de zanjas el Camino...
Cada quien está condenado a abandonar un jardín. No podemos soportar por mucho tiempo la visión de los dorados frutos, los más altos. ¿A qué vasta región nos llevará esta errancia? Probablemente hacia ninguna parte, hacia donde las viejas casas hablan y el pasado -utópico- genera el jardín de la mirada como una rosa en la oscuridad bajo fachadas grises que tiemblan. Culpable e inocente se despiden del desvencijado ayer donde el deseo reina sobre la muerte.
Leyendo con una vela extinguida antes del alba, Caín lleva a extramuros la historia de los padres: el Halo lleva sus diezmos de deseo. ¿Qué necesita si está lleno del reino? El Otro es el hermano por excelencia mas indiferencia y odio lo exilian, lo montan en el puente de la nave de los locos, lo excluyen de las tabernas y los muelles: él no puede arribar a la ciudad de Nadie, el héroe, a las costas que, como él, amaban todos. El cumplido deseo del deseado lo execró: no hacía falta un tercero. ¿Pero dónde reside la envidia? ¿Dónde la absoluta piedad del Camino? Caín, la primera mercadería humana y sin postor ¿no es el peor pagado del país, el que no es nada sin sangre y oro mezclados, como siempre? Entonces se hizo sombra.
No se siente una sombra aunque su cuerpo esté bajo el canon de la luz. De la vida se expulsan los números secretos y sus magos, los que dan manos al alma para tocarse y hacen imposible volver sobre el asombro. La fe no ve la sombra: es ciega. La fe no vela sombras: ciega.
La sombra es idea de la luz que falta en el Camino, pero guía. Los pensamientos se piensan y se asombran. Lo asombrado es luz directa en el ojo. Las ideas ocurren. Tus piernas de sombra van lo mismo a otro lugar, de donde parten, y aquellos senos hablan de una luz curiosa. Es familiar la sombra, o es extraña según el cuerpo mire o ciegue.
a Carlos Danez Elogio, elegía por una sombra. Se avivan llamas. Se entrecruzan pisadas: álzanse calcinadas de oro y sed pues sólo beben del fulgor que aniquila. Siento lo puro, lo perfecto -el número de oro, el inasible- adherirse a la sombra. Sólo por ella es que conozco y me rechaza.
Toda ciega es bella. Hasta donde el cuerpo se proyecta hiere inclinado, oscuro, otro sus latidos. Hasta donde deja ser lo incorporado, se le acentúan visiones. Sólo tocar trae sombras a una bella ciega.
Curiosea la luz en tus contornos, da la vuelta a tu cuello fracasando al asirte. Busca después hacerte a un lado y fracasa de nuevo. El Camino ya no existe al compactarte nítida en la nada. Lo que rechazas es mundo. Poco importa. También eres rechazada por él. La desnudez no es suficiente. La desnudez te plena de rechazo, te aparta de la luz que viste, te saca de tu muerte.
Veo en ti, hacia adentro, la ausencia de los límites. La ausencia ve por ti, absoluta, una presencia. De ti me voy a lo que ya no busco afuera, cuando dices «-No huyas de la sombra que te habita». Tu oquedad me colma de esa amarga esperanza: la certeza es tu honda travesía errando en ti vacío, pleno.
Libro de muertos (1999)
EL otro tiempo arriba -el surtidor, la lluvia tan común entonces en mis días- era una capa blanca, una delgada luz en la mirada. Aquí la lluvia es algo que no se siente si no es porque ha mojado afuera y busca entrar de cualquier modo. El otro espacio -el verde hoja, el amarillo musical, el vinotinto barroco de las tardes, el quemado caramelo de la melancolía- era la sal compacta, el hueso aún invisible. Aquí el espacio no es: aquí el espacio se reduce a estar rodeado del espacio.
No rehuí jamás sufrir, aunque con las hormigas yo más bien jugaba: ponía dos de ellas en la mesa y tres granos minúsculos de azúcar. Desde niño hice eso y la experiencia me enseñó que nunca devoraba dos granos una hormiga. El tercer grano de azúcar que hubiesen podido disputarse, siempre fue presa de una especie de ósculo donde ambas sostenían lo dulce con sus bocas. Ahora yo, aquí en mi tumba, de muy otra manera juego con mis amigas: seré por varios años el grano de tierra que devoran.
a Ramón Palomares La sal en la candela, el cuervo, el que bebe sangre de becerro ante la luna y aulló, y se dejó ir colina arriba solo, gato negro en la calle aunque cruces los dedos, hueco triángulo que cruzas de escalera, de palabras abierto adentro de la casa, la mariposa de ojos grandes, alguien viene, tara negra posada en el farol del viudo, la cal vida de Lázaro, la ceniza que ya seguro es Fénix aunque la riegue el viento, el montículo que es la esfera de los idos y sus ropas, alhajas, cuentas de jade en la boca, la rata y el gusano, el tiburón, el pulpo, las andas de la peste, el carromato, la baba de los perros, el dolor muy adentro de los huesos, la hija de la noche, búho y murciélago diurnos y el caos del reloj, la vuelta al útero, al sarcófago, al come-carne, al muele-huesos, el viaje en solitaria carretera junto al que blande la espada más pesada, el genio de la montaña, el trasgo, el ceretón, el aparecido. Habla la del Cuchillo -la Señora del Silencio- desde el agua (allí es ligera: vuela) desde el aire (allí cae: viene) desde el fuego (allí busca ser después de ceniza), desde lomas profundas. Habla. Habla por encima del hombro y nadie la oye.
Los verdaderos recuerdos son filmes que, como si pudieran verse todos y cada uno de los fotogramas al mismo tiempo, evidencian la imposibilidad de un distanciamiento. El pasado lo enseña el ron amargo, una moral ida, casi siempre, al traste o de la que sólo sobreviviré ese sabor -también amargo y dulce- del honor. Mas, y ante la vejación del tiempo, si es aquel tiempo el que nos trae ¿de qué somos capaces proyectando en el diorama de esos años el garaje lleno de hollín y grasa, las ventanas, el roce filoso de un olor?
Noches de azúcar moscabada, de regazos -oh ¿eras inocente?- ofrendas, café amargo, la adolescencia es -o fue- una vereda estrecha: caemos hacia los horizontes, hacia perder. Comenzamos a amar: la ruta negra. Nos disputamos un lugar: la rabia en noches de senos puntiagudos que ya vi declinar, de llaves extraviadas, lágrimas hacia las edades.
Ah ¿eres tú, la temerosa, quien me lleva por túneles de aire apuntalados por el fuego al país de las almas sombrías? Interpretemos quién lleva a quién y adónde si todo ocupa el espacio, ocupa el tiempo, ocupa el vacío, vacía el espacio, vacía el tiempo vacía el vacío, vacía lo lleno, llena lo ocupado, ocupa lo lleno, nada llena el espacio ni el tiempo. ¿Adónde, pues, me llevas y por dónde? ¿Adónde crees llevarme tú que nunca decidiste? ¿Hasta los muertos? Cuídate, porque hasta ellos, lo quieras o no, irás un día y no sé si pueda acompañarte. De todos modos, por tus besos, por un postrero beso tuyo, te lo pido: espérame en las puertas del Infierno.
El muerto no es el que te hala un pie o te susurra, en cualquier parte, un nombre, una frase inasible. Con cuánta dificultad él vuelve a sus lugares, se sienta en esta silla como si no pudiese estar cómodo en ninguna parte, en ninguna posición, con cualquier compañía. Se habla con él en un punto mágico, un santuario en el centro del mundo, en el relámpago, en el viento que ya no sigue los caminos de siempre: se habla con esa imagen que no es espejo, con esa voz oída desde dentro del muro. Convoca en los brocales, concita en las tapias, habla desde los pisos altos y, si subes, desde los pisos bajos. Siempre al otro lado del espejismo.
Como sed de venado, el espejismo se retira a medida que avanzamos: ya no espera invertido que veamos la imagen de algún árbol o el abismo. La ilusión, no los ojos de los muertos hace venir al centro de este mundo la misma imagen donde yo me hundo de horizonte en mirada, a ojos abiertos. Sed de llegar de una vez al sitio, libre de sol, del agua allá empozada. Desolación que es casi angustia alada por acceder sin más, sin otro arbitrio, por tocar lo imposible, lo lejano, lo nunca más tendido sobre el llano.
Tantas noches calladas, pensativas, prepara la neblina mientras te hablo con el humo aún intacto en el venablo de las mansas palabras con que arribas. ¡Cuántas voces que zumban en las ruinas de los años respiras cuando trillas en perdidas ciudades las orillas oscuras de otras calles de Barinas! Oímos las canciones por el vino servido en esa copa repentina de siglos que ardua luz nos aproxima. La noche que vendrá no es el destino: me asombra desde el fondo cómo vino trazando siempre rumbo hacia otra esquina.
Esta cóncava urna me es incómoda. Partimos. La casa forma parte del camino. La urna forma parte de la muerte (¿o de la vida?). La muerte forma parte del destino. Llegamos. El camino ya siempre es esta casa. La muerte no ha empezado en esta nave. El destino comienza con la muerte (¿o termina?).
He alargado una mano en los confines con un gesto macabro: la eternidad, afuera, es una bomba: tal nulidad es horizonte o es lo que tú afines. No deseo el miedo ajeno, ni la pena de los supersticiosos o creyentes. Que sea lo que sea, sin ausentes, sin nadie en lo virtual de esta otra escena. Mi mano te saluda, camarada de los mismos mayores de otro tiempo llegados a otro espacio y a destiempo. Todo lo barre el sino hacia la nada donde estamos ahora y estaremos y (que lo diga Omar) perduraremos.
La reja, los hermanos mayores cayendo en la adolescencia en los espejos, la máquina de escribir, el aguardiente entre los libros, los viajes a aquellos patios de maderas, ya no bosques, tablas, el horizonte, uno cuya razón es el fin frente a otro espejo donde no estamos. También el laberinto nace en la puerta de esta casa. Nos movíamos hacia hoy como hacía allá desde el tiempo de las primeras imágenes en el desdibujamiento del auto de mi padre desde una comida cargada de comino preparada en las ollas de Gertrudis desde las estoicas jaquecas de mi madre desde la huida de mi hermano al monte desde el craso espesor de los alcoholes hasta la visión momentánea de unos glúteos hasta el descubrimiento de las moscas en el libro hasta el feliz, culpable, solitario placer hasta el estremecimiento, hasta la muerte.
Proezas del solo (2001)
¿Quién eres tú que siempre me deslizas con tu sombra la arena y sus adornos por esta oscuridad de los contornos? ¿Podría decir yo que nunca pisas? Accidente y espejo, tranquilizas el agua en el paisaje siendo nadie, venciendo fondo para que ella irradie desde remotas canteras calizas. Forma pura o siniestra, si por suerte cada cosa que tocas dentro queda no habrá elemento que igualarte pueda por aquello de huir o de esconderte: ¡que esperaré sino un día verte salida del infierno o de la rueda!
Si no cuadran los números, lo oscuro sobreviene primero por los mares en historias de arena, de pleamares ahítas del naufragio más seguro. Las proezas del solo, su destino desde la atroz conciencia que es hundirse, comienzan, como el cuerpo, a desdecirse tras la bruma de un muelle ultramarino. Mas sí lo salva el álgebra secreta del proceloso mar y del trasmundo, verá la luna aunque amanezca el día: sabrá el arcano dónde se interpreta cómo van vida y muerte en lo profundo sobrellevando la melancolía.
Recostada en la cama, ella enarbola defensas contra el tedio de los días: más bien abre sus páginas tardías, oferentes tal vez, de mujer sola. Uñas y piel de seda entrega enteras y un mar de pensamiento al abandono maduro de su cuerpo, da su tono preciso a un movimiento de caderas. Una cara imagina: una silueta pronuncia las palabras de la mano con lenta intimidad: casi una sombra. Responde adentro la materia escueta del oficio acucioso, de lo vano convirtiendo en verdad cuanto se nombra.
Tienta la claridad a la desnuda vuelta hacia el espejismo de otro cuerpo tanta imaginación a contracuerpo, tanta deflagración sin una duda. Penetra en el cristal: ha roto el velo de sí misma al llegar a donde viene: lo buscado la altera, la detiene: la propia sombra que es la tiene en celo. Ya impetra, hacia el final, se perpetúe, gozosa, esta labor que transfigura su mirada en el cuerpo que ha mirado. Desea que el deseo se habitúe, se instale para siempre sin pavura, sin temor a olvidar lo más amado.
SEXTINA DEL CAÍDO Al aire lanzo el ojo a que en su vuelo procure conseguir espejo al eco y haga fluir a imagen de otro cuerpo distintas dimensiones más que sombras para así de regreso haber la savia sentido en ascender, mas sin caída. Sólo sube y prepara la caída soñado pájaro de exacto vuelo secreto como el viaje de la savia repitiendo su ruta como el eco desprendido mil veces en las sombras ideadas nomás de un solo cuerpo. Pero también al mundo lanzo el cuerpo presentido, triunfante en la caída por espacios de secas, grandes sombras asidas a lo lejos de alto vuelo sin retornar -espejo- tal un eco de copa verde donde escancio savia. Del cielo a la raíz va toda savia comunicando luz al pobre cuerpo sin imagen disímil y sin eco prefigurando siempre la caída de cuanto abajo es presentir un vuelo penetrando la nada hasta las sombras. Algo va transitando con sus sombras el mundo mientras cierta rara savia lejana del origen como un vuelo, consigue al fin esa agua donde el cuerpo no puede substraerse a la caída que el aire transfigura siempre en eco. La tiniebla es reflejo donde el eco traduce con lenguaje de luz sombras y palabras anuncian la caída de lo alto a lo bajo de la savia que al árbol sube como baja el cuerpo del pájaro trazado a pleno vuelo. Cuando vuelo no puedo oír el eco cantar secretas sombras de esa savia que hace al cuerpo enfrentarse a su caída.
Fragmentos de un libro del poeta perdido (2004)
EL POLIZONTE
Desde mi puerto Desde mi puerto de aguas dulces veo venir lanchas que soñaban el olvido. Tendido bajo humo, disperso como un cirro, me han pensado ojos de la espera sin que el trayecto nulo señale otros velámenes. Desde el puerto donde he anclado un rato figuraciones del cansancio, las horas roen las patas a esta mesa de arena. Quepo en el ámbito de sol que yergue una oscuridad pequeña de canoas en tierra. Desde este puerto lúgubre ensalzo a otros que ya huelen al polvo del silencio y en el depósito de las bridas hurgo para que partan cuando llegue el momento.
Historial El bar junto al muelle desde donde viajar es como una rosa que empieza a marchitarse entre los dedos, arrima la imagen de un trigal lejano. La amapola atrae la vista, y gira la imaginación con vueltas de molino hacia el tiempo recuperado de la ensoñación de unas cervezas. Imágenes del viaje aquí en esta casa que se mueve como barco, casi una metáfora de la sombra. Casa y viaje, caverna de otro ensueño abierto en el cuaderno, garrapateando bajo el árbol cuanto he escrito al dorso de un sobre ensalivado en el arroyo: viaje al fondo de la sangre diseñando los mapas de una casa. El extranjero sabe ausente el gesto de la amante. Busca entonces otra sombra que le siga, la voz de una lengua que le hable, la mirada de la Otra no menos ausente. Sabe fugaces las caricias apagándose las voces, los susurros, ciegas y huidizas las miradas. Dios, algún dios, habita estos confines, crea desde los rincones el mundo. Si no existiera habría que hurgar más adentro para hallar el maná en las alacenas vacías. El vacío está lleno de vacío en el lugar de Nadie donde mediovivimos. Si hay un dios, sigamos buscando por los rincones hasta desaparecer. Nadie se ausenta ¿de dónde? de una tierra prohibida, la pequeña parcela virtual que nos contiene. No hemos muerto en el tiempo si hay gusanos. No hemos fracasado si hay dolor. No hemos partido nunca si arribamos a la tierra de Nadie ¿para qué? Me devuelvo hacia delante. La ruta de los ojos no te engaña. La línea, el horizonte de la mano, destina tal vez lo no deseado, pero allá está la oscuridad como una especie de salida. Me devuelvo a soñarte aun a tientas, terrón de Nadie. El extranjero sigue aquí, mezclado con el barro y Nadie allá nostálgico, el poeta y su exilio sempiternos, simultáneos... Catalejo, minúsculo instrumento de lo grande. Ningún poema lava sangres. Pasa esta tarde como un silencio en la acera, forastero con la extrañeza de todos en los labios, sabor amargo, dulce, tan lejano. Bebe vino nuevo en odres viejos, cata el agua salobre de otras cráteras. La voz del extranjero pregunta ya lo mismo «Y su respuesta me traspasó la cabeza como el agua atraviesa un tamiz» Esta tierra del extraño, qué es, este desierto, esta montaña nevada, esta llanura pelada, estos arrozales, eriales, baldíos qué son, tendidos eléctricos, vías férreas, caminos empedrados cómo son, estaquella tierra donde todo es lo mismo ¿Adónde vamos sino en idéntica dirección o a ninguna parte, al sol, al azimut, al cenit, al abismo? ¿hacia arriba o hacia abajo? ¿el río del extranjero viene, va? ¿remonta acaso el mar los riachuelos del monte donde no nací? (Por poco tiempo sigue el gato al que huye, enemigo del laberinto que no aguanta un cerrarse de once puertas en despedida, que no oye la guitarra del final en la taberna como hilo del olvido. El gato que no arranca las páginas lanzadas a canales y torrenteras en pos de lo no escrito -inolvidable- como un salto mortal) Difícil es elegir el lugar imposible, por más que esté en el tiempo florido el polvo disperso de la esfera; difícil elegir el momento de llegar a donde Nadie sabe. Y sin embargo, estas palabras... Foráneo, forastero, fuereño con un diario de hojas secas, abatido por dudas, por olvidos garrapateados en la penumbra, extraño renovado en un hotel del extrarradio, con una panorámica de humo negro, de camiones grotescos, retraído ante vaharadas de angustia y cerveza, enroscando medusas, espaghetti, maniatando el deseo, esa bestia... ¿Adónde va, de dónde viene el polizonte? Al perdón y al olvido de la furia del pasado en que las oscuras aguas ansiaba, de los que ninguno ha de salvarse ni en estancias del silencio ni debajo del cielo más apartado. ¿Adónde va furtivo el impostor sino a la tierra prometida -ese espejo de otra identidad allende el tiempo? Los lugares le son desconocidos. Los sitios de llegada no le esperan. La novia no le aguarda allá en el puerto. Los ojos del malecón no le ven. ¿Adónde entonces va, de dónde viene?
Cara de piedra a las hermanas García Soto, i. m. Donde el río cae, la piedra va en murmullos, en palabra rodada como canto. Tal la hierba ha sido ya leche de cabra y los aullidos se detienen al fondo del depósito, infalible sed de fruta nunca exhausta. Donde el agua al borde de un alero se entretiene en el miedo, los ojos cuchichean: gota es también de piedra lo que hurga el espejo y pide otra vuelta. Mi cara ve su imagen desfondada, su cascajo. Río y cae. Caigo y sigue. Pero adónde, en cuál lecho de ramas retorcidas, en cuál tiempo.
Intermezzo Les voy a contar un cuento de cuando a los poetas sucedían cosas extrañas, halados a la aventura, compelidos a un viaje y a un destino. Éste era uno que se hizo a la selva, y más allá, y recorrió mundo intenso, conoció gentes que habían andado los confines del planeta tras mujeres, in taberna, por cárceles, en caseríos perdidos del mapa, en circos con gigantes, con enanos, con mujeres barbudas también (muy distintas a las de piel lisa), en trenes, en vuelos, en buques, en auto-stop, en islotes, en bahías y hondonadas, en fronteras, en los fiordos y en las pampas. Cumplidor de un destino, nuestro hombre hizo caso omiso de sus propias odiseas... Era un poeta de cuento, de película, de vieja saga anónima, de secta pasajera, de coplas, persecuciones y fantasmas, de doblajes escenográficos, de bailes donde giran músicos y espejos, de estadías incógnitas en sitios míticos como el centro del mundo por ejemplo, de ritos solitarios, de abandonos, de agonías opiáceas y narguiles, de vida dudosa e imposible. Era un poeta de cuento, de novela.
El eco La rima, la respiración del cazador escondido allá en su sombra, en su presa, en la vuelta y la vuelta y la otra vuelta a la circularidad de la fogata, al ritmo entrecortado de unos pocos que danzan (o se dan) de dos en dos, de cuatro en cuatro; el grito en la cañada, el estruendo detrás de la luz, el universo contiguo al pensamiento y el latido del ojo de agua en el cielo que se mete, y el día y la noche, y el río constante que se para con las puntas de los dedos en los oídos y que seguimos sintiendo allá, en el caracol, en el laberinto: delante y atrás como en el cine, como partir que es regresar al otro mismo sitio nunca/siempre, al paso de la voz en el bosque encantado: el eco de las tumbas, de las piedras, risas, viento cruzando los cañones con su aullido de fiera: las estrofas recurrentes; los ojos en el espejo de otros ojos, el estribillo, la máscara y la cara, el futuro y el pasado, el presente y el ausente: el otro número que ya no cuenta...
Un laberinto a Daniel Torres López Hoy caminamos, torpes, hacia atrás. Es la única forma de seguir un rastro. Hacia adelante y hacia atrás hacia arriba y hacia abajo al mismo tiempo caminamos desde un punto donde no hemos estado y vamos llegando al partir y vamos cruzando las paredes y vamos sorteando los claros del bosque para extraviarnos sin guijarros ni cronómetros con los ojos abiertos en lo oscuro con los ojos cerrados a pleno día para no volver jamás a este sitio
CASA LLEVADA
Carmen Le dio por criar pájaros que ella misma atrapaba con suavidad en el pequeño patio de la casa, y qué se le va a hacer: atrapar y criar pájaros azules, verdes, pardos como tomar pastillas después de cada comida o recoger las migas con un trapo muy limpio. Todo oficio lleva a una jaula de pájaros. La guarda del hielo y del zumo de frutas en verano detenida en los muros: arte de un bosque de helechos sobre un mantel de cuadros rojos y blancos; las estrategias del terror frente a ciertos insectos innombrables, todo lleva al jardín de los días en que se formaba un pequeño lago de albergar aventuras; en que las cercas de alambre mostraban la parte trasera de varias historias, vidas paralelas, lavaderos y desvanes. Las mujeres desvían la mirada hasta que se levanta el muro del clima: lluvias, podas, ropa, trastos, y ya revuelan otras especies del jardín de abajo ante la autoridad que sostiene la puertecilla sin piedad para domeñar tristezas, soledad, a una edad avanzada.
Casa y viaje La casa en el camino, el camino en la casa, un pie en uno y otro en otra, quieto y andando Casa llevada, portátil, peregrina De viaje los rincones, en la sangre, desván de una valija Pero ella atesora sus secretos a los dieciocho años, un poco más lejos, en los muros de sábila del jardín de atrás ¡Ah, y el rumor de las pacientes lloviznas Figuras que pasamos como espectros desde el espejismo que cierra la ventana de tu infancia! Apearse y tornar al rincón pródigo de los libros y las magas mientras afuera aguarda aún oscilante el estribo ¡Guarda un plato caliente al que un día vendrá, un vaso de vino, el mantel individual que tendías en el césped a la orilla del río! Toques, mariposeos, gente que se asomó hasta el torso a la lluvia frente al auto azul marino, más veloz que un rayo en la bóveda de agosto Igual, esta fruta que amarilleó en la guantera, ese mapa que se hizo limadura en el jardín del recuerdo...
La espera La casa donde escribo es tan vieja como este poema y en sus alrededores los años tardan en cruzar el jardín ¿cuántos granos de arena? ¿cuánta agua del río? Mas entra, el día menos pensado, una mujer Y se sienta en el borde haciendo la cama olorosa al velador que hace años nadie rondó ¿Cuáles versos escribe y tacha, escribe y tacha? Ella es sutil en su presencia, casi una figura vaciada de sentido, pero sabe muy dentro de sí misma lo intuido en los árboles por la época de su amor ¿Cuánta tinta ha hecho oscuro su reloj de sangre para que ella presienta otros pasos en las hojas? La casa está tranquila, ella se inclina para ver cómo la casa está tranquila y sola
El Carmen Crecen las tumbas al nomás recordar el jardín de las viejas puestas de sol, el olor de unos cedros en aquel cielo de agua donde juego y dolor son lo mismo. Hay un ritmo de circo, de senos en el césped tostado que de pronto está húmedo. El licor que mi padre bebía en la tarde de los maestros sabe a tiza y a viento salobre, el hule produce unos chillidos espantosos y todo eso es la infancia. Huele a himno y a hierba que pisotearon los caballos, a agua empozada en el jarrón de las flores artificiales. Huele a la tarde última del abuelo y al significado de su palabra perdida en un espejo. Crecen las tumbas en un aura de agua de colonia. Las cartas se hacen ilegibles en las verjas del abandonado cementerio El Carmen como ecos sin voces, y esos líquidos pútridos dan sentido de vida a un silencio roto a veces por el lánguido suspiro de una efigie. Esas lápidas parecen páginas desencajadas en el vacío mientras vuelves tu rostro hacia el camino con el cigarro aún humeante en estos labios que nunca pudieron decir las palabras ya sin memoria, sin destellos...
Barinas Caen los puñales de la tarde en cama de reverberaciones, vena que resuella fuera del cuerpo. Las casas antiguas rechinan y donde nací ahora es otro lugar donde sigo naciendo; el vapor se prolonga y cerca el río tiende la circulación de un áspero deseo. Revisito las calles, la impronta del calor, los balcones que ya no existen por donde me asomo con cautela a ver quiénes disparan a un ido ya; reconozco espejismos, no la historia -verdad siempre irreconocible- la crónica de esquina: sangre allá en la acequia, máscaras de las fiestas de locos, no los yelmos abotargados del linaje. No ver en el espejo sino lo que el muermo se llevó hace siglos impide al menos que mueran todos los caballos o que apesten el campo si la vida los deja. Los abuelos fueron al otro mundo en esas bestias. Las casas siguen paradas bajo el asombro de quien no cree en milagros. Las tejas y el cinc son páginas cuyo brillo me ofusca, cuyo resplandor me pone la piel de gallina, las mismas casas y la misma historia -o el invento de los títulos nobiliarios aquí y allá, oropeles para cubrir heridas del alma. Y el río que un día cobrará las ofensas. Rifles, humo, el tiempo congelado en un film, las siemprevivas en las tumbas o en la orilla del caño de Las Ánimas, los otros esculpiendo el reflejo, la campana horadada que tañe y crepita, que tañe y crepita.
Tendido Estoy tendido cuan largo soy en esta página que es a un mismo tiempo sabana, sábana, pañal y mortaja, cuna y ataúd. Estoy tendido en el lecho del río, nupcial, leñoso, vegetal, duro como piedra que canta y rueda. Estoy tendido de lo más sabroso bajo el sol, estoy dormido como un lirón bajo la luna, como un manto en una mesa, como un mapa, como el mar yéndose y viniendo como una sementera, como un piso. Estoy tendido como la arena sobre lo que está debajo de la arena, como el tiempo en el espacio, como el ser en la carne, como el oro en las rocas insignificantes. Estoy tendido como la piel que aún brilla, como el poema que empieza a decir y termina diciendo, como el himno que se repite estoy tendido; estoy tendido en una hamaca, bajo un toldo fresco, en una tienda de campaña; en un oscuro calabozo estoy tendido, entre un reguero de objetos, en la luz, en la oscuridad, en el hastío y en la alegría; estoy tendido y no me rindo, estoy tendido y no me importa, estoy tendido y eso es todo, estoy tendido en la nada como un dios, como un demonio, como algo inofensivo, como el soldado que cree matar o vivir estoy tendido; como un poeta que habla a lo loco estoy tendido, estoy tendido, y me levanto tendido, y sueño tendido tendido, tendido, tendido
Datura Campana, flor de baile, flor de luna, cuerpo, nube, visión a contraluz, fragancia del demonio, de dios, a cien metros estoy bajo tu influjo volando con las brujas, hablando con los sabios; diseño jardines, laberintos, resuelvo los más intrincados problemas, campana de carne rosada, oso ver directo a los ojos punzantes de la reina en los filos de la noche, en los riscos del dolor y del placer; oh la muerte el nacimiento, la rama del leopardo, la gruta de la danza! Las palabras son esponjas y eslabones, flor de luna, de baile, flor de gong; en la selva perfumada de tu sexo resuelvo y desato los nudos y los lazos, hablando con las brujas, volando con los sabios, flor.
A ras de música a Consuelo, in memorian Calígaro en la callejuela de El Arado a través de uno de sus propios poemas siguiendo una carreta de pardas piedras que hablaban entre sí lentas y firmes como quien viene de casa de Rowena sobre la imagen posible sin frío y sin hielo descendía con risa suave de mago el camino que subía en espiral hacia la cúspide el orgullo de una fresa en las manos del ángel que ha renunciado a mostrarse, canturreando con párpados y pestañas las duras palabras ya fuera de la vida, los poemas en un crisol de plata bruñida y viento punzante de recuerdos borrosos, regaños y recitaciones, todo a ritmo puro, a granito esparciéndose. Siguiendo una carreta en la que va al pescante un río vertical, un pino hace de puente entre el hombre que se ha vaciado y una copa de vino. En la callejuela de El Arado, Gelindo Calígaro ya bajaba.
Cambios, dios... En el umbral de un tiempo ignorado permanece la conciencia del viejo. Él recuerda con tanta precisión días lejanos de su infancia, mas no puede saber cómo ni cuándo ha empezado a ser lo que es hoy. Veterano de presbicias y distanciamientos teatrales y extrapuestos, fácil adivina si habrá lluvia: su espalda no puede equivocarse. ¿De dónde habría de venir esta niebla que no es de Londres ni de Calderas, extranjera quizás, mas pura e inocente, de qué país y de qué época? Allá en sus años mozos la niebla era otra cosa, casi reminiscencia de un futuro distinto siempre más atrás en el tiempo hasta llegar al caos primordial y el orden surgía de tres o cuatro libros como casas sembradas colina abajo. Pero hoy la rosa de los vientos se inclina y los viejos se quedan un rato después de la misa para conversar entre ellos sobre los cambios en el clima del planeta, sobre la rosa de los vientos, los puntos cardinales y la niebla, la inocencia, los años mozos, el caos... El reumatismo no puede equivocarse, pero algunos se alejan del grupo, se rezagan y van también otros mayores, mujeres y hombres -incluso algún marica discreto, que otrora era impensable- dicen algo que no se sabrá sino tras cierto tiempo, secretos lo mismo pertenecientes al cambio, o al dios de la misa que se ha alejado con ellos...
PERDIDAS SOMBRAS DE COSAS, LETRAS, VOCES
Personaje/poema a Arnaldo Erazzo El poema no puede abrir el espectáculo ante el asombro general del pueblo. Se detiene en un lugar del auditorio -casi un puentecito de mampostería- donde nadie puede verlo y hasta allá ha llegado con pasos quedos en medio de la piedad y las caricias. El poema no puede aplaudir. Sus manos se ocupan del silencio cuando el telón no ha caído todavía y en tono recitativo el hombre lee hacia arriba, por encima del público, esquivando los tomates podridos de la crítica y las habladurías, y los cañonazos de la guerra larga, y las malas palabras y las alabanzas engañosas, casi un discurso: su monólogo monótono, su escudo, su indiferente soliloquio de borracho...
Simulaciones El poeta es el hijo perdido entre las cosas ( ... ) Mas, olvidándose de sí se sumergía cada vez más en su origen. MARÍA ZAMBRANO Las cosas no parecen lo que son. Las ventanas son escudos de las casas. Las mesas son animales fijos en un punto. No son lo que parecen. Entre la luz oscurecen, se marchan. El poeta suele entenebrecerlas aún más, las desea por ello, las hace aire, abre figuras e imágenes para cada una: muros carreteras plantaciones alambradas La poesía derriba cuanto sigue allí ¿dónde? Levanta otros setos invisibles ¿para quién? Y aunque el poeta esté donde siempre, todas las cosas le parecen lo que no son
Letras perdidas Perdidas de todo posible contexto, algunas letras se me acercan como seres, cosas reales, urdimbres de hablas insólitas para aludir al sinsentido. La ele sube el piso de mi cuarto hasta al cielo. La be es una persona desnuda en un estanque mientras la zeta raya en el horizonte de papel. Juego con las vocales de Rimbaud aunque la i se asemeje a un ideograma oscuro, las demás letras vuelen estrábicas o ciegas se mezclen, formen palabras que designan objetos de otro mundo y se encaprichen con la poesía más hermética aun contra la voluntad de los autores. De niño era lo mismo. Recuerdo cuando las letras eran simples incógnitas del juego como en este momento. Vuelvo a jugar a través de un cristal donde las letras corresponden a animales -más allá de una sopa de letras allende el crucigrama del aburrimiento- de una mitología fantástica u onírica a diario, en los libros, en la calle. Y encuentro así una letra de barbero, una caligrafía filosa, una letra de muerto, Palmer, una taquigrafía ininteligible que me habla con voz de médico enloquecido, de farmaceuta envenenador ... algunas letras perdidas del poeta perdido...
Propiedades Las palabras más claras dichas en la oscuridad: las palabras oscuras dichas a pleno sol: la palabra indecible rompe el silencio: instaura el espacio sagrado del poema, la palabra del poeta con sus signos ganados a un orden que es el cosmos: palabra de hombre que ha burlado el aturdimiento saliendo del encierro, de los taxis, palabra que reintegró los ocios a la consagración del crecimiento, palabra del poeta perdido, palabra de nombrar la vez primera los sucesos de un libro en pellejo de ternero, de ver crecer el pico de un colibrí en la luz de las últimas ceremonias, de la danza, del espacio, del aire visto al fin.
POETA PERDIDO
Lluvia Llueve y se encharca el silencio asomado a la ventana, llueve y el rumor (la otra sintaxis, la otra concepción) dice palabras compactas como cosas piedras paja barrida al son de un frío terco, llueve en la ceniza volátil de los muertos, en la existencia oscura del gusano llueve agua densa, a raudales, y ella está en otro lugar, subsumida en la soledad de las distancias, llueve y en la tierra el amor es más congoja que placer, llueve en el tiempo del cordero, en la bruta lealtad de los caballos llueve y llueve sobre la palabra vaciada no sobre la dicha, llueve adentro y afuera, y el túnel negro de las hormigas es río subterráneo, llueve otra vez y la misma vez la misma agua, el silencio es él mismo la soledad y ella, allá, igual llueve en otra parte que es aquí o nunca
La carretera a William Osuna En el idioma de la carretera sólo puede irse como de la respuesta a la interrogante. ¿Cómo creer que todo el viento ha pasado? El camino cruza la ciudad sin darse cuenta. -"Te amo, te amo", gritó el orate. Y vuelta a la cinta rodeada de verdor. El viento sigue, el recorrido se detiene, pero un poco de viento queda dentro del carro. Mujer con un vestido corto, negro, transparente. Pero la niña niega. En este pajonal se construirá un edificio: poema y carretera como un vagabundo o un anarquista desnudo en la iglesia... Las rayas del macadam, pero ni centro ni principio ni final, nada que no sea curva, elipsis, sierpe, ubicuidad multitud de solitarios destinos; atrás de aquel bosquecillo, de aquel cambural, habitan los espantos de una infancia nómada, clandestina, renaciente en no menos variadas angustias... ¿Cómo decir que todo se ancla que algo del remoto pasado está vivo aquí en el guardafango de la mente? Seguimos tú y yo como las sombras, unidos en el viento, el paso intermitente, demorado, de los otros automóviles, sus focos que, inservibles -¿Puedes parar siquiera un momento? repuntan, como la niña ciega. Los andenes, las cunetas, los paradores u oasis, los puentes reanudan, interrumpen los cristales, los limpiaparabrisas... Y con los años, sepultando gasolineras fantasmas en las líneas de la selva, en el sitio exacto, otra carretera hacia el mismo final o principio que percibo en la brisa... -¡Eh! -lo grito, pero el olor es suave y penetrante -¿Dónde estamos? -Despiertas en el asiento de atrás una sola vez para siempre en esta vida.
EL RÍO a Pedro, Manuela, Mariana y Sebastián El río al que se le canta no es el verdadero, sino este recostado al barranco. Pero aun a ese lo celebro como a un dios nacido de los sueños y del aire. Ya no lo canto, es él quien canta y encanta, cercano, fugitivo, para dejarme florecer un instante, no menos mudable y pasajero. Este río que pasa, este río que paso... En mi fondo se han ido las piedras y quedaron sólo sombras corpóreas de mis cantos rodados. Brusca huida me entona, silba en mis adentros, brota en mis orillas. Río tantas veces cantado y nunca más horadando silencios, amarguras. Aguas a las que la palabra no aprisiona algún pintor puede pintar, alguna red podría hender. Río hecho poema, sigue, sigo. Condenado a bajar la escritura enaltece su voz inútilmente. Se rebasa, rebosa sin reposo. La balsa, en él, baja hacia arriba, se hunde en el reflejo que ha pasado. ¿Quién asoma desde lo profundo hacia la realidad de una cubierta? La balsa baja. La mirada fija. La balsa baja la mirada fija. La balsa baja la mirada en el pasado donde el espejo no refleja nada. Donde el espejo no refleja, nada. Porque el río es todo lo que nada. Porque la nada es todo lo que río. Río. Río en el río. Llanto en el río. Canto en el río, en el encanto. Recostado en el barranco me hago verdadero. Río. Mago verdadero. Como un dios nacido de otros sueños, río en el tiempo de la balsa. Allá abajo, arriba. Arribajo. En la riba no canta, pero en canta baila como el aire en lo visible. Florecer un instante el río de palabras invisible que moja, que recorre, que descansa siguiendo, huye, para, sube, baja, suja, befa, abejagua, zumba, ríe todo lo que ha llorado sin llegar, sin terminar! Río porque río porquería, limpio en el mundo, en el aire, impío en la corriente como un tiempo donde la voz es a la vez el don de río, donde nadie se mete en el espejo. Donde nadie se mete. En el espejo. Donde nadie. El río va hacia otro río en sí. Don de nadie. Dónde este río. Don. Río dónde cuándo, cómo, río qué. Hasta el próximo curso abre un abismo evaporado. Va por el hado, va por el destino, vapor el destino, vapor el no, va por él, no sin ti, no. El río va por dentro de sí mismo igual que va por fuera, ¡ay si fuera por igual destino! ¡ay si fuera dentro del afuera! El río era. Era y será. Y es. Y ha sido. Qué más le da si es lo que no es y si no es lo que es. ¿Y adónde ha de llegar si va por el no curso del ser y del no ser? Aquí, a tu corazón.


 

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