Juan José Téllez Rubio

Codicilo


 

Raoul Dufy: Regata en Cowes

 





ANTIGUO TESTAMENTO

Si acaso el vaticinio se cumpliese
y sobreviniera al cabo al fin del día,
cuando el arcano del tarot lleve mi nombre,
decidle a los océanos que quise
su afición de aventura, no de muerte.

No entierren en sagrado mi memoria,
déjenla arder como alma en pena,
bríndenme un adiós en las tabernas,
detengan a la dama que me llore,
por el crimen del amor, verdugo mío.

Que no vengan los fantasmas a buscarme,
salvo los del bosque herido en llamas,
la ciudadela perdida o el mar muerto,
el continente que se hundió en la noche,
el oscuro idioma que ya nadie dice.

No pongan banderas, ningún himno suene:
yo fui un meteorito, un reflejo en el agua,
un beso robado, un país de silencios,
un hombre sin sombra, una hoja de otoño,
el sueño que amanece, y no es poco.


JURAMENTO Me vais a soñar, puedo jurarlo, escuadrones del miedo, venas abiertas, altos rascacielos con vistas hacia el dólar y almas oscuras de arenas movedizas. Me vais a soñar como venganza, como si ardieran los palacios del pasado o los templos no dieran más refugio ni el abrazo protegiese a la ternura. Me vais a soñar y en vuestros ojos, sólo habrá tristeza y maleficio, un raro territorio sin cosechas, el viaje que no lleva a parte alguna. Me vais a soñar, merodeadores, bucaneros que saquean el viejo muelle, papeles sin palabras, tarde en penumbras, desamor que nos despoja de utopía.
REGRESO A VENECIA En otro tiempo, entonaba poemas ambiciosos como esta ambigua ciudad de lujo y decadencia, palabras de mármol, emociones barrocas, oscuras catedrales de miedo y de silencio, alzadas sobre un sitio sin apenas tierra firme. A aquel paisaje vuelvo y releo algunas frases que escribí bajo el signo de la pasión eterna, embarcaderos vacíos, desolados palacios, y los rostros que veo no llevan ya mi sombra. Por la Serenísima el tiempo se desploma como un peso muerto con sabor a fracaso. Miro pasar las góndolas y las páginas de un libro donde no hay escrito nada que merezca la pena. ¿Qué fue de la República que cautivase al mar y de un joven poeta que buscaba ser sabio?
NON PLUS ULTRA Bienaventurados los templos y los patios de aspidistras, la palabra desnuda que extremece a la muerte. ¿Qué, salvo silencio, seríamos, salvo noche, Sin las sinfonías o los lienzos al óleo, sin las cartas marinas y las largas cometas? Aullaríamos de miedo en la selva de las horas, sin esa vaga memoria de ideas y de dioses. Perdidos, sin misterio, tenebrosos mezquinos, sin no surcaran sus piernas la luz de los crepúsculos, el curso de los ríos, las nieves perpetuas y la niebla que envuelve al corazón solitario. Bienaventurados los puentes y los carros de fuego, la sombra de la duda, la certeza del fin. Más allá el abismo. Más acá, los monstruos.
ESA TORMENTA EXTRAÑA ¿Qué buscarás mañana junto al galeón del puerto, las telas y el ámbar, los libros de las luces o el cofre con monedas cuya letra oculta el verdadero nombre de sus ensayadores? ¿O pedirás acaso el relato que narran al relente, de noche, en el castillo de proa, fábula de tritones, cantos de sirenas o la voz arponera que avisa entre el velamen que las ballenas blancas solamente surtan cierto mar proceloso mal llamado imposible? Bajaré a los muelles para ver como vuelves con las manos vacías de un mundo sin misterio: ya no más las hazañas de aquel pirata incendiario o las tabernas escritas entre los labios mestizos, ni el humo del vapor sonando en la bocana como la exacta promesa de una larga aventura que jamás nadie se atreviese a romper. Ahora, apenas veo pesqueros en desguace y las altas cubiertas de los buques que llevan largos contenedores de metal azulado en donde ya nadie recuerda nuestro miedo a que un día barajasen malas cartas marinas y aquella mercancía de los viejos bajeles sólo fuera espejismo, un antiguo naufragio, la bruma en la escollera, esa tormenta extraña.
PARTE DE GUERRA Cuando vuelvas del miedo, tráeme los nombres de aquellos recuerdos que no nos conciernen, la calle en tinieblas donde nunca hubo pasos sonando en silencio por la madrugada. Cuando el país del regreso ya figure en tu ruta, devuélveme las islas en donde nunca buscamos un tesoro sin mapa, esas raras fronteras asoladas por las huestes de la melancolía. Cuando bajes acaso del vapor de los siglos y no venga nadie al puerto a saludar tu viaje, pregunta por los años en que un tipo avistaba en el muelle, cada tarde, la línea de la sombra. Cuando acudas, entonces, susurrando canciones, películas antiguas, las huellas de otro tiempo, sólo verás la muerte y una casa sola, pero ni en tus propias palabras hallarás abrigo. Cuando el destino te alcance con su zarpa de acero y todas las ruletas apunten a las sienes, dime el rumbo de una ciudad que no sea mentira y una sola pasión sin daños colaterales.
LOS PEORES PRESAGIOS Llegarán los Hermanos de la Costa a despojar los restos de los sueños. Mis heridas no morderán la bala ni habrá un solo recuerdo que sea tuyo. Volarán las palomas de las malas noticias sobre el mapa que lleve nuestro norte. Llamará la angustia de las altas horas en ese tiempo muerto cuando nunca doblen a gloria las campanas amantes. Nos leerá las cartas del destino cualquiera que no sepa su alfabeto. Seremos dos países mutuamente remotos, impenetrables rostros, imposibles cimas, islas sin tesoro, pecios en la escollera.
PAISAJE DESDE UN BOEING Desde el aire, cuesta distinguir los flamboyanes, las dulces damiselas de apellido antiguo que pasean del brazo de imposibles mucamas. A veces, sobresalen rascacielos, recuerdos, una nación de brumas rompiendo el horizonte. El avión demuestra que la tierra es plana como los sabios marinos que imaginaron a Ulises. Océanos, pesadillas, ríos ardiendo, a babor de ese vuelo que el viajero comparte como si la vida propia no fuese suya, ni el tiempo le contara, ni la muerte le buscase. Hay un fantasma que mira por la ventanilla de un lugar que no existe salvo en los sonares, la leve patria de las aeromozas, el corazón desnudo de las aves peregrinas. No es nada, entonces, su porte y sus tarjetas de crédito son nada. Quien le espera, sabe que aguarda para siempre. Quien movió los pañuelos para despedir su rastro, tal vez se arrepienta muy pronto de ese gesto, y a más de miles de pies o de millas, en mitad de un barrunto, el ojo de la tormenta, hay alguien que sabe que el limbo debe ser como ese rincón de fronteras azules: el aire, solo, el aire donde cuesta, sin duda, distinguir los flamboyanes.
BEIRUT, BEIRUT Paseé por la ciudad donde hubo una guerra, solitaria y a oscuras, oliendo a demonios. La gente asesinaba ahora sus recuerdos y mentía que nunca jamás pasó nada. Las parejas, de nuevo, en los escaparates, buscaban un bosque sin cuchillos largos. Las tardes olieron otra vez al silencio cómplice y desnudo como un amor dormido. Los viejos profesores, en fin, las carteleras, campanas y almuédanos, la noria invulnerable, las bocinas del auto, el café apacible, los raros edificios malheridos a balas, vendedores ambulantes por donde la cornisa del mar destierra al día y a la noche, volvieron. Frente al peñón de las palomas, una mujer serena descorre un paño negro sobre su peor pregunta: ¿para cuándo, para cuándo otra vez el ruido del pánico, los gritos y la furia, la invencible borrasca?
BAJO EL VOLCÁN Yo ya he visto antes, yo ya he visto antes el lujo como un puñal que degüella a los discursos, ateridas naciones con la limosna en la boca, sombras vengativas que saltan de la sangre y ocupan cajafuertes o galopan centauros y sueñan, aunque en vano, con un altar distinto donde el fuego nos limpie cuando el hombre sea hombre y la tierra se incendie. Yo ya he visto antes, yo ya he visto antes esta lava antigua que devora a los templos y que borra del mapa palacios de oficiales de un remoto rey, las ventanillas del banco a mano armada, ese raro acento que busca todavía a quien cambiarle unas cuentas de vidrio, unos collares, por la ruta que lleve al país de la canela. Yo ya he visto antes, yo ya he visto antes el cuerpo menudo de alguien que no es rubio, cruzando por la calle mayor de la miseria y una mano agreste que empuña una navaja o esgrime como un látigo el papel del alarido. Yo ya he visto antes, yo ya he visto antes los supremos tacones del deseo repicando el tambor de la avenida, las canciones que buscan el bolsillo turista y un cierto mundo aparte donde a la medianoche algún borracho avise con voz vieja: no vale para nada, no vale para nada orarle a los dioses desde las altas colinas, creer que más pronto que tarde volverá el aire libre a ventear las alamedas. No vale para nada, no vale para nada el sueño de que el cielo sea justo y distinto, la breve fumarola que delata lo poco que perdura lo eterno, el gesto de quien ladra suplicando un milagro, la feliz elegancia de las damiselas que pasean su orgullo felino por el porche. No vale para nada, no vale para nada: el volcán sigue escupiendo andrajos y preguntas, vacilaciones terribles en mitad de la ceniza, autos deportivos que llevan al infierno, pesadillas de infancia por tabernas sucias, por los bancales de miedo y de la mala muerte. No vale para nada, no vale para nada.

 

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