Javier Viña

Cuentos

 

Stanton McDonald-Wright: Avión. Sincromía en amarillo-naranja

 


JARA GÓMEZ


 

Los Llanos de Aridane. 11.45 a.m.

Jara Gómez ultimaba los preparativos de su viaje en la cada vez más vacía habitación de la avenida Doctor Fleming. Hacía ya tres años que había abandonado el hogar paterno para lanzarse a la aventura universitaria en la Facultad de Historia de La Laguna. Y allí debería volver ahora, tras pasar un verano contradictorio, ya que la felicidad del reencuentro con su familia y con sus amigos del instituto, se contrarrestaba con las enormes ansias de regresar junto a su novio, residente en el municipio de La Orotava. Pero este final de verano iba a ser diferente a todos los demás. Esta vez no iría directamente a Tenerife, sino que la esperaba el desierto. Su personalidad, altamente altruista y con un fuerte grado de implicación política, le había llevado, en un mundo cada vez más escaso de revoluciones o valores reales por los que luchar, a enrolarse en la ONG Sodepaz, por lo que pasaría una semana en uno de los campos de refugiados saharauis de Tinduf, en Argelia.

El sudor agriaba su humor cuando por fin colocó la última camiseta en la maleta. La calima que había aparecido el día anterior parecía recrudecerse por momentos, y según habían informado en la televisión, esa tarde podría llegar a condiciones históricas, ya que una Baja Presión anormalmente potente situada sobre el Sáhara estaba dando lugar a unas terribles tormentas de arena. Tragó saliva, imaginando las interminables llanuras africanas en las que tendría que pasar la siguiente semana, envuelta entre esas nubes pardas, que según le habían contado secaban la garganta hasta el punto de que creías respirar los aires del infierno. Nunca había sido muy devota, pero esta vez estuvo a punto de rogarle a Dios que fuera clemente con el tiempo.

 

La Orotava. 1.10 p.m.

David Acosta salió al balcón a la vez que miraba con desconfianza en derredor. Jamás había visto tanta calima. Recordó las palabras de aquella guapa mujer del tiempo anunciando que la situación empeoraría, y deseó que al menos aguantara así durante unas dos horas más, tiempo suficiente para que Jara pudiera volar desde La Palma y tener la posibilidad, aunque tan solo fuera durante media hora, de volver a sentir como sus labios dibujan la silueta de su boca. Todavía le sobraba tiempo hasta que el despertador de su cómoda vibrara en el minuto exacto en el que saldría en busca de tan ansiado reencuentro, así que se acomodó en un sillón justo delante del ventilador. Envuelto por el refrescante aire del aparato eléctrico, recordó el primer día que la vio, sentada en una de las esquinas del aula, con su aire de mujer de mundo, de elegancia contenida, como si le pareciese una frivolidad gastar dinero en prendas o joyas caras, cuando podía alcanzar algo similar tan sólo con un gesto o una palabra. Siempre le había dicho que sólo le faltaba huir hasta las puertas mismas del desierto para parecerse a Ingrid Bergman, pero ahora…

 

Los Llanos de Aridane. 1.15 p.m.

La muchacha salió a la calle junto a sus padres, con la pesada maleta ocupándole las dos manos. La calle solía ser una avenida hermosa, verde, surcada de frondosos laureles y con una gran cantidad de gente que avanzaba de comercio en comercio con aire de atareada jovialidad, como tan sólo podría encontrarse en este pueblo. Pero hoy todo era distinto. La arena derrotaba a la luz solar, que a duras penas se escurría hasta el suelo, y respirar se tornaba casi un acto de valentía. A punto estuvo de dar marcha atrás y cobijarse en su casa, pero la ilusión de volver a ver David fue como si un camino transparente se abriese a través de las partículas de polvo hasta el lugar donde descansaba el viejo Ford Fiesta de su padre.

Durante el trayecto hasta el Aeropuerto fue tensa, absorta en el cielo, como si buscara un recoveco entre la infernal niebla por donde pudiera colarse su avión. Cerca de alcanzar el municipio de Mazo, el vibrador de su móvil requirió su atención. Era su novio, que como siempre pareciese comunicarse con sus pensamientos de manera telepática, adelantándole que los monitores de Los Rodeos mostraban su vuelo sin retraso alguno. Al llegar a la terminal confirmó las noticias de su compañero.

 

Aeropuerto de Los Rodeos. 6.45 p.m.

Su vuelo hacía El Aaiún parecía retrasarse media hora más, y ya habían transcurrido casi tres desde el momento de su teórica salida. La calima no cesaba en su empuje, cada vez más impenetrable, lo que obligaba a los vuelos a espaciar en exceso sus salidas. El guía de la expedición había informado de que, en caso de retrasarse en demasía, deberían pasar la noche en la capital saharaui en vez de trasladarse directamente hasta el desierto argelino. David esperaba con ansia que esa situación se produjese, para valerse de una excusa lógica con la que retener a su novia en la noche canaria. Jara en cambio miraba el reloj con nerviosismo, mientras tecleaba un mensaje para informar a sus padres de que llegaría con retraso a la costa africana.

Una hora después, David abrazó con fuerza a la persona que amaba. Por la megafonía se situaba la hora de embarque tan solo veinte minutos después. Siempre le sorprendería su empuje, su fuerza, su racional conducción de la energía revolucionara juvenil, casi siempre acostumbrada a circular por cauces de excesivas pretensiones. Nunca le gustó mirar al futuro, pero esta vez creía verlo siempre que acariciaba las facciones de Jara. El aire acondicionado del aeropuerto disminuía en parte el terrible calor del exterior, pero cuando sus dedos delimitaban la comisura de su escote, ínfimas partículas de sudor se adherían a su mano como un recordatorio de noches infinitamente mejores que aquella.

-Mi amor… estuve pensando, ¿por qué no viajas mañana hasta África? Llevó la tarde calculándolo, con el primer vuelo estarías a tiempo de alcanzar a tus compañeros antes de que salgan hacia Tinduf.

-¡David!, eso no puedo hacerlo… ¡Ojalá!

-Por favor, habla con el guía…

 

Los Llanos de Aridane. 9.30 p.m.

Doña Eva planchaba con la radio encendida, como todos los días que su hija abandonaba la casa con destino a Tenerife. Su marido solía aprovechar esa hora para leer alguna novela, y ella no soportaba el silencio bajo el que sucumbía la alegría del piso cuando la vivaracha Jara dejaba de entretenerla con sus interminables conversaciones. No le había sorprendido el mensaje de su primogénita, por la horrible calima que se colaba por cualquier resquicio abierto al mundo, y que apenas le permitía realizar algún esfuerzo, llegó a tener la seguridad de que esa noche no saldría ningún avión de las islas. Un estruendo llegado desde el transistor, el cual anunciaba una noticia de última hora, la sobresaltó y acaparó por completo su atención.

Una voz quejumbrosa anunciaba el accidente de un avión de la compañía Binter. Una milésima después la plancha cayó de las arrugadas manos de la señora, y un grito de desesperación azuzó el aire viciado. Su marido corrió al instante, intrigado por la reacción de su mujer. La voz se excusó por carecer de más detalles, pero prometió una rápida información. Eva no se atrevió a levantar la vista de la radio, como si apartarla solamente un segundo, un simple pestañeo, la alejara irremediablemente de su hija. El padre la intentó consolar, aunque su voz temblaba de impaciencia. A los pocos minutos la voz metálica volvió a resonar en la habitación: “Se trata del avión 842 de la compañía Binter, el cual realizaba el trayecto desde Los Rodeos al aeropuerto del Aaiún. Parece ser que en el momento de tomar tierra en la pista sahariana, sufrió un embiste repentino de una acumulación arenosa que produjo el contacto del ala derecha del aparato con el suelo, dando lugar a un golpe frontal de la cabina contra el asfalto. Según las primeras estimaciones, se ignora la posibilidad de encontrar algún superviviente”.

Ninguno de los dos gritó, el dolor se almacenó instantáneamente en la cuenca de sus ojos, pero incluso las lágrimas necesitaban más energía para brotar. Sus ojos se cruzaron en la dirección del móvil. El pequeño aparato significaba el único halo de esperanza, la última luz que podría alumbrar su vejez. Lentamente, como si cada paso fuese el último de su existencia, Eva llegó hasta la línea donde era innecesario caminar más. Miró a su marido, pero no se atrevió a fijar sus pupilas en la foto de Jara que aparecía radiante tras él. Este le instó a que llamara con un ligero movimiento de la barbilla, mucho más una súplica que una orden.

La señora marcó el número… Un tono. Dos. Tres… cuatro… cinco…

-¡Holaaaaaaaaaaaaaa, Mamá! ¿Ocurre algo?

 


MUÑECAS DE TIERRA Y MANGO


 

1

Cuando el deslumbrante convertible rojo de María Calvo Nodarse salía a nadar por La Habana, desarraigaba a su estela los ojos fieros del malecón. Trasnochaban algunos de los últimos años de la década de los veinte, o quizás no habían llegado aún, poco importaba la fecha durante aquellos años nocturnos. Por aquel entonces, acariciaba el único volante con perfume de mujer de entre todos los de la gran isla. Era la reina del danzón y el son de la madrugada, el postre de anón e hirviente selva de la voluptuosa Cuba de principios de siglo. Tenía difuminado en su rostro veteado de herencia y mestizaje una infancia campesina, a los pies del gran sol del Caribe, bajo la sombra somnolienta de los cañaverales. En sus caderas gemía el trópico, de sus ojos de magma helado se desprendían exhaustos amaneceres a medio vestir. Para la memoria reservaba su pueblo de palmeras, el abrazo del muchacho descalzo que le raptó su muñeca de sangre solitaria, que se encaprichó por primera vez del sudor de su nombre. Pero en la lejana ciudad, en la temblorosa capital viciada, ya no le quedaba corazón.

Para María, las inmensas plantaciones de caña de azúcar pronto quedaron huérfanas de razón ante el infinito horizonte de sus pupilas, por lo que apenas extasiada con su primer licor de luna salvaje, escapó de la prisión genealógica sin más pertrechos que sus tremendos dieciocho años. Llegó a La Habana en la primavera de 1910, con los pies oscuros de polvo, nada más que unos pesos en los bolsillos y el escote humillado ante la descomunal humanidad de la gran urbe. Cruzó con los ojos empañados calles y más calles, dejó marcada su huella de añoranza en los barrios con automóviles en las cocheras y sirvientas en los portales, compró fruta en el mercado y durmió en una habitación compartida, allá a lo lejos, donde las casas son grises y los empleos aún más. Luego llegó el trabajo, duro e intermitente como las secuelas de un terremoto. Algunas mañanas conseguía un oficio tranquilo, como ama de llaves en alguna casa espaciosa y fresca, pero la mayoría de las veces malbarataba su talle de ánfora transparente en las casuchas que vendían cebollas y carne de puerco.

En una de esas mañanas poderosas del Caribe, cuando el hombre bosteza bajo el sol, María buscaba entre la gente su pan. Eran casi las diez, pero aún no encontraba quien le ofreciera unas pobres migajas de níquel. Se palpó las ojeras del color de la duda, mientras su imaginación se revolcaba en la masa empalagosa de la caña molida. Casi a punto de volver a oír la voz de su padre, llamándola de nuevo a su regazo, sacándola de aquel tugurio que la empequeñecía y la hastiaba, notó como una mano femenina le asía con suavidad el antebrazo. Dio un suave respingo, pero no tardó en alzar el pecho y enfrentarse a la desconocida.

-Tranquila corazón, quiero ser tu amiga- aseveró con voz firme una mujer de unos cuarenta años, maquillada con un tanto de ostentosidad, pero sin perder por ello la elegancia.

-Mi nombre es Rosa, ¿puedo saber el tuyo? -dijo al tiempo que seguía acariciando a la joven.

-María. ¿Qué quiere de mí?

-Primero, me gustaría saber, ¿qué hace una mujer tan linda como tú deambulando sola entre estas sucias calles?

-Busco trabajo, señora. Si usted no puede proporcionármelo, mejor que no me haga perder más tiempo.

-Creo que podría servirte de mucha ayuda. Vamos niña, acompáñame.

 

2

Tocaban las campanas, llegaba desde la calle la algarabía, el rumor constante de panal de la muchedumbre felicitándose. Desaparecía el ron en las gargantas como los años tras el maquillaje. Sentados, los viejos fumaban sus cigarros extasiados con el calendario. Se erguía la madrugada del 31 de diciembre, el primer llanto de los años veinte. Era una noche feliz.

-Aún más para mí, señora Rosa.

-Te lo había prometido, mijita -dijo con ternura la espectacular matrona, al tiempo que depositaba un suave beso en los labios de María.

-Tengo una mansión a mi nombre, un automóvil descapotable. ¡Yo! ¿Puede usted creérselo?

-¡Por supuesto que sí! ¡Con tu cuerpo todo es posible! -exclamó riendo Rosa, como siempre lo hacía ante la inocencia que a veces mostraba la joven. Pero vamos, date prisa, necesitamos otra corbata enamorada.

La niña de veintiséis años, el cuerpo de mujer volcánica. La mente que se derretía por una joya, por los ojos despectivos de las señoras de bien cuando la veían en su convertible rojo, porque “manejar es cosa de hombres”. Pero también la lengua que se codeaba en su jerga con la alcurnia y la farándula de empresarios, políticos y artistas de la ciudad. Los ojos cándidos, de pueblo ancestral. Los ojos violentos de pasión fingida, de amor incondicional y efímero, de risa y luego llanto. Las manos…

Sus manos eran esperanza, preámbulo de sábanas húmedas de lucha primitiva. Eran aquel verso de Neruda, rocío en la noche masculina. Eran rugidos de mango, laberinto de los cuerpos, simiente de tango urbano. Eran frágil estruendo de mujer, dedos de hoja de palma, caricias de hierba y espuma.

María Calvo Nodarse, recién estrenada su nueva condición de soltera, atravesó la fiesta mientras gestos absortos derribaban sin proponérselo los vasos de las mesas. Fue a sentarse donde más le convenía, en el espacio de los ricos entre los ricos. Ella se lo tomaba como un juego, como la gran posibilidad para una muchacha pobre de codearse con la riqueza. La madrugada fue larga, más que de costumbre. Pero cuando el aire salado de la mañana le congestionó el rostro, de su brazo iba colgado su futuro vestido de frac. Su nombre era Salvador Romero.

El hombre, en su obesa desnudez, parecía una ballena atravesada por un solitario arpón. Temblaba como un niño cuando sus manos acariciaban los senos de María, al verlos temblar como dos duraznos naranjas mecidos por la brisa estival. El vestido le colgaba de la cintura, pero la muchacha demoró la rendición final de su cuerpo. Cuando toda aquella juventud explotó al cabo en su dibujo final, Salvador no pudo ser dueño de su ímpetu. Aquella figura limpia de murallas olvidaba la fragilidad de su apariencia, la suavidad de azalea de su piel. Se convertía entonces en piedra tallada, en selvática humedad, en huracán de saliva y fiera herida. En pasión desaforada y lenta, insaciable, meticulosa, agradecida, pero sobre todo, inolvidable. Casi un año entero, con todos sus resacados meses, tardó en despertar de su sueño Salvador. Pero para cuando lo hizo, obligado y con el alma moribunda, supo que además de una esposa había perdido su casa y gran parte de su dinero. Pero eso sí, ganó una memoria que nunca le cobró.

 

3

Se derramaba arrodillado, entre sombras, el otoño de 1953. Se cumplía algo más de un año desde el golpe de Estado del general Fulgencio Batista, y ya nada fue lo que era. Lejos quedaban aquellas dos décadas inmensas en todo, contagiadas de arte y pasión, encharcadas de ese dinerito borracho que nunca cerraba las piernas. Época de mafiosos sí, pero también de luces, de música y verbena, de una libertad tan blanca y seductora como nunca más la habría en Cuba. Unos años para morir ahogado entre besos de ron, siendo cómplice del dispendio y la lujuria, de la amistad exacerbada por la luz de la noche. “Pero eso no es más que memoria”, maldijo entre dientes María Calvo Nodarse, mientras cerraba la venta de la mansión de su difunto tercer marido.

Cuando los pesos que obtuvo se acabaran, volvería a ser otra vez aquella niña desarropada y sin aliento, que cuarenta años antes miraba con ojos de cachorro los enormes barrios de La Habana. Sólo que sin aquel escote incipiente, que aunque manchado de tierra y miedo, desafiaba con orgullo al futuro. Su último acompañante había sido un buen hombre, con el que se había casado casi por amor. Un caballero entregado a la revolución de aquel bravo comandante Castro, al que veía como el único posible salvador frente a la corrupción en la que se revolcaba su islita. Los últimos años de su vida, hasta que un mal infarto se lo llevó, los dedicó a enviar gran parte de su fortuna al ejército que se hacía llamar Movimiento 26 de Julio. Y por una vez, la muchacha de las recompensas, del dinero manchado de seda, abrió sus labios tan solo para alentar a su compañero, cautivada por aquellos jóvenes valerosos que desde la sierra ungían de fuego discursos de libertad.

Vestida con el último lienzo de su armario trasquilado, María visitó uno por uno los hogares de sus antiguos amigos. Pero ya no encontraba sábanas nuevas esperándola, ni la hipérbole de halagos que tanto la hastiaron en otro tiempo. Por contra, se topaba con ojos en blanco y negro, ausentes, que en su mayoría no reconocían, o fingían no hacerlo, el rostro que desearon antaño dentro de aquellas arrugas sombrías. Y quien quería ayudarla, no tenía con qué. “Lo siento querida, Cuba ya no es la que era”.

De repente, tomó conciencia de que su vida era un perfume al que se le secaban las últimas gotas. Y no tuvo otro remedio que llorar, con los ojos tristes arañando la sombra inerte del Malecón. Después siguió el reguero de estiércol que cubría su esperanza, hasta los mismos barrios en los que durmió sus primeras noches habaneras. Allí, con el último estertor de su riqueza, adquirió una chabola cualquiera. Luego compró flores camino del cementerio, para depositarlas por última vez en la tumba de Rosa. Pero guardó una para ella, un oscuro tulipán, al que dejó marchitar sobre la ventana podrida de su último hogar.

 

EPÍLOGO

María Calvo Nodarse siempre fue valiente, incluso con ochenta años. Sentada en la sombría habitación de su casucha, con la piel zurcida con arrugas de otros tiempos, y el cuerpo escuálido de la pobreza, sólo lamentaba una cosa. No haber inundado cualquier avión de muñecas, de miles de muñecas hermosas, para ver descargar su vuelo de felicidad sobre todas las niñas de Cuba. Siempre había sido su gran sueño, pero cuando pudo cumplirlo nunca encontró la oportunidad. Ahora no era más que una pobre vieja, de la que nadie conocía el nombre. No recordaba las manos de sus padres, ni los ojos de sus amantes. Todas las noches lloraba, como una adolescente despechada, por el recuerdo de aquel hombrito que la desnudó hacía ya tantos años, entre los pliegues del cañaveral. Quiso ser princesa, pero su reino de alcobas ígneas, de amor rojo y tormentoso, es de los que borra el tiempo.

Sin embargo, cercana ya su muerte, alguien le regaló un gramófono desvencijado. En él, un disco giraba con una sola canción. Una melodía que hablaba de ella, con la misma pasión que algún día poseyó. Y fue feliz, porque allí mantenía los pezones erectos, húmedos para siempre por la voz de caverna, de guitarra ronca de tequila y carmín descarnado que tiembla desde el pecho de Chavela.

Tegueste, 15-01-08


 

Cabecera

Portada

Índice