Julio Miranda

Mujeres

(Fotos movidas)


 

Man Ray: Lágrimas

 


 

Jugaba con su sombra

 

DE NIÑA, ella jugaba con su sombra en el muro. Saltaba, corría, posaba cual estatua. Su hermana larga y muda la imitaba, dócil.

Me lo contó después de cuatro abortos, dos intentos de suicidio, un homicidio frustrado (el mío).

Es una imagen recurrente en sus sueños. Ella sigue jugando con su sombra en el muro.

La sombra es cada vez mayor.


 

LA TIBIA OSCURIDAD

 

PARA VISIITAR A SU MADRE, hospitalizada, el padre la escondía en el abrigo. Lo llevaba en la mano, arrastrando. Ella, tan pequeña, caminaba allá adentro. Apenas sobresalían los pies.

La madre murió. El padre se volvió a casar. La criaron unas tías.

Y ella, desde luego, creció.

Añorando aquel abrigo.


 

EL VESTIDO ROJO

 

ERA SU primera fiesta. Le habían comprado un vestido rojo. Temblaba.

Llega su padre, con las manos vacías. Ha olvidado el paquete, no sabe dónde. Qué importa, ¿no? Habrá otras fiestas, ¿no?

Ella lo mira. Ni siquiera llora. Ni siquiera.


 

OTRA MANERA DE VER LAS COSAS

 

LO ABANDONÉ, de acuerdo. A él le sirvió para escribir poemas (el desamor como espectáculo, una vez más). Yo, callada, fui fiel a un dolor que era nuestro.

¿Quién es la puta, entonces?


 

DESDE LUEGO

 

ESCUCHA LOS pasos de la madre, en el cuarto. Que debe de escuchar los de ella, en la cocina. Van y vienen, las dos, en el silencio de la noche. Una especie de mecanismo, uno de esos relojes antiguos, con figuritas que desfilan.

De cuando en cuando, la madre abre sus puertas, se asoma, sale al pasillo. Y allí se encuentran y se miran, sin hablar.

Hace horas que están así. Ella se siente muy cansada. Pero no va a dejar qu lo haga. Desde luego que no.


 

EXPLORADORA

 

SU MARIDO la engañaba. Ella decidió dejarlo. Le aconsejaron: ten cuidado, ya no eres joven, piénsalo. Lo que hizo fue desnudarse ante el espejo, mirarse largamente.

Luego encontró a otros hombres. Y cada uno encontró a una mujer de diferente edad. Ella subía y bajaba por el tiempo -el suyo-, recordando e inventando.

Fue agotador -me dice- pero valió la pena.


 

LA CASA DE LA BRUJA

 

PINTADA DE un beige sucio, con las ventanas de sus dos pisos siempre cerradas, amurallada entre hierbajos y retorcidos árboles, era la casa de la bruja -te había dicho tu prima. Y tú, al pasar camino de la escuela, pequeñísima y sola, corrías tragando lágrimas.

¿Sabes? Yo hubiera corrido también.


 

COMO UNA REINA

 

LA VÍSPERA de dejar yo la ciudad, ella me invitó a cenar. -Fueron tres años, después de todo -dijo. "Tu cuerpo es mi casa", recordé haberle repetido, tantas veces, en aquel tiempo. No sé si ella lo pensó también, en esa casa -y en ese cuerpo- que yo había abandonado días antes. Pero no hubo reproches. Y su cuerpo fue de nuevo mi casa.

Al salir, de madrugada, sólo me dijo: -Cuídate.

Se portó como una reina que, al desterrarlo, hiciera un último regalo a su bufón.


 

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