José María Conget

Hoy es lunes

 

Anónimo: El almacén de a 5 y 10 centavos (WPA Posters Collection; foto: trialsanderrors)

 


 

Hoy es lunes. Los lunes tienen una piel distinta, decía María. En la mesilla, el calendario con los dibujos de Quino: julio, lunes. Detrás del calendario, el despertador. Ocho de la mañana. Siempre te despiertas a las ocho de la mañana, sin que suene la alarma. No has soñado, ya no sueñas. Por las rendijas de la persiana se infiltra una luz tímida. Percibes la silueta del armario, la silla con el bulto de la ropa de ayer, a tus pies la cubierta de la cama hecha un rebullo. Has pasado calor esta noche. Se cayó al suelo la novela de Doctorow que estás leyendo. ¿Pero no la habías terminado hace unos meses? Se confunden los tiempos a las ocho de la mañana del lunes. Te incorporas. Escuchas ruido de puertas, hay vecinos que no están de vacaciones y se someten a la rutina laboral. Escuchas un buenos días, alguien que se despide de su mujer o de su madre en la calle, una radio, una moto que escandaliza el aire tranquilo. Escuchas tu propio pulso batiendo las sienes. ¿Ayer bebiste demasiado? Nada que una aspirina con el café no pueda solucionar. Hoy es lunes. Abres la ventana. Don Lucio en camiseta se ajusta los tirantes delante de su patio. Más allá una señora barre la acera. Hoy te esperan gestiones importantes que no consigues recordar. Bajo la ducha piensas en la piel de los lunes, más áspera que la de los viernes, por ejemplo, más ceñida a sus horas que la piel floja de los domingos. Hace años alguien te informó de que la mayoría de los suicidas escogen los lunes para desaparecer. Tomas el café mientras hojeas el periódico que el repartidor te encaja en las rejas de tu cancela. Todas las noticias te parecen antiguas. Recuerdas cuando pasabas el mes de agosto en Italia con María y al regresar comprabais en Barajas un diario que habríais jurado era el mismo que os acompañó en el avión treinta días antes. ¿Será este uno de los síntomas de lo que la gente llama estar de vuelta de todo? El bíblico nada nuevo bajo el sol ilustrado por la prensa. Miras la cartelera, allí puede haber sorpresas. Refugiarte del calor esta tarde en una sala de cine, como has hecho todos los veranos de tu vida. Hoy es lunes. Los lunes tienen la piel menos húmeda que los miércoles. Te espera un asunto importante que no consigues recordar. El día se extiende delante de ti como un cadáver en la morgue, nadie que lo identifique. Sales a la calle, te diriges al mercado. El sol ha empezado a calentar. El tráfico es todavía perezoso. Las gentes caminan con cierta parsimonia para evitar sudores prematuros. Hoy pasaremos de los 40, dice el kioskero de la avenida. Si los termómetros baten un récord, este día se destacará por fin entre todos los otros días iguales, recibirá su nombre, será identificado como el día más caluroso de julio de los últimos tres años, o quizá de los últimos veinte años, ojalá, qué distinción. Y si no se alcanza un récord, el día pasará a enterrarse en el cementerio de los días que no existieron porque nadie los recuerda. Tú no recuerdas los días en que no veías a María. Cuando empezasteis a separaros contaban sólo los días de tus citas con ella, os despedíais y sabías que hasta la próxima cita había que atravesar un limbo borroso de días anónimos. Sólo vivías entonces un día a la semana, un día cada quince días. Qué método para mantenerse joven, o al revés, para envejecer deprisa. El tiempo no se comprimía ni se expandía: se experimentaba a saltos. Hoy es lunes. No habrá pescado. Los lunes tienen una piel de esparto, te raspa si la rozas. María vivió contigo cuántos años. Algo de verdura, fruta. O mejor comes en un restaurante barato, la casa vacía te deprime. Estuvo llena de amigos, adónde fueron. María maceraba los trozos de pollo con vinagre, vino blanco y pimienta, con ella la comida era una fiesta de olores antes de sentarnos a la mesa. Luego os veíais alguna noche de sábado, ¿vamos juntos al cine?, han estrenado una película turca que la crítica. Tenías pendiente una visita que no puedes recordar, algo importante en el día de hoy, lunes. Hoy es lunes. Compras unos melocotones, unos cogollos de lechuga. El parque está cerca. Caminas buscando la zona de sombra. Observas a un grupo de muchachas alrededor de la fuente, crees reconocer a la más delgada, ella también por un momento se fija en ti. En las terrazas hay mujeres solas con su café con leche, funcionarios de mirada huidiza. La luz afila las aristas de los edificios. Te tumbas en el primer espacio verde que te ofrece el que los cursis llaman el pulmón de la ciudad. ¿Te llama el 101? No, una bocina lejana. Mordisqueas un melocotón, está un poco verde y te devuelve el sabor perdido de una infancia de huertas y veranos infinitos. Cada día, entonces, tenía su afán. Hoy algo importante te iba a ser revelado pero no consigues precisar en relación a qué. Hoy es lunes. Los lunes tienen la piel gastada, decía María o lo decías tú o lo decíais los dos. Te duermes sobre el césped. Cuando te despiertas unas nubes negras amenazan la mañana. No has soñado. Ya no sueñas. Hoy es lunes. Con Manuel y María discutíais sobre el cielo y el infierno. Citas de Unamuno, de Blake, los tres un pelín pedantes, Julian Barnes tiene una novela en la que se imagina el tedio celestial tras las satisfacciones repetidas del homme moyen sensuel, ¿hay otras? Eso es el infierno en realidad, dijo María, ¿habéis visto a los jubilados que dedican sus horas a seguir la obras del metro en las ciudades desdichadas donde hay obras del metro? Están en el infierno, eso es el infierno, los días sin nombre. Hoy es lunes. Necesitas gestionar algo importante que no recuerdas. De nuevo se despeja el cielo y te pones en marcha buscando una salida hacia la zona de comederos baratos. Nos aburriríamos en el cielo, decía María, porque el cielo es el infierno. Sólo que tal vez ya sin miedo, pensaste, pero miedo y deseo conforman la vida. La mitad de los que habitualmente trajinan por estas calles que dan a la verja del parque se tuestan hoy en playas asfixiantes o han decidido que su presupuesto les llega para conocer Viet-Nam, esta clase media con posibles que se aborregaba en la plaza de San Marcos de Venecia y ahora ha descubierto inclinaciones exóticas para huir de julio, del lunes, de ellos mismos, de la mala hostia de tus pensamientos. Un albañil silbando, un ejecutivo embutido en terno, se habrá equivocado de barrio, los carteros. Los carteros van de casa en casa como médicos, quién escribió la frase. Hoy es lunes. Qué hora del lunes. Menú económico, dos platos, pan, vino y postre. Pero quizá no es el infierno, es la muerte: a partir de cierto momento toda vida es vida póstuma, una excrecencia innecesaria de tiempo, como un telediario eterno, inamovible. Macarrones, solomillo al whisky entre una peste de aceites reusados. Los parroquianos, escasos y taciturnos. Un matrimonio de ancianos se cuchichean naderías (le falta sal, no te eches más vino) frente a una bandeja de calamares fritos. Cuando sales es de noche. No puede ser. Te has saltado horas. Ibas a ir al cine. Ah, no, no es de noche. Son otra vez las nubes negras. Te has olvidado la bolsita de plástico con los melocotones, los cogollos. No vuelves por ella. El cine abre sus promesas allí enfrente. Te gustaría ver una película antigua, de las que te sabes de memoria y a las que reservas la única fidelidad no traicionada de tus años. Pero en la pantalla no ves a Gary Cooper o Maureen O'Hara sino a Bruno Ganz envejecido, enfermo y errante por una Atenas polucionada. Y de pronto suena el móvil, ¿habías olvidado ponerlo en silencio? Qué importa, será por fin el 101 reclamando tu presencia, indagando cómo te ha ido durante los siglos que no os veis, qué vas a hacer esta noche, nos podríamos encontrar en aquel bar donde una vez, ¿te acuerdas? Lo que dolorosamente recuerdas es que renunciaste al móvil hace ni se sabe, precisamente al aceptar la certeza de que el 101 nunca más te llamaría. No es tu móvil despistado el que sonaba. Y en la pantalla Bruno Ganz evoca un verano de playas solitarias y una mujer vestida de blanco y tú recobras de un golpe, como un martillazo en el famoso corazón, que la gestión imprescindible, la visita importante, la revelación definitiva es que todas las gestiones ya se han realizado y cumplido todas las visitas y no hay nada que revelar salvo que no hay nada que revelar, no hay ya nada más que tiempo sin medida. Hoy es lunes. Sales del cine a una noche caliente y hostil. Se cruzan contigo mujeres que hacen vagos gestos obscenos, en la acera de enfrente se ríen tres mendigas y no puedes oír el ruido de sus risas. Hoy es lunes. Volver a casa. El 101 no va a telefonear. Sáltate los huecos. Échate a dormir. No temas: ya no sueñas. Y cuando despiertes qué hacer. Despiertas. Hoy es lunes. Los lunes tiene una piel distinta, decía María. En la mesilla, el calendario con los dibujos de Quino: julio, lunes. Detrás del calendario, el despertador.


 

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