José Luis Rodríguez Ojeda

Por una mirada

 

Amedeo Modigliani: Retrato de Jeanne Hébuterne

 


 

LA NIÑA

Se enrareció el ambiente de aquel día. 
Mis hermanos y yo fuimos llevados
a casa de mi abuela.

Por inquieto y curioso
quise salvar tan relajada guardia
y volver a mi casa. Entré al tiempo
que lo hacían dos hombres muy extraños, 
con ropa blanca y negra; algo así 
como una larga bata hasta los pies.

Susurraron palabras ante una caja blanca 
donde, también de blanco,
dormida estaba mi hermanita nueva.

Entre varias personas,
familiares y amigos de mucha confianza,
mi madre, húmedos ojos, llamándome a sus brazos
me dijo: «se la llevan a Dios, derecha al cielo».

Todavía al pensarlo
en esas ocasiones de profunda tristeza
que en la vida nos vienen, viene a mí la visión 
del llanto de aquel niño con tres años 
por su hermana recién nacida, recién muerta.


PROMOCIÓN DEL 75 Era el último día de instituto. Al despedirnos nos intercambiamos direcciones, teléfonos y abrazos. Quedaban por vivir los años del «¿estudias o trabajas?», el proceso de ajuste y engranaje en la cacareada clase media; milímetros arriba, milímetros abajo. Algunos con los que mantengo aún contacto rememoran anécdotas o apodos y proclaman aquello como época dorada de felices bachilleres; lo que demuestra que necesitamos mitificar lugares, tiempo, gente...; sentir que fue más dulce cierta etapa en la vida que cada cual sitúa (yo, en la infancia) donde puede creer que la tristeza no existía.
«CONMIGO VAIS» Los conocí en un bar de los de última copa, cuando a casa volvía después de una derrota amorosa. Vivimos con amistad rumbosa esa noche casual, que terminó en alcohólica. Pensé, ya con el día -que contrasta las sombras y pone con su luz en su sitio las cosas-, que ellos en la risa, en charlas ruidosas ocupaban ociosos lo mejor de sus horas mientras que yo, en los versos, en tardes melancólicas... Concluí: «Fue una noche pasajera, anecdótica». Pero me equivoqué. Sucedió de otra forma. La amistad fue creciendo. Yo me adapté a sus locas noches de discoteca y de «llena otra ronda»; ellos, a mis sensibles parrafadas de coña. Lo mucho que les debo tal vez ellos lo ignoran. A veces me salvaron de una apretada soga de hastío, del peligro que lleva la zozobra. Aunque apenas nos vemos, la amistad sigue ahora. Yo sé que estáis conmigo, mi corazón os nota.
INÉS, JORGE, NACHO, ANGELA, MIGUELÓN... Estos nombres que trae mi hijo cada tarde en sus atropelladas narraciones sobre juegos y risas y llantos y peleas, los mismos para amigos que enemigos según soplen los ánimos del día... Estos nombres, que saltan de su boca sin concierto (a Inés puse primera por ser a quien primera llama novia), yo anoto por si acaso, al repasar el tiempo, su memoria quisiera levantar, hacer más viva su imagen con tres años: el colegio, la fuente y los naranjos de su patio (que él recordará ya siempre enorme). Estos nombres yo anoto porque así tendrá algo que despeje levemente la niebla de sus primeros años.
ABRIL Tiene razón la lluvia. Abril no es sólo luz, es contraluz, engaño. Y es penumbra. Abril es alborozo. Y es tristeza -en el húmedo cristal- que viene de estos ojos.
VECINDAD Acostumbrarse, ya desde los juegos, a la sombra almenada de un castillo; a escuchar en la voz de sus mayores que si romanos, moros o judíos... Crecer sabiendo que su pueblo es viejo, aunque no tenga claro lo de antiguo. (Barbacana, mosaico, aljibe, ánfora, arco de puerta, puerta con rastrillo... son palabras de cosas muy corrientes para él, porque siempre las ha visto). Bajar, joven curioso, a la Necrópolis, casi intacta después de veinte siglos. Comprender cómo el hombre estuvo, está tras el arte, debajo del vestigio. Costumbre de los años. Ya estos ojos ven, a veces, la muerte en todos sitios.
POR UNA MIRADA Lejos ya la primavera, lejos mi primer amor, tú me has devuelto el sabor de su sensación primera. Y ha sido de tal manera que vuelvo a entender por qué por un mirar tan profundo puede regalarse un mundo; por una sonrisa, un cielo; por acariciar tu pelo... Por lo demás... yo qué sé.
DE CORAZÓN Entre el debo y entre el quiero estás luchando conmigo. La lucha ha de ser contigo. Tu enemigo verdadero sólo eres tú. Yo te quiero bien (de corazón lo digo). Considérame tu amigo pues para mí lo primero es que la vida te vaya como pinta tu deseo (si cabe, mucho mejor). Porque yo en igual batalla luchando también me veo; contra mí, por este amor.
CRUZADA Me dispongo a luchar contra el infiel pensamiento que me hace tu cautivo. Consigo -imaginando- convertir tus palabras en palabras vacías, sin sentido; tus sueños, en sonoras pesadillas; tus mañanas, en despertar sombrío... Pero no llego a imaginar tus ojos sin su color de almendra ni su brillo. Larga será la lucha. No sé cómo podré apagar tus ojos en mi olvido.
PARA QUÉ Para qué tu mirada. Para qué si los dos ya tenemos muy marcada la vida. Para qué -di- tu mirada. Para qué... Tú lo sabes. Yo lo sé. Con mirarnos tan sólo damos fe de un sentimiento que no lleva a nada conveniente. Toquemos retirada de lo que hubiera sido y nunca fue. Si esto no puede ser -nunca será-, hagamos ya que el tiempo lo diluya para que pronto olvides. Ojalá. Y en lo que a mí respecta, igual me da. No me importa que esta mirada tuya siempre esté en mis recuerdos. Estará.
REO Ya no te puedo olvidar. Pero yo no te creé, tú existías de verdad.


 

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