José Luis Rey

Cometas en el medievo

 

James Abbott McNeill Whistler: Nocturno en negro y oro: el cohete cayendo (1874)

 


MODESTO De todas las virtudes que me adornan escogeré mi generosidad: regalo florecillas a los mancos y su única mano las levanta, banderas de febrero. ¿Y qué decir de mi paciencia bíblica? Cuántas veces soporto al pesado del sol, despertándome siempre con cuentos amarillos. Y de mi inteligencia he vivido estos años abriendo, buen ratón, el túnel verde que lleva al paraíso. Soy un hombre sencillo: voy a fiestas en hoteles lujosos y me quedo sentado en rinconcitos donde acaba la alfombra de Farnesio. Allí bebo champán, burbujeantes meteoritos de oro, y sueño la lejana juventud de mis virtudes voladoras, cuando yo era humilde y glorioso y se maravillaba Marat de mi inocencia. Callado, el esplendor se derrama solito en todo lo que hago y si ato planetas un ángel los desata suavemente y si subo escaleras hay manifestaciones en las terrazas y la gente grita: ¡es el hijo del mar! Pero yo solo soy el primo del erizo. No quiero presumir. ¡La modestia molesta tanto al hombre! Qué más da si yo sé que me casé con Venus y mi casa está bañada por la luna llena y recorro sus cuartos cada noche con zapatillas de Versalles limpias murmurando así a oscuras: yo soy el elegido, pero que no lo sepan, pero que no lo sepan.
EL DIOS EN MI BOLSILLO Ven, sal de mi bolsillo y pórtate ya bien. Pía, pía en mis manos. Vámonos otra vez por ahí tú y yo y así el tiempo perdido de los que nada ven será una época de carruajes y joyas sobre el césped. Son tantas aventuras las nuestras que ningún libro podría contarlas. ¡Ahí van un hombre y su dorado dios ladrando! Porque llega la hora en que mi dios despertará por darme las alas que merezco y juntos nos iremos de juerga por Judea. Qué felices los dos, tú mi gato amarillo y yo libélula, en el Edén de la palabra en llamas. Anda, sal ya de ahí, ya no te escondas más, ya no te escondas como los niños sabios en el zapato de la bruja viva. Si mi dios está en mí, que me rompa al salir desde mi cuerpo al mundo que le doy. Así rompe la flor la tierra última, así rompe la lava, la lavandera de los ojos sucios. ¡Mi dios, mi dios, sal ya! Pequeña niña mía, onza de azul que en mi interior quisiste girar en soledad, estrella de los tontos trovadores. Pues todo lo hice tuyo. Y aunque yo ya no esté cuando salgas de mí estarás tú para que yo esté siempre. Oh danza de los bienaventurados espíritus, qué suave, qué suavemente salvas. Así suena el amor y es más que obra. Dilo así: paraíso.
COMETAS EN EL MEDIEVO Los monjes vuelan sus cometas negras. Los erizos se asoman. Las muchachas dejan de lavar. El abad está triste. En la linde del bosque se muere el buhonero. Los niños tocan flautas junto a las pezuñas de Pan. El Eclesiastés está grabado en el cielo con iluminaciones azules y doradas. Hace sol aún en la hora vesperal. No hay albergue para el viajero. No hay sino monjes volando sus cometas y mujeres que un día fueron jóvenes y tierras que envejecen en la espera de Dios. El misterio de ser, el misterio del tiempo.


 

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