Jacobo Cortines

Consolaciones

Selección de David González Lobo


 

Carmen Laffón: Rosas

 


 

Atardecer con figuras

No en la tarde de Mayo clara y fresca,
en la paz del jardín, junto a las rosas
que florecieron para haceros grata
de la vejez las horas compartidas.

No en el camino con tranquilos pasos
para ver deshacerse entre los trigos
el resplandor del sol dorado y rojo
que despide la bruma por los cerros.

No el uno junto al otro o frente a frente
recordando despacio los mejores
momentos de una vida, los comunes
frutos nacidos de una misma carne.

No así, sino distantes, silenciosos,
entre cuatro paredes solitarias,
como tantos que no llegaron nunca
a desterrar la culpa y el delito.


Beatus ego Blancas colinas de doradas cepas, azul la mancha larga de este río en su oscura marisma, vaga bruma la sorpresa del aire en lejanía. ¡Cómo reposa el alma en la mirada! Aquí junto nací y aquí olvidado de luchas, obediencias y castigos, quiero seguir el curso de mi vida para sentir el tiempo paso a paso con todo su dolor y su alegría, hasta llegar al mar como estas aguas que ensanchan silenciosas sus orillas.
En el patio El tiempo en este patio, entre estos muros por arcos y columnas sostenidos. La extensión ondulada de la vela que transforma la luz dura en penumbra. El verdor de las quencias con sus hojas en actitud agradecida abiertas. La transparencia del jardín al fondo con sus claros de sol entre las ramas. El tiempo aquí, callado, detenido, yo dentro de él, ajeno, quieto, sin voluntad de ser, como si fuera la estatua que estas horas esculpiesen.
Campanas en la tarde Limpia y lenta la tarde. Estas campanas me destierran la prisa. Escucho atento sus voces diferentes: una cerca, lejanas otras, y otra de repente dentro del corazón, como si hubiera movido yo su cuerda. Cesa luego todo vibrar y mudo queda el aire. Es un largo silencio que se rompe con los agudos silbos de un vencejo.
Ciudad soñada Dadme una Sevilla vieja
donde se dormía el tiempo...
A. I. Por tu tiempo, por tu tiempo dormido, ciudad vieja, quiero perderme para soñar tu sueño. Y salgo a ti y me adentro por tu gran laberinto esta tibia mañana de un domingo lluvioso. Dejo a un lado tu río, tantas veces cruzado, tus jardines antiguos de verdosos estanques, tu catedral, tu torre, cuyas campanas oigo mientras otras contestan con sones más humildes. Hoy no quiero tus cielos de azules transparentes, ni fulgores intensos de cal en las fachadas. Hoy prefiero los grises de este otoño que limpia con el agua de lluvia el polvo del verano. Muros blancos y rojos, amarillos, calderas, sobre el fondo plomizo de negros nubarrones. Un resplandor y un trueno acompañan mis pasos por barrios que me llevan a tus rotas murallas. Esquinas y revueltas. Ojivas, arabescos. Sucesiones de iglesias, conventos y palacios. Casas abandonadas, humedades, destrozos. Calles y nuevas calles como venas de un cuerpo con remansos de plazas bajo la lluvia mansa. Columnas milenarias, mármoles, inscripciones. Palmeras que se mecen entre tejados altos. El chorro de una fuente. El ciprés entrevisto junto a oscuros naranjos en el compás callado. Tú, ciudad mía, extendida, salpicada de torres. Tú, ciudad mía, elegida, recogida en tu tiempo, dormida en la hermosura de tus múltiples voces, abierta a la sorpresa, al embrujo, al secreto de ser siempre ese sueño que tantos te soñaron.
La tentación Perderse para siempre entre estos cerros de blanquecina tierra, verdes vides, segadas mieses y altos girasoles. Recorrer con la vista sus desnudos perfiles donde un árbol solitario conversa silencioso con el cielo. Sentirse carne, viento, polvo, sombra que cruza errante simas y llanuras. Negar que más allá de este horizonte existan bosques, mares y desiertos. No pensar que hubo ayer ni habrá mañana, y estar ajeno ante el dolor del mundo.
Las adelfas Pequeñas todavía estas adelfas, pero llenas de vida, pronto sus ramas las verás cubiertas de flores rojas, blancas y amarillas. Son todas para ti, igual en número a tus cumplidos años. Plantémoslas, hermana, del monte en la ladera junto a los muros de esta humilde casa. Mezcladas entre olivos, con un fondo de encinas, acebuches y lentiscos, harán grato el lugar para olvidarnos de pasadas miserias. No merecen sufrir con los recuerdos de perdidos jardines. Que otros gocen de su cómoda sombra y sus perfumes. Tenemos aquí el monte, bravío, hondo, oscuro y ondulante para lanzar los ojos por sus cumbres y adentrarnos después en la espesura. Más allá están los valles de feraces llanuras y el arroyo que con ronco rumor abre su curso entre zarzas y espinos y entre lirios. Y más allá escondida por los rocosos cerros, silenciosa, la azulada laguna. Que su imagen refleje nuestros años venideros, y olvidados de agravios, navegue la esperanza por sus aguas.
Laguna Azul y extensa la laguna en Mayo. Oscuros juncos por la espesa orilla. Qué elegancia de líneas las garcetas, como si artistas del Japón o China sobre celestes sedas las pintasen. Gallaretas en orden, obedientes, a un capitán que a voces incitara a conquistar las aguas que ahora surcan. Patos en vuelo por el alto cielo como flechas lanzadas en collera. Tórtolas que abandonan las encinas en un tropel de cenicientas alas. Pacíficos caballos reflejados en los bordes floridos a lo lejos. Acebuches, lentiscos, jaramagos, y la alfombra morada de los lirios aquí bajo nosotros. Descansemos. Largo ha sido el camino. Que el reposo dulcemente por siempre nos ayude a mantener nuestro cariño intacto.
Vuelta Vuelvo a ti, tierra mía, y agostada te encuentro. Tu laguna profunda sin aguas que reflejen celestes cielos blancos de nubes fugitivas, ni perfiles de troncos ni ramas temblorosas. Rugoso fango seco, su lecho ennegrecido, igual que un plato sucio que olvidado quedase. Ningún pájaro acude a anidar en los juncos de tallos amarillos, resecos e inflexibles. Recorro tus caminos entre el calor y el polvo. Miro nubes oscuras que no rompen en lluvia, y el aire se hace denso, sofocante y cansado con un sol que castiga sin clemencia la tarde. Por ellos con mi sombra, encorvada y sumisa a mis pasos errantes, otro tiempo seguros, entre alambre de espinos y cardos requemados, sin rencores ni prisas solitario converso. Estos grises de otoño de mi dolor ya saben. Saben que a ti regreso buscando lo perdido: esa primera llama por la que fui alumbrado, esa luz tan serena que sólo es hoy recuerdo. Llego a ti, tierra mía, para saberme tierra, para aceptar ser tierra, como es tierra mi carne. Humildemente vengo a ser de nuevo sueño, algo más que silencio, pues también amor fuimos.
Nubes rosas Grata la tarde en el temprano otoño. Ligeras nubes como gasas rosas hacia el hondo poniente que se apaga. Altos cañaverales que obedecen al soplo de la brisa entre murmullos. El vuelo cadencioso que se aleja como flecha sin blanco por el aire. La arenas mojadas de la playa y el resto el mar, el mar ante nosotros, en su rumor envueltos, acogidos, llamados a adentrarnos en sus aguas como en el vientre tibio de una madre. Para nacer de nuevo, para amarnos como si nunca el tiempo hubiera roto tantos sueños con ira, y nuestra carne no fuese flagelada por los años. Renacidos volvemos en la noche con una luna limpia por el cielo.


 

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