Inés María Luna

El ideal que existe: el romanticismo
de Fernando Pessoa y Juan Ramón Jiménez

 

Botelho:  Fernando Pessoa (heteronimia)

 


Nunca ha estado el poeta tan cerca del filósofo como lo está a partir del romanticismo. El hombre queda desprotegido de los dioses y busca en la poesía una fuente original de conocimiento. La razón lo conduce al vacío. Ahora espera unirse al mundo a través de la intuición, a través de la sensibilidad. La sensibilidad se convierte en una auténtica filosofía con la que aproximarse a lo real.

Este camino de autodescubrimiento que persiguen los autores es un camino sobre todo de lucha con el lenguaje, una vocación constante de interrogación lingüística que les va a llevar por sendas diferentes y personales. El poeta quiere volver a la naturaleza, recuperar su estado primitivo, volver a los sentidos, a la analogía con el mundo. Es el mundo primitivo del que nos habla Unamuno en Del sentimiento trágico de la vida:

Y es que el espíritu del hombre natural, primitivo, no se ha desplacentado todavía de la Naturaleza, ni ha marcado el lindero entre el sueño y la vigilia, entre la realidad y la imaginación [i].

Esta vuelta al tiempo mítico tiene que hacerse desde la voluntad de artificio. El mundo de Fernando Pessoa y de Juan Ramón Jiménez ya no es el mundo mítico del que nos habla Unamuno. Ellos se sirven del único lenguaje que conocen para hablar de lo infinito. Se hace inevitable hablar de los dioses, pero siempre desde la conciencia de que es el poeta quien los crea a través de la palabra. El hombre del siglo XX ha roto sus vínculos con la naturaleza, su vuelta a la armonía es anhelo, deseo. El poeta quedó solo con su conciencia para enfrentarse al mundo. A pesar de todo, él quiere convencerse de que forma parte de un orden natural, de que no está solo, de que es, al fin y al cabo, naturaleza. Y como el poeta romántico intentará buscar en la palabra un modo de encuentro del alma y su paisaje.

 

La conciencia es una enfermedad [ii]

Existe una relación problemática entre la razón y los sentidos, entre la felicidad y la existencia de hombre en muchos escritores de principios del siglo XX. Alberto Caeiro, el heterónimo de Pessoa, es un representante genuino de esta relación problemática del hombre consigo mismo. Caeiro representa la búsqueda de Pessoa de la armonía perdida, pero también muestra la idea de artificio, la idea de un mundo creado desde la poesía, la ironía de toda analogía [iii].

Nunca he guardado rebaños,
y es como si los guardase [iv].

Vemos en Alberto Caeiro una constante lucha, un querer convencerse de que no es pensamiento ni razón, una tensión entre su deseo de infinitud y su esencia de hombre. La existencia del mundo para Alberto Caeiro depende exclusivamente de su conciencia, y para ésta todo está sujeto al tiempo, nada es permanente. Caeiro se empeña en la existencia objetiva de la realidad, una realidad que no participe de su dolor. Es su forma de liberación, "su falso contentamiento", como nos dice el crítico Eduardo Lourenço. Es una falsa resignación porque él no puede dejar de pensar, ni de ser lenguaje. Y el lenguaje con el que conoce el mundo sólo le revela oscuridad y duda.

Pero si Dios es los árboles y las flores
y los montes y la luz de la luna y el sol,
¿para qué le llamo Dios? [v]

Eduardo Lourenço expresa así el pensamiento del poeta:

El lenguaje es antes la forma suprema de hacer que la realidad se evapore, que se aleje de nosotros, que se pierda, que se suspenda y desate el cordón umbilical que a ella nos uniría (y nos une) si consiguiésemos silenciarla [vi].

Pessoa no estaba solo. Era síntoma de la época sentir la razón como dolor, algo compartido por las filosofías irracionalistas de Nietzsche y de Schopenhauer, que tanto se dejaron sentir entre los escritores noventayochistas.

¡Ah la inteligencia es el mal!... Comprender es entristecerse; observar es sentirse vivir... Y sentirse vivir es sentir la muerte, es sentir la inexorable marcha de todo nuestro ser y de las cosas que nos rodean hacia el océano misterioso de la Nada... [vii]

Era fácil caer en el nihilismo, en la abdicación, en la falta de voluntad, en la resignación ante la distancia abismal entre la realidad y la conciencia. Pero es precisamente ante esa distancia ante lo que Caeiro finge contentarse, porque esa realidad es ajena a su sufrimiento, es la "no conciencia".

La universal soledad, por decirlo así, física, de las cosas, le consuela de la suya. Es, así, como negativamente, Caeiro, poeta de la "Naturaleza sin gente", se comunica con el universo... [viii]

La insistencia de Pessoa en abandonar el lenguaje, y al mismo tiempo, la imposibilidad de hacerlo, nos presenta al poeta en una lucha consigo mismo, en una interrogación constante que le hace no abdicar, no caer en la nada. Su falta de creencia en el lenguaje y en la razón nos transmite, curiosamente, cierta esperanza. Su abdicación perpetua también es fingimiento, porque ese intento de abdicación se realiza siempre con el lenguaje y gracias al lenguaje. No está Pessoa lejos de Unamuno cuando éste nos decía:

Este dolor da esperanzas, que es lo bello de la vida, la suprema belleza, o sea, el supremo consuelo [ix].


 

Joaquín Sorolla: Retrato de Juan Ramón Jiménez

 


Soy místico, mas sólo con el cuerpo [x]

Encontramos en el poeta Juan Ramón Jiménez una visión diferente a la de Fernando Pessoa. Los dos poetas coinciden en la concepción de la palabra poética como instrumento de búsqueda, como modo de conocimiento de la realidad y de uno mismo. Conmovidos por la naturaleza, buscan en sus propios límites el deseo de trascender.

Y sentimos que en Juan Ramón el hombre puede elegir, puede de verdad ser libre, y ha elegido tener ese anhelo. En Caeiro, sin embargo, no existe confianza alguna en el lenguaje. Para Caeiro el hombre no puede ser libre, porque el hombre queda atrapado en su propia palabra. Juan Ramón está muy cerca del idealismo romántico, y también muy cerca del pensamiento unamuniano. Aunque exista en su poesía conciencia de oquedad y de vacío, el hueco siempre es inmenso, "oquedad inmensa", y no se escapa nunca la sensación de plenitud. Juan Ramón es el optimismo y la confianza de que la realidad se crea cuando es nombrada. Se empeña en que la realidad exista, "conciencia mía de lo hermoso" y ésa es su forma de trascendencia. La realidad necesita a Juan Ramón, la realidad está siempre por venir:

Pero si yo no estoy aquí con mis cinco sentidos, ni el mar ni el viento son viento ni mar; no están gozando viento y mar si no los veo, si no los digo y lo escribo que lo están. Nada es la realidad sin el Destino de una conciencia que realiza [xi].

Para Pessoa la realidad sólo puede ser sentida, se destruye si es nombrada o pensada. El anhelo de Pessoa es olvidar pensamiento y lenguaje, pero a través del lenguaje expresa lo inalcanzable de este anhelo. Caeiro es la revelación de la unión imposible del sentir y del pensar.

 

Soy del tamaño de lo que veo [xii]

¡Qué iguales y qué distintos Juan Ramón y Caeiro! Uno luchando por dejar de ser conciencia, el otro en voluntad de expandirla por el universo. Ambos saben que el ideal existe. Y el ideal es sobre todo la sensación, sensación de la vista, de la luz, del oído, de todos los sentidos. La mirada, la luz, el pájaro me devuelven el paraíso, al menos el deseo de que exista el paraíso. Pero este deseo se vuelve ideal imposible en Caeiro, porque el hombre no puede dejar de ser hombre. Él quiere mirar, contemplar, porque eso supone amar, estar en armonía con las cosas. Pero siente el tiempo a cada instante, lo que ve a cada instante es diferente. El mirar de Caeiro es un mirar razonado, que nunca se desprende de la razón, que nunca se despoja del dolor. Es imposible el conocimiento inmaculado, como lo llamaba Nietzsche, la contemplación pura de las cosas, sin el entorpecimiento de la razón.

Y el conocimiento inmaculado de todas las cosas sea para mí el no querer nada de las cosas: excepto el que me sea lícito yacer ante ellas como un espejo de cien ojos [xiii].

Para Juan Ramón el ideal está siempre por hacerse, existe el ideal en la misma esperanza, en la misma condición de ser hombre. Surge como una necesidad, como una urgencia. Siento el mundo porque pienso en él, porque escribo y tengo conciencia. Y la contemplación, tan importante también en Juan Ramón, es un templarse-con la realidad, en el sentido que nos explica Antonio Colinas [xiv], es una manera poética de sentir el mundo.

Pessoa se distancia del mundo, ese es su consuelo, se hace otredad y diferencia, Juan Ramón se une al mundo, hace de su lenguaje, naturaleza.

Y el hablar es lo mismo que el rumor de los árboles... [xv]

Sin embargo, aunque sus caminos sean diferentes, la búsqueda es la misma. Ambos quieren existir más allá de ellos mismos. Ambos necesitan que el ideal exista, ambos son creadores de ideales. Juan Ramón necesita esa realidad creada por su propia conciencia.

...Que mi palabra sea 
la cosa misma
creada por mi alma nuevamente [xvi].

Pessoa necesita que exista un mundo objetivo, separado de él, creado por ese lenguaje que él continuamente rechaza, sin el cual este mundo no existiría. La realidad inocente creada por Pessoa en Alberto Caeiro, la realidad de la mirada y de los sentidos, del simple estar en el mundo, no existiría sin la palabra, no existiría si no la estuviera continuamente pensando.

Pessoa y Juan Ramón representan las dos vertientes que nos trajo el romanticismo, la esperanza del idealismo, y la ironía y la desilusión del ideal romántico. En sus diferencias, Juan Ramón y Pessoa se arrojan luz mutuamente. Hay una necesidad de salvación por la poesía que no puede entenderse sin la revolución romántica. Juan Ramón lleva a sus últimas consecuencias el entusiasmo, la fe en una eternidad que la poesía hace posible. Pessoa representa quizá mejor que ningún poeta del siglo XX la ironía romántica, la creación de un absoluto que se revela inalcanzable.

En este sentido, la obra de estos poetas no puede quedar aislada del romanticismo. Llámese modernismo o simbolismo, las consecuencias del romanticismo no se agotan en el siglo XIX, se extienden por el siglo XX. Pessoa y Juan Ramón no pueden separarse de esta gran revolución, pues, como los poetas románticos, supieron hacer de la palabra una forma de liberación y una esperanza.

Porque esta obra, aparte de ser lo que es como innovadora, es un reposo y una salvación, un refugio y una liberación [xvii].


 

NOTAS

[i] Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida, Madrid, Espasa-Calpe, Colección Austral, 1971, p. 122.

[ii] Ibídem, p. 21.

[iii] Vid. Octavio Paz, "Analogía e ironía", Los hijos del limo, Barcelona, Seix Barral, 1989, pp. 91-114.

[iv] Fernando Pessoa, "El guardador de rebaños" de Alberto Caeiro en Antología poética. El poeta es un fingidor, Madrid, Espasa-Calpe, Colección Austral, 2005, edición y traducción de Ángel Crespo, p. 177.

[v] Ibídem, p. 183.

[vi] Eduardo Lourenço, Pessoa revisitado, lectura estructurante del "drama en gente", Valencia, Pre-textos, 2006, p. 40.

[vii] Martínez Ruiz, José, La voluntad, Madrid, Castalia, 1988, p. 180.

[viii] Eduardo Lourenço, op. cit., p. 42.

[ix] Miguel de Unamuno, op. cit., p. 154.

[x] Fernando Pessoa, op. cit., p. 192.

[xi] Juan Ramón Jiménez, "Espacio", En el otro costado, en Obras selectas, Barcelona, RBA, 2005, p. 574.

[xii] Fernando Pessoa, op. cit., p. 184.

[xiii] Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Madrid, Alianza Editorial, Biblioteca Nietzsche, 2008, p. 187.

[xiv] Antonio Colinas, El sentido primero de la palabra poética, Madrid, Ediciones Siruela, 2008, p. 197.

[xv] Juan Ramón Jiménez, op. cit., p. 574.

[xvi] Juan Ramón Jiménez, Segunda antolojía poética, Madrid, Espasa-Calpe, Colección Austral, 1991, edición de Jorge Urrutia, p. 307.

[xvii] Fernando Pessoa, El regreso de los dioses, Barcelona, Acantilado, 2006, p. 159.


 

Cabecera

Portada

Índice