Gonzalo Molina

Antes de ser palabra

 

Amedeo Modigliani: Desnudo femenino

 



Eras tú antes de ser palabra.
Tú el gozo indescriptible
que hacía vibrar tardes
donde el alma pone
su humilde transparencia.

Tú, y el rayo traspasando
la piel del tiempo.
Tú la voz de los patios,
el zumbido de las abejas,
su miel, la siesta.

Cómo contar que eras tú
antes de ser palabra,
antes de decir cielo, luna,
viento, color o canción.

Cómo explicar que eras tú
antes, mucho antes, de ser palabra.


Enero tiene, a veces, tardes que se entretienen en obedecer sueños. Llegan y te acarician vestidas de lluvia, te ponen en las manos la piel de otros días y te llevan a pasear con ellas. Te ofrecen un vaso de vino avinagrado al que el ensueño le devuelve su frescura. Te recrean los oídos con canciones que ya nadie recuerda, y que en ellas suena como un desafío a muerte con el tiempo.
Parecía una verdad: traía una canción que alborozó la tarde. Yo estaba sentado a la puerta de un pensamiento triste; qué limpio su sonido, cuando pasó cantando, con qué alegría invitaba a ser. Parecía una verdad, y la tarde se acogió confiada a su color, a sus pájaros de sueño. Yo estaba sentado a la puerta de un pensamiento triste cuando llegó cantando; parecía una verdad..., venía tan bien vestida.
Todo en ella es ternura y, por su ventana, entran los cuatro vientos. Por el norte, el sur, al este y al oeste de mis versos, habita. Tiene, entre sus manos, la armonía, el ritmo, el punto suspensivo y el aparte... Lleva también, consigo, el sol y las estrellas, el trigo de mi pan, la muerte en sus zapatos si se aleja y, en un rezo constante, se despliegan, temblorosas de amor entre mis labios, las palabras.
Dime que es verdad que, al entrar en tu casa me reconociste sin esfuerzo que era a mí a quien abrías, que no dudaron tus labios en repetirse. Di que tu manos pasearon alegres por mi cuerpo. Háblame, amor, di que no fue un sueño, di que me amas, aunque sólo sea una vez.
La tarde en su melancolía quiso recuperar el agua de la fuente donde una vez la sed calmara. Los ojos de septiembre son dueños de espejos que retienen canciones y mueven labios lejanos. Las tardes de septiembre traen la muerte camuflada en ella: son la brevedad del tiempo.
Estoy aquí, sentado, contemplándola. La ciudad arde y los lotos flotan sobre el agua. Siento como campanea mi pecho, se acerca con la lentitud de la noche que envolverá las hojas que cubren su camino. Los lotos flotan sobre el agua, siento, como con ellos: mi corazón también se abre. Renuncio en ese instante al cielo prometido y arranco, como puedo, de mí, una oración, ¡oh Dios!... ¡deja mis ojos en esta tarde!, déjame aquí sentado ahora que los lotos flotan sobre el agua, se abren, y ella viene hacia mí.


 

Cabecera

Portada

Índice