Gregory Zambrano

Todo es herida: sobre la poesía de Gonzalo Rojas

 

Gonzalo Rojas-May: Gonzalo Rojas frente al mar de Lebu

 


[A cien años de su nacimiento]



Desocupado lector

Cumplo con informar a usted que últimamente todo es herida:
la muchacha
es herida, el olor
a su hermosura es herida, las grandes aves negras, la inmediatez
de lo real y lo irreal tramados en el fulgor de un mismo espejo
gemidor es herida, el siete, el tres, todo, cualquiera de estos números de la danza es
herida…

    Gonzalo Rojas:
“Desocupado lector”



La palabra vigilante


En el siglo XX, la década de los años treinta es fundamental para comprender el desarrollo de una poesía nueva en América Latina. El impacto de las vanguardias europeas, sobre todo del surrealismo y los hechos derivados de la guerra civil española, marcaron muchos de los caminos que siguieron sus más destacados poetas.

En Chile, grandes nombres ocupaban ya el escenario, Pablo de Rokha, estrafalario y profundo, Pablo Neruda, viajero y transformador de paisajes, se sumaban a la agitación creacionista de Vicente Huidobro, a las exploraciones antipoéticas de Nicanor Parra, y al verbo propositivo de Enrique Lihn.

En el ambiente literario se debatía entre los fuegos de una nueva vocación por decir, a partir de sus profundas raíces telúricas, y el asombro ante el paisaje que parece concentrar toda la fuerza que debía expresarse poéticamente.

En ese contexto, se desarrolló la llamada "Generación del 38", en la cual se ha situado la obra de Gonzalo Rojas, poeta nacido el 20 de diciembre de 1916 en Lebu, que en lengua mapuche quiere decir “torrente hondo”. Puerto del Pacífico Sur, pueblo de pescadores y mineros del carbón.  Fue el séptimo de ocho hermanos. Huérfano de padre a los cuatro años, fue llevado por su madre, junto a sus hermanos, a la ciudad de Concepción, donde el niño y futuro poeta comenzó sus primeros estudios, becado, en el “Internado Conciliar” de la ciudad, donde descubriría el poder mágico de una biblioteca.

Con su voz quebrada por la tartamudez descubrió, cuando aún no sabía leer, una palabra que en su propio testimonio despertó en él la conciencia de la sonoridad: “relámpago”, palabra más poderosa que “todo el espectáculo de la cohetería preciosa en el cielo que se derrumbaba”. Más tarde, el joven que contempla extasiado el paisaje del Golfo de Arauco, que asimila los ruidos del mar y su oleaje, de la lluvia y los vientos, registra en la memoria el entorno con asombro.
 
El país austral, cargado de paisajes bucólicos, horizontes infinitos que miran hacia el Océano Pacífico, encontró en la poesía su forma de expresión más renovadora y profunda, que en el siglo XX le valió dos Premios Nobel: Gabriela Mistral y Pablo Neruda. Gonzalo Rojas comprendió tempranamente que su voz debía expresar lo que veía y sentía con un acento particular, que era necesario correr riesgos. A eso apunta su primer libro, escrito en 1946, La miseria del hombre, con el que ganó el concurso de la Sociedad de Escritores de Chile, aunque fue publicado dos años después. No obstante, la recepción, dividida entre algunos comentarios negativos, otros cautos y algunos —los menos— entusiastas, daría un crucial impulso a su oficio de la palabra. Este libro primigenio expresará su voz genuina y servirá como carta de presentación para apuntalar el largo camino que recorrería, impulsado por el poder expresivo de la palabra poética.

Esto significaba asumir la creación como un impulso transformador, acompañado de una ética y una postura ante el mundo que no sacrifica lo estético por el inmediatismo ni encierra la poesía en una marquesina para autocontemplarse.

Gonzalo Rojas sale a la calle, confiado en que el creador tiene que ir más allá de la palabra, y que puede transformar la realidad. Y eso, en parte, tiene que ver con su experiencia vital en el trabajo con los mineros de Atacama, al norte de Chile, con quienes comprendió, en medio de las carencias, el fervor del hombre por hacer su mundo de acciones y no solo de palabras. Aunque la esencia de su realidad inmediata estaba marcada profundamente por la austeridad del ser originario que da respuestas a todo desde una perspectiva mágica.

Esto era también, en esencia, lo que proponía el surrealismo que conoció el joven Rojas de la mano de sus amigos poetas, y cuyas principales vertientes querían emular en el grupo Mandrágora (fundado en 1938 por los poetas Teófilo Cid, Enrique Gómez Correa y Braulio Arenas). Todo ello partía de la realidad y sobre todo, sumaba los hallazgos expresivos del mago del surrealismo, André Breton, quien fue una especie de guía espiritual en aquellos años de búsquedas transgresoras.

Pero Rojas optó por seguir su propio camino, una postura disidente que pudo hacer que su vocación por la palabra y su oficio de poeta se convirtieran en una alianza fuerte, que en él resumen poesía y vida como un acto indisoluble e interdependiente.


Poesía: la búsqueda esencial de cada día


La poesía de Gonzalo Rojas es de una amplitud portentosa en sus registros. Va de lo amoroso a lo elegíaco; dialoga con la palabra y el arte de decir, pasa por el humor y lo sarcástico; también por lo político y lo circunstancial. Su propuesta es cuidada en los detalles más entrañables; debe ser vigilante de su entorno, en el sentido vívido de explorar lo que acontece, pero con una voz anclada en la vigilia.

Así es como pasa de lo inmediato a lo tradicional, de lo urgente a lo sosegado; junta diversos tiempos míticos e históricos y rompe las fronteras de la palabra como rompe las geografías que visitó y dejaron huella profunda en sus imágenes. La suya es una poesía del sujeto expectante y sus alcances son universales.

Los caminos de la palabra poética de Gonzalo Rojas se comunican entre sí y llevan al lector por un pasadizo íntimo en el cual se registran en sonoridades y ritmos, sus imágenes vertiginosas, sus dudas y la esperanza en el poder creador del hombre. Poesía vital que establece códigos de conexión como vasos comunicantes y se sustenta en una poderosa imaginación, también reflexiva, que quiere ser profunda y nueva cada vez. Y eso puede advertirse en la sucesión de muchos de sus libros, donde los motivos profundos de sus poemas se rehacen, se mueven sutilmente y se apropian de nuevos significantes.
 

La revelación de un instante

La imagen interroga y el poema se reescribe permanentemente como una forma de dignificar el paso de la vida que se reinventa. Así, busca lo esencial de cada día, cada experiencia remarca el acento de lo que ha sido guardado en la memoria; detiene en una imagen el fluir del tiempo, como una experiencia que se queda asida a las palabras. Y busca el aire como una forma de ejercer la libertad: “un aire, un aire, un aire nuevo / no para respirarlo / sino para vivirlo”.

Una propuesta tan rica y amplia en sus temas como la de Rojas, no puede ser vista como una unidad rígida, sino como una superficie discursiva porosa por la cual atraviesa el tiempo en una especie de circularidad, que se sustenta en la misma concepción que el poeta tiene de su oficio. Una forma de incorporar poemas del pasado en el presente y darles un sentido atemporal a las vivencias o a los anhelos.  Para el escritor la creación poética es la revelación de un momento, lo que ocurre en la intensidad de un resplandor —acaso el relámpago— tan significativo en su forma de ver y asir la realidad, el instante luminoso que es captado por los sentidos e interpretado por la palabra. La imagen poética se produce como revelación, como el fulgor, el chispazo que ilumina y deviene creación.

El poeta indaga en el misterio de lo sagrado, superando la sutil contemplación en su sentido religioso. Para él lo sagrado representa una motivación para pensar en todos los enigmas que confronta el ser humano, desde que comienza a racionalizar el sentido de su existencia.

Al mismo tiempo, busca, inquiere, en los misterios del silencio; desea descubrir cómo la ausencia de sonido se relaciona con la oscuridad y cómo la palabra va iluminando este silencio para convertirse en su propia esencia: darle luz y sonido al acto revelador de la poesía. Esto puede apreciarse con claridad meridiana, por ejemplo, en su poema "Al silencio": “Oh voz única voz: todo el hueco del mar, / todo el hueco del mar no bastaría, / todo el hueco del cielo, / toda la cavidad de la hermosura / no bastaría para contenerte, / y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera / oh majestad, tú nunca, / tú nunca cesarías de estar en todas partes, / porque te sobra el tiempo y el ser, única voz, / porque estás y no estás, y casi eres mi Dios, / y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro”.

La vena amorosa de la poesía de Gonzalo Rojas, tan exaltada por la crítica, tiene unas condiciones particulares que le hacen trascender lo erótico más allá de la conjunción del deseo y de los cuerpos. Ésta pasa también por las variaciones sensoriales de todo cuanto captan los sentidos. El lenguaje hace que la imagen sea una concreción profundamente erótica; de allí que todos los poemas que pudieran asociarse a una intención sensual, más que amorosa y carnal, se arraigan también en un sentido místico. La poesía asume el reto de develar los misterios de la divinidad que se ocultan en el lenguaje.
 
Trascender el momento histórico, entre lo épico y lo banal


Las palabras juegan a reconciliar lo sagrado con lo erótico y lo enigmático que caracteriza la relación del hombre con sus preguntas esenciales. Uno de los motivos transformadores del arte, incluyendo la poesía como arte de la palabra, es el modo cómo el sujeto creador trasciende el momento histórico. Bien sea desde lo épico que se anuncia con el despertar de cada día, hasta lo banal que pudiera resultar la culminación de una jornada, cuando el hombre en su papel creativo se siente agobiado por la rutina.

El arte busca también revelar las facetas oscuras de la vida, lo negativo que se esconde y acecha el logro pleno de la existencia. Por eso, muchos de los poemas de Gonzalo Rojas se sumergen en esas atmósferas cargadas de niebla, sumidas en la opacidad, porque también forman parte de lo esencial, de lo que quiere comprender para expresar a plenitud.

Esto incluye la conciencia social que se pone al lado de los desposeídos, marginados, expatriados y silentes, víctimas a su modo de una sociedad que elige a sus contrarios. Y eso lo supo desde muy joven, cuando alfabetizaba mineros en su tierra natal y les leía fragmentos de Heráclito. La voz de Rojas asume la visión de esos sujetos preteridos pero sin consignas vanas, sin fundamentalismos, sin odio ni revanchas. Al mismo tiempo que celebra y defiende la libertad en sus sentidos más amplios, Rojas les da voz y visibilidad, por eso su poesía también busca, en un sentido amplio, restituir los valores positivos, los verdaderos valores de humanidad y cuestiona las formas del poder que excluyen y cercenan.

En esa búsqueda expresiva, abarcadora, la obra de Rojas, en muchos de sus poemas, indaga en la materialidad fonética de la lengua, el modo cómo la palabra se alimenta de sus ritmos y resonancias. Con ello quiere expresar una realidad cotidiana, no llena de coloquialismos, sino desde una intensa red simbólica, donde se cruzan formas del habla llana con expresiones conscientes o preconcebidas del habla culta.

Ante estos retos expresivos va el lector tratando de saborear la belleza de sus metáforas, que hablan de la libertad, de la vida y la muerte, de la belleza, de lo verdadero, como formas concretas de una huella que el poeta ha dejado como testimonio de su tránsito fecundo.


Recuento de una trayectoria


A Gonzalo Rojas las vicisitudes de la vida le reservaron no sólo carencias, exilios, sobresaltos y sinsabores;  también diversos viajes, reconocimientos y premios. Mientras su obra crecía en títulos su voz adquiría nuevas resonancias y alcanzaba otros horizontes, lejos de Chile. Después de aquel libro iniciático publicado en Valparaíso en 1948, titulado La miseria del hombre, se publicaron, entre otros: Contra la muerte (Santiago, 1964), Oscuro (Caracas, 1976), Del relámpago (México, 1981), Materia de testamento (Madrid, 1988), Antología de aire (México, 1991). De igual manera, su Obra selecta (Caracas, 1997), Transtierro (Madrid, 1979), Del relámpago (México, 1981), entre muchas otras antologías. En 2013 se publicó Íntegra, obra poética completa, en el Fondo de Cultura Económica de México.

De igual manera, después de haber sido un respetado académico en la ciudad de Concepción, pasó a ser representante diplomático de su país en China y Cuba durante el gobierno de la Unidad Popular; luego del golpe de estado contra Salvador Allende y ante la imposibilidad de regresar a Chile, comenzó un trasiego que lo llevó a la condición de exiliado y nuevamente a la academia. Fue profesor en la Universidad de Rostock, en la antigua República Democrática Alemana, en la Universidad Simón Bolívar, en Venezuela, y en las Universidades de Columbia, Chicago y Pittsburgh, en los Estados Unidos. La poesía siempre acompañó esos avatares. Viajó por varios países de Europa y Asia; por Estados Unidos y América Latina. Igualmente vinieron los reconocimientos a su trayectoria y labor poética: la beca Guggenheim (1979), el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1992), el Premio Nacional de Literatura de Chile (1992), el Premio Cervantes (2003), el Premio Octavio Paz (1998), otorgado en México, y el Premio José Hernández (1998), en Argentina.

En su obra el poeta celebra la vida a pesar de los reveses, consciente de que “todo es herida”; esa conciencia queda tatuada como una cicatriz, una huella imborrable del paso de los días que se hace verso y, al mismo tiempo, testimonio de una existencia aferrada a la esperanza, y contra la muerte. Gonzalo Rojas falleció en Santiago de Chile el 25 de abril de 2011. Tenía 94 años de fecunda existencia. Su país de origen, Chile, y la cultura en cuya lengua se escribieron sus poemas le rindieron merecido homenaje.

 

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