Gabriela Kizer

Poemas

 

Anónimo: Tristán e Isolda bebiendo el filtro de amor

 


De Amagos, Caracas, Monte Ávila Editores, 2000:


POÉTICA I No tiramos nuestro cuerpo por la ventana. No abrimos huecos en algún pedazo de tierra húmeda para que nuestros amigos fueran a visitarnos. No pedimos que nos sembraran flores encima. Hemos visto caer sobre nosotros la modorra entera del dolor y ni siquiera podemos decir que lo conocemos. Hemos tratado de desperezarnos y de agarrar en el aire una libélula: la flor prensada o podrida dentro del sueño. Hemos besado su resequedad y sus larvas. Hemos sentido en el sabor del barro, la mies y aunque el grano fuese duro, inmasticable, hemos aprendido a molerlo con los dientes. ¿Pero qué haremos ahora? ¿Qué sombrero le pondremos a esta tristeza de gaucho solitario y ebrio?, ¿qué llanuras le daremos para que ande?, ¿qué oasis y qué cactus cuando precise recostarse o apurar las espuelas, el puñal para atrapar el tono que fuese necesario? ¿Recuerdas? Conocimos a un hombre que fingía ataques de epilepsia en distintas esquinas de esta ciudad. Cada cierto tiempo volvía a ponerse en nuestro camino. Tirado en alguna acera, lo veíamos bañado de sudor, con la mano en el corazón y nos confundíamos nuevamente con espanto. ¿Y qué haremos ahora? ¿Qué le diremos a este sujeto que nos ha estafado?, ¿qué imagen suya pegaremos en el álbum de cromos superpuestos para que no se nos confunda la memoria? Para que no se nos olvide tampoco la lentitud de aquel recogedor de latas que casi de pie y a lo largo de cien segundos atravesó la avenida principal con luz roja para peatones sin que ningún conductor gritara nada, sin que ningún nuevo mitólogo afirmara que así era como Atlas cargaba el mundo. ¿Y qué haremos en este mundo? Qué cargamento de latas ganará algún valor de cambio si no hemos caminado hasta el medio de la calle para cargar y poner a salvo a un gato muerto, si hemos visto a la amiga auscultar el corazón del animal y mover el cuerpo, acariciarlo, con una ternura que nos hizo avergonzar. ¿Y dónde buscaremos la cajita de cartón en la que pueda caber esta vergüenza, esa cara de gato atropellado a la medida de un camión de basura? No, no seguiremos buscando en el estiércol la medida exacta de alguna frase inusitada. No hallaremos nuevos ritmos en la quinta pata del gato ni imitaremos a los hombres de manos enguantadas que hay detrás de cada camión de basura. Rasgaremos nuestras camisas, si hace falta, nos sentaremos siete días en el suelo y guardaremos el más rígido luto por aquello que importa y que cae y que fracasa siempre. Pero no quedará enterrado el corazón. Tampoco lo congelaremos para futuros más desoladores aún o sorprendentemente magníficos. De los barcos que pasan, hemos conocido ya la estela grabada sobre los huesos, hemos entendido que nadie nos ha salvado de nada. Pero no seremos los cronistas del desconsuelo. No lo seremos.

De Guayabo, Bogotá, Ediciones Arte Dos Gráfico/Ediciones Esta Tierra de Gracia, 2002:


En una vida deben escribirse pocos poemas de amor. Sólo cuando el corazón anuncia algún presentimiento difícil, cuando ya no sabemos si en medio de un mal sueño seremos despertados por un beso o pasaremos de largo hacia un sueño peor, sólo ante un minuto que oscila es dado escribir algo breve y conciso, que no salga muy fácil. Por lo demás sólo rezamos cuando creemos que estamos a punto de morir, pero creer ya es algo.
NOCHEBUENA Le he dado vino a los gatos y han olvidado que no deben arremeter contra la jaula de los pájaros. Le he puesto vino a los pájaros para dejar de escuchar al miedo revoloteando, para que, si no tienen suerte, la zarpa los agarre dormidos. Le he puesto una manta a la jaula de los pájaros para atenuar el asedio de los felinos. Le he dicho a éstos que no es noche para cazar. He pensado que en otras condiciones la tarde se iría sin la sensación de un hueco apretado al estómago. He descubierto que en ciertas celebraciones mi alma se descuelga, herida por algún motivo menor que el de la muerte, pero motivo al fin. He imaginado todos los brindis que no he podido hacer por el cansancio de levantar la misma copa. He recordado que en estas fechas siempre he querido ser otra persona donde quiera que esté y en la circunstancia en que me halle, que la soledad también ha sido hecha para estar a gusto en nuestro disgusto más íntimo.
GUAYABO Cuando niña de visita a Urama recogía, abría y revisaba guayabas para todos, hasta que un viejo me dijo que así no se comía la guayaba, que había que cerrar los ojos y que si tenía o no tenía gusano era cosa de dios o de sorpresa en el fruto que saliera con mejor sabor. Yo seguía las instrucciones y me comía cada tarde con las tripas revueltas todos los gusanos de Urama. Posiblemente ese haya sido el primer contacto de mi lengua con el sabor de la muerte en los mejores frutos. Con el tiempo aprendí a hacer mermelada, a desaparecer el tacto baboso y frío en el hervor de la hornilla, aunque siempre sintiéndome cobarde. Hoy quisiera otorgarte aquel sabor. Pedirte incluso que no me permitas olvidar la paciencia o el error de aquella niña de diez años sentada a la sombra cada tarde y aprendiendo, sin saber, a tragar tu pedazo de muerte y tu pedazo de vida.

De Tribu (Parte III, fragmentos 1 y 3), Caracas: La cámara escrita, 2011:


I ¿Y vive, amor, el hombre? ¿Y masca la canilla o ralla concha dura de forma que le plazca? Porque de allí venía yo también, de allí venía como una mora ácida y encaletada en los guacales de las uvas de fin de año, para que tú pidieras doce deseos y fuesen once. Porque de tanta tinta acumulada, yo ya estaba jugosa y moradita. A punto estaba, amor, de reventar y de ser una mancha en el mantel de fiesta. Y perdóname porque mi corazón era una mora estrujada, trancada en sepultura por los cuatro costados. Porque así morimos nosotros, así cantamos cuatro veces y damos tres pasos hacia atrás como si en vez de despedirnos de un cadáver nos estuviésemos despidiendo de un rey. Y prohibido enviar flores porque enterramos rápido para no tener que disimular olor de carne descompuesta. Y cómo quisiera algún mesón de aquellos que adoramos con streap-tease y noche envilecida, y una canción que me duerma, que me aturda. Castillo - Troilo Porque de allí venía yo, de allí venía. Y era una antigua y jugosa mora estrujada en algún bar de buena muerte a fin de año o a principio. Dos lagrimitas, y dale vuelta al mantel a ver si puede camuflarse como si fuese vino. Y que no lo vea Dios, aunque esté en todas partes, aunque no estés. Permiso, amor, que ya despega el avioncito bond-base veinte montado sobre una hoja sin clorofila. ¿Hay viento?
III Padre, ¿la sangre tiene luz propia? Siéntate. Ahora que la lámpara está sobre el papel —la lámpara que vela es semejante a una medusa con los ojos heridos— alumbrar es parir si no hay verbo azaroso ni conjugación que no se preñe de dos caminos simultáneos. ¿Y a quién toca desgajar de sí las sombras que puedan seguirlos a la vez? ¿O quién es aquél que queda varado en la encrucijada pavorosa donde no se repiten sus gestos? Isolda: luego de la primera comprobación de la ceniza, luego de bien molida por los voraces ojos, testifica, di si es verdad el relumbre bermejo de la sangre. Huidobro / E. Diego Sólo bebemos sangre. T.S. Eliot Isolda: córtale la cabeza a la mariposa, deja que vuele el gusano. Sopla. Que se vea el cadáver que bosteza y se estira debajo de la tierra. Huidobro ¿Padre? Estoy en el mero centro, lo que suele decirse, en el meollo, 12:19 meridiem, de Marrón a Cují. Imagina una suerte de laberinto que no tiene bestia agazapada al fondo sino una serie de tiendecillas en las que cada cual grita lo suyo al son de un estruendoso hilo musical. Porque se pasa el tiempo lento cuando no hay clientes y yo lo que quiero es vender, vender, vender. Así repite el hijo para llenar la línea cuando la tarea es larga. Pero nosotros hemos venido a arrodillarnos donde ha sido válida la oración. ¿La oración? Aquí ya no hay concordancia: yo vinimos, ellos vino, ello vendrán. ¿Cómo guardar la compostura? Yo fueron, ¿quiénes vino? T.S. Eliot Las cosas se desgajan, el centro no puede contenerlas. Imagina un mercado persa, aceras plagadas de buhoneros que siempre están en señal de huida porque viene la policía disparando al aire —¡Cierren las santamarías!—, porque son ilegales, tirapiedras, patituertos, los que vienen a dar a esta esquina. ¿Recuerdas? Les habías prohibido llegarse a ti por fealdad o rotura. Pero ellos se dan besos, se hacen apurruños y amamantan a sus hijos mientras huyen. Nunca vi tanta humanidad, tanta hondura de voz disparatada. Aquí dentro la cosa es más calmada —¡Pasa, mi amor, adelante!—. Afuera no hay por donde pasar. Sólo oro roto —Todo a cien, lleve la bata para que se levante en su casa ¿o acaso piensa amanecer en pantalones? Todo a cien, ¿o acaso piensa amanecer?—. Caracas, 1:35 post meridiem, ya no pienso. Había comprado un lote de mercancía. Quise ofrecerla como si se tratase de mis entrañas. Casi resulta. Pero faltó el grito mísero de los buhoneros, la bala que cruzara el aire para creer en lo que hacía. Entendámonos, se trata aquí de objetos y de su pequeña ganancia respectiva. Yo había encontrado tres palabras, pero lo que ellas designaban estaba roto. Yo había traído de muy lejos tres botellas de un licor espeso y blanco, tres sobrevivientes de un cargamento enteramente perdido. Y las botellas fueron de pronto las palabras. Tres botellas de semen. Tres sementales para preñar el aire. ¡Con qué santo temor deberíamos hablar, pues! Eso pensé. Maragall Entonces soñé un lenguaje de cuchillos y picos, de ácidos y llamas. Paz Isolda: todo consiste en tocar el punto del eco que ha de responder, aunque nada responda. Para esto tenemos voz y para esto tenemos una red en la voz. Córtale la cabeza a la mariposa, deja que vuele el gusano. Testifica. Hay un muerto que está deviniendo esqueleto en su ataúd. En vano detrás de su vidrio toma la actitud hierática del que va a cantar. Isolda: el canto sólo florece en el sembrado misterioso. Huidobro


 

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