Gonzalo Fragui

Los poetas en el bar del mediodía

 

Auguste Renoir: El almuerzo de los remeros

 


Si no estamos para infringir cosas
¿para qué estamos?

Luis Britto García


OBSESIÓN

Soy obsesivo. Muy obsesivo.

Cuando tengo una idea, inmediatamente quiero hacerla realidad, lo cual me puede llevar días o semanas.

El problema se presenta cuando no tengo ninguna idea. Inmediatamente quiero tener una, lo cual me puede llevar años.

También, alguna vez fui obsexivo, pero eso fue hace mucho tiempo.


ERROR

Mi computadora marca en rojo la palabra Bar, insinuando que podría tratarse de un error. Hay quienes creen efectivamente que los bares son un error. Pero una amiga del Bar La Esmeralda me aseguró que la única diferencia que existe entre un bar y una catedral es la pasión de sus fieles.


LA AVISPA

La avispa llegó como llegan todos los grandes amores. De manera inesperada. Rondaba las frutas, merodeaba por la cocina, batía las alas como los helicópteros de “Apocalipsis Now”, hasta que un día encontró lo que ella consideró el mejor sitio, cerca del azúcar. De allí que no fueron pocos nuestros gritos cuando, al abrir el gabinete, nos encontrábamos con la indeseable huésped picante.

Las semanas siguientes fueron dedicadas por completo a la avispa. Abandonamos nuestros trabajos. Buscamos todos los libros que hablaran de guerra, guerra de guerrillas, guerra total, guerra estratégica, guerra sucia, guerra bacteriológica. Buscamos asesoría en asuntos de armas, blancas, atómicas, nucleares. Recurrimos a la tecnología en informática y telecomunicaciones. Estuvimos a punto de incendiar el apartamento, destruimos todas las copas y los residuos de lo que alguna vez fue una vajilla. Los vecinos no soportaban el escándalo que significaba lanzar sin puntería todo objeto contundente contra el danzarín animal.

Nuestra conversación adquirió el lenguaje militar. Nuestros apacibles sueños se convirtieron en terribles pesadillas bélicas. El amor se convirtió en un campo minado. Luego de que fallaran todas las tácticas y estrategias decidimos un día no hacerle caso, ni la miramos; pasábamos a su lado con vil indiferencia. Cero palabras, cero neurosis, paz y amor, prendimos un incienso, nos sentamos en posición de loto, y decidimos compartir el mundo con el inesperado visitante, al fin y al cabo, nuestro hermano.

La avispa notó que había dejado de ser el centro. Salió de su fortaleza, dio un leve paseo por la sala de la armonía universal y se marchó. Estuvimos varios días expectantes, esperando que la avispa regresara. Después entendimos que no volvería. Habíamos triunfado.

Sólo que, a veces, uno no sabe qué hacer con esta extraña sensación tan parecida al abandono.


EL CLUB DE LOS 40

Llego a los 40 con las mismas dudas y la misma incertidumbre de cuando llegué a los 10. Temo a la oscuridad, a los espacios cerrados y a los ojos negros.

Hay quienes tienen claro su destino, su misión. Yo nunca he sabido qué hacer en los próximos cinco minutos. Tengo un consuelo. Quizá mi misión sea no tener misión, quizá sea estar de paso. Una especie de calistenia espiritual. Un preámbulo para el verdadero viaje.

Somos tránsito y sobre todo transitivos, necesitamos de un complemento directo, como la mirada de una mujer, el milagroso puente que nos permita llegar al otro lado del día.

A veces me siento capaz de atravesar solo el desierto pero hay días que me derrumbo, como Hamlet el hijo de Olafo, ante el golpeteo de una mariposa. A veces desearía nadar en los siete mares, pero otros días prefiero el arroyo de la sierra, como Martí.

Cada vez deseo menos cosas pero las deseo con más intensidad. Por aquello que decía Flaubert: "un alma se mide por la dimensión de su deseo, del mismo modo que se valora a las catedrales por la altura de sus campanarios".

Debo confesar que de vez en cuando, conforme a la edad recién estrenada, me asaltan algunas perversidades pero mis amigas se reirían porque saben que no alarmarían ni a una monjita de la Caridad. Y la verdad es que yo en asunto de mujeres, como Woody Allen, bien podría ganarme el Premio Sigmund Freud.

He intentado no hacer daño a nadie, pero algunas veces me ha pasado como al poeta Luis Rosales, quien asegura no haberse equivocado nunca en la vida, excepto cuando ha tenido que ver con las cosas más queridas. Mi familia, mi hijo, mi esposa, mis amigos, algún poema, alguna película, algún cuadro, alguna canción, algún gol, algún recuerdo.

Llego a los cuarenta y pienso en Sísifo y en algunos amigos. Y es que la roca pesa más si es imaginaria. Por eso hoy, cuando me preguntan cómo estoy, suelo responder como lo hacen en Mucutuy:

-Bien, pero no importa.


HABÍA LLEGADO EL CARNAVAL

Salí del apartamento con el balón de futbolito y la firme intención de liberar el stress producto de la tesis de la maestría y de otros abandonos. Esperaba jugar un poco con los niños más pequeños, los únicos a los que a veces puedo ganarles. Y es que los chicos del edificio cuando escuchan el balón en la cancha abandonan sus quehaceres como abejas en busca de miel.

Al rato de patear el balón empecé a sorprenderme. Nadie bajaba. Entonces metí toda la bulla que pude, pateaba fuerte contra el alambrado que sonaba ante el impacto, pero nada. Nadie se asomaba. Ni siquiera el gordito que siempre está solo y de vez en cuando me hace señas para que yo baje con el balón. Yo a veces le digo un poco en broma y un poco en serio, como dicen algunos niños castigados desde otras ventanas: "Es que no me dejan salir". El se ríe, no me cree.

Pero hoy no me paró. Pasó junto a la cancha armado de una gigantesca ametralladora de colores que disparaba agua con la potencia de un camión cisterna. Corría agazapado y asomaba la cabeza con cuidado, como hacen en las películas, ansioso de lanzarse a un supuesto combate. Lejano o cercano no se sabía. Lo cierto era que se escuchaban explosiones y gritos de rabia o de victoria por todos lados. Y así mis antiguos y fieles compañeros de equipo ahora ni me veían, corrían cegados por esta extraña pasión que es todo tipo de guerra, sobre todo ésta donde las armas más comunes eran las granadas de fragmentación que explotaban en las espaldas o en las piernas del más preciado de todos los objetivos: las muchachas.

Luego de una hora de juego solitario sentí que efectivamente hoy no iba a venir nadie. Apenas se escuchaba, de cuando en cuando, una algarabía lejana, producto seguramente de alguna batalla ganada. Ahí fue que decidí regresar a casa con el balón bajo el brazo.

Había llegado el carnaval.


GILBERTO, DOS AÑOS

No le gustaba cumplir años, ni de estos ni de los otros. Hace varios años dejó de ser la mariposa claveteada en mitad del asterisco y desde ese momento no ha parado de volar. ¡Ah, Gilberto, años y años y no ha terminado de poner el huevo esa extraña ave de la creación!

“En los últimos años me había estado quedando sin amigos. Recuerdo al poeta Ángel Eduardo, llegaba a mi casa, medio doblado el cuerpo, con un mercado de comida y de licores. Llevaba también una lechosa. Y uno no podía hacer nada. Yo le decía, ¡ay poeta! tratando de escaparme, pero no había manera. Al otro día de la borrachera se llegaba, casi arrastrándose, hasta la cocina, picaba un pedazo de lechosa y lo licuaba. Luego nos daba dos dedos de lo licuado a cada uno y se volvía a acostar. Realizaba esta operación hasta que se terminaba la fruta. Entonces se levantaba triunfante y dispuesto a seguir. Decía que la lechosa tenía efectos milagrosos y echaba el cuento de que el camarada Breznev duró unos años más por un médico venezolano que se la recetó.

No sé. Hace tiempo que desconfío de las recetas de los camaradas. Recuerdo que yo le mostraba mis poemitas a un comandante y él me decía que debía escribir como el Chino Valera Mora, y yo me asusté tanto que me dije yo tengo que conocer a ese carajo, y cuando al fin lo conocí, al Chino le gustaron todos mis poemas.

Yo últimamente no soy más que la nueva versión del Flautista de Hamelin. Yo tengo una flauta de oro que hace germinar las semillas. A mi paso despiertan los sembradíos pero de igual manera me persiguen toda clase de borrachos, prostitutas, vagos, mendigos y poetas para pedirme cigarros. Yo no tengo cama para dormir pero si llego a tener una platica lo primero que voy a hacer es comprarme una mesa de billar.

El que quiera ser poeta que se trague tres anzuelos de oro azul y empiece a sacarse todo tipo de basura, gasas sucias, neumáticos lisos, sentimientos retorcidos y así por mil años. Luego pueden empezar a escribir”.


EL LIBRO DE ARENA

Hacía tiempo que le debía un comentario a la librería que montara Víctor Bravo y otros amigos en Mérida. Con ellos participo de lo dicho por Don Alfonso Reyes, en relación con los libros, que leí alguna vez en un afiche que José Luis Moreno nunca me quiso regalar. Decía Don Alfonso: “Todo lo que se haga en función del libro se hará en función del hombre, de lo más humano del hombre”.

Esperaba encontrar en “El libro de arena”, la recién inaugurada librería, el libro que considero como más importante y útil que se haya publicado en Venezuela en todos los tiempos; El manual del levante [1], de Pedro Chacín.

Recuerdo que la noche de la inauguración llegamos tarde a la cita y, como ya había comenzado la conferencia del escritor Luis Britto García, decidimos irnos a un restaurant chino que queda ahí mismo en la esquina. La Esmeralda, creo que se llama. Allí nos reunimos Magally, Juan y Eduardo Torres, el escritor tautológico de Monterroso, con su novia Victoria, como si tener una novia no fuera ya una victoria, que nació en abril, por más señas. Pero dejémonos de tautologías.

Pasaban en ese momento por la televisión un juego de la Copa América donde Argentina enfrentaba a Chile. Recuerdo también que en la rockola sonaba algo de Los Corraleros de Majagual y que los pocos clientes no entendían las carcajadas de unos locos que pasaban sin permiso del fútbol a la poesía y de la poesía a los vallenatos. Que es como pasar del fútbol al fútbol o de la poesía a la poesía.

Nos habríamos tomado apenas una o dos rondas de cerveza cuando Batistuta hizo un gol de esos que llaman de antología, como si todos sus goles no fueran de antología, como si no fuera otra tautología decir que un gol del Bati es de antología, porque una antología de sus goles coincidiría perfectamente con sus obras completas. En fin, les decía que en medio de la tercera cerveza viene el Bati y nos hace olvidar de Luis Britto, de Víctor, de Borges, de los libros de arena y de todos los desiertos.

Como si fuera poco, en medio de la algarabía, Los Corraleros de Majagual se lanzan con el único hecho histórico que lamento haberme perdido en la vida: el Décimo Quinto Festival de Guararé.

Perdí definitivamente la esperanza de regresar esa noche a la librería cuando mi hermano Juan llamó al mesonero y le hizo posiblemente la más extraña petición que no le hiciera nunca nadie en todos sus años en el oficio:

- Por favor, cinco cervezas más y otro gol de Batistuta.


EL BAR DE LIGIA

Hay quienes creen que el bar de Ligia es un bar y se equivocan. El bar de Ligia es una película siempre diferente todas las noches, por eso escogimos una función de lunes popular para presentar el libro EL BAR DE LIGIA, del consumado futbolista Juan Molina, publicado por la editorial El círculo rojo.

Aunque sea un lugar común decirlo, el bar de Ligia es un oasis en medio del desierto de nuestras vidas, donde acuden diariamente extraños camellos, unos silenciosos, otros bullangueros, y a los que en vez de joroba les sale barriga.

En el bar de Ligia no tenemos miedos, el único temor nos invade a la hora de cerrar, porque Ligia es la administradora de la noche. Amablemente la ofrece en pequeñas porciones a los sedientos visitantes, aunque algunos, los más exigentes, la prefieran en tercio.

En el bar de Ligia expenden el mejor aceite para esa maravillosa lámpara que algunos llaman corazón.

En el bar de Ligia todas las mujeres parecen más hermosas, incluso las más hermosas.

En el bar de Ligia todas las cervezas van a la mar y la mar nunca se llena.

En el bar de Ligia se cumplen todos los deseos, incluso aquellos deseos que sabemos que nunca se podrán cumplir.

Ligia en realidad es una diosa que maneja a su antojo a la eternidad. Ahora sabemos, por ejemplo, que la eternidad dura hasta la una de la madrugada, y que en algunos casos, producto de su bondad o de nuestro dolor, podría llegar a lo sumo hasta las tres.

El bar de Ligia es el lugar de las confesiones, por allí peregrinan feligreses de todas las religiones del mundo, excepto abstemios fundamentalistas.

En fin, el bar de Ligia es un Santuario. Un Santuario para la Amistad. Allí vamos todos los devotos, aunque por estos días falte Alfredo Lotremon, el hierofante.

Por eso, y corriendo el riesgo de la apología, quiero desear como en las fiestas de San Benito, quien sí sabe de licores:

¡Larga vida para el bar de Ligia, para el autor del libro, para los dueños de la casa y para todos los que lo frecuentan!


BREVE HISTORIA FILOSOFICA DEL DESPECHO

 

El despecho no es responsable de sus actos

Graffiti

 

"Al principio fue el despecho", así empieza el Evangelio de San Juan.

Mi hijo Luis Armando me escribe, desde Río de Janeiro, que Heráclito estaba evidentemente equivocado cuando exclamó: "Nadie se despecha dos veces en el mismo río". (de Janeiro)

Protágoras aclaró que "El despecho es la medida de todas las cosas".

Pitágoras, después de cierto número de despechos, fue capaz de decir que "las curvas pertenecen al mal", lo que le valió una persecución desde aquel tiempo hasta nuestros días.

Platón se encontró un día con varios despechados, que bebían en el último rincón de un bar y creían ver en la pared las sombras de sus amadas, y se le ocurrió escribir el conocido Mito de la Taberna.

En vista de que algunos filósofos deterministas pretendían fijar el despecho como algo, Aristóteles les salió al paso y aseguró que: "El despecho se dice de muchas maneras".

Epicuro posteriormente diría: "Placer sin despecho no es placer".

San Agustín había pedido: "Señor, dame el despecho, mas no todavía", para luego asegurar: "Si me preguntan lo que es el despecho no lo sé, si no me lo preguntan lo sé".

Fue el despecho lo que llevó a San Anselmo a emascularse y a volcar su amor por las matemáticas.

Los modernos comprobaron el carácter de la existencia con la conocida frase de Descartes: "Me despecho, luego existo".

Kant, un día a las cinco de la tarde, según el reloj de Könisberg, consideró al despecho como el momento en que la unidad de la apercepción trascendental empieza a pasar aceite.

Nietzsche le confesó otro día a Wagner que había basado toda su filosofía en el "eterno despecho".

Wittgenstein había escrito algo que me hubiera servido antes para no escribir esto pero lo leí demasiado tarde: "Si no se tiene nada que decir sobre el despecho es mejor no decir nada".

Heidegger le escribió a Hannah Arendt a mediados del siglo XX: "El despecho es la casa del ser".

Simón Díaz dijo: "Yo no sé definir mi despecho, pero si quiere se lo bailo".

Un filósofo de Mucutuy, por los tiempos de Maricastaña, había dicho lapidariamente: "Todo amor que no finalice en despecho, puede terminar mal".


VEINTE PUNTOS

A finales de junio tuve una experiencia un poco extraña: fui operado del pene. Concretamente se me cortó “un pedazo de cuero inservible”. (Palabras textuales del cirujano). Como yo sospechaba, si había un pre-pucio debía haber un post-pucio y vino, por estar de curioso, a patentizarse en mí.

Lo cierto del caso es que la operación vino a producirme varias situaciones un tanto inéditas.

La primera de ellas tiene que ver con Sócrates. La anestesia. Por fin sentí lo que sintió Sócrates con la cicuta. Es decir, nada. Cuando intenté explicar “algo” el “todo” había desaparecido.

Al despertar no sólo el dinosaurio ya no estaba allí sino que incluso el médico, la anestesióloga, las enfermeras, hacía rato que se habían marchado. Incluso llegué a pensar, porque no lo sentía, que hasta mi ahora más pequeño instrumento también había desaparecido.

Fue el camillero quien vino a informarme. Me dijo que me habían tomado veinte puntos y que todo estaba bien. Veinte puntos, ¡por fin, veinte puntos en algo!

Pasados los días, al ir cayéndose los puntos fueron quedando una especie de nudos. Pregunté qué se podía hacer. Me recomendaron que me los frotara con una crema en sentido transversal. Es como masturbarse pero hacia los lados, me graficó alguien.

Una magnífica oportunidad para innovar en los caminos del ya prolífico onanismo, pensé.

Lo cual, debo confesar, no impidió que me produjera un terrible pesar. Tener que abandonar, a estas alturas del partido, el amable método tradicional, de tan grata recordación.


MIKE, THE KNIFE

Al amanecer, el Rey Miguel y Las Diosas de Mar partieron por las riberas del río Chama. Después de recorrer varias parasangas, el valiente Rey fue a encontrarse con dos Príncipes muy jóvenes en los asuntos de la guerra. El Rey ofrecía como recompensa unos estríngilos de cera de miel de abejas, y los alegres guerreros, vestidos de hoplitas, como Sócrates, aceptaron encantados.

A la altura de Las González, el Rey Miguel arengaba a sus soldados diciéndoles que todo era ilusión. Ustedes ven esa montaña, les decía, esa montaña es ilusión, como ilusión es este camino, estos caballos o nosotros mismos. Luego de caminar toda la mañana, en dirección de un pueblo llamado San José de Acequias, llegamos a la cima de una roja montaña donde el andariego Rey saludó a un viejo amigo suyo de Creta, llamado Ícaro, que, con sus alas de colores que ya no se derretían con el sol, se lanzaba al acantilado y volaba con la majestuosidad de los cóndores.

El Rey se alegró con el encuentro. Hacía tiempo que se había volcado a la contemplación. Atento a las aves y a los árboles, al cielo y a las montañas, recorría su palacio señalando con palabras lo que sus privilegiados ojos veían, nombrando las cosas como quien está viéndolo todo por vez primera, como el día de la Creación. De allí que el Rey ya no visitaba a sus amigos. Se pasaba los días y las noches con versos en los labios, con oraciones, con plegarias, sin poder escribir, pero viviendo en poesía. Cantando.

Después de unas oraciones en la capilla de San Antonio, nos allegamos a una amable pensión, donde un joven anciano, llamado Martín, nos colmó de atenciones, comida, canelita, sábanas limpias y agua caliente.

Al otro día, cuando los rayos del sol encendían uno a uno los pistilos de los frailejones, reanudamos el viaje. Al llegar a un valle llamado La Veguilla, un lugar que hubiera sido la delicia de Epicuro, fuimos recibidos como verdaderos reyes. A lado y lado del camino se apostaron para darnos la bienvenida innumerables cínaros, pero el rey Miguel, quien es un lince en esto de descubrir otras personalidades, por algo lo llaman Mike, the Knife, se dio cuenta inmediatamente de que en realidad eran mujeres maravillosas de voluptuosas formas y delicado color. El Rey asegura haber visto entre ellas, sonreídas y anónimas, a Naomi, Diana y Caribay. Nosotros le creímos.

Agradecidos de tantas bondades, retribuimos bendiciones y decidimos acampar a las orillas del gran río Mucutuy, en un valle donde el Creador tuvo la magnífica idea de sembrar orquídeas silvestres de variado color y amable fragancia. Allí vino a obsequiarnos frutos y una extraña bebida llamada agua-miel-con-limón una dulce viejecilla llamada Doña Delia, y en quien el Rey Miguel reconoció inmediatamente a la Madre Teresa.

Después de vencer en varios combates, Miguel James no pudo soportar tanta belleza. Regresó temprano a la ciudad y deambuló por las calles, con sus labios de oro, sus ojos profundos y sabios, su piel oscura como Etíope y su corona de Nazareno, tarareando, con Louis Armstrong, la Opera de los Tres centavos, o recordando los días felices de su reino cuando la lluvia ejecutaba contra el techo de zinc el más grande concierto de steel band no ejecutado nunca antes por nadie.

Todos lo vieron.

Pocos se dieron cuenta que se trataba de un Rey.


SANTIAGO

Lo conocimos en la Kuai Mare. Sus arengas sobre el anarquismo fueron rápidamente conocidas por los asiduos visitantes de la librería, quienes nunca compraban nada pero iban allí por saludar a Yuraima.

Santiago nos contó de sus aventuras por Europa, de sus viajes, sus casas, sus idiomas, sus mujeres amadas. No había tema que no manejara ni gusto que no hubiera disfrutado. Sabía de literatura, filosofía, política. Vivía en hoteles y hablaba de su determinante decisión de no volver a trabajar nunca más. Tenía demasiado dinero. Para gastarlo iba a necesitar varias vidas.

Vino a Mérida a hacer algunas investigaciones para sus novelas. Aunque su esencia era la de poeta (me mostró un libro de poemas eróticos que me gustó mucho), estaba escribiendo unas novelas que serían el nuevo boom de la literatura latinoamericana. Prácticamente nos prohibió que volviéramos a publicar en este país y en ediciones pírricas de quinientos ejemplares. Vamos a cobrar derechos de autor en dólares o en euros, decía enfático.

Después realizó diferentes gestiones para conseguirnos algunas becas en el exterior. Sólo que los más avisados empezaron a sospechar de la veracidad de tales historias y promesas, y decidieron no regresar por la librería. Yuraima me dijo: “A lo mejor ni se llama Santiago”.

Después de la estampida sólo quedamos algunos de sus amigos, encantados por su verbo, sin estar muy seguros de sus historias, pero disfrutando de su amistad. Quién ha dicho que la verdad no puede ser decretada, quién dice que un poeta con sus poderes mánticos no puede adivinar y ordenar que sucedan las cosas a su antojo y deseo, que se muevan las montañas, que cambie el curso de los ríos, como Orfeo, o que se separen las aguas de los mares como Moisés.

En fin, cuando se marchó de Mérida iba tras la estela de unos pescadores ya que su novela así lo requería. Después perdimos su pista. Esperábamos, eso sí, que cualquier día pudiera llegar una postal con su firma desde Madrid, París o Roma.

Alguien me contó que vio recientemente a mi amigo Santiago en la isla de Margarita. Vendía billetes de lotería en un semáforo de Porlamar. Lo creo y no lo creo. Lo hacía para desaburrirse o para ayudar a algún compadre que a esa hora necesitaba almorzar. O simplemente no había tal fortuna. No importa. Para un poeta la realidad también está en su imaginación y en lo que sueña.

Yo, por lo pronto, sigo creyendo con mi amigo Santiago que escribiremos los mejores poemas, que estudiaremos en las mejores universidades, que amaremos a las mujeres más bellas, que libaremos los mejores vinos, que nunca nos faltará una moneda o un abrazo, y que su nombre debe ser efectivamente el de uno de los apóstoles de Jesús, así como su apellido bien podría ser aquel que habla de un campo de estrellas.


ORACIÓN POR MIGUEL JAMES O PLEGARIA VALLENATA

 

Con el permiso del maestro Vinicius.

 

Señor, ten inmensa piedad de Miguel James, el único negro que no vino de Africa en un barco de esclavos, que sin saber nadar atravesó el Atlántico en una tabla de surf, que inmediatamente puso una taguara donde canjeaba una latina por cinco gringas.

Ten piedad, Señor, por esta indisciplina de la naturaleza, que no sabe nada de matemáticas porque devuelve centuplicado el amor que recibe, que lo tiene todo porque no necesita nada, único ejemplar pero con ganas de reproducirse, extraño híbrido entre Bill Gates y la Madre Teresa de Calcuta, gonfaloniero del desempleo, apólogo de la pereza, como Moustaki, especie de Pastor López de la poesía, porque donde quiera que llega ya provoca bailar, capaz de pasar de un solo galope de la postmodernidad a la prehistoria, artesano de mantras, corruptor de menores, catador del dulce licor de los abismos, pero por sobre todo poeta, cantor.

Ten piedad también, Señor, de los editores de este libro, de los integrantes del Círculo Rojo, porque nunca antes había estado tan claro lo que es un círculo vicioso

Ten piedad, Señor, de Daniel Rocco, quien se lleva su apellido al hombro y no termina de llegar a su casa cuando ya tiene que bajar de nuevo a buscarlo a las orillas del río Mucujún, flautista de Hamelin que con la flauta mágica de su amistad recorre la ciudad en busca de poetas.

Ten piedad, Señor, de Emperatriz, porque nunca antes un nombre fue tan acertado, y ten inmensa piedad de Poyer, Señor, ejemplo vivo de aquel refrán que dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con el mismo Miguel.

Ten piedad, Señor, de Yuraima, dueña y señora de todas las ventas de chuchuguasa de la ciudad, por soportar con infinita paciencia a los pintores y a los poetas, y por permitirnos entrar en su librería como en nuestras casas.

Señor, ten piedad de mí, quien ya hubiera querido, de verdad, tomar la foto de la portada, porque yo, guerrillero trasnochado del amor, todavía sigo creyendo que la única salida es coger el Monte.

Y si alguna piedad te sobra, Señor, ten infinita piedad de este libro Oda a Naomi, porque verdaderamente nunca fue tan oscuro el amor como cuando Miguel James amó a Naomi Campbell.


DON ALFONSO

Los abandonos suelen traer relámpagos. Dios se descuida un momento y se le dispara el flash. En realidad sabemos que Dios prepara todos los escenarios. Uno sólo agradece si es favorecido en el casting.

Escena uno. La cámara recorre el restaurant chino, que estaba frente al correo de Mérida, y se queda con un hombre mayor, cuya mirada busca algo a muchos kilómetros de distancia. Sobre la mesa unas pocas cervezas, todas comenzadas y ninguna sin terminar.

Escena dos. La cámara se dirige a la entrada en el momento en que un joven un poco extraviado o encandilado busca un lugar, el rincón más oscuro y distante dentro del citado restaurant.

La cámara nos olvida.

El joven, aspirante a poeta, descubre al hombre mayor de la otra mesa, que es nada menos que el escritor Alfonso Cuesta y Cuesta, amigo suyo. Se le acerca con timidez, sólo pretende saludarlo. El escritor se alegra del encuentro y pide al recién llegado que se quede. Quiere conversar. Se da cuenta de mi curiosidad por la cervezas empezadas.

-No puedo tomar cerveza fría, tengo que dejarlas calentar, me aclara, y pide una fría para mí.

Luego enciende un cigarro y me dice con picardía:

-Tampoco puedo fumar, usted sabe, el enfisema, y se ríe.

Fuma larga y pausadamente, fuma en silencio, con un placer como si fuera Dios quien se paseara por sus bronquios.

Me pregunta que si llevo poemas conmigo, le digo que sí y me pide que se los lea. El asiente con la cabeza, dice que le gustan y promete hacerme una nota para cuando los vaya a publicar.

Luego se queda callado. Yo no sé qué hacer. Quisiera salir corriendo. Temo haberlo molestado. Digo que necesito marcharme. El se niega. Mis poemas le han removido algo que quiere contarme.

Cuando él tendría unos doce años, y vivía en Cuenca, había una niña más o menos de su edad que a él le gustaba mucho, pero no era fácil verla. La última vez que la vio fue un domingo. Ella salía de misa con su familia mientras él la observaba desde la plaza. Luego de recorrer unas pocas cuadras la niña y su familia llegaron a su casa, una casa colonial de teja, pintada de blanco y con zócalo azul. El niño Alfonso las había seguido a una distancia prudencial. La niña se quedó adrede de última y un segundo antes de entrar le hizo adiós, así con la mano, al niño que las seguía. Nunca la volvió a ver.

-Mire lo que ha hecho usted con sus poemas, he retrocedido a los doce años. Yo no he podido olvidar el gesto de la niña, diciéndome adiós con la mano, y usted ha venido hoy a recordármela de nuevo, me reprochó amablemente.

Después pidió un cognac para los dos, para celebrar el recuerdo, dijo.

Luego le pedí un taxi y se fue con una sonrisa de esas que sólo se pueden tener a los doce años.

Hace unos meses se cumplieron diez años de la partida de don Alfonso y he estado leyendo lo que me escribió para mi poemario "El poeta que escribía en menguante" y pensando en la anécdota de su niña de doce años.

Sólo por eso yo querría conocer Cuenca.

 


BREVES HISTORIAS SOBRE CICLISMO


 

 

AL FIN TUVE MI BICICLETA

En meses recientes, en una exposición de pintores en homenaje a Reverón, yo, sin ser pintor, mostré un cuadrito que había titulado: "Al fin tuve mi bicicleta". Cuando era niño había tenido varios triciclos pero nunca una bicicleta. Muchos niños que fueron a la exposición se quedaban un rato ante el cuadro y les hacía gracia. Uno de ellos, el más pequeño, Don Trino Borges, fue muchas veces a "montarse en la bicicleta de Gonzalo". "Es que después de ver una bicicleta uno ya no es el mismo", comentaba, entre otras cosas porque él tampoco había podido tener una bicicleta cuando niño. Unos días antes de cerrar la exposición un señor vino a comprarme el cuadro. Yo le dije que no se lo podía vender. Había esperado cuarenta años para tener mi bicicleta, no se la iba a vender ahora.


EL GENERAL SANTOS RAFAEL BERMUDEZ

En segundo grado me llevaron por única vez en la primaria ante el Director de la escuela. La razón que argumentaba la maestra era que yo le estaría faltando el respeto a los héroes de la Patria, porque en el libro de Historia yo había tachado lo de General y había puesto el nombre de Santos Rafael, en homenaje a ese grandulón que tantas alegrías nos dio a los niños de Mucutuy, quienes no atendíamos a las clases por estar pendientes de la onda corta que iba y venía del radio de algún vecino. El Director, quien era un artista, no sólo no me regañó sino que prometió llevarme a Mérida la próxima vez que la Vuelta al Táchira pasara por allá para que viera de cerca a mi héroe patrio el general Santos Rafael Bermúdez.


NICOLAS REIDTLER

Un día mi madre me envió por un mandado a la bodega de Don Rufo. Allí me entretuve con los amigos quienes escuchaban emocionados el final de una carrera de ciclismo. Un venezolano de apellido extraño se había escapado del pelotón y marchaba solitario en la punta, muy próximo a la meta en una ciudad de Colombia. Yo me olvidé del mandado. Todos estábamos felices. Efectivamente el compatriota ganó la carrera. Don Rufo nos brindó posicles. Sólo que ocurrió lo inesperado. Por no sé qué extraña razón Nicolás Reidtler fue descalificado. Nosotros no cabíamos en nuestra indignación. Qué iba a saber nunca Nicolás que en unas montañas lejanas unos niños que nunca habían visto una carrera estaban tan desconsolados como él. Cuando mi madre me vio llegar llorando a la casa se alarmó. Pensó que podía haberme pasado algo. Yo le expliqué que a un ciclista venezolano le habían robado una carrera en Colombia, que estaba muy triste, y que por eso no había podido hacer el mandado. Mi madre no dijo nada. Ella siempre ha sabido entender mis dolores cuando de ciclismo o de otros amores se trata.


DE CUANDO LIBERTO HIZO LLORAR A LA MUERTE

Un día tomaban unos tragos en un bar de Ejido, Liberto Paredes, Juan Molina, un ex-ciclista a quien apodaban La Muerte, otro ex-ciclista al que le decían La Vaca, y algunos amigos. De pronto, Liberto tomó una botella, se la puso delante como un micrófono, remedó a los locutores de Ecos del Torbes de San Cristóbal o de RCN de Colombia, e improvisó una supuesta competencia. En el embalaje final de una carrera peleaban por ganar Nicolás Reidtler, Fernando Fontes, Santos Bermúdez, Álvaro Pachón, Martín Emilio "Cochise" Rodríguez y, por supuesto, los compañeros de trago, La Muerte y La Vaca. Estos dos últimos no habían tenido suerte en las carreteras y la verdad es que nunca habían ganado nada, pero les hacía gracia verse metidos allí con los grandes de todos los tiempos. Liberto seguía con su narración: ¡Cochise, Reidtler!. ¡Cochise, Reidtler! ¡Cochise, La Muerte! ¡La Muerte, Pachón!. ¡La Muerte! ¡La Muerte! ¡La Muerteeee! ¡Les gana la etapa La Muerte, señoras y señores! Todos reían de las ocurrencias de Liberto. Todos menos uno. La Muerte estaba llorando.


 

EL LOCO DE PREGONERO

Me cuenta el poeta Antonio Mora que en Pregonero había un loco, como en todos los pueblos. En una oportunidad nadie supo de él por varios días, así que los vecinos del pueblo decidieron darlo por perdido. Organizaron varios grupos de voluntarios y salieron en su búsqueda. Un campesino vio al loco de lo más tranquilo caminando por el campo y le informó que en el pueblo lo creían perdido y que lo andaban buscando.

El loco empezó a rezar de inmediato:

-¡Virgen del Carmen, que yo aparezca, que yo aparezca!


AMOR A LAS NUEVE

Sandro acostumbraba llegar de madrugada todos los días. Su esposa protestaba y Sandro, para evitar el chaparrón, prometía que sería la última vez, que no lo volvería hacer, pero nada que cumplía. Sólo cumplió cuando su esposa lo amenazó con la única arma que le quedaba a la mano:

-¡En esta casa se hace el amor a las nueve de la noche, esté usted o no esté!


CONVERSACION CON MIGUEL JAMES EL DIA DE LOS INOCENTES

 

-Oye, poeta, bríndame una chicha.

-Está bien, pero no te pases de canela.

-¡Coño!, mira esa carajita.

-Eso no es nada, mira aquella otra.

-Mira la que viene ahí.

-Y esta negrita.

-Y la del chorcito.

-Esto es una yegua.

-Mira, esa que se está bajando de la buseta.

-Está medio vejuca, pero todavía le queda.

-Y esa tiernita, a nosotros nos podían llamar “la polio”.

-La culpa es de ellas, uno lo que hace es sufrir.

-Mira esa con el ombligüito al aire.

-Quien fuera aire.

-Parece que las hubieran soltado a todas.

-Esa gordita no está nada mal.

-No, nada mal.

-Y aquella flaca tampoco.

-Provoca desarmarle los huesos y volvérselos a poner, como un lego.

-Mira esa, la de la melena suelta, parece una leona.

-Podríamos irnos de safari.

-Mira esa pequeñita.

-¿Qué era lo que decían de las casitas de INAVI?.

-Y la de la pantaletica chiquitica.

-Sí, mientras más grande la pantaleta mayor es la tristeza.

-La de quién?, bueno...

-Y has tenido novias andinas?

-No, chico, las andinas son racistas. El único negro que les gusta es San Benito.

-Y esa rubia también se las trae.

-Me recuerda al "Oro de los tigres" de Borges.

-¡¡Mira!!, mira esa belleza que viene ahí.

-Esto es demasiado.

-Se pasó, ¿verdad?

-Se pasó.

-No se puede.

-No, no se puede.


PINTURA INGENUA

En el hospital de Bárbula había un niño del que se decía había matado a su maestra. La historia cuenta que un día la maestra propuso a los niños hacer el mapa de Venezuela. Todos lo hicieron más o menos bien, unos más torcidos que otros, pero bien, excepto un niño que lo había hecho al revés, había puesto el Lago de Maracaibo donde va el Estado Sucre y la península donde va el lago. La maestra describió el dibujo como "pintura ingenua", opinión que le costó la vida. Los médicos diagnosticaron más tarde "esquizofrenia precoz".

Al niño se le siguió viendo en el hospital, y cuando alguien se le acercaba él le preguntaba:

-¿Usted quiere saber por qué estoy loco?

-Sí, respondía la mayoría, tratando de ser amistosos.

-Pues, llame al 103.


EL MEJOR JUGUETE DEL MUNDO

Enzo: -Este es el mejor juguete del mundo, miren, es una rueda, ruuunnnn, uno la echa a correr y nadie puede alcanzarla, el que la agarre primero gana.

Rafito: -No, esto no es ninguna rueda, esto es un volante, móntense todos que nos vamos, yo voy a manejar, abróchense los cinturones, nos juimos.

Luis: -No, esto es más bien un platillo volador, miren aquí llega, vean, el platillo, ahora se estaciona y vamos a esperar que se bajen los marcianitos.

Rafito: -Qué va, ahora no se llaman platillos, se llaman omnis, y pueden ser de muchas formas, pensemos en cambio que es un disco, le damos vuelta, y sale la música, lalarará, lalarara, ¿ven?

Enzo: -Ese disco es muy aburrido, por qué mejor no lo cambiamos por un disco de las olimpiadas, de esos que unos señores muy fuertes lanzan después de dar varias vueltas, asiiií, y lo lanzan lejos y otros señores corren para ver si no han matado alguna hormiga donde caen.

Luis: -No, no, es demasiado pesado para nosotros, mejor uno se sienta encima y da vueltas así hasta que se maree.

Rafito: -Vengan muchachos, Luisito me ha dado una idea, como esto es bien pesado, por qué no subimos a la azotea y se lo lanzamos al carro del nuevo novio de mamá, ese tipo no me gusta, el otro que tenía por lo menos nos daba caramelos.

Mamá: -Luis, Enzo, Rafito, vengan a comer.

Enzo: -Nos llama mamá, vamos a poner la tapa del Inos en el hueco donde estaba, y después seguimos jugando.


DANIEL SANTOS ENTRA EN ESCENA

El viernes por la noche trajo buenos vientos. Bueno, eso es lo que uno cree. Hacía tiempo que una chica me producía verdaderos desbordes de entusiasmo. Yo no sabía cómo se llamaba, qué hacía, dónde vivía, qué estudiaba. Nada. Sólo aparecía de vez en cuando en algún evento de la ciudad. De repente en una exposición, en un recital, en un despojo con el chamán Bolívar (que, por cierto, en un videoclip de Montaner vi que también se lo hacía a Patricia Velásquez. Perdonen. Es que no pierdo la oportunidad para nombrarla, en fin, cierro paréntesis). La había visto con el pelo largo, con el pelo corto, más gordita, más flaca, con faldas, con pantalones, pero aparecía y desaparecía sin dejar rastro.

La última vez que la vi fue en la Alianza Francesa, donde todos los últimos jueves de cada mes el Chino Rojas con su bella familia contaba cuentos, y en esa oportunidad la chica fue invitada como cuentacuentos para recolectar fondos para Ximena. Ximena, tan bella. A Ximena le hice uno de los pocos poemas que no están publicados en libro. Ella me dijo que lo había pegado en su cuarto. No sé si lo dijo por bondad. La verdad es que ni yo tengo una copia. En fin. Ese día mi chica desconocida contó un cuento un poco flojo, yo de todas maneras tenía ganas de felicitarla, pero Magaly cuando huele peligro de gol aplica el pressing. A mí me provocó lanzarme en el área chica buscando el penalty, pero decidí dejarlo para otra oportunidad, no fueran a sacarme tarjeta amarilla. Y esa oportunidad se presentó el viernes, ese viernes que les digo que parecía traer buenos vientos.

Yura me había dicho que el viernes se presentarían en la librería los cuentacuentos “donde está la muchachita esa que a usted le gusta”. Yura, tan servicial. Efectivamente, esa noche estuve puntual. Había pasado previamente por el bar La Cibeles para un aprovisionamiento mínimo de coraje. Llegué y empezó la función. Los chicos estuvieron brillantes, con unos cuentos largos pero tan bien contados que no causaba ningún malestar, hasta que le tocó el turno a la chica. Empezó a contar y me miraba, se perdía y me miraba, se sonreía y me miraba, se le olvidaba y me miraba, lo intentaba de nuevo y me miraba, se perdía de nuevo y me miraba. Yo no sabía qué hacer, a mí me parecía que tenía que ver conmigo, ella se disculpó, dijo que estaba muy nerviosa por alguien del público, y señaló a Ever, quien estaba por allá detrás. Prometió intentarlo posteriormente, y arrancó, esta vez bien, con un poema de Aquiles Nazoa.

Cuando ya terminó la sesión, luego de unas copas le dije que no se preocupara, que eso pasaba a veces. Ella dijo que no había tenido concentración porque no estaba segura si se iban a presentar o no. Yo había hecho algunas fotos, y ahora les pedía que se juntaran para hacer una foto del grupo. Ellos se organizaron, y yo hice mi foto con miedo de que esta vez el flash, como su cuento, no funcionara.

Luego de aplacar con vino mi sed o mis miedos le pregunté a Yura que si tenía por ahí un poemario mío para dedicárselo a la chica. Yura dijo inmediatamente que no. Yo le dije: “yo no sé, pero usted me hace el favor de conseguirme uno, ahora mismo, usted no me puede hacer esto”. No sé de dónde por fin sacó uno de Viaje a Penélope, y raudo me dirigí a la chica para regalárselo. Ella entonces me dijo lo que yo quería oír: noo, pero así no, tiene que dedicármelo. Y yo, con cara de estúpido: es que no sé cómo se llama. Linda, me dijo como quien no quiere la cosa. Yo, uno de los más fieles admiradores de Daniel Santos, cómo no se me ocurrió antes. En la dedicatoria le escribí: “Para Linda, porque nunca antes un nombre fue tan acertado. Amorosamente. Yo”. Y se lo entregué. Ella agradeció, prometió que lo iba a leer con atención y me dio un beso.

Antes de marcharse preguntó cómo podía tener las fotos, yo le dije que si quería se las vendía pero que yo cobraba muy caro. Ella sonrió. Te las doy la semana que viene, pero con la condición de que hayas leído mi libro, por cierto, ¿leíste la dedicatoria?. No, esas cosas me gusta leerlas en la intimidad.

Han pasado sólo unas horas de este sábado en que escribo y no sé si me alcanzarán los años para llegar a la semana que viene.


BOLERO Y DESPECHO ¿LA ÚNICA RELACIÓN POSIBLE?

Mucho se ha escrito sobre el bolero y el despecho. Según algunos historiadores de dudosa re-putación, el bolero llegó a Venezuela por el Cabo de la Vela. En esa época, hace ya mucho tiempo, un poeta llamado Guillermo de León Calles, junto con otros compañeros, inventó un programa de radio que se titulaba “Un bolero y parte de otro”.

Cuenta el poeta Guillermo que el bolero se le apareció un día y desde ese momento es su más fiel devoto. La revelación, vamos a llamarla así, la tuvo un día que su madre (la madre de Guillermo de León, no la madre del bolero) lo llevó al médico pues el chico presentaba molestias en la espalda. El médico le diagnosticó algunos problemas en la L1, L2, L3, L4, que extraña o coincidencialmente se llaman Lum-Bares. Al salir de la consulta, la madre estaba muy preocupada pero el poeta se moría de felicidad. Se fue corriendo a la escuela a darle la buena nueva a sus compañeritos de clase. El doctor le había descubierto en la columna vertebral ¡¡una rockola!!

Pero el bolero es como el río de Heráclito. Por más que pase nunca deja de pasar. Por ello, nadie se embolera dos veces en el mismo río, aunque uno sí pueda despecharse dos veces con la misma piedra.

El despecho, por su parte, viene del latín despectus, menosprecio. El despecho es un dolor que ningún médico ha podido localizar. Platón fue uno de los primeros en percatarse de este fenómeno. Se encontró un día con varios despechados, que encadenados a sus amores bebían en el último rincón de un bar y creían ver en la pared las sombras de sus amadas, y allí se le ocurrió al filósofo escribir el conocido “Mito de la Taberna”.

El despechado es un enfermo para la sociedad. La oveja negra del amor. El “maletiado” le dicen. Los hay de todos los formatos. Hay los que se despechan tres veces al día. Los que lo llevan con mucho orgullo, como un tatuaje, caminan como un antílope en el polo norte. Hay los que se echan al abandono. Los que se emborrachan, tratando de ahogar las penas, pero estos sentimientos multibióticos son tan fuertes que no les pasa nada, se bañan cómodos, de lo más tranquilos en el alcohol. Se trata de fieles seguidores de Humprey Bogart, quien creía que el mundo tenía tres copas de atraso y era de imperiosa necesidad ponerse al día.

Estos profesionales del dolor, que muy bien se merecen la Condecoración Julio Jaramillo en su Primera Clase, en realidad no tienen la culpa, porque el despecho no es responsable de sus actos.

El dolor del despecho puede provenir del amor frustrado o del todavía no cumplido. Son dolores no deseados pero de los que no podemos escapar ya que en las arenas movedizas del amor nadie puede estar completamente seguro. Y pobre de aquel que no se haya despechado alguna vez. Se puede reaccionar ante el dolor de varias maneras. Una es aceptarlo sin chistar. Otra es dolerse pero calladamente. Morir callado, pues. Finalmente, ante tanto cariño dolorido, ante tanta pasión no correspondida, ante tanta indiferencia, en fin, ante tanta desalmada, nos queda el bolero.

Cada despecho es un crimen, pero, como en todo crimen, lo primero que se nos dice es: “Debe permanecer en silencio, todo lo que diga será utilizado en su contra”. Y ahí surge el bolero. El bolero es entonces la confesión cantada de ese crimen, es decir, una confesión doble, por aquello de que “quien canta se despecha dos veces”. Sólo que, paradójicamente, tal confesión se convierte en una liberación. Esa confesión cantada es una catarsis, una catarsis individual y colectiva, pues como dice el proverbio: “Sólo es desdichado aquel que no sabe cantar”. De allí que cada despecho tenga su canción y basta estar despechado para creer que todas las canciones fueron escritas para nosotros. Por ejemplo el bolero titulado SIN TI, donde el amado-despechado cree que sin la amada no podría vivir jamás.

O este otro que sigue a aquel verso según el cual “más vale morir por la mujer amada que vivir con ella” y que es una petición a la amada para que se marche, el bolero VETE DE MÍ de los hermanos Expósito, que escuchamos muchas veces en la voz de Bola de Nieve o Altemar Dutra.

El amor es la más carnal de las ilusiones, decía Pessoa, pero es también el eterno mal de aquellos que andan por ahí buscando su otra alma, y se quedan sin nada, porque, como dicen los Evangelios, quien busca su alma suele perderla. Así dice el bolero ALMA MÍA de María Grever.

Borges dice que quizá todos seamos parte de un gran libro que es el mundo. Quizá sólo seamos versículos o letras o palabras de un gran libro mágico que es el universo. O quizá seamos parte de una canción. Por algo a Felipe Pirela le gustaba tanto ese bolero de Mario de Jesús, que dice: ESE BOLERO ES MÍO.

El problema es que uno siempre está enamorado, y esa es la razón por la cual no debería casarse, porque la felicidad de un hombre casado depende algunas veces de las mujeres con las que no se ha casado. (Y viceversa). Además hay que tener en cuenta que el matrimonio es algo tan nocivo como los cigarrillos, y aun más caro. Sobre todo por aquello que decía Schopenhauer: “La vida es un negocio que no cubre los gastos”.

De allí que el filósofo Woody Allen diga que lo único malo del matrimonio es que a veces comienza con un príncipe que besa a un ángel, y termina con un calvo que mira a una gorda que está al otro lado de la mesa. (Y viceversa).

Pero no hay nada que hacer, a pesar del peligro del despecho no hay acto más generoso que enamorar. No hay nada como tener una novia. No hay inclinación más natural que la de la pareja. Aunque las feministas digan que no. Ellas consideran que una mujer sin un hombre es como un pez sin bicicleta.

El bolero es una especie de Estética de la resistencia con sus dos terribles armas: la música y la poesía. La música, ya lo decía Beethoven, es una revelación más alta que la ciencia y la filosofía. A través de los siglos, la música se ha empleado para calmar angustias, mitigar dolores o devolver la razón a mentes desquiciadas. Los etruscos fueron unos de los primeros que advirtieron los efectos paliativos de la música. Azotaban a sus esclavos pero al son de dulces flautas, para mitigarles el dolor. La otra arma es la poesía. Uno de los grandes beneficios del bolero es que le ha permitido a todo el mundo la posibilidad de vivir permanentemente en poesía. Antologías de poesía del continente recogen hoy, sin pena alguna y con mucha gloria, poemas de Agustín Lara y Rafael Hernández, entre otros. El poeta Rafael Cadenas dice que alguna de la mejor poesía latinoamericana está en las rockolas. Generaciones enteras han cantado las letras de los boleros, sin importarles el autor, sin importarles si saben leer o no; sólo han necesitado sentir. De allí que podamos afirmar, entonces, que la fuerza del bolero es indestructible porque la poesía y la música, la felicidad y el dolor también lo son. El bolero es un movimiento de liberación. Es una rebelión en cadena. Aunque algunos siquiatras lo consideren como la cuna de todas las patologías, el bolero en realidad es el gran escape de las rejas de las emociones. Pero, aunque se trate de una catarsis colectiva, no hay que olvidar que cada quien tiene que librar su propia batalla.

Saludamos la iniciativa de celebrar un día nacional del bolero en homenaje al bolerista de América, Felipe Pirela, porque el bolero es el cordón umbilical de los latinoamericanos, y el despecho la continuación del amor por otros medios. O por el mismo medio.


LOTREMÓN

Los mitos serán siempre los mismos. Sólo cambia la geografía o los instrumentos, depende en todo caso de la tecnología o de los estados de ánimo. Conocido es, por ejemplo, el mito de Ícaro que sigue repitiéndose con terca puntualidad en nuestras costas. Icaro quiso escapar del laberinto de Creta y para ello voló con unas alas de cera construidas por su padre, pero se acercó demasiado al sol quien derritió las alas e Ícaro fue a dar al mar. Alfredo Lotremón es el Ícaro de nuestros días. En noches pasadas, cumpliendo con su trabajo o pensando escapar de otro laberinto, se elevó por los aires sin percatarse de que una luna creciente derretía sus alas y lo traía de nuevo a tierra.

Es claro que no me refiero a Lautrémont, el poeta francés, el de Los cantos de Maldoror o el de “la poesía hecha por todos”, me refiero a Alfredo, o Lotremón, como le decimos todos, pero que nadie sabe efectivamente cómo se llama, qué hace ni quién es. Lo de tipógrafo o fotógrafo es apenas una máscara.

Siempre he creído que Lotremón es el gran nombrador, el gran nominador, el gran legislador, del que hablara Platón, pero marcado por una paradoja: el que da los nombres no tiene uno para él.

Por eso lo vemos algunas veces recorriendo la ciudad como un ángel de la noche dándole nombre a tanto olvido. Un trabajo a tiempo completo. Peleando porque el mundo sin nombrar no se le quede en la garganta. Un trabajito que sin duda da sed. Se seca la boca con tanta nombradera. Y una cerveza nunca será una mala palabra. Pero a veces las cosas no se dejan ver desde cerca y hay que elevarse para tratar de ver desde arriba. Con las consecuencias ya conocidas.

Unos días antes de que saliera del hospital fui a visitarlo. Suponía que lo iba a encontrar triste, deprimido en ese horrible lugar de las emergencias. Por el contrario, estaba de lo más feliz. Al nomás entrar me pidió silencio y me señaló a una joven pelirroja, muy blanca y pecosa, de largos cabellos ensortijados, que con un vestido amarillo casi transparente estaba sentada en un rincón de la habitación. Lotremón me explicó que la chica venía todas las noches a visitarlo, no decía ni media palabra, sólo se limitaba a sonreírle un rato y luego se marchaba. Los médicos del hospital aseguraban que era una joven con trastornos mentales. Los médicos, siempre tan científicos. Sólo Alfredo sabía que se trataba de un ángel.


LA ERÓTICA DEL LIBRO

 

“Quien no ha metido mano,
no es humano”.

Graffiti en el barrio Campo de Oro.

 

Hay quienes creen, con San Agustín, que todo cambio es diabólico. Así conozco a algunos escritores amigos que no sólo no quieren nada con computadoras sino que, incluso, nunca dieron el paso de la pluma a la máquina de escribir. Les parece que es como intentar un triple salto mortal, sin nada abajo. Lo anterior viene a cuento porque con la incursión del libro virtual en el mundo de la tecnología, hay quienes se niegan, so pena de muerte, a aceptar semejante cambio, y abogan por el libro de carne y beso, el libro de cuerpo presente.

Alegan que con el libro virtual se pierde el tacto del papel, el olor de la tinta y la voluptuosidad de la letra o la grafía dejada por el linotipo. En cambio, en la pantalla las letras son siempre las mismas, mayúsculas o minúsculas, un punto mayor o un punto menor, una terrible monotonía gráfica.

Arturo Uslar Pietri no podría haberlo dicho mejor. Dice: “No sólo se ha creado la necesidad del libro, sino la voluptuosidad y el placer del libro. El tacto de la página, el aroma de la piel y del papel, la armonía de la composición tipográfica, la belleza de los caracteres y la presencia sólida del formato, son otros tantos regalos para la sensibilidad refinada. El buen bibliófilo es el pupilo de todas las musas”.

Porque, al contrario de lo que se cree, leemos no sólo con los ojos, o con la mente, sino también, y sobre todo, con nuestros cuerpos. Libro de verdad es todo aquello que se pueda tocar, que se puede intervenir, al que se le pueden hacer anotaciones, en fin, al que se le pueda meter mano. El libro ama desde su tachadura, decía Derrida.

Algunos creen que es perversión, pero no hay nada de qué temer. Hablamos del placer físico y de la fantasía que carga a los libros de olores y de sentidos. A cuántos no les ha pasado, cuando entran en una librería, como a aquel plomero que cuando entraba en una ferretería empezaba a salivar.

Es que ir a una biblioteca es, literalmente, como ir a una casa de citas. Claro, hay autores que citan más que otros. Y también los hay autosuficientes, los que se autosatisfacen ellos mismos, y no citan.

Como todo lugar para grandes iniciaciones, en el pórtico debe haber una inscripción en latín. En este caso dice: “Qui male leget, male finit”. Es decir: “Quien mal lee, mal acaba”. Uno llega medio nervioso, tratando de descubrir el libro que le gusta. La madama, es decir la bibliotecaria, nos anima. -Venga, no sea tímido, los libros no comenn a nadie -dice tratando de ayudar, mientras nos ofrece un catálogo ilustrado a todo color.

Aunque desde hace tiempo se tenga curiosidad por las novedades, pregunta, sin embargo y con embargo, por aquella enciclopedia, la grande que está en el rincón. Se supone que: “libro grande, ande o no ande”. Pero hay sorpresas. Aunque no se crea, en cuestión de libros, como en el amor, no hay nada escrito.

Lo más desprestigiado en estos lugares son los llamados “cursos para lectura rápida”, estos cursos que son del tipo “rácata pum chin chin el gallo sube” están hoy en franco desuso. Porque el mejor homenaje para un libro es, sin duda, el coitus interruptus.

Aunque Macedonio Fernández decía que a él no le gustaba llegar al final de sus libros, por eso los terminaba antes.

 

En una librería hay libros para todos los gustos

Hay libros que son “Mírame pero no me toques”. Sobre todo después que le vemos el precio. Sé de un amigo que cuando le pidieron un precio excesivo, dijo: “No, gracias, yo lo hago sólo por amor”.

Un libro deber ser hijo de un país y de una época, por eso en estos tiempos me inclino por los libros que más pesan (problemas de la columna). Libros donde se nota que no hay mayores pretensiones ni menores pretenciones. Libros sin erudición, sin prejuicios, e, incluso, sin conocimiento de lo que se está haciendo. En estos libros se muestra plenamente la mayor carencia del hombre contemporáneo: la carencia de carencias. Pongamos por ejemplo “El manual del levante” del desaparecido amigo Pedro Chacín, y “El manual del despecho”, de desconocido autor.

Hay libros que por donde pasan no vuelve a crecer la hierba. También escritores.

Libros como puñales, que sólo sirven para matar el tiempo.

Libros que vuelven en las noches de invierno.

Libros con solapas, como amores solapados.

Todo libro se escribe para la inmortalidad, pero a veces pasa sus últimos días (el libro, no la inmortalidad) en esa especie de geriátricos ambulantes llamados “remates”. Y uno va por la calle y de repente ve aquellos libros inalcanzables y uno suspira y le reza a santa Rita, Patrona de los Imposibles: “Tú que lo puedes todo, consígueme ese libro, aunque sea por un ratico”.

 

El otro asunto son los lectores

La más antigua noticia que se tiene de un lector es el caso de Eratóstenes, quien habiendo quedado ciego prefirió la muerte a privarse de la lectura.

Hay los que, viciados de cultura, creen que todo se encuentra en los libros, los que piensan que los libros reemplazan a la vida. Los pobres están tan equivocados como los que creen que el tiempo se puede encontrar dentro de los relojes o, lo que es peor, que la felicidad se halla dentro del matrimonio.

Hay quienes creen que las lecturas deben estar adecuadas a la edad. Será por eso que estos días sólo leo cuentos infantiles. San Agustín decía: “temo al hombre de un solo libro”. Sobre todo si el libro es de él mismo.

Hay muchos comentaristas de libros, que en realidad son lectores de contraportadas o de solapas, y a lo máximo que llegan es al prólogo o a la introducción. A esos “críticos” se les debería hacer como decía Ovidio: “El que besa y no toma lo demás, bien merece perder los besos dados”.

 

Lector pesimista es aquel que entre dos libros malos, escoge los dos

Borges dice que quizá no seamos ninguno lectores. “Quizá seamos parte de un gran libro que es el mundo. Quizá sólo seamos versículos o letras o palabras de un gran libro mágico que es el universo”. O para decirlo con una canción más cercana a nosotros: “Ese bolero es mío, porque su letra soy yo”.

Un lector abstemio decía: Amo a mis libros como los bebedores aman a sus vinos: mientras más leo, más me emborracho. Conclusión: Somos lo que bebemos.

Hay quienes no leen porque dicen que no tienen libros. Lo cual es una verdadera aberración. Carecer de libros propios es la más grande de las pobrezas. Carecer de libros ajenos es el colmo de la miseria.

Tampoco se debe obligar a nadie. Eduardo Galeano recuerda en que pleno centro de Medellín vio este letrero que nosotros, en parte, ya conocíamos: “La letra con sangre entra”, y más abajo otro firmaba: “Sicario alfabetizador”. Claro, no faltará el pesado, que después de leer esto, diga con razón: “Mientras más leo, más amo a mi perro”.

 

Finalmente están los escritores

Los escritores, decía alguien, somos como los animales, a unos les gusta producir miel y a otros pasarnos la vida volando. Unos quieren ser gusanos y otros mariposas.

Aunque, de todas maneras, como decía una viejita: “Tarde o temprano todos los escritores se hamburguesan”.

 

Vuelta a la página

“Virtual” o “real”, el libro no ha de ser ni una mina para saquear ni un depósito o vertedero donde vaciar nuestras miserias. El libro es un pontífice. Tiende puentes y es puente él mismo. Puente de luz y no hervidero de luciérnagas. Aunque algunas de ellas queden achicharradas por falta de humildad.

Los libros deben ser como las ramas de los árboles, ofrendan el aire y las alturas pero sin cortarnos las alas, ofrecen el cobijo y el reposo pero sin permitir el aburrimiento.

Para el sabio los libros no son libros, sino huéspedes. Todos llevan ropa de familia. Los libros son, como decía Pedro Laín Entralgo, pura fiesta para el espíritu y aun para el cuerpo de quien los lee, suave fiesta sin estruendo alguno.

Por eso José Martí decía algo como esto, cito de memoria: “...que nadie debe estar triste ni acobardarse mientras halla libros en las librerías, luz en el cielo, y madres, novias y amigos por todas partes.”.


LIBROS SIN CONCESIONES

En estos días Raúl Cazal, de la Editorial Comala, me ha pedido que le haga una lista de diez títulos que yo recomiende. Me ha dicho tajantemente: “hazme una lista, pero eso sí, sin concesiones”.

Los siguientes títulos cumplen claramente con esa condición, porque se los hemos querido conceder a mucha gente pero nadie los ha aceptado.

1.- El manual del levante. Pedro Chacín.

2.- Sarita, Sarita, tú eres bien bonita. Miguel James

3.- El bolero se baila pegaíto. Raúl Cazal

4.- La casa del hechicero. Freddy Fernández

5.- El manual del despecho. Gonzalo Fragui

6.- Zoonetos. Adelis León Guevara.

7.- Acantilado. Ryukichi Terao

8.- Crónicas de Acirema. Antonio Mora

9.- No hay mar que por bien no venga. José Lira Sosa

10. Peticiones osadas. Julio Jiménez.


HERMES VARGAS, EMBAJADOR EN LOS PAISES BAJOS

En los bajos fondos de la diplomacia se conoció que el poeta Hermes Vargas, en vista de su conocida estatura intelectual, sería nombrado embajador en los Países Bajos. Hermes Vargas es reconocido, dentro y fuera de La Mucuy, como un gran escritor de poesía erótica de ficción. Igualmente ha sido profesor de puericultura, escultor de gran talla, pintor de brocha gorda, protagonista de dramáticos, y autor de un libro de medicina, que algunos sospechan que fue plagiado a Hipócrates, aunque él (Hipócrates), haya jurado que no. Hermes Vargas también se desempeñó como alto funcionario de la Librería Kuai Mare, pero sus problemas empezaron desde una vez que hubo reducción de personal.

Sabemos que Hermes estará a la altura, por ello creemos que, en los Países Bajos, Hermes Vargas se encontrará como en casa.


LA POESÍA DE CARLO MAGLIONE

Poesía es para Carlo Maglione una travesía que va desde un “no se sabe dónde” hasta un “no se sabe qué”, pasando por un desconocido “no se sabe cómo”, pero con tal maestría que uno no llega a darse cuenta.

La poesía de Maglione tiene la fuerza de lo inacabado. De allí que el lector participe de manera decisiva, y en algunos casos es tal la generosidad del autor que el lector tiene que hacerlo todo.

A la poesía de Maglione, como a las buenas pinturas, o a las grandes montañas, hay que mirarla desde una cierta distancia, para ello es necesario a veces utilizar un zoom, lo cual se empalma con el Maglione fotógrafo y con el ego del autor.

Por ello podríamos estar acercándonos peligrosamente a la esencia del poeta-fotógrafo, para quien no tendríamos reparo en afirmar que tiene un EGO ZOOM.


EL ADIOS DE MIGUEL

Lo vi que fumaba solitario en una mesa del boulevar de los pintores. Le pregunté que qué había de nuevo y él me respondió displicentemente:

-Nada, que me voy.

-Para dónde, le pregunté otra vez.

Él sacó el boleto de avión y lo lanzó sobre la mesa.

-A Caracas.

-¿Verdad?

-Sí. Por cierto, quiero que me acompañes al viaducto que tengo que hacer una diligencia.

-¿Te vas a suicidar?, le pregunté en broma.

-No. Me lo dijo seriamente mientras se levantaba y se dirigía efectivamente a la avenida dos.

Yo lo seguí en silencio. Busqué ayuda con la mirada a los escasos clientes pero a ninguno conocía. Me pregunté si de verdad iría a suicidarse y yo ahí bromeando. Me provocó alertar a un policía de punto que estaba por allí, pero Miguel me estaba observando con la mirada, así que seguí sin decir nada. Al llegar a la mitad del viaducto sacó un condón de la cartera y lo lanzó al vacío.

-Dos años y no lo necesité, me dijo con tristeza.

Yo, en solidaridad, hice lo mismo. Le dije que el mío estaba roto y hasta había perdido el aceitico. El no sonrió como yo esperaba, así que emprendimos en silencio el regreso al centro de la ciudad. Me habría gustado saber qué pasaba por su cabeza. Yo por lo pronto pensaba en alguien quien dijo alguna vez que escribir un poema y ponerse a esperar qué decían de él era como lanzar un pétalo de rosa al vacío y esperar el ruido que haría al caer. Nosotros no acabábamos de lanzar precisamente pétalos ni versos.

 

FIN, por ahora.


 

Cabecera

Portada

Índice