Gabriel Barrios Fedriani

La compra

 

James Rosenquist: Mantequilla (1964)

 


 

TRES HISTORIAS BREVES

HISTORIA NÚMERO 1

Un misionero vuelve a España tras casi treinta años en Sudamérica. Sus parientes lo reciben y agasajan lo mejor que saben en cada casa.

Cuando en una de ellas van hacia el comedor, pasa por una habitación entreabierta donde dos niños, hijos de su hermano menor, aprietan frenéticos unos botones conectados a una pantalla que emite destellos en colores estridentes y ruidos de vértigo. Mira a los padres y les pregunta, muy serio, ¿cuándo juegan estos niños?

HISTORIA NÚMERO 2

Dos niñas de dos y tres años, hermanas, van a la guardería temprano. Las lleva el padre. Por la tarde, vuelven a casa con la madre, que las recoge. Tanto al ir como al volver, ambas niñas se paran, todos los días, ante un gran escaparate de cristal donde contemplan un juego de construcción enorme y complejo, junto a su caja. No tienen mucho tiempo, hay prisas. No lloran ni forman escándalo alguno. Se miran y siguen el camino.

Los padres, una noche, comentan lo que ocurre y acaban comprando el juego. Comienza a armarlo el padre, el primer domingo que tienen libre. Pasan las horas y la complejidad le cansa. La madre acude en su ayuda, atornillando y ajustando. Pero algo empieza a temblar y todo el castillo de piezas se va a venir abajo. Cada uno coge en brazos a una de las niñas y corren a protegerse dentro de la gran caja de cartón, abrazados los cuatro, mientras cae la construcción con estrépito. Las dos niñas se miran y sonríen. Ya tienen, por fin, lo que querían.

HISTORIA NÚMERO 3

En Cádiz, si no hay prisa, se coge el autobús. Un hombre, tras cuatro paradas, pregunta a una señorita muy guapa si se baja en la próxima. Ella responde que no, con una sonrisa.

Treinta metros más tarde -o cuatro paradas que es igual- vuelve a preguntarle lo mismo, con la misma respuesta.

Cuando llega a su destino, cerca de la Catedral, el hombre repite la pregunta, y la señorita insiste en que no se baja en ese punto. El hombre, entonces, le ruega que levante el tacón de su pie. El sí se baja aquí. La sonrisa de la muchacha estalla en carcajada. Ese hombre es el cartero de esa zona de Cádiz, el barrio de la Viña, desde hace treinta años.


LA COMPRA

Lista Previa

Papel higiénico, que no se te olvide. Mira a ver si hay. Que no. Papá, tráeme las galletas de la caja cuadrada de colores. Ni hablar, que dejáis la mayoría. Os compro mejor las redondas María de toda la vida. Ffuuu... pues yo quiero flan del que se puede meter la cuchara, no como el que os dieron de propaganda porque la muchacha era muy guapa. A ver, un último repaso, antes de irnos. Sí, sí, hombre, rollos de papel para la cocina, que se han utilizado, ya sabes, como no había del otro... Anda, vámonos.

Llegada al Súper

Qué cantidad de gente, por Dios, ni que fuera primero de mes. Es primero de mes. Mira un sitio. No, que es para minusválidos. Pero si a mi me duele la espalda muchísimo. Nada, sigue buscando. Ahí se va uno, corre. Bueno, ya se arreglará, ha sido sólo un arañazo; que dice, exactamente, cuánto mide el coche. Coge un carrito. Mejor dos. Niño, sal de ese carro. Niño, no entres por ahí. Niño, suelta ese balón. Disculpe el balonazo, caballero, fíjese en qué sitio precisamente. Disculpe, insisto. No, niño, no, no te puedo soltar las correítas que te ha puesto ese señor de uniforme. Pero puedes mover los brazos, así que tú ve cogiendo las mermeladas y los yogures. ¡Asi, así, qué bien!

Tiempos muertos

¿Dónde está mamá? Pues la he visto en los aceites, hace nada. Vamos allá; no, mira, allí en el pescado. Disculpe, caballero, son tan molestos estos carritos ¿en los tobillos, verdad? Y tenia que ser el del balonazo... Venga, mujer, deja las rebequitas de entretiempo, si hoy es la comida, que se hace tarde. Y la gente nos mira por lo del niño amarrado. Salgamos cuanto antes. No, no he cogido el champú antimoho. No, las almendras en escabeche se me han pasado. Sí, los fideos finos los llevo. Anda, pon la rebequita colgando del carro, que el niño lleva las manos pringosas de la mermelada de grosella. Vamos para una caja, y cuanto antes.

Pago en caja

Pon una de esas barritas que dicen cliente siguiente. Niño, déjala en su sitio. Ahora no sé si los canelones y la leche hidratante acción perenne son nuestras o de este señor que va delante. Vaya clavada que le han dado, tú. Toda la familia buscando en los bolsillos para juntar. Ah, es que la señorita había marcado cien cajas de magdalenas. Ya lo ha corregido. Pero qué bochorno. Como que hay que estar atento. Buenas tardes, buenas noches ya. Si, es el único varón. Va amarradito para que no se caiga. Si, creo que me quedo con los canelones. Si, y con la leche hidratante. ¿Cuánto? Un momento, por favor. La cola murmura. Busca en tu cartera. Pero si traías bastante, ¿qué ha pasado? (Diez minutos. Una señora, tercera en la cola, hace ver que hay billetes pringados de grosella bajo el carro). Tenga usted, lo siento, es que el niño, jugando... Anda, vámonos.

Transporte de bolsas

El ascensor todavía sin arreglar, hasta que el presidente haga la reunión. Aunque dice que a él, en el bajo, ni tanto que le importa. Las primeras bolsas, para calentar, son de pan integral, servilletas de papel y una bolsa de patatas fritas abierta y pringada de grosella. Cuarenta minutos después, todo está entre el mueble y el frigorífico. Mañana hay que ir temprano, sin bulla, a devolver la rebequita del niño, que le queda pequeña.


RONDA

Contacto visual

Es lo primero. Que me vea. Que me vea y que vea que yo la veo. Eso es.

Por ahí viene. Qué caída más tonta, la pobre. Pero me lo dijo su prima Mari, que a todos lados con tacones; aunque venga cargada con cuatro bolsas hasta arriba, ella con tacones. Y ahora no es plan de que vea que la he visto. No veas qué corte, con todas las patatas debajo del coche verde ese, que lleva más de dos meses abandonado, a pesar de que mi madre ha llamado a los del depósito municipal antesdeayer.

Lugares comunes

Cuando sale del trabajo, ella tiene sus sitios para ir a echar una canita al aire, como dice mi tío Pablo. Pero el Pablo de parte de mi padre. Porque el Pablo de parte de mi madre es cura de San Vicente dels Horts. Yo no quiero divagar. Ella se va a tomar un agua tónica a un bar amarillo que está al lado del Cortinglé. En realidad es una cafetería, pero nadie toma café. A lo mejor propongo que se llame toniquería y me luzco o hago el ridículo. Pero ya sé a qué hora puedo entrarle: cinco minutos después de pedir su consumición, empiezan todas las amigas -ella va de las últimas- al baño. Sincronizaré mi reloj con el del Telediario de la primera, porque he visto que el reloj del video también tiene la misma hora. He pensado que podría hacerme el encontradizo en Pandurito, la tasca de su tío, pero ella va a ese tugurio solo para recoger a su padre, al llamarlo la mujer para cenar. Y es que a mi el vino que ponen allí no me gusta.

Amigos comunes

Ninguno.

Otras posibilidades

Las actividades del Distrito Sur. Este año se ha puesto en marcha, además de lo de montar belenes, una clase de baile. He estado hablando con el señor Concejal de Cultura -mi tío Pablo- y creo que van a ser los lunes y miércoles de siete a ocho de la tarde, y los sábados a las nueve y media, con baile abierto para todos los vecinos. Tengo, pues, tres oportunidades a la semana, que contando, contando, se van a las ciento cincuenta y seis en un solo año. No debo fallar.

Otra posibilidad es hablar con su hermano. Pero no va a ser fácil hasta que nazca, y sus padres son ya mayores.

Pienso en sus tres hermanas, casadas y con muchas ocupaciones. Me da apuro molestarlas con cosas que quitan tiempo y comprometen, porque te cuentan unas cosas que son para que te las diga ella y nadie más. Si quiere ella, digo. Yo no sé, la verdad.

Cosas que tienen que pasar

En su empresa la convención se hace este año en el hotelito Gaviotas, de toda la vida con salones para celebraciones y reuniones de trabajo. Monísimo. Tenían previsto seguir trabajando al día siguiente, y todos los empleados pernoctaron en la primera planta para poder comenzar temprano las últimas ponencias. Es estupendo que sea yo el gerente de este hotel. Llamo a una puerta y ahí está ella, que me abre y de un tirón de la corbata me lanza a la cama. Caigo, pues, en blandito. Y ella sobre mí, en blandito también, que no soy persona huesuda. Cuando puedo volver a hablar, han pasado unos ochenta minutos preciosos que no he aprovechado para decirle, tan despeinado como estoy, que me gustaría invitarla a tomar una tónica.

Tal vez, siendo su vecino, debería haber empezado todo esto de una forma más sencilla.


UNA CARTA DE AMOR. ¿POR QUÉ NO?

Querida mujer, esposa y cónyuge:

Por la presente, te comunico que a fecha de hoy, treinta de agosto de dos mil seis, mantengo por tu persona física una elevadísima pasión. Lo cual pongo en tu conocimiento a los efectos que consideres oportunos.

Hago constar en este escrito, debidamente justificados en documentación adjunta, momentos de gran intensidad emocional, ordenados en virtud de un criterio no puramente cronológico, según constan en mi memoria, salvo error u omisión:

Cruce de miradas de septiembre de 1976:

No pude, tras el impacto de tus ojos sobre los míos, evitar el charco. Ni la boñiga del pastor alemán, el Amancio. Ni el carrito de la compra de doña Consuelo, la del bajo, siempre por medio.

Apuntes de Geometría en diciembre del mismo año, ese mágico 1976:

La lluvia había remitido y el viento posterior se llevó las pocas y tenues nubes hacia el infinito. Junto con mis folios. El recoger tus notas y rozar tu mano provocó en mí una reacción química orgánica del estilo de un petardito nuclear no de los pequeños. Unos cien megatones; y puede que me quede corto. Esto -1,62 cm- debe ser creíble, ¿no?

Reunión progre de febrero de 1977:

No fui. Me tenía el cuerpo encasquillado una gripe ruin, que logró hacerme faltar a mi primera reunión progre. El llanto se apoderó de mi hasta el punto de peinarme para el lado distinto de como lo hacía hasta entonces.

Picnic o meriendilla también muy progre de abril de 1977:

No podré quitar de mi mente el reflejo de los primeros rayos de sol sobre tu pelo, el color más hermoso que haya visto jamás. Ni que José Mari el largo y Manolo se pusieron púos con la botella de ginebra para ellos dos solos. Y cómo hablaban ambos al mismo tiempo. Fue poderoso.

Recogida de notas de junio de 1977:

Menos mal que estabas tú para hacer menos desagradable ese asuntillo de las calificaciones. Porque si no, mato a alguien en junio de 1977; sí, sí, al chufla de Física, que se creía él que le daban el Nobel en septiembre de 1977. Pues no.

Elecciones Generales:

Votamos y rebotamos, tú tan neumática como has sido siempre. Fue al echar nuestra primera papeleta, llegando juntos en una sincronía digna de parejas que han ganado medallas en patinaje artístico.

Mayo de 1980:

En un despiste tuyo, nos casamos. Cuando viste que no era un cheque para una ONG lo que firmabas, sonreíste en lugar de montar un número indignada, como podría haber hecho cualquier mujer en tus mismas circunstancias.

Llegan las niñas:

Algo bueno tenía yo que hacer en este mundo y por ahí me lucí, qué coj...

Vuelven los estudios sin terminar:

Se gana tiempo al trabajo y tú acabas con la carrera a golpe de paciencia y tenacidad entre un potaje de garbanzos y un buen pisto para el día siguiente. Eso sin olvidar que el resto de la familia, los tres, te estaban preguntando dónde habías puesto camisas limpias, calcetines marrones y el muñeco Fragel.

Se hacen mayores las niñas; las dos, que hasta para eso se ponen de acuerdo:

Y el nido se va quedando lentamente vacío de trabajo de hijos. Para compensar, yo toso. Y funciona. Me sigues haciendo el mismo caso. Te quiero.


AYER Y HOY

Ayer, diecisiete de diciembre, cumplí treinta y nueve años de servicio como bedel del Instituto Gayarre. Durante la fiesta, tomé alguna copita de anís y me sentí en una nube. Hoy al despertar, según me informa un tipo calvo y sonriente, estoy de verdad en una nube.

Solicito una hoja de reclamaciones y la relleno en varios apartados, entre ellos el de la humedad reinante y la falta de orden y firmeza.

El funcionario, que me la da, sonríe más aún y me suelta:

-¿Orden y firmeza? ¡Pero si al llegar esta madrugada a usted le pusieron de mote el puzzle, hombre de Dios!

Después me indica una pantalla gigante que muestra a los que estamos aquí el por qué de que estemos aquí. En ella, observo incrédulo a la señorita Estívaliz, de Nóminas, corriendo ligera de ropa por el tejado tan resbaladizo. Y a mí detrás. Hago trizas la hoja, sin firmar, y me siento a esperar mi turno.


 

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