Fernando Ortiz

Joaquín Romero Murube,
del neopopularismo a la poesía moral

 

Carmen Laffón: Jardines del Alcázar

 


 

Joaquín Romero Murube nació en Los Palacios y Villafranca, un pueblecito que empieza a ser marismeño, a 25 kilómetros de Sevilla, el 18 de julio de 1904. En una nota biográfica, él resume así esta época de su vida: “Niñez campesina y lugareña; en tiempos de mi abuelo tuvimos cortijos, fincas y dehesas. Don Antonio Chacón cantaba malagueñas en el patio de casa mientras yo leía el Catón... Todo eso se perdió como Cuba y las Islas Filipinas” [1]. Allí, en el pueblo, aprendió a medir el tiempo por el toque de las campanas, a percibir los contrastes de las luces blancas y las sombras, a sentir la belleza y la sensualidad del mundo vegetal, a gustar del cante hondo y del patio de la casa a la silente hora de la siesta, cuando bajo la penumbra de las velas que a veces inflaba el viento, una mujer cuidaba de los pájaros y de las flores. Cuando su padre, abogado y político liberal que llegó a ser Presidente de la Diputación Provincial decide marcharse para abrir bufete a Sevilla, el niño, de ocho años, lo acompaña y pasa a vivir al barrio de San Lorenzo, al que más tarde llamaría “corazón oculto de Sevilla”. Entra muy pequeño en la Soledad de San Lorenzo, a la que estuvo unido por fuertes vínculos hasta su muerte y estudia el Bachillerato en el colegio de Villasís de los Padres Jesuitas, pasando después a la Universidad, donde se matricula sucesivamente en Derecho y en Filosofía y Letras, pero dejará los estudios para dedicarse por entero a su verdadera vocación que era, como dejó dicho en la 2.ª ed. de Sevilla en los labios, “la de ser poeta” [2]. Funcionario del Ayuntamiento -porque lo de ser poeta, e incluso escritor en la Prensa, no daba entonces para vivir-, en el año 1934, siendo Alcalde de la Ciudad don Isacio Contreras, es nombrado Director Conservador de los Reales Alcázares, cargo que tendrá que revalidar en concurso-oposición en 1943.

En Prosarios (1924) [3], su primer libro, hay ya una canción de corte neopopular, compuesta por tres cuartetas octosilábicas asonantadas, bajo el título de “Coplas de mar amargo”, y también unos versículos resueltos al modo de Cansinos Assens, titulados “La palabra innumerable”. En su segundo libro, donde los versos de Joaquín Romero Murube se dan con relativa abundancia, se encuentran entre secciones de prosa. El libro está publicado por la editorial Mediodía en 1929 y se titula Sombra apasionada. Voy a espigar algunas prosas de este volumen porque creo que dicen mucho de su poética de entonces. En la sección “Arrebolera al viento” -especie de breves y agudas observaciones que deben no poco a las greguerías de Ramón y a las piruetas d´orsianas- afirma: “La calidad poética de Jorge Guillén hace innecesaria la imagen -la imagen, aun en su más alto prestigio, no deja de ser un recurso, una trampa- y demuestra la realeza del ritmo.” Vayamos con otra “arrebolera”: “Desgraciadamente siempre ha habido en literatura “escuela sevillana”, aunque la mayoría de las veces no haya habido nada”. Y oigan ésta: “A pesar de todo, en 1927, no llegan a tres los poetas nuevos de España”. Si no llegan a tres, es que son dos. Y esos dos poetas, y está claro por el influjo que van a ejercer en el autor de Los Palacios, son Lorca y Guillén. Y no olvidemos que maestro de Lorca y Guillén era Juan Ramón Jiménez. Con todo, Romero no deja de apreciar, con intuición poética, a otros dos compañeros de generación: a Gerardo Diego, al que adjetiva como “vendaval de todos los buenos vientos”. O a Cernuda, cuando juzga que: “El salto atrás, en calidades sevillanas, de Perfil del Aire, llega hasta Bécquer”.

Así que está claro que a Cernuda lo considera un buen poeta de auténtica “escuela sevillana”. Pero en esa escuela, a finales del XIX y comienzos del XX, había una serie de vates vacuos y tronantes, cuyos nombres afortunadamente no recuerdo, aunque en su momento redactara los artículos sobre casi todos ellos que aparecen en la Gran Enciclopedia de Andalucía y, lo que es peor, un prurito de honradez profesional me llevó a leer sus libros, y a agrupar a la mayoría en dicha enciclopedia bajo el epígrafe de “Epígonos de la Ilustración Romántica”. Esos poetas hispalenses reivindicaron para sí la denominación de origen de “escuela sevillana”. Y yo creo que, después de lo que Lasso de la Vega llamara “Segunda Escuela Sevillana” (Lista, Reinoso, Arjona y otros poetas de la Ilustración), aquí sólo ha habido un poeta romántico, que es Gabriel García Tassara -del que sé por Aquilino Duque que Romero Murube pensaba que había influido en Cernuda- y un posromántico, que es Bécquer. Sobre los demás, algunos de los cuales siguen con sus nombres rotulando el callejero, lo más piadoso es extender un manto de silencio.

Así que ya en Sombra apasionada nos da Romero sus preferencias poéticas. Guillén, Lorca y la “escuela sevillana”. La influencia de Guillén, que fue amigo y profesor suyo, es muy temprana, y es visible ya en las décimas que incluye en este mismo libro (las dos décimas tituladas “Siesta”; las tituladas “Tarde”, “Campana”, “Tarde fugitiva” y “Jardín”, así como “Arquitectura liviana”, que abre en cursiva el volumen). En sus romances y canciones aquí recopilados es curioso ver como se refleja la doble influencia de Guillén y de Lorca. Pero si en las décimas la influencia de Guillén es evidente, no lo es menos que Murube las ahorma a su manera vegetal e indolente, lejos de las agudas formas casi cubistas del gran poeta vallisoletano. Valga decir que aquí, en este libro, está su prosa “Ciudad” -una de sus más bellas indagaciones en el secreto de Sevilla, que él siempre anheló poseer- y un homenaje en cuartetas asonantadas a Bécquer, titulado “Barrio de San Lorenzo”. Los demás poemas se desenvuelven, como ya dije, entre el neopopularismo de Lorca y la influencia de Guillén. Pero éstas influencias, si bien evidentes, en él se dan a veces, como antes dije, muy personalizadas.

El segundo libro de versos de Romero es Siete romances [4], del que en esta Feria del libro de Sevilla del año 2004 se ha hecho reedición en la colección “Los libros perdidos” de la editorial “Point de Lunettes”. En el año 37, Joaquín Romero Murube se atreve, en las difíciles circunstancias de una guerra civil, a denunciar el crimen de Lorca, el amigo muerto, en una cortísima edición limitada no venal de 37 ejemplares para los amigos en papel italiano viejo y 200 en papel registro. Una plaquette de 32 páginas así dedicada: “¡A ti, en Vizna [sic], cerca de la fuente grande, hecho ya tierra y rumor de agua eterna y oculta”. Desde la dedicatoria ya citada, los siete romances son un claro homenaje al autor del Romancero gitano por la forma y el tema, y el “Romance del crimen” que cierra el folleto, una sentida elegía por su muerte. El “Romance del crimen” se había publicado ya con variantes en Mediodía en 1929 y bajo el título de “Las aleluyas del crimen”. Pero publicado tal como se hacía ahora, en la Sevilla de Queipo, no cabía duda sobre su intención y sobre su valentía. Escribo esto parafraseando a los prologuistas y a ellos me remito, pues Manuel García y Anselmo Martínez, han conseguido una introducción que no tiene desperdicio, borgeanamente titulada “Pierre Menard, autor de El Quijote”. Y no echen en saco roto mi advertencia de leer ese prólogo, pues se llevarán la sorpresa de encontrar en algún romance de Murube patente influencia hasta del mismísimo Unamuno. Y Verlaine y el Simbolismo francés presentes en el “Romance del jardín”, a través quizá de los Machado y de Juan Ramón, autores que ya van a estar siempre en su poesía.

Pero, para seguir la trayectoria poética de Romero, me interesa aquí sobre todo señalar la inequívoca influencia de Lorca y la fundacional de Juan Ramón Jiménez. Por Juan Ramón siempre tuvo admiración casi ilimitada nuestro poeta y, en la tesis doctoral que le dedicó doña Matilde Sagaró [5], se nos traslada el testimonio oral de don Eduardo Llosent, quien dice que llegó por aquellos años a imitarle hasta en el gesto y el atuendo. Los Jardines lejanos de Juan Ramón algo y aún mucho tienen que ver, a mi parecer, con los jardines omnipresentes de quien fuera desde el año 1934 hasta su muerte en 1969 Director-Conservador de los Reales Alcázares de Sevilla.

Aunque la poesía de Romero adolezca de influencias de Lorca y Juan Ramón, pienso yo que lo fundamental -después del homenaje voluntariamente lorquiano de los Siete romances- que le aportaron estos poetas fueron unos recursos propios del neopopularimo, que en la época estaban para quien quisiera servirse de ellos. Y estos recursos, casi tan antiguos como la lírica castellana, él supo, como auténtico poeta, adaptarlos a su modo. Así, es obligado referirse a Góngora porque comparte técnicas con los poetas del 27 como la animación y vivificación de la naturaleza:

Desde la bella Córdoba
con azul platería
don Luis de Góngora.
        (Canción del amante andaluz).

También era común el recurso de apoyarse en el Romancero (uno de sus más famosos romances es una variante del de Abenámar: “Si tú quisieras Sevilla/ contigo me casaría”. Los dos amigos, Lorca y Romero, fueron devotos de los jardines árabes, lectores de Emilio García Gómez y compusieron gacelas y kasidas. En la canción popular y en el folklore no es infrecuente el simbolizar la pasión a través de las flores, lo que hicieron cada uno a su peculiar manera, y acomodando a su propio estilo la flora, pero dando lugar a originales imágenes. En fin, no voy a explicarles aquí, por sabidos, los rasgos de la poesía popular. Pero sí me gustaría señalar que tanto Lorca como Murube se sienten enraizados en su tierra y también en el lado trágico del pueblo andaluz, visible en sus manifestaciones líricas. Y tanto el uno como el otro aúnan a las resonancias populares un laborioso proceso técnico y formal. Y antes de dejar de lado este apartado, quisiera recalcar un punto muy importante en la lírica de Lorca y Murube: un recurso de la poesía popular en la línea de la simbología, pero sin necesidad de que aparezca un símbolo concreto, es la comunicación indirecta. En ambos poetas se da un uso de un lenguaje de segunda intención, eufemístico, muy utilizado por el pueblo, sobre todo cuando se habla de algo en relación con el sexo. Que es un lenguaje a la vez alusivo y elusivo. Y en esto la maestría de Romero, unida a su elegancia, es la de las más altas de la lírica española, como puede comprobarse leyendo casi cualquier poema de Canción del amante andaluz (1941) [6] o de Kasida del Olvido (1945) [7]. ¿Es la albahaca una mujer, lo es el jardín, lo es Sevilla? ¿Son éstos poemas amorosos? Por supuesto que sí, pero no de una manera obvia. Son poemas sensoriales y sensuales. Pero por medio del murmullo de las sílabas -de una caricia garcilasiana- y de las sinestesias, son, a la vez, mucho más. Es un canto panteísta a la mínima naturaleza del “jardinillo”, de amor a su ciudad, de fusión con la naturaleza, de agradecimiento a Dios por la claridad de la tarde, del presentimiento oscuro de lo que a todos nos llega sin remedio... La poesía, cuando de veras lo es, suele ser polisémica. Es decir, no se agota en un sólo significado. El profesor Francisco López Estrada escribió a propósito de las kasidas de Romero: “Lo que caracteriza a estas poesías, cualquiera que sea el tema, es la fusión del alma del poeta con lo que le rodea, mujer, flor, árbol, patio, casa, calle, tierra labrada; no importa lo que sea, pero el poeta se funde con las cosas, se hace cuerpo con ellas según el estilo de la poesía árabe” [8]. Y aquí me atrevo a sugerir por vez primera que Joaquín Romero Murube es, posiblemente, un gran poeta. Porque este don únicamente le es dado a los elegidos de las Musas. Él no era, como Lorca, dionisiaco; él era apolíneo: luz y medida. A mi parecer, si hubiera que señalar una primera diferencia entre los dos poetas amigos, sería ésta. Si en lo neopopular Lorca era amigo de la pena negra de la seguiriya gitana, Romero lo fue de la clara seguidilla, casi con ritmo de minué. Y ahí están, entre otras, sus “Seguidillas de monjas”, que no me dejarán mentir.

En “Tiempo de poesía”, un texto recogido en su libro Los cielos que perdimos (1964) y escrito para comentar sus versos en el “Club La Rábida”, en un ciclo poético en el que antes habían intervenido Aleixandre, Laffón y Gerardo Diego, después de declarar la imposibilidad de acercarse siquiera a una definición de poesía, señala como destellos de la suya: “la soledad que nos funde con el alma de todo lo existente. El misterio tangible del mundo como creación de la belleza. Y el amor”. Y hacia el final, cuando habla de su poesía última, señala que “cada día más cerca de la muerte, el hombre busca y ansía encontrar la divina mirada, surge un nuevo y feliz temblor en nuestros versos”. Y, por último afirma que “La Poesía es la posible deidad en nuestra vida”.

En esta última reflexión sobre su poesía él la periodiza en tres épocas: En la primera cita Sombra apasionada (1929) -de la que dice con severidad autocrítica que hay mimetismos de formas e inspiraciones propios de la edad, pues es el libro de los veinte años-; en la segunda, Canción del amante andaluz (1941) -de la que afirma que comienza y persigue ya con ahínco esa difícil tarea de todo poeta, que es hallar su voz propia-; y la tercera está representada por Tierra y canción (1948), donde considera que “el poeta llega a la plena madurez”. ¿Dónde queda entonces su libro Kasida del olvido (1945)? Lo recoge en Tierra y canción, quitando una kasida e incorporando once nuevas. Añade también dos secciones inéditas más al libro (“Las playas de Hércules” y “Canto a Córdoba y otros poemas”), cada una de ellas con diez composiciones. Entre estas se encuentran algunas relativamente extensas y de severo empaque, como las estancias de su “Canto a Córdoba”, que están en la línea moral de la más perenne e interiorizada “escuela sevillana”, la que dio la “Epístola moral a Fabio”. Y si cogemos Tierra y canción, a más de estar Sevilla representada en varios y excelentes poemas, no nos explicamos cómo puede ser calificado de exclusivamente sevillano un poeta que abre su libro de madurez con un poema titulado “Las playas de Hércules”, y cierra con otro “En el cementerio del Suroeste de Barcelona”. Y en el intermedio hay una larga “Rapsodia portuguesa”, una “Noche florentina” y coplas “Volando sobre Compostela”, entre varios poemas que nada tienen que ver con nuestra ciudad... Yo creo que, aunque sin duda Romero es el mejor intérprete del alma de Sevilla, con este afán por pecado de amor de sevillanizarlo en exceso, a veces lo limitamos. Lo que es ya un error incluso desde el punto de vista de sus poemas sobre Sevilla, a la que él trata como tema poético con una visión muy universal a la par que íntima, poco provinciana y alejada del tópico, que Romero combatió desde su primero hasta su último libro. Es de notar, también, que, pasada la época de las vanguardias -que orearon lo que de rancio tenía la “escuela sevillana” del XIX y principios del XX-, él vuelve, como Cernuda, a cultivar las formas clásicas juntando sensualidad y neoclásico sentido de la medida, algo que, si bien se mira, ha sido una constante de la mejor “escuela sevillana”.

En el prólogo que escribí para una antología de las prosas sobre Sevilla de Romero, titulado precisamente Sevilla (Sevilla, Fundación El Monte, 1994) dije lo siguiente, y me van a perdonar la autocita: “Romero ha quedado circunscrito al ámbito local, donde se hacen reediciones de algunos de sus libros. Él, que fue sin duda uno de los escasos poetas de su generación de aire fino y personal que quedaron en la España de Franco, permanece aún en el purgatorio del olvido. La cosa es grave porque, como poeta neopopularista, tiene inolvidables aciertos. Si Lorca supo cantar las terribles campanadas premonitorias de esa Andalucía interior que sólo se une al resto del mundo por su alto puerto natural de estrellas, si Alberti dijo como nadie la salada claridad de la Bahía de Cádiz y Villalón cantar con recios sones, casi de romance de ciego, el aristocrático mundo campesino de la Andalucía occidental, como nadie cantó Romero Murube el murmullo del agua en el patio sevillano, el enervante olor de la albahaca a la hora de la siesta, el perfume menudo del jazmín y el rojo aroma de la dama de noche, el húmedo verdor del helecho y la humilde viveza del geráneo. Supo apresar en su verso el temblor de las últimas luces de la tarde en el blancor de las espadañas y sorprender el recato monacal de los compases. Su poesía venía de muy lejos, del altivo Rioja, poeta de las flores -al que dedicara páginas admirables-, del mesurado Medrano y, aún más lejos, como supo ver Emilio García Gómez, de los poetas arabigoandaluces, a los que le une misteriosa y fatal afinidad.

Decía yo también en ese prólogo -y si insisto en la autocita no por es otra cosa sino para corregir un error de apreciación que deslicé en él- que “cuando Romero escribe versos, exalta a Sevilla, se funde con ella como el amante con la amada, la corteja, la mima... Mas cuando acude al estilete de su prosa, las más de las veces lo hace para indagar en su historia y naturaleza en una especie de reflexión poética en la que está con frecuencia presente una erudición nada indigesta y un agudísimo sentido de la observación. Además, si el verso de Romero es bueno, la prosa es aún mejor”. Esto escribí yo, y se lo envié a mi amigo Jacques Issorel, profesor de la Universidad de Perpiñán, buen conocedor de Andalucía la Baja y autor de la edición canónica de las Poesías completas de Villalón. Issorel me contestó enviándome un precioso folleto: Joaquín Romero Murube et Sèville. En ese folleto, disecciona las funciones complementarias que cumplen poesía y prosa en Romero cuando escribía sobre Sevilla. Para Issorel, con la prosa, a través de calles y jardines bien concretos, de los que da el nombre y cuenta la historia, traza con precisión científica la vida cotidiana y el desarrollo de su ciudad a través de los siglos. En su poesía, él nos ofrece la otra cara de Sevilla, aquella que fascina por su misterio. Ese misterio es el alma de Sevilla, y éste alma tiene un nombre, que se lo dio José María Izquierdo. Ese nombre es la “gracia”. “La gracia, sobrenatural, aérea de la auténtica Sevilla, perteneciente al dominio de lo invisible”, según Izquierdo. El poema “Kasida del misterio”, que el mismo Romero cita como representativo de esta visión de Sevilla, ofrece un segundo nivel de lectura. Esta “casa cerrada” que no muestra más que algunos indicios sin revelar jamás su misterio, no es más que la metáfora de Sevilla, de la Sevilla de Joaquín Romero Murube:

En un barrio de Sevilla
hay una casa cerrada.

¿Por quién florecen los nardos?
¿Por quién blanquean las tapias?

Desde la calle se escucha
rumor de fuentes y aguas.

¿Quién se mira en sus cristales?
¿Quién en su fondo se baña?

La gente pasa con miedo
ante la casa encantada.

Por el corredor del patio
se oye a una mujer que canta.

¿Será la amante de un moro?
¿Será cuerpo de fantasma?

La casa estuvo encendida
toda una noche hasta el alba.

Al amanecer, muy honda,
se ha escuchado una guitarra.

Lloraba una inmensa pena
de soledad y desgracia.

La casa es como un fanal
para perfumes y lágrimas.

La guitarra se dolía
con sollozos de dos almas.

¿Quién lloraba entre las flores?
¿Quién con su muerte ya hablaba?

Era una noche de estío.
En una casa cerrada.

Me parece que ya he abusado de la paciencia de ustedes en esta charla que lleva camino de convertirse en conferencia. Pero me gustaría añadir una sola cosa más sobre su poesía. Y es que Joaquín Romero Murube fue también poeta en prosa. Y no me refiero a que su prosa, algo de todos conocido, tenga calidades poéticas. Sino que en algunos poemas en prosa de Sombra apasionada (1929) -no en sus versos, ni en esas “arreboleras al viento” con las huellas de d´Ors y de Ramón-, sino, por ejemplo, en el poema en prosa que abre el libro, “Ciudad”, preludia el Ocnos de Cernuda, cuya primera edición no se publicaría, y en Inglaterra, hasta 1942. Y su libro Pueblo lejano (Madrid, Ínsula, 1954), es una verdadera elegía andaluza en el sentido juanramoniano del término y, sin duda, una de las más altas cimas del poema en prosa en la posguerra.

 

(Ponencia leída en la Feria del Libro de Sevilla. Primavera, 2004.)


NOTAS

 

[1] Reproducida en su prólogo por Francisco López Estrada. Véase Romero Murube, Joaquín: Verso y prosa. Prólogo y selección de Francisco López Estrada (Sevilla, Ayuntamiento, 1971).

[2] Sevilla en los labios (Barcelona, Luis Miracle, Editor, 1943).

[3] Prosarios (Sevilla, Tipografía Gironés, 1924).

[4] Siete romances (Sevilla, Imprenta Alemana, 1937).

[5] Tesis doctoral presentada en la Universidad de Sevilla en 1977 por doña Matilde Sagaró Faci.

[6] Canción del amante andaluz (Barcelona, Luis Miracle, 1941).

[7] Kasida del olvido (Madrid, Editorial Hispánica, “Col. Adonais” n.º 22, 1945).

[8] En el préface de Emilio García Gómez a Silences d`Andalousie. Choix de poèmes traduit de l´espagnol par Ana Arroyo.  (Genève, Éditions Génerales, 1953), escribe el gran arabista: “Tiene quizá, más que Manuel Machado y mucho más que casi todos los poetas que conozco 'el alma de nardo del árabe español' ”.


 

Cabecera

Portada

Índice