Félix Morales

El misterio

Notas sobre las claves de la creación artística


 

Jean Arp: Flecha de nube

 


 

[Fragmentos]

 


Todo es misterio oculto por la costumbre. Cada cosa que existe, aún la más heteróclita, irá perdiendo su poder de maravillarnos a través de la repetición. Porque lo que nos maravilla de las cosas, lo que tienen de misterioso, es que son. Y siendo el ser, común a todo, el único misterio y lo único que es todo lo que es, al dejar de maravillarnos ante las cosas que son dejamos de ver lo que son y sólo vemos su fantasmagórico no-ser, su forma que, cuando deja de mostrarnos el misterio del ser para ocultarlo, les arrebata su sentido y las vuelve dolorosas, pesadas, "necesarias". Por eso buscamos lo extraño, lo pintoresco, para reencontrar el misterio del Ser en esas formas nuevas que nos sacuden la conciencia y nos recuerdan que el Ser misterioso (es decir, el misterio del ser) sigue ahí. Cuando lo olvidamos, sólo vemos en las cosas su mortalidad, sus cadáveres; se vacían de sentido.


Los símbolos nunca hay que dominarlos del todo; hay que dejarlos un poco a su aire. Que se comporten. Abiertos. Si intentamos aplicarles exhaustivamente nuestra lógica, se convierten en alegorías y se apagan.


La vida es un enorme misterio, a veces doloroso, a veces gozoso, en el que hasta esos dos adjetivos carecen de sentido sin el vínculo del verbo ser: el amor es gozoso, la muerte es dolorosa, significan algo para nosotros en virtud de ese puente, el ser, la única característica de lo que todo participa, el factor común de la ecuación de la existencia. Si lo eliminamos, la ecuación se borra, todo es desigual, pero nada es; es decir, es la nada.


Nada es real a los cuarenta años. Todo es de una tristeza abrumadora. El amor no importa. Las muchachas ya no son hadas imposibles. Y nos da igual si el mundo se vuelve, de pronto, todo azul. A esta edad sólo nos quedan vagas añoranzas que pueden despertarse en medio de una lluvia torrencial. Las historias de los libros son mucho más hermosas que las personas. El mundo de los sueños, ese reducto de esperanza, tiene síntomas de anemia, se desvanece como una novia queridísima de la que contemplamos su agonía. Buscamos el consuelo del whisky [1]; buscamos, con el whisky, abrir un agujero que nos conduzca a la palabra, esa palabra cosida al misterio, esa palabra que perdimos cuándo. Pero es inútil. Alguien amarró nuestros cuerpos al mástil y selló nuestra boca y nos vendó los ojos, tapó nuestros oídos con cera, para que ignorásemos el canto. Entonces, casi llorando, adoptamos algún gesto aprendido y empapado de impostura. Nos literaturizamos (casi con vergüenza) por si el duende de la belleza, engañado, quiere encontrar hogar en nuestra mueca. Sólo entonces estamos ante el muro de hierro cuyo vencimiento conlleva una obra maestra. Lo razonable e higiénico será entonces contar con el fracaso. Lo heroico y consecuente, descartar el fracaso como posibilidad.


Si rebusco entre las ensoñaciones de mi primera adolescencia, me veo dentro de una casa que tiene un enorme ventanal que da al mar. Es un día de otoño, el cielo está gris, tal vez llueve; y las olas, blancas y verdeoscuras, encrespan la superficie del agua y estallan con fuerza en la orilla, poniendo con la lluvia música a la escena. La habitación es un estudio de pintor. Soy pintor. En un lienzo, hay una marina desnuda de un día también de otoño. En otro, el retrato inacabado de una mujer a la que nunca he visto. Aquí y allá, un caballete, paletas, pinceles, tubos de óleo, carbones, papeles con apuntes... Tal vez, un diván, una camilla pequeña, un tocadiscos viejo dónde gira una placa de Bach o de Chopín; o de música de jazz muy cadente, melancólica. El pueblo queda algo retirado. Esto es importante. La soledad. Estoy esperando a una mujer. A la mujer del retrato. No es que haya una cita previa. Nunca la he visto. Ni siquiera sé si existe. Sin embargo, todo lo que espero, mientras pinto y contemplo ese mar de mi alma, es que ella llame a la puerta en cualquier momento.


A cada paso que da en su texto, el escritor se ve en la tesitura de crear (atrevimiento imperdonable que puede suponerle la autodestrucción) o de ceder a la convención aceptada por la tribu, a la que sólo servirá verdaderamente si se rebela, obedeciendo su voz interior (la suya y la de la tribu), contra lo que el código le manda. Sin embargo, como hombre que es, unas veces crea y otras concede y de ambas se arrepiente. Y por eso funciona el juego. El creador es siempre un náufrago.


Decir que ser es un ser-en-el-mundo o un estar-en-el-mundo implica una visión excluyente que supone a la muerte como frontera. Tal visión se autodevalúa desde el momento en que la muerte se erige como supremo misterio con redoblada fuerza, en cuanto que el Tiempo no puede afectarla. Como el misterio es sólo el misterio del ser, la muerte lo salva definitivamente. El Tiempo, la Serpiente, no puede entrar en esos territorios.


Vivimos en el centro de nosotros mismos. Esa es la fuente de la danza perfecta, de toda felicidad. Ignorarlo es la causa de todos nuestros dolores. El dolor es el desconcierto del bailarín que no sabe cuál ha de ser su próximo paso porque no sabe dónde baila, ni de dónde ha partido, ni cuál es el final de su baile. El dolor es sólo una arritmia. Por eso somos felices momentáneamente durante la contemplación o el ejercicio de las danzas que hemos inventado para simbolizar la única danza que nos importa: la danza cósmica, nuestra danza interior.

Todo lo que nos hace dichosos tiene una característica común: restaura el ritmo de la manifestación primigenia del Ser, el ritmo de nuestro Yo con mayúscula, el ritmo del universo con sus planetas y sus estrellas y sus constelaciones.


Durante el sueño, los relatos, las palabras luminosas asaltan al escritor como tigres hambrientos y, al encontrarlo desprevenido, sin capacidad de reacción, se devoran a sí mismos y vuelven a la nada.


El agua clara, transparente, de los arroyos tiene una dimensión humana. Así la intuición, hermana de la fe, único medio para el hombre de conocer la última explicación de las cosas. El agua del océano, profunda y compleja como el raciocinio, sólo le reserva el fracaso. Pues, aún suponiendo que el hombre pudiese alcanzar con su razón la raíz de la existencia, su último motivo, a través de tan infinitas distancias y ramificaciones llegando al final el resultado se habría invertido (de forma parecida a lo que ocurre con la paradoja de Langevin) no siendo ya lo que es.


El sentimiento que predomina en el hombre moderno es el olvido. Porque se ha equivocado y quiere tachar sus yerros, en vez de reconducirlos. Y así, a base de nuevos textos y nuevas tachaduras va elaborando una confusión cada vez más compleja que requiere novedades más brillantes (o distantes, o ajenas) para captar una ráfaga de Sentido.


El hombre tradicional conserva el recuerdo de lo sagrado porque ha construido cuidadosamente sin perder de vista el verdadero misterio. Por eso el arte tradicional es mimético y el arte moderno es iconoclasta y renovador. ¿Qué puede hacer un hombre que ya no se conmueve ante la lluvia, las flores, el vuelo de los pájaros o la inmensidad de los desiertos? ¿Qué puede hacer sino inventar a contrapelo y sin sentido, pues el único verso, el Universo, ya fue creado perfecto y nosotros no podemos ni debemos hacer otra cosa que glosarlo para mayor gloria de su Autor. Recordemos a Juan, Apocalipsis, veintidós, dieciocho y diecinueve. Dice: "Si alguno añade algo sobre esto, Dios echará sobre él las plagas que se describen en este libro. Y si alguno quita algo a las palabras de este libro profético, Dios le quitará su parte en el árbol de la Vida y en la Ciudad Santa, que se describen en este libro". ¿De qué libro habla sino del Libro de la Vida, pues eso es el Apocalipsis? ¿Quién es el personaje que devora el libro vivo (Apocalipsis, 10, 8-11) sino un trasunto del tiempo, de Cronos, del cronista Juan?

Cuando el mundo interior está desorganizado es preciso remitirse a los arquetipos que nos legaron, como el que intenta recordar cómo estaba la estancia antes de la orgía, el país antes de la guerra. El cuerpo y el corazón (o el alma), agotados, quieren un referente en el que apoyarse y buscan los vestigios de la tradición como el náufrago el salvavidas. Las épocas clásicas son el contexto en el que el hijo pródigo regresa a la casa del padre.

Tras la rabieta genial, brillante, dionisíaca, de la literatura contemporánea (Joyce, Cortázar...) que puso patas arriba el discurso por ¿fidelidad? a los mundos soterrados de nuestra alma, las estructuras narrativas vuelven a la secuenciación tradicional: nacimiento-existencia-muerte, que responde a las tres preguntas básicas en este orden: ¿De dónde venimos? ¿quiénes somos? ¿a dónde vamos? Esto no descalifica al héroe prometéico. En un futuro, más o menos incierto, volverá a aparecer y su reaparición será, probablemente, justa y necesaria. Es la ley del péndulo, de la que sólo los santos y los sabios (quizá sea lo mismo) están exentos.

Por otra parte, el discurso creativo, ya sea en épocas apolíneas o dionisíacas, seguirá caracterizándose siempre por su naturaleza hermética, en el sentido primigenio del mito. Es decir, que lo poético, como el amor, nos llama la atención sobre la cotidianeidad de nuestro discurrir, interviene en la automatización de la percepción para volverla a su propio ser, al ser, el único misterio, el Sentido, el templo de la Piedra Filosofal, el gemido de los amantes, las lágrimas o la sonrisa de la madre, la risa del chiquillo cuando rompe, de una pedrada, el cristal de la ventana del Congreso de los Poderosos.


Quiero escribir alegres sonidos de cristales azules que, como el cielo, canten las esperanzas del misterio. Pero mi corazón, envuelto en paño triste y miserable, me llama mentiroso, zarandea mi cabeza y me pregunta por la muerte que envenena la sangre. Mi corazón, sincero, terrible y cobarde, me impide. Por eso pienso tanto en la inocencia y la envidio. Esa inocencia perfecta e imposible que ama la vida. Yo también la amo. Pero no puedo.


Siempre les ha sorprendido a mis allegados mi absoluta falta de interés por las cosas que pasan, por lo anecdótico, por la Historia, en suma. Y siempre me ha intrigado a mí mismo mi total incapacidad para construir una novela (teniendo en cuenta que no escribo demasiado mal). Ambas cosas están, como se verá, relacionadas. La explicación de mi desidia ante los colores del devenir radica en que la Historia se resume en una sola situación: hay un ser humano frente a la muerte; eso es todo. Todo lo demás emana de ahí: Todo el acontecer histórico, todas las filosofías y religiones, todo el arte, toda la ciencia; todas las pasiones; es decir, todo lo que pasa. Lo que pasa, pasa; y ya está. Y siguen, inamovibles, los dos mismos personajes: el hombre frente a la muerte. Habría que ver ahora en qué medida nos sirve la anécdota para desvelar el misterio de esa única confrontación inamovible. La confrontación en sí misma es paralizante, produce marasmo. O no, ¡oh, paradoja! Por eso, el hombre, como el preso por su celda, se mueve arriba y abajo por la existencia, intentando evitar (es decir, explicarse, sublimar, transformar, anular, etc.) su destino: la muerte. Cuando se sabe esto y se sospecha, casi hasta la certidumbre, la equivalencia sustancial de todos los sucesos, la historia, inventada o no, es tediosa: ¿Qué más me da si hubo Revolución Francesa o no la hubo? ¿Qué me importa la gesta de Colón o la Segunda Guerra Mundial si, al cabo, todo se resume en lo mismo: el hombre frente a la muerte? ¿Qué me importa si la clase obrera -¿qué es la clase obrera?- se rebela y manda o si la mandan a ella cuatro gatos listos si, al cabo, todo se reduce a lo mismo? El único texto histórico interesante que se ha escrito es Coplas a la muerte de mi padre, de Jorge Manrique. Y si esto pienso, ¿cómo podría ensimismarme en la creación de un texto narrativo -histórico, al fin- en el que pasan cosas a hombres que, al cabo, sólo serán hombres enfrentados a la muerte? Cabo suelto: ¿Qué me dicen esas cosas de la única que pasa -hombre versus muerte- y de sus misterios y sus claves? Tal vez esta contradicción sea el agujero por el que un día pueda entrar en la creación de una novela.

La poesía, por su parte, escarba con las palabras en lo inefable. Aunque tal vez (y quizá sea lo mismo) sólo intente componer con la máxima elegancia y eficacia posibles el gesto definitivo frente a la muerte.


[1] El whisky es sólo un ejemplo. Puede extenderse a otras sustancias psicoactivas o a actitudes vitales que nos sirven para huir de lo real: el culto al trabajo, el sexo, la glotonería, la búsqueda del poder. En cuanto al concepto de lo real, ¡ojo!; tal vez no estemos pensando en lo mismo.


 

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