Félix Morales

El crononauta


 

Paul Klee:  El pez dorado

 


 

EL CRONONAUTA

 

En medio de una pradera infinita cuyas hierbas parecen olas que mueve el viento, hay una casa que quiere ser un barco o un barco con vocación de casa. Más sincrético que mimético, la hizo su dueño con paredes que son amuras, ojos de buey que son ventanas, antenas y drizas que son tendederos sobre una azotea que es la cubierta de esta nave que surca, quieta, un mar de trigo que linda con el mar.

Aunque parezca que, a veces, algunos personajes vienen a visitar a este misántropo, pudiera ser que lo que ocurre es que el capitán arriba, en sus derrotas por el tiempo, a las islas solitarias de algunos corazones. Después, arrepentido de la metáfora, desea que las islas sean islas de verdad y abandona a los náufragos en medio de algún día desolado o soleado. Tras lo que, recluyéndose en su camarote, escribe en el libro de bitácora las costumbres, paisajes e historias de estos nativos del devenir.

En los días de sol y calma chicha, el navegante otea, feliz, un más allá de la línea del cielo que nunca aparece y que, por eso, es la dinamo perfecta de los sueños. El sol los apaga y los dibuja a la vez sobre la verde superficie y el calor del verano inventa en su cabeza. La primavera trae sargazos rojos, malvas, azules, amarillos, que detienen la marcha, las horas, en medio de una densa belleza. Cuando el otoño cuelga nubes grises como el plomo en lo alto y las desparrama por el horizonte, es el momento de esperar la lluvia que enfría los ojos o de tomar antes ron de caña en la biblioteca. Las noches de tormenta encrespan el mundo vegetal sobre el telúrico elemento y entonces es cuando más parece que se acercara el fin que identifica. Durante el terremoto del año ochenta y nueve casi estuvo seguro de que se había roto el límite y de que en qué sitio del océano se estaba hundiendo y encontrando. Así que las estaciones son un enigma suave y terrible. Suave, porque son ellas mismas irrevocablemente, de forma que nos devuelven siempre nuestra identidad. Terrible por eso mismo, por circulares como relojes, como ruletas rusas.


 

PARÁFRASIS

 

 

"-Ni fondo de seis pies ni ratas de cementerio:
¡A los tiburones se dirigen! El alma de un marinero
En vez de exudar en vuestras patatas,
respira con cada ola"

Tristan Corbière

 

 

El agua del mar es un misterio triste. Conocemos sus profundos abismos, pero no conocemos el significado, aún más profundo, de sus abismos. Conocemos a muchos de sus habitantes, pero no a todos. Aquellos que han mirado de cierta manera mucho el mar están poseídos, marcados por una suerte de sentimiento indefinible emanado de lo que del mar se ignora. La contemplación de los océanos tiñe el alma con el conocimiento de algo que no termina nunca de aprehenderse, que se esfuma en las formas fantasmales de los atardeceres o en la blanca visión cegadora de los mediodías estivales o en el acto de imaginación nocturna de las simas talásicas que inundan de vértigo el mundo de los sueños. Hablemos ahora de los muertos. Sabéis que el mar se nutre del agua de los ríos y de la lluvia, pues todo lo que es agua tiende a volver al mar. Nosotros somos agua. Imaginad el lentísimo movimiento de la putrefacción de los cadáveres en los cementerios; imaginad ese fluido viscoso resultante de la descomposición, removiéndose en las tumbas con un sonido sólo perceptible en medio del silencio de la noche por aquellos a los que el miedo impulsa a escuchar en los agujeros oscuros de su alma. Imaginad cómo va filtrándose entre los resquicios de las tablas de los ataúdes, entre los apretados poros de las paredes de los nichos, por la tierra esponjosa que los absorbe ya con una succión de animal sediento. Después, la peregrinación es una mancha subterránea que avanza por debajo de las apariencias vivas de la superficie. Su progreso es más penoso y lento que la formación de las estalactitas, contraviniendo así las leyes físicas, pues hay en esto otras leyes que los frena. Su meta es, ya lo hemos dicho, el mar. El largo camino se encuentra plagado de obstáculos: Es el proceso iniciático que nunca se detiene en la existencia humana, salvo para las almas liberadas: quienes mueren ahogados en el rito supremo del naufragio. Por eso, "Navigare necesse est. /Vivere non est necesse". Los otros, en su gran mayoría, son chupados por las raíces de las plantas, para ser devorados por nosotros en las zanahorias, las patatas, las guayabas o las naranjas (cada uno en su fruta gemela) y luego, desde dentro, nos empujan hacia el mar y la muerte. Los más poseídos sufrimos una rara melancolía y vamos siempre a la orilla para que ellos miren con nostalgia, a través de nuestros ojos, a los que, libres ya, cantan un himno jubiloso en las crestas de las olas a la espera de la inundación definitiva.


 

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