Fernando Mansilla

La mosca

 

Anónimo: Moscas egipcias del valor

 


LA MOSCA

 

Mosca: f. Insecto díptero muy molesto, de cuerpo negro, alas transparentes, patas largas y boca en forma de trompa. // Persona molesta. // Inquietud, desazón.

 

Planear no puede, pero es muy rechula batiendo las alas. Y requeterrápida, compadre. Planear no, por dos motivos: uno, porque no es capaz de parar quietas ese par de alas para saborear el placer de volar planeando como los halcones. Y dos, porque vive el presente sin importarle un higo el mañana, incapaz de planear por adelantado un solo minuto de su vida, la puñetera mosca esta que se pirra por vivir el presente. ¿Cómo o qué va a planear una mosca a esa velocidad de vértigo?

No planea ni falta que le hace, contagiará lo mismo a ese abuelo repachucho a quien tiene enfilado sin motivo ni razón regalándole un paquete de gérmenes gripales previamente recogidos del pañuelo usado por su nieto, ese niñito enfermo y mocoso que, por su parte, le tiene echado el ojo a la mosca, y cuidado, porque todos sabemos lo que disfruta arrancando a los insectos que se le cruzan en el camino, ojos, patas y alas, el nieto del muy honorable Sidi Ibn Bantulá.

Contagiado pues el abuelo de una buena gripe de entretiempo —que son las más dañinas — la mosca siente la satisfacción del deber cumplido (uno de los cuatros o cinco factores que le es dado sentir a una mosca: satisfacción del deber cumplido, sentido de la disciplina, hambre, sexo y dolor) y se recompensa haciéndoselo con una vieja mosca hembra, sobre la misma mesa donde el pañuelo y las medicinas. No ignora nuestro díptero que morirá copulando, en esos momentos de extrema vulnerabilidad en los que es fácil distraerse y caer aplastado por el manotazo de cualquier humano, verbigracia el niño que gusta de mutilar insectos. Pero es que esta mosca es muy macho y le chiflan las hembras viejas —es algo superior a él— con quienes jamás tuvo un gesto cariñoso o una palabra amable. Sabido es que las moscas —más aún las moscas machos— presumen de tener el corazón de piedra.

Ya de vuelta al trabajo, deposita nuevos virus (para asegurar de forma definitiva el contagio) en la comisura de los labios del viejo medio dormido y atontado que ni siquiera se percata de que se le están paseando por la boca. Viendo que no molesta la mosca se aburre y se va volando por la ventana abierta.

Una de perro en mitad de la acera. Se posa en ella en cumplimiento del deber, porque no es díptero que disfrute de andar por los excrementos. Su rostro, inexpresivo, no refleja el desagrado que siente. A punto ya de marchar —cumplido el tiempo que aconseja el Reglamento— aparece la más maravillosa de las criaturas: una mosca verde que viene volando y aterriza en el centro geométrico de la maloliente ensaimada. Ahí quedó, posada en todo lo alto, inmóvil, magnífica. Tiene el cuerpo verde, las antenas verdes, los ojos verdes. Es realmente un anuncio, un presagio, una señal. De pronto, su cuerpo se enciende y emite un destello verde que ilumina de suave luz el excremento en el que están posadas ambas moscas, se enciende y se apaga, destello corto, destello corto, pausa. Destello largo, destello corto, pausa. Está comunicando el maravilloso privilegio de su condición. Son moscas y tienen un deber, una misión: morir bien comidas, bien descansadas y bien amadas. O sucedáneos. También le valen los sucedáneos. Todo vale, todo se aprovecha. Todo es materia.

Y pensando en esto, y todavía con el recuerdo de la deslumbrante mosca verde que ya partió a llevar su mensaje a otras criaturas, nuestra mosca siente la necesidad de una comida y vuelve a casa del anciano repachucho con el pensamiento puesto en el azucarero de cerámica que tan primorosamente decoró con su fino pincel el propio Sidi Ibn Bantulá. Volando viene, enfila la ventana y ¡tumba! no se da cuenta y se estrella contra el cristal de la ventana que alguien cerró. "Por las barbas del Profeta —farfulla la mosca mientras se repone del impacto—, me vengaré, maldito viejo. Pagarás caro tu atrevimiento. Cerrarle el paso a tu mosca favorita. ¿Cómo osas, pobre humano?". Y mientras busca la manera de sortear la ventana cerrada, encuentra nueva hembra y la monta. Lo hacen en el vidrio, verticales, adherida las seis patitas de la hembra en el cristal, por la parte de fuera. Sobre ella cula victorioso el macho, no goza la hembra y a nadie ni a nada en el mundo le importa. Como si la machaca un matamoscas. Luego, aire. Se separan. "Volveré", advierte el díptero rechulo a la atribulada hembra.

Pero de momento, atraviesa la polvorienta calle volando y entra en un cafetín pequeño y lleno de manchas. Le apetece un té. Aterriza en el croissant de un parroquiano y de paso le deja restos de los excrementos perrunos que traía en sus patitas. Vuela hasta el vaso de té y se posa en el borde, saca la trompa y da un par de sorbos a la dulce y humeante infusión. Está tan caliente que le quema ligeramente la punta de la probóscide, y el insecto, retorcido en sus gustos, agradece a la vida esa brizna de dolor. A la buena vida.

Divisa mosca hembra sobre la chilaba de un cliente —sector manga izquierda— y no perdona. Fornica pero vigila de reojo, y eso le salva la vida porque advierte como el hombre de la chilaba inicia un movimiento con la mano que le huele a chamusquina, entendiendo que el tipo no pretende otra cosa que aplastarlos en plena faena. Como no le es posible desengancharse nuestra mosca emprende el vuelo con la hembra en su falo clavada. Vuelan en bonita postura amatoria y el hombre desiste de darles muerte al verles tomar las de Villa Hassan. Se corre el macho en el aire, se le deshincha la verga y, en fin, se separan. "Ve con Alá, vieja. Y así te mueras tras el desove", le desea suerte nuestro insecto a la hembra que calla.

Y se va del cafetín. Vuela ligeramente embriagada por el humo de las infusiones y de las pipas de kif que tuvo que respirar en el interior del establecimiento. Atraviesa —dando aéreas eses— la polvorienta calle en dirección a la casa del anciano Sidi Ibn Bantulá. A lo lejos, suena la voz del almuédano llamando a la última oración del día. Llega. La ventana está ahora abierta, pero la mosca —siempre recelosa— se posa en el alféizar antes de penetrar en el hogar. Nuestro siempre despierto, realista y rechulo díptero contempla la situación desde el alféizar fronterizo. Localiza enseguida una igual del sexo opuesto y procede, pues, a fornicarla. Al cabo de unos minutos termina la faena, se desacopla, da un vuelo corto para desentumecer las articulaciones dormidas durante la forzada postura coital, y decide que va siendo hora de irse a dormir.

Entra con el viejo en su habitación, montada en su hombro. Está algo cansada y no le apetece volar, en realidad, está deseando que llegue el relevo para irse a dormir. Está cansada de provocar al anciano Sidi Ibn, tan pachucho y amodorrado que la mitad de las veces no se entera de sus vuelos de hostigamiento, pero no podrá la mosca retirarse a descansar hasta que llegue el relevo porque así lo manda el Reglamento.

Acostado ya Sidi Ibn Bantulá mantiene la luz encendida y escucha la radio antes de entregarse al sueño. Así, continúa la mosca con su labor: vuelo corto y a los labios. Cree Bantulá que la espanta con sus manotazos, y el ladino insecto, más que nada por cumplir, levanta vuelo. Un par de revoloteos y otra vez al labio. Manotazo, vuelo corto y a los labios, sin más variantes. Es tarde y tiene la imaginación ya gastada. Por fin, se escucha la inconfundible trompetilla que avisa de la llegada del relevo. Sí, es él, llega y se posa vertical en la pared, la mosca en el techo, se miran en silencio. El viejo no tardará en apagar la luz. No le cae del todo mal a nuestro díptero rechulo este mosquito trompetero.

 


LA MOSCA Dos


 

Mosca: f. Insecto díptero muy molesto, de cuerpo negro, alas transparentes, patas largas y boca en forma de trompa. // Persona molesta. // Inquietud, desazón.

 

Desierto de Nueva Esperanza

Ni una nube, ni un árbol, el cielo azul, la arena arde. El temible desierto es al fin como en los tebeos. Y por si fuera poco, camino prisionero en una caravana formada por seis hombres montados en sus camellos, envueltos en sus chilabas blancas, atravesando el temible desierto armados con sus fusiles automáticos en bandolera. Son los Señores del Desierto y me han echado el guante. Hay que joderse.

Menos yo, todos montan su camello. Yo iba el último, a pie, ensogado por el cuello como un perro, sediento estropajo reseco la boca de agrietados labios, implorando un trago de agua y nadie me hace maldito caso. Más bien bromean a mi costa e incluso entonan alegres melodías acompañadas al laúd por Ben Tanum —jefe y guía de la caravana— y el hijo de Muley Baba, Omar Baba, quien los sigue con el pausado toque rítmico del pandero y los cuadrúpedos marcan el compás con sus largas zancadas y su vaivén semeja al de un barco, sube-baja sube-baja.

Lo cierto es que no es una ganga estar aquí, amarrado por el cuello a esta caravana de nómadas que ahora se detiene. Han descabalgado de sus monturas para extraer dos cantimploras de sus alforjas. Ben Tanum es quien desenrosca parsimoniosamente el tapón de la cantimplora n.º 1, bebe y enrosca luego mientras Muley Baba hace lo propio con la n.º 2 y pasa después a Balay Delmar quien desenrosca tranquilamente, bebe y enrosca para recibir ahora de Aladino, de manera que hay un cruce de cantimploras para que Omar Baba reciba la n.º 1, desenrosque calmosamente, beba y enrosque, y mientras enrosca esta n.º 1 desenrosca Al Fatah la n.º 2, bebe y mientras bebe está enroscando Omar la n.º 1 para pasar a Ben Tanum por segunda vez mientras Aladino desenrosca al mismo tiempo que Muley Baba enrosca la n.º 1 y Al Fatah desenrosca calmo y bebe y pasa a Balay Delmar, cuñado de Omar Baba, quien enrosca y ya desenrosca de nuevo Ben Tanum por tercera vez, de manera que siempre cuando uno desenrosca otro enrosca y cuando un tercero bebe un cuarto desenrosca y un quinto descansa, y luego, las cantimploras, una enroscada y otra desenroscada (pues al fin se le perdió el tapón de la n.º 2 a Ben Tanum y no hubo manera humana de encontrarlo en la arena) se cruzan por delante del sediento prisionero, convergen a su derecha y divergen luego definitivamente y todos menos yo desenroscan, beben y enroscan hasta que mi pie da casualmente con el tapón perdido en la tórrida arena y rojo de ira le doy una patada y el tapón sale volando hasta impactar en el cogote de Balay, quien se revuelve y me da de patadas hasta derribarme, y ya derribado me arrastro a sus pies y le pido perdón a este beduino, medio sonrisa todo él, que me tiene a su merced, acaricia su fusil y... bueno, bah, me perdona la vida.

Guardan sus cantimploras, montan sus camellos, reanudamos la marcha. Como yo no he bebido, por lo menos canto, canto una especie de letanía. La música me la invento, la letra también, es la historia de un hombre sediento que implora un trago de agua. Canta e implora. Cantimplora. Mi voz es un lamento reseco y agrietado, durante todo el día seguiré con mi triste canción, con el blues de la cantimplora, durante todo el santo día, porque el día es efectivamente santo, es San Día, mira por donde aparece una sandia. ¿Una sandía? Hombre, un espejismo. Me lo quedo. Entro. Es un espejismo simple, consta de una sola sandía que da saltos de aquí para allá y no se deja coger. Lo intento, pero qué va, es inútil, el esfuerzo me hace sudar y lo sudo todo, sudo kilos de valor, de templanza, de moral, de esperanza... todo sudado y todo engullido por las arenas del temible desierto que todo me lo engulle, todo me lo suda. Si me van a pegar un tiro, me la suda. Si me quieren torturar, también me la suda. Menos, me la suda menos, porque, hombre, morir torturado, ¿verdad? no le apetece a nadie.

Y así, todo sudado y todo engullido por las arenas del temible desierto, llego al segundo espejismo, parada y fonda. Desde luego, no es un espejismo con oasis de los de toda la vida, no veo las palmeras repletas de sabrosos dátiles, ni el consabido lago de frescas y transparentes aguas. Nada de eso. Aquí se trata de un cartucho de dinamita. Pero este cartucho no salta como la sandía. Es un cartucho de dinamita quieto en la mano de Ben Tanum. ¿A cuento de qué? Es ilógico, a estas alturas, alucinar con un cartucho de dinamita. Es una estafa absurda. No, son muchas estafas absurdas que Ben Tanum distribuye entre sus hombres. Y allá que me los veo ir a todos repletos de explosivos a minar una carretera. ¡Oh, Dios mío! dime, Ben Tanum, señor de los desiertos, ¿es cierto que estáis sembrando de explosivos esa carretera? ¿Sí? ¿Para organizar unos bonitos fuegos artificiales cuando pase el señor presidente? Pero Ben Tanum no contesta, ocupado como está en espantar una mosca. Una mosca... ¡por amor de Dios! todo esto es irreal. Moscas y cartuchos de dinamita. Si es un espejismo, vaya ful de espejismo. Y si es real, Ben Tanum, ojo con esa mosca, cuidado con esos manotazos que le propinas a la mosca porque está rodeada de detonadores a distancia de dinamita. La misma dinamita que a menos de 100 metros camuflan los beduinos en la carretera que espera el paso del sr. presidente y su escolta. Ben Tanum cuidado con esos manotazos, que has pasado rozando un detonador, huy... la mosca, los manotazos a la mosca que se posa justo donde no debe. Ben Tanum alza la mano y apunta a la mosca, dispara, la mosca esquiva el manotazo, la mano golpea el detonador, el detonador detona la dinamita. ¿Son ésas las tripas de Muley Baba? El espejismo se hace añicos.

 


LA MOSCA Tres


 

Mosca: f. Insecto díptero muy molesto, de cuerpo negro, alas transparentes, patas largas y boca en forma de trompa. // Persona molesta. // Inquietud, desazón.

 

Peor que los piojos, que sólo producen picor y que al fin y al cabo rascarse es un placer que empieza y puede no acabar convirtiéndose entonces en puro frenesí, peor aun es la mosca. Y a la hora de la siesta la mosca es, objetivamente, una grandísima hija de pe —con todo lo chica que es—. Pero qué siesta, de qué estamos hablando, si en este presidio de piedra y hierro a lo más que se puede aspirar, como mucho, es a este puto amodorramiento producido por la debilidad. No hay siesta detrás de las no-comidas. Y la mosca dale que dale por la cara del sufrido Camarasa, que hace ver que no se entera, que la ignora, parece, pero no la ignora, en realidad está decidiendo su destino. Piensa Camarasa que la mosca delinque de puro pelmaza, por lo tanto es su deber detenerla. Consol, en la litera de abajo, está en otra onda. Parece dormido, tumbado ahí en el catre, pero su cuerpo hace cosas muy raras. La mosca da unas voladas en torno a la descarnada bombilla que ha perdido decenas de vatios y está vieja, agotada y sucia y tiene el semblante amarillo. Parece que tenga la hepatitis, dijo Camarasa el día que entró en la celda y conservaba aún algún humor, alguna esperanza. En eso, la mosca abandona la órbita bombillera y se da un paseo por la ceja izquierda de Joaquín Camarasa. Ignorante de que se encuentra en busca y captura la mosca no capta el peligro y recorre confiada el entrecejo camarasiano en pos de alguna gota de sudor que libar. No le da ni tiempo de sacar la trompa cuando es atrapada por la mano endiabladamente veloz de Camarasa, al mismo tiempo que veloz cuidadosa, pues se cierra sin aplastar el blando cuerpo del insecto que no sufre así ningún daño en la captura. Pronto, pues, será juzgada por el severo juez en que se transforma Joaquín Camarasa, pero antes traslada a su detenida a mejores y más seguras dependencias: una caja de cerillas desprovista de cerillas. Ha dudado en si arrancarle o no un ala para evitar cualquier posibilidad de fuga, pero ¿y si luego resulta que es inocente? No tendría forma de indemnizarla. No; habrá un juicio, y hasta que sea emitido un veredicto la mosca conservará todas y cada una de las partes de su cuerpo. Luego, si finalmente es encontrada culpable, entonces sí, si hay que ejecutarla la ejecutará ¿cómo? Mediante la decapitación con hoja de afeitar. Clandestina. La hoja, digo. Es clandestina. Los captores de Camarasa no saben que la esconde en algún lugar de la celda. Por si las moscas. Las reales, como la que espera su sentencia en la caja de cerillas, y las metafóricas, ésas que pueden llevarle al extremo de cortarse la yugular cuando las cosas se pongan demasiado feas. Todo antes que pasar por lo mismo que acaba de pasar el pobre Consol, ahí en la litera de abajo.

Sergio Consol. Tumbado en el catre. Estaba despierto. Oía trajinar a Joaquín Camarasa en la litera de arriba. Sus mayores deseos pasaban por dormirse, pero eso era mucho pedir. Ahora, en aquellos momentos, no le dolía nada, aunque le quedaba una maldita sensación en el brazo diestro. No era dolor, lo más parecido era quizás la corriente eléctrica, aunque tampoco. Consol lo resumía diciendo a nadie que los calambres le recorren el brazo derecho, y son tan desagradables que no le dejan dormir.

—No puedo dormir. No me puedo dormir —musitó con voz pastosa, y Camarasa, en la litera de arriba, ni caso.

—¡Ahhh! —gritó Consol. Y volvió a gritar: —¡Ahhh!

Parecía que con los gritos pudiera liberar algo de aquella electricidad que le atosigaba el brazo derecho. Maldito brazo capullo. Le estaba dando la noche, o el día, o lo que diablos fuera, mañana, tarde, noche... ¿Quién sabe qué hora es? Camarasa, desde luego, ni remota idea. Él, con su mosca, tiene otras cosas en las que pensar, pero Consol no dispone de mosca, no sabe en qué momento del día está viviendo, y sobre todo, sobre todas las cosas de este mundo, le molesta el brazo, corriente arriba, corriente abajo, descarga en el medio, calambre en el codo. Tiene cuerpo y espíritu amodorrados, suficiente modorra para cerrar los ojos y descansar si no fuera por este maldito miembro aguafiestas que no le deja reposar, y mira que le hace falta después de todo el desastre vivido. Pues nada, no hay manera, el maldito brazo no se lo permite; y mira que es desagradable esa sensación indefinible, tan desagradable que se imagina que le separan el brazo del cuerpo mediante indolora operación, es decir, que se lo amputan; y qué alivio. Consol imagina el alivio, sin brazos y sin malos rollos eléctricos. Capaz sería —piensa Consol— de amputármelo con tal de quedar tranquilo y poder dormir... y poder dormir —piensa con deleite en la posibilidad del sueño—, luego se imagina manco, con la manga de la chaqueta doblada por el codo y recogida mediante imperdible, y a continuación y bruscamente sale de la modorra como si le hubieran dado una patada en el culo, sale del amodorramiento y se da cuenta de que en realidad estaba como dormido, vuelve a la realidad para recordar que, efectivamente, no tiene brazo derecho, esos bestias se lo han cortado por encima del codo. No tiene brazo. Afloran nítidos los recuerdos, recientes todos ellos. Ahora sí está despierto. Ahora sabe que no tiene por qué sentir calambres en su brazo diestro. Su mente le ha creado motivos para desear la amputación y así ser menos doloroso el trauma a la hora de aceptar la verdad, lo inaceptablemente real. Se quedó sin brazo.

Consol inmóvil en el catre sin atreverse a mirar el muñón. ¿Una pesadilla? Qué va. Abrió los ojos, la bombilla pelada daba su poca luz a desgana. Litera arriba Camarasa jugaba con la mosca.

—¿Camarasa?

Oyó Camarasa que lo llamaban y se decidió a posponer la mosca.

—¿Camarasa?

—Consol, Consol, Consol —nombró tres veces a su amigo y luego bajó trabajosamente de la litera.

La celda de hierro y piedra es una asquerosidad de sitio, así se lo dice Camarasa a su compañero.

—Qué asquerosidad de sitio.

Las paredes rezuman chorreones de humedad, churretes de mierda, del techo caen gotas de color negro, también en el suelo hay charcos y restregones de algo que más vale no averiguar, ni siquiera mirar, y Camarasa cierra los ojos, intenta controlar el terror.

—Consol... —Se reclinó Camarasa sobre el cuerpo tendido de Consol—. Consol...

Salvaje, la desesperanza se posó en sus espíritus.


 

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