Elizabeth Schön

La granja bella de la casa

Estudio preliminar de Yolanda Pantin


 

Gego: Sin título

 


 

UNA POÉTICA PENSANTE

YOLANDA PANTIN

 

 

Entre tanto, el pensamiento ¿seguirá siendo esa luz un tanto azulada donde se
encuentran las arenas del cóncavo círculo del mar
?

E. S.

 

Toda poesía tiene su hora por lo que no hay que forzarla nunca para que nos diga. Y es que cuando uno es joven se deja normalmente seducir por la fulguración de las imágenes en el poema, y por la emoción que brota del canto. Esa es la juventud y esa es la obligación de los jóvenes poetas: tener confianza ciega en las palabras, dejarse arrastrar por el torrente verbal hasta que hagamos 'piso'. Así, no es igual ser lector a los veinte años que a los cuarenta. El joven es impaciente, no se contiene, quiere ser conmovido hasta los huesos, perder la cabeza. Pero la poesía de Elizabeth Schön es contenida desde sus inicios, una poesía que según entiendo, fue escrita con entera conciencia y responsabilidad, una poesía que quiere comunicar lo que piensa, una poesía reflexiva como para ser leída en un lugar apartado de la casa, sin que nada nos distraiga.

Hemos visto que muchos poetas valoran más lo que surge del inconsciente como fuerza bruta que lo que resulta del esfuerzo intelectual. Pero la poesía de Elizabeth Schön congrega ambas fuerzas porque no es posible separar el corazón de la cabeza, la sensibilidad de la razón siendo la poesía el punto de equilibrio: no es pensamiento, no es emoción. Y es por la confluencia de ambas fuerzas que me parece la suya una poesía profundamente humana ya que no separa, no disgrega y por lo que la percibo cercana a las búsquedas de algunos artistas contemporáneos.

Pero ahora quiero destacar la importancia que a mi modo de ver tiene en su obra el ejercicio del pensamiento, lo que se hace muy evidente en el libro que hoy presentamos: La granja bella de la casa.

Hay un poema de María Clara Salas que habla de cómo dependemos del 'hilo' del pensamiento para no perder la cordura. El hilo del pensamiento es una imagen que me hace recordar también a una artista contemporánea a Elizabeth y entre las que he podido establecer alguna relación: es Gego, aquella mujer que se sentó a tejer el espacio, a crear de la nada universos infinitos de relaciones.

Es muy estimulante ver a estas dos grandes artistas frente a sus contemporáneos, cómo sostuvieron sus discursos desde el lugar apartado que inevitable y afortunadamente condiciona el hecho de ser mujer: Gego, sin dejarse tentar por las empresas titánicas de los 'fundadores de la modernidad' (pienso sobre todo en Alejandro Otero y en Soto) y Elizabeth, otro tanto, pero con una particularidad interesante, a mi modo de ver: Aunque más joven, se aparta con mucho respeto de la producción de las mujeres que eran sus contemporáneas: de la de Ida Gramcko que fue muy amiga de ella; de la de Antonia Palacios entregada a la voluntad de sus fantasmas; de la de Ana Enriqueta Terán seducida por los grandes capitanes agrarios que fueron sus ancestros y la de Luz Machado, presa de aquella casa que le negaba su derecho a ser. Mientras todo aquello sucedía, es decir: mientras pasaba la historia de la literatura y del arte venezolano, Gego y Elizabeth Schön permanecieron concentradas en su hacer callado. El tiempo las ha ratificado en la elección que sostuvieron contra las mareas que trae el viento. Porque lo que yo admiro de ambas es la coherencia y la fidelidad a su pensamiento.

Pero de la misma manera que Gego tejió aquellas redes que nos recogen del vacío, la poesía de Elizabeth Schön nos recoge de la pasión y de la emoción exaltada en la urdimbre que teje su 'pensamiento'. Ludovico Silva en un artículo sobre el libro El antiguo labrador (En: Ensayos temporales, El libro menor, Academia Nacional de la Historia, Caracas 1983) ve cómo "en esta poesía aparece un pensamiento que es como una complicada urdimbre". Una "urdimbre reticularea" añade Ludovico… Además, ella misma, en conversación reciente, me confió que la suya era 'una poética pensante'. Pero "¿qué significa pensar?" se pregunta la poeta en un fragmento del libro que ahora presentamos y ella misma responde a la pregunta de Heidegger: "pareciera ser pensar el Ser."

Cuando fui a saludarla la primera vez a Los Rosales vi como ella había llenado de sentido aquel lugar que es su casa: un lugar poblado de su ser. Pero ahora nos dice siguiendo el pensamiento de Heiddeger (el lenguaje es la casa del ser) que la palabra es la casa del ser. Y de esto hemos hablado muchas veces porque Elizabeth me ha confiado cómo con los años se le ha hecho cada vez más evidente lo que significa profundamente para ella la poesía. La poesía nos acoge a todos puesto que es potestad de la metáfora anular los signos contrarios, los opuestos y las contradicciones entre las partes.

La granja bella de la casa es un ensayo pero también un hermosísimo poema entretejido de emoción y de intelecto, sin que ninguna fuente prevalezca sobre la otra. Así, a partir de la frase del filósofo alemán que encabeza La carta sobre el humanismo, la poeta comienza a abrir las muchas relaciones que han desencadenado la imagen de la casa, para tocar ese tema que digo, y que ahora puede verse como el que da sentido a toda su obra. Ahora caigo en cuenta que es por ello que Luisana Itriago destaca en la poesía de Elizabeth su deseo de vincular, el mismo que a mi modo de ver recorre la obra de Gego. Pero el vínculo sólo se puede dar sin traumas, sin violencia, el vinculo sólo se hace real a través de la metáfora y es por ello que sólo la poesía puede congregarnos en esta hora de fracturas y de divisiones. Ella misma lo dice: "la metáfora, aro vivo e irrompible, es propiedad de un poblado que no admite separaciones; tanto ésta como la imagen llevan consigo una consigna indivisible".

Cuando mencioné la relación de la poesía de Elizabeth con la obra de sus contemporáneas, pensé en las diosas de la mitología griega y en la que ella eligió de entre todas para acompañarla, una diosa considerada como 'menor' como puede ser 'menor' el tono de su poesía ya que no es ampulosa, ni grandilocuente, ya que no pretende más de lo que puede alcanzar. Eligió a la que cuidaba el fuego del hogar para que permaneciera encendido, y la que en su modestia escondía su rostro tras un velo. No estaba en Hestia mostrarse sino permitir que hubiese calor, luz, mientras ella se apartaba. No era Hestia una protagonista sino una facilitadora, aunque Elizabeth le da al rostro cubierto de la diosa una inédita interpretación:

"La libertad se anuncia desde la quietud invisible del rostro de Hestia. Empieza ahí el anhelo de conocerle sus facciones, y es el vacío lo que nos abraza con su ilimitada oscuridad."

Hestía representa 'lo innombrable' donde está la posibilidad del poema que puede o no ser escrito:

"Es cuando la palabra se abre al patio de la casa donde los pilares y la techumbre están y alguien anuncia: hermoso no ser nombrado, bello un rostro desconocido totalmente para la contingencia diaria, andante."

Elizabeth Schön le ha sido fiel a su pensamiento, pero ha hecho falta toda una vida, una vida entregada a las palabras, para que haya podido recogerlo en una prístina poética: La granja bella de la casa, donde argumenta apoyada en un 'pensar poético' que el ser está en la palabra: "¿Cuál es el oficio del Ser?"-se pregunta-. "Él alberga en la palabra y es ella la que expresa, porque es el pensar el que permite que la rosa crezca dentro de sí..." Y más adelante agrega: "la palabra al existir se arroga una realidad tan potente como la de una colina o un rojo, adquiriendo de esta manera, la dignidad de un ente lingüístico." Se trata de un todo indivisible porque el "Ser y la palabra toca el cielo". Ambos en silencio unívoco, sin división alguna, sin exigencias, como es el vínculo de Elizabeth con la poesía. Así, ¿cómo no sentir admiración por ella? Porque a mí también me admira cómo la poesía vive en ella, como se expresa no sólo por la vía de la escritura, sino a través de la conversación sensible e inteligente, cómo se muestra en los espacios que habita, en ese patio tan generoso, lleno de verdor y de flores bajo el cielo caraqueño.

Escuchando hablar y leyendo a Elizabeth Schön caigo en cuenta que el valor que ella le da a las palabras en un sentido ético -siendo además que no hay separación entre su poesía y su persona, entre lo que ella piensa y lo que ella es-, se corresponde con la armonía entre todas las cosas del cielo y de la tierra. Armonía que ella logra de alguna manera comunicar y por lo que tanto conmueve su poesía, y su presencia. "¿Y el universo qué es? -se pregunta la poeta en un momento de este ensayo que puede ser leído también como un poema en prosa: ¿Acaso la estrella que resguarda entre sus brillos la redonda y sonora casa del Ser?".

Por ella he podido entender que todo tiene sentido porque nada es contrario ni opuesto: todo es parte de un misterio, el que representa el rostro cubierto de Hestia y desde donde nos llama el poema. Queda de parte nuestra, por la inteligencia que nos fue dada, por el regalo del discernimiento, hacer el esfuerzo por traspasar los límites que son también nuestras cárceles: En el lugar donde está la posibilidad del poema, está también la libertad, la anulación de las fuerzas que nos separan del Ser indivisible dentro de la palabra. Ciertamente Elizabeth nos ha dado una lección al ofrecer su vida al don que le fue entregado. Ella supo valorarlo, apreciarlo; supo compartirlo con nosotros, sus amigos y sus lectores. No lo desdeñó, le dio como lugar el centro de su casa, como está el pan sobre la mesa, ya que su relación con la poesía no es solamente literaria. Escuchemos entonces lo que tiene que decirnos esta poeta mayor.

 


 

LA GRANJA BELLA DE LA CASA

 


I

 


 

En su Carta sobre el Humanismo Martin Heiddeger dice que "El lenguaje es la casa del Ser".
Siendo la Palabra el ente del lenguaje, también se podría decir, sin caer en contradicción, que "La palabra es la casa del Ser".
¿Qué hacer entonces?
Si decimos casa, ella nos sale al encuentro y la puerta se nos abre para que entremos y escuchemos donde la casa comienza.
Puede erguirse sobre la cresta, sobre el viento, sobre la herida, aun sobre la frente. De vez en cuando la cambiamos por el emblema, la taza, la pasión. Somos los encargados de armarla, de pintarla y mirar cuán lejos se extienden sus aleros, cuán dócil es su ventanal y cuán redondo su cántaro entre el verdor de los helechos.
Es preciso escoger una habitación; dejar que su claridad nos invada hasta tomar el lápiz con el corazón lleno de la casa.


La casa nos ofrece el color de los cielos, el olor de las huellas y los rastros, la briosa sonoridad del pasto, aun el aroma de la palabra al girar la cerradura y entrar el día.
Y si decimos fronda, fauna, ella, la casa, no se altera en su cavidad de primer punto luminoso de la redonda oscuridad terrestre. Y si clamamos desafío, parquedad, canto, igualmente no cambia. Mas, cómo brotan las aguas a través de sus tejas con las nubes y el círculo del sol dentro de la oveja esplendente del valle metafórico.


No hay fronteras entre la imagen y la palabra. La palabra cotidiana rueda por el mundo convirtiéndose cada vez más en moneda de alcance indetenible.
La metáfora, aro vivo e irrompible, es propiedad de un poblado que no admite separaciones; tanto ésta como la imagen llevan consigo una consigna indivisible.
Si decimos, "el agua es una piel impetuosa, veloz, que llega hasta aquel primer gesto de la luz", nos es imposible separar el agua de la piel. En el supuesto caso ha de ocurrir, quedarían ambas borradas, impidiéndole al lenguaje ser ese grano luminoso de donde brotaron el agua y la piel. Además, se perdería la presencia temporal de señalar el origen del primer rastro de la luz acogiendo al agua. Lo que implicaría que el lenguaje como centro orquestal de lo poético, quedaría inutilizado y la palabra impedida de ser casa del Ser.
Ante la angustia rigurosa del "escribidor", la palabra no cede en su prístino repique de palabra para la casa del Ser. Es del Ser y para los hombres que la reconozcan ahí, semejante al inmenso azulado samán de las sabanas.


Pan Pan Pan 
Pan Serafín de la voz 
dentro del margen encantado
de la vida, del amor, de la muerte. 

Mas la casa vibra igual a un cristal de torrentosas brisas; su simiente de limpio blancor horizontal no tiembla, no dispara. La metáfora, pequeña fresa indetenible, prolonga los espacios de las habitaciones al techo, a los recodos del solar, aun hacia las canales y las gárgolas.
La metáfora reúne ese conglomerado y junto a la luz del alba entra por la puerta que calla si quien la habita no es escuchado como debería de ocurrir por ser casa, palabra del Ser.


La hojarasca tupe las profundidades. No hay quicios que perturben a la imagen. Es un lago donde los peces van, retornan, muerden, caen, sin romper la ondeante superficie de las aguas.


Un ave parte las espumas de la marejada y prosigue, quedando intacto el azul pálido de los oleajes.


Un bosque, y qué señalamos, ¿la abundancia donde el sol cuece y las raíces resbalan como escuderos hacia lo oscuro de la tierra?


El tiempo metafórico crece con la sangre de los hombres y no se descompone aun si regresa a las alas abiertas del albatros.


El Ser que vive nombra como fuego interno al horizonte; nos marca en un siempre-después. No se nos retira, no es materia que se multiplica o desaparece, lo mismo que las cumbres dentro de las nubes. Y si nos acercamos a su presencia de sereno oculto en el desván, qué nos responde, ¿escuchamos acaso la brisa de la medalla enigmática de lo innombrable?


Cuando Lao Tse habló del Tao no le dio ninguna definición, creándose una soledad conceptual imposible de llenar, diferente a lo que hizo Tales de Mileto al darle al agua un significado de verdad esencial. ¿Al pronunciar el agua como lo primordial, acaso surgió el concepto que le hizo a Heráclito nombrar el Logos como forma inteligible de lo absoluto? El sabio chino al referirse al Tao, solamente alcanzó a decir "lo innombrable" que implica ausencia de comprensión. Vale decir, no hallar ningún elemento que defina; por consiguiente carente de forma expresiva, proporcionándole a todo pensador la posibilidad de encontrarse con algo semejante a lo que podría ser una libertad inigualable al no cargar consigo lo que posee el arraigo del nombre al pronunciar alguien: carga, injuria.


La libertad es un estado de comprensión inusitada que no se hace presa de bordes, fin, dobleces, comienzo.
Ningún árbol es esclavo del espacio.


¿Lo innombrable tendrá algún vínculo con aquel manto que cubría a la diosa Hestia para no mostrar su rostro? Si esto tuviera alguna certeza, ¿podríamos decir que "lo innombrable", como la faz de la diosa, carece totalmente de figuración y por lo tanto de lo determinante del concepto? Ambos son presencias que no se manifiestan de igual manera como el árbol en su sombra.


La libertad se anuncia desde la quietud invisible del rostro de Hestia. Empieza ahí el anhelo de conocerle sus facciones, y es el vacío lo que nos abraza con su ilimitada oscuridad.
Es cuando la palabra se abre al patio de la casa donde los pilares y la techumbre están y alguien anuncia: hermoso no ser nombrado, bello un rostro desconocido totalmente para la contingencia diaria, andante.


La vida temporal de la metáfora es casa de palabra donde finito e infinito forjan la piel andante, unívoca del Ser.
El Ser es el Uno completo de la raíz inaprensible, lo pronuncia la voz quedando la raíz dentro de ella, igual a ese pájaro al que envolvió el nubarrón de la tempestad.


Si decimos agua ¿nos es fácil salir de ella? Al nombrarla quedamos atrapados dentro de su ambivalente tul mojadizo. Y si alguien grita ¡fuego!, la diferencia entre éste y el agua nos acercaría menos a la vida y más a la destrucción, debido a que aun el menor de los fuegos tiende a devorar. De allí que "lo innombrable" carezca del concepto figurativo con que los elementos nombrados se nos presentan en el pensamiento, el habla y la escritura.
Lo innombrable es aquello que jamás podrá alcanzar una presencia directa, como el grano que reposa dentro del cuenco de la mano. Lo innombrable se constituye entonces en solitaria libertad para cada alma que desnudamente lo escuche y lo sienta.


No traspasa el rayo, mas cuán clara su clara oscuridad.


No cae dentro del agua, mas adivinamos su inagotable profundidad.


El concepto como demostración significativa, retiene para sí su propio cuerpo demostrativo, el que a su vez demarca ese límite originado a través de la figuración del objeto que muestra el concepto.


Tabla, y no es posible conseguir otra distinta a la que se nombra.
Multitud: arco fijo igual al cero.


El objeto significante y demostrativo jamás se desprenderá de la palabra, es un cuerpo plenamente unitario que no posee ni admite espacios por donde salir hacia las cañadas, hacia los estuarios, hacia las ciudades; es inarrancable.


El objeto dentro de la palabra vive cómodamente, no le rodea ningún otro elemento que no sea él mismo, razón suficiente para imaginarlo semejante al arrecife clavado en la profundidad del mar.


Nadie le extraerá al pordiosero ese cerrado recodo significativo donde el alimento se le dará íntegro a través de la mano que lo escribe.


El objeto al ser expuesto mediante la palabra construye a su alrededor y por sí mismo, una especie de muro invisible, inamovible, permaneciendo la palabra prisionera de ese muro-objeto.
¿Del cuerpo humano podrían huir los huesos? La sangre, el corazón, los huesos son fieles al cuerpo, se diluyen junto con él.


Casa, y alguien adivina un reflejo de nieve audaz, abarcante.
Casa, y contemplamos una hilera de cuartos con mil puertas y mil postigos.
Mas, casa siempre para aquel que la coloca dentro del alma.

 


II



En la palabra el elemento de unidad lo forma la figuración entitativa del objeto que se muestra.
Hablamos de la palabra "casa" como "casa del Ser". Lo primero en asimilar, es su innata y segura patentización, "casa del Ser", adquiriendo de esta manera, una significativa realidad mediante la figuración entitativa de "casa". Ésta a su vez, al anunciarse, funda dentro de sí misma un contorno de límites fijados por la propia figuración. Son esos límites los que al encontrarse inseparablemente unidos a la palabra, imponen un cierto estatismo incambiable.
No se altera el significado de la palabra "agua" por el de la palabra "plantación". Ambos significados permanecen cual velámenes entre las arenas.
Que se pueda hablar de "casa" como albergue del Ser, propone que esos límites, al ser habitados, no pueden llevar en su figuración tal estatismo. Lo contrario, poseen, dentro de ellos mismos, la imprescindible docilidad de no ser opuestos para que el Ser permanezca dentro de la palabra, originándose la increíble, inefable presencia del verbo identificado con el Ser.


Hecho que induce al establecimiento de un conjunto de conceptos donde cada uno se arroga una misma condición: la de no contener opuestos y ser una flexible e interna abertura global.
Son éstas las condiciones que nos permiten decir: "El canto lleva la raíz hasta la cima".
Si existieran los opuestos, ¿podría la madera, mediante la palabra poética, convertirse en ceniza, polvo y podría la cuenca ser mano que jamás se retira? ¿Es posible que el amor sea brisa porque en lo esencial de la imagen no privan los contrarios?


La hoja abre su piel y en la imagen se funda lo entrañable de su verdad. Esplendente principio de la palabra para la vida del hombre, su dolor y su muerte.


Por la palabra de la "casa"; el iluminado valle de la voz metafórica.


El traspaso de la potencia al acto dicho por Aristóteles, ¿se hace posible porque la potencia no es opuesta al acto ni el acto a la potencia? Si fuera diferente, ¿podría la materia desarrollarse cabalmente, así como la semilla se desenvuelve hasta concluir en árbol? Y cuando Heráclito afirma, de acuerdo a lo expresado por García Bacca en su libro acerca de los presocráticos, que en el Logos se da la aparición inteligible de lo absoluto ¿significa acaso que el Logos se injerta sin oposición alguna a lo inteligible de lo absoluto? Si esto ocurre, que ni el Logos es contrario a lo inteligible de lo absoluto, ni lo inteligible de lo absoluto es opuesto al Logos, se debe a un enlace invisible del Logos con el absoluto. Si tanto el Logos como lo inteligible de lo absoluto contuvieran en sí mismos y como propiedad intrínseca, el oponerse ¿hubiera sido fácil para Heráclito proponer tan hermoso y profundo pensamiento?
Razones que justifican, a través de esos conceptos, la presencia unificadora del Ser al morar sin contradicción alguna dentro del verbo. No en balde García Bacca apunta: "Fuego como metáfora sencilla de lo absoluto o lugar de aparición sencilla de Dios".
Tal afirmación de lo inteligible de lo absoluto en el Logos, ¿es acaso semejante a lo expresado cuando decimos "La palabra es la casa del Ser"? Lo que cambia son los términos significativos. Ambas conclusiones sostienen una misma realidad. En Heidegger, lo inseparable del Ser con el lenguaje; en Heráclito la integración de lo absoluto con el Logos y en Aristóteles, el traslado de la potencia al acto. Planteamientos que nos hacen pensar en lo indivisible de la esencia con la existencia.
¿Acaso el río vive separado de su hondura, su grandeza y su pequeñez?
No es fácil para el pensamiento habituado a pensar en términos de opuestos, acatar que tanto en la esencia como en la existencia aquellos no existen, como existen cuando el pensamiento le asigna la verdad a un solo factor del diálogo. Si observamos bien, notamos en seguida, que el pensar se ha mantenido como dentro de un sendero donde rige más un lado que los otros y por consiguiente quedaría oculto ese engarce indestructible de la tierra con su redondez.
Esta separación que pareciera llevar el pensamiento consigo mismo, no es visible para el hombre. Se ha constituido en arma secreta con la cual éste dispara de un lugar hacia otro y dejando intacto lo invisible, no le es posible asir esa unión continua que hay entre un tallo y el aroma de la flor, entre las espumas y la cuenca más oscura.


Que el fuego sea metáfora sensible de lo absoluto ¿qué propone? La metáfora como constituyente de palabra, no tiene impedimento en ser la aparición sensible de lo absoluto, hecho que establece una información más en ser la palabra el ámbito fundamental de la aparición del Ser. No es fácil comprender estos enunciados, acostumbrados a pensar a través de límites, diferencias, semejanzas. Por sí mismo, el pensar rechaza que el pensamiento no contenga dentro, separación alguna con el Ser; a su vez, es fácil acatar que si el pensar es pensar mediante la palabra, lógicamente tal cual A + B = B + A, el pensamiento como palabra no puede contener dentro de sí algo contrario al Ser.


Cuán hermoso sería si el pensamiento pudiera mirarse en un espejo y ver que quien allí late y vive es el Ser, sin contradicciones ni dualidades, como las que ejerce el hombre cuando juzga y su balanza se inclina hacia un solo lado. En el espejo, igualmente abarca lo innombrable.


 Cierra las manos, calla, ha entrado
 sobre el alféizar irrumpen semillas
 ni blancas ni rojas
 un verde caprichoso 
 repele las hojuelas del hundimiento

La palabra mira, corre, dibuja una montaña, traspasa las galaxias y funda en cualquier lugar el nido metafórico.


A la casa le nació un trébol y fueron los bosques los que se hicieron niños.


Pensar un hilo es pensar un río, un camino, un desfiladero, aun el borde de un labio. Realidades de un orden natural creadas por el prodigio del Ser al no llevar dentro de sí la oposición, la contradicción, lo ambivalente, lo semejante, el límite, la hora: libre pureza sin reflejos.


El pensar es un vacío en su vertiente más originaria y quien lo invade es la materia para construir dentro de esa vacuidad el concepto; por consiguiente, es aquello que señala; y señalando propone un tipo de verdad acerca de la propia materia. De allí que el pensamiento pueda manifestar cómo, dentro de sí mismo, creció la ventisca de una nieve distante de las fortalezas. Es el momento en que nos es fácil observar cómo la astilla al entrar en el pensar reverdece y se hace campo de anchura interminable. Si leo esta frase última, llevando una palita en la mano para escarbar, creo distinguir que el pensar y la materia se conectan de una manera inseparable.
El pensamiento se desliza, dándole cabida a la invasión de la materia.


Mas, el pensar al ser vacío, acata la figuración que arrastra consigo la mirada, y es entonces el momento en que el concepto emerge dentro de la metáfora o la imagen.


"Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo; 
botón de pensamiento que busca ser la rosa".

Rubén Darío

El pensar hace pensar el fuego, el número, la copa. ¿Dónde esta la casa? La palabra la carga y ella se acomoda para el representar pensante del concepto. De esta manera se nos presenta casi con la autoridad del juez.


Y llega la rosa
y ni la brisa ni el rayo
pueden impedir su nacimiento
en la palabra

Y es lo natural, la oposición no existe y si existiera, ¿sería posible que el fuego iluminara las cuencas del mar o la luz de un astro corriera hasta caer extenuada? Lo contradictorio es la forma que encontró el hombre para descubrir o averiguar aquello que pone a hablar la palabra de la casa.
Mas, el hombre prefirió ser ave, alejándose de la casa.


La espina se clava en la pared

Emerge la montaña y salta la cotorra azul de la muralla

¿Quién entra?

El soldado abanica la bandera
No hay nadie
La luz y la sombra corren como niños
Sólo silencio
sólo espera
sólo


Las contradicciones en el pensamiento las provoca el ente como abrazo que tupe la mirada. ¿Le ocurre al Ser algo semejante? En su gran poema "Germania", Hölderlin nos dice: "...Entre el día y la noche de repente / Lo verdadero ha de mostrarse. / En tres sentidos circunscríbelo, / aunque habrá de quedar inexpresado / tal como allí aparece, / en toda su inocencia..."
Nos preguntamos ¿inocente por carecer de divisiones, de dualidades? Hablar de ello es hablar de un tendido sin rasgadura alguna, razón suficiente para ser rechazado por el hombre. Su límpida pureza se nos convierte en un peso demasiado extraño, demasiado ínsito para ser soportado. En ese aparecer de la inocencia, el hombre se retira, adhiriéndose más hacia su propia necesidad existencial.
En el Ser no existe la contradicción ni la oposición, de allí que este altísimo poeta alemán pueda hablar de inocencia, y es lo natural, ¿acaso la inocencia lleva consigo lo contradictorio? La inocencia es el aparecer de la única vez.
¿Y qué más podemos aspirar? Hölderlin dice que los poetas somos como los niños; lo que quiere decir que también somos inocentes, y es dentro de esa cualidad que lo inefable del Ser entra en el ámbito de la palabra; como un color es un rubor sin dobleces ni descalabros.


La inocencia asoma, y de tanto que es, no se la reconoce. Así su pureza, así su vínculo, con el vacío quieto del abismo: Torres de aquello otro, del tiempo, del alma.


Llena, llenando por donde pasó Zeus sin tocar lo sabio de las aguas oro, interminables.


Abierta la inocencia se nos cuela. Compacta se tiende donde cualquier piso pueda volar.
La palabra entra viva, rebota en los espacios mientras los naranjales, los aires y los ríos encarnan el azulado abarcamiento locuaz.


Y la casa, ¿dónde está? Aireada, llena de inocencia, nunca en contradicción. ¿Y la detención, la discontinuidad?
No hay oposición.


Inocentes cuando tocamos fuera, dentro y crece repentinamente, el almíbar de una imagen que Cupido tal vez ocultó para no amar.


Aquí estoy 
Toda nube es blanca
toda oscuridad es estrella
toda penumbra es para el sol y está en la casa
La palabra lo sigue
es el Ser que estando no mancha
La rosa lo retiene entre su forma
y allí permanece 
quizás un anciano abandonado
Lo golpean los hombres hasta romper el manubrio
y escarban sin cesar
sin que a las manos le llegue
la esfera justa para su aire de exaltación

El cedro y la luz
lo encierran
Un vaso se rompe mas su vacío sigue intacto
por ser vacío de la casa

El vacío es membrana intangible
le llueve la quietud
su contorno nunca ha iluminado

¿Será acaso un hueco donde caben todos los cuerpos?

La llave es para quien la encuentre
Las caretas son barcos íngrimos
que no conocen la casa
donde la metáfora pinta el agua
entre la puerta y la pureza 
igual a una niña sentada 
en el muro de la ventana

La imagen salta y es una cruz
Las palabras encontraron la puerta abierta Fue entonces cuando el diálogo empezó a contar la historia del tacón que por primera vez habló y hablando se hizo matorral para las hienas

La tigresa tiene siempre listo su colmillo
por eso nunca llega a habitar la casa

La contradicción arranca la ingenuidad con la que el hombre cree disminuirse. Para la casa del Ser, la palabra en su más pura naturaleza, no arranca; deja. Y deja por una sencilla razón; al llevar consigo el Ser, no desaloja. Y si la mirada no puede divisarlo, como país en la lejanía, ningún destrozo nos alcanza.


Nos inquirimos entonces, ¿cuál es el oficio del Ser? Él alberga en la palabra y es ella la que expresa, porque es el pensar el que permite que la rosa crezca dentro de sí, quedando el Ser rezagado como un corredor, mientras los otros avanzan llenándose de cabalgaduras, bridas y cascos. Y él, siguiendo igual en la casa; dejando que las puertas se abran, las ventanas batan y la imagen irrumpa para colocarse su corona.


Hablar del Ser semejante a un triángulo sin color, orificios, oposiciones, es situarlo demasiado distante de los hombres acostumbrados a poseer y a encaminar lo más mínimo de la realidad circunstante y aun más, la realidad incontablemente cósmica. Este distanciamiento conduce a no acatarlo, a pensarlo como lo invisible, lo inexistente. Tal vez sea ello lo espectacular de su presencia; no aparecer tal cual el rostro, no asomar tal cual esas inmensas aguas claras que destierran la sed, o mostrarse inesperadamente, lo mismo que la inocencia al tocar los espacios buscando la raya final del horizonte.
Nos ata el amor, el poder, la ambición, la soledad, aun la nada; esa que adviniendo desde nosotros mismos, se nos adapta sin que ella estorbe a nuestra visión fatídica de la vida, del tiempo, al no permitirnos ser inmortales en la existencia. Mas, el Ser está en el hombre como está en el ente. El hombre es igualmente ente al llevar consigo una materialidad corporal, viva, creadora aun para la mirada inscrita dentro del propio cuerpo humano. Entre el árbol, la piedra y el hombre hay diferencias, estas se agrandan más cuando en nuestro pensamiento, además de ser un movimiento hacia afuera y hacia dentro, lo apoya y lo sustenta esa palabra fiel a la casa.


El Ser yace en el hombre, el hombre lo rechaza. El rechazo es signo de una presencia que no cabe dentro de los cánones lógicos de la razón.
Si tomamos un fruto sólo cuenta para el corazón, su color, su aroma, su corteza, prescindiendo de lo más real de su realidad; es decir, lo otro completo aun tembloroso de la casa.
¿Epifanía? No, lo espectacular.


Si la montaña es una curva, y la curva vuela y se va tras la neblina, y se hunde y aparece más allá, ¿por qué decir que la curva es únicamente para la montaña?
Escapes que forman la zanja irreparable entre el viento blanco de la casa y la red inamovible del concepto y su figuración.


Y como principitos de Saint-Exupéry seguimos insistiendo ¿por qué la separación del hombre con el Ser?
¿Es una epifanía? ¿es una lucha por estar o por entrar dentro de lo que nunca ha dejado de existir?
¿Dónde están las respuestas?
La casa responde. La palabra habla.
¿Habla el Ser?
Una multitud camina hacia la casa, como nunca ha cerrado sus puertas, la multitud entra y se extienden los lagos y entra el sol donde el rostro cubierto es el camino que se abre.
¡Ah de nosotros que le clamamos destino y nos perdemos sin antes entregarle la rosa a la puerta!


La casa aun si es movida, no se nos aleja; la rosa trajo el canto de la neblina. El adolescente junto a la piedra, al mandril, a la uva, al corno, escucha y comienza la palabra a engarzar en la imagen la voz amante de todos los hombres.


Casa y Ser constituyen una unidad inaprensible por una sencilla razón: la mirada al mirar hacia afuera se hace foco que no traspasa los límites, los horizontes, las cumbres, por consiguiente, no se interna allí donde ella y el Ser permanecen sin diferencias, sin opuestos, sin semejanzas.
Cuando San Juan de La Cruz dijo: "Entréme donde no supe / y quedéme no sabiendo", ese "Entréme donde no supe" ¿podría responder a aquel ámbito sugerido carente de tiempo, espacio, opuestos, diferencias, semejanzas?
Al meditar acerca de estos planteamientos, tenemos la sensación de permanecer dentro de un mar con aguas parejas donde no tenemos la necesidad, la prisa de lanzar el anzuelo ni hallar la montaña que, por alta y encumbrada, pareciera gritarnos: ¡yo soy yo y tú eres el otro!


No es posible que la palabra árbol contenga dentro de sí misma, la posibilidad de ser viento, fuego; no se puede alterar la figuración de ninguna de ellas. De allí que podamos pensar que la palabra tenga algo de roca pero con un distintivo: ni se eleva ni desciende, permanece frente a nosotros en llanura amplia, extensa, que nos permite, por carecer de opuestos, descubrir como se une la raíz a la montaña, la montaña a la nube y la nube a un libro que alguien abandonó sobre el lecho.
Si en la imagen como en la palabra, no existen espacios, ¿cómo acaece la transformación de raíz en montaña y nube en libro? La respuesta la conocemos. La transformación se realiza por no contener la palabra y la imagen ninguna oposición que le impida a la palabra nube enlazarse con la palabra libro. Volvemos a inquirirnos, ¿es acaso la transformación una especie de lógica perteneciente más a lo aparente inmediato, que a la unión indestructible de la esencia con la existencia, de la vida con la muerte?


La palabra existe, vive por la máxima de las razones "ser casa del Ser". La palabra al existir se arroga una realidad tan potente como la de una colina o un rojo, adquiriendo, de esta manera, la dignidad de un ente lingüístico. Ella es el rescoldo donde anida el Ser y lo acompaña.
Parménides dijo hace siglos, cuando escuchó a la diosa Diótima dictarle su poema ontológico: "Del ente es ser, del ente es no ser". Si del ente es ser, la palabra como ente existencial del lenguaje no puede poseer ningún fundamento contrario, distinto al que contiene el Ser dentro de su afirmativa respuesta de ser.


Ser y la palabra ama. Ser y la palabra toca el cielo. Ambos en silencio unívoco, sin división alguna, sin exigencias, dejando a la figuración ser lo suficientemente ser para ser en el Ser y para los demás.


La obra de Frank Kafka está sostenida por uno de los aportes más importantes en la literatura del siglo pasado: el absurdo. ¿Qué es el absurdo? En su cuento "La muralla china", Kafka nos narra la manera como fue construida esta antigua maravilla. Un personaje fue partícipe de esa titánica empresa, dejándonos en duda si la muralla fue concluida en su totalidad o no.
Al tomar en cuenta ese aspecto de si fue o no fue concluida ¿con qué nos quedamos? ¿con una no existencia de la posibilidad de un fin? Si Kafka no precisa la construcción, se debió tal vez a que cualquier afirmación propondría un fin y no un final incomunicable. ¿Acaso lo incomunicable se asemeja a lo innombrable? Ambos términos proponen lo imposible de definir, concretar, aun explicar.
En la obra de este pensador praguense corre, como los ríos, la incomunicación. ¿La incomunicación no es una muralla imposible de traspasar? El personaje de "El castillo" nunca entra a éste. ¿Ello qué indica? ¿Acaso la imposibilidad de quitar el velo que cubre el rostro de la diosa Hestia?
¿Qué ocurre cuando la incomunicación prevalece entre los hombres como uno de los distintivos más fundamentales de la existencia?
Que cada hombre sólo se mire hacia dentro, y no encontrando otro asidero distinto al de su propia soledad, cierre la puerta de su alma y como piedra enterrada en lo más hondo del río, prescinde de la luz, del movimiento de los ramajes, del ciclo del efervescente espectáculo de una ciudad y se sienta a doler su propio hueco de neblina intraspasable.
¿Dónde queda el Ser?
Las tejas sobre los aleros. Las huellas sobre los candados. Las rosas entre las puertas.


Cuando pronunciamos hombre, un círculo resonante, universal, encierra, como en un lazo, a todos los hombres de la tierra. Esa universalidad es distinta, o mejor dicho, tiene un movimiento de diferente explicación a cuando decimos "La palabra es la casa del Ser". Lo que une palabra y Ser es ese "es" del cual Parménides hizo énfasis al constatar "Del ente es ser, del ente es no ser".
Habituados a admitir la división entre Ser y existencia, no es difícil sospechar que en esa frase corta, pequeña, fundamental, se encuentre, como la semilla bajo de la tierra, esencia y existencia inseparablemente unificados y no como río entre márgenes de palpitante color explicativo.


En los ríos de nuestros bosques encontramos dos márgenes, las aguas resbalan junto a ellas y al llegar a las desembocaduras entran en el gran círculo donde las demás aguas viven en un azul inseparable del azul de los cielos.


Si la palabra, como ente originario del pensamiento, llevara consigo algún elemento contrario, ¿podríamos anunciar que en el río la oveja siembra el cielo?
Si una oveja siembra el cielo dentro de un río que no existe, porque su existencia pertenece exclusivamente a lo invisible-imaginario de la vivencia creadora, se debe a que la palabra contiene el mismo silencio del Ser para poder ser la oveja la que funda cielos entre las aguas de un río. Igualmente, ser esa guarida de "casa" que los hombres no visitan, es más, la desconocen, sin recordar que si somos, se debe a que nunca dejaremos de ser, ser en el Ser.
La facilidad de sembrar en el río al cielo tiene su consecuencia. Lo entitativo del río, del cielo, por no contener dentro de sí oposición alguna, pudo establecer una nueva realidad existente, y tan veraz como al decir agua y saber que nos referimos a un agua verdadera dulce o salobre, o si clamamos árbol y nos señala el árbol asequible de los horizontes.
El cielo, el río, pertenecen a un orden visible; la palabra, a un orden invisible; pero tan dependiente el cielo y el río de la palabra en el lenguaje, que parecieran ser hermanas gemelas en vez de figuraciones entitativas de significados diferentes. Hay un detalle de gran importancia que debe anunciarse. Si, por ejemplo, estamos en la montaña y vemos la ciudad convertida en una especie de cascarón doble y se nos viene a la mente la palabra "carta", ocurre entonces que en ningún sitio podemos verla, menos tocarla; ella habita en nuestra imaginación o en nuestro pensamiento y a pesar de los esfuerzos que podamos hacer para encontrarla afuera, ésta permanece invisible, se diría tupida por la neblina que cubre a los cerros. Pero, si tropezamos con un papel y allí la encontramos escrita, ella, la "carta", surge ante nuestros ojos, menuda, real, con la fortaleza que dan las cosas al hacer visible su estructura formal. Hecho que nos induce a decir: "la palabra al llevar consigo lo invisible hace posible lo visible".
Es cuando acaece el mejor de los hallazgos: la palabra por ser ente figurativo adquiere por sí misma y sin que nadie la obligue, o la detenga, una condición permanente. El gran poeta alemán del romanticismo, Hölderlin, no se equivocó al proclamar que los poetas fundaban lo permanente.
Retomando de nuevo nuestra actitud frente a lo esencial y lo existente, nos decimos: si esa permanencia es posible debido a un hecho sencillo, tan sencillo como son las arenas. Entre lo fugaz y lo permanente no puede haber oposición; ambos existen sin repelerse, y ambos existen por ser precisamente la palabra la que nos habla de ellos desde su íntimo rescoldo de la casa con las rosas y el portón abierto.


La permanencia la origina la estabilidad del ente creador al acarrear consigo lo pasajero.
La Ilíada es un libro de los que permanecen. Su escritura está sostenida mediante esa fugacidad existencial que emergió desde el momento en que Elena fue raptada y empezó la guerra de Troya; por consiguiente en La Ilíada su permanencia se alía a lo fugaz al mostrarnos guerra, vida, encono, pasión, mortandad.
Permanencia, fugacidad vendrían a ser los apoyos necesarios para el existir del hombre. Mas, lo primordial radica en que al obtener la creación una realidad individual, recoge como estampa primera lo que para la vida es pasajero. ¿Acaso en La Ilíada vida, muerte, amor, desolación, no son situaciones fugaces, temporales que el verbo convierte en intemporales? Una Elena raptada en tiempos remotos, se nos presenta como si por primera vez Menelao se la llevara de Troya.
En el arte es donde mejor se encuentra unido lo fugaz y lo permanente. La ciudad desaparecida de Troya retorna mediante la palabra a la existencia, haciéndose presente, sugestiva, hasta aromática. Allí están vivos, latentes, sus murallas empinadas, el humo de los fuegos recorriendo los espacios; el quejido, la muerte, resbalando como ovejas por el precipicio.
Están vivas las catacumbas donde aglomeraban a los cristianos perseguidos por los leones que ya no existen, mas siguen existiendo si alguien, mirando las arenas del circo, los evoca.
Si imaginamos al hombre de las cavernas, ese hombre regresa a la vida y hasta nos muestra sus afilados dientes blancos como de nubes. Y si pensamos en la ciudad futura del planeta Marte, igualmente esa ciudad crece, se alarga y nuestra tierra a lo lejos, igual a un guijarro enterrado dentro de los orificios de algún jarrón.
¿Por qué entonces hablar de lo fugaz como lo que nunca jamás retornará, y del futuro como aquello sólo imaginable? ¿Por qué hablar de lo permanente, si dentro de él se halla igualmente el tiempo de lo pasajero? Tiempo tú, fruto de un color que jamás concluye y que nunca ha comenzado, tiempo sólo tú, fruto que va siguiendo el árbol que traspasando los límites coloca el alma donde el color de la casa sostiene.


Escalemos la montaña. Lleguemos al árbol. Nuestro oído en la tierra, nuestra voz en la palabra; ésa que nos dibuja la silueta de un Zenón, de un Agatón, de un Sócrates.
Escuchemos... asteroides



III


 

¿Lo eterno es contrario a lo intemporal? Del "ente es ser" y es ese "es" lo que impide que lo eterno rechace a lo intemporal. De allí que a ambos los unifique el ser "es" y por consiguiente permanezcan dentro de una misma cualidad "es".
Pero, ¿qué es entonces lo eterno en sí mismo? ¿significa lo que queriendo no poseemos? En el diálogo "El Banquete o del Amor" de Platón, Sócrates dijo que el amor radicaba en desear lo que no poseemos y precisamente lo inmortal es lo que no nos pertenece, ocurriendo que para lograr esa inmortalidad, lo hacemos a través de la perpetuación de nuestra especie y por medio de la gestación, el heroísmo, la creación artística. Mas, tenemos lo eterno porque es nuestro lo fugaz, como lo es la heroicidad, la creación, aun la gestación.
En nosotros la fugacidad pertenece al momento, a la hora, al siglo, y más al cuerpo que vive y muere semejante a aquel fragmento íntimo de la corporeidad, que debido a los grandes nubarrones que oscurecen, se desprendió de su centro material de carne, sangre y huesos y, alejándose cada vez más, despierta, dándose cuenta de que continúa siendo fugaz debido a que lo fugaz le propició la entrada a lo eterno.
Lo eterno que estando dentro de la interioridad, lo alcanzamos cuando el alma entra ahí y es acogida lo mismo como recibe el labio al almíbar fresco de todas las brisas de la tierra. ¡Paraje que sostiene sin bordes, sin espumas, sin puentes, aun sin bicicletas! Paraje de la extensión sin fin, comienzo.
Rosa blanca que guarece estando arriba de la otra rosa blanca, nacida entre los surcos de los postigos, ventanales, de la casa.


No hay hora para la muerte, la muerte es vida. La muerte no se enfrenta a la vida, y la vida no rechaza la muerte: aro rodante entre el purísimo sigilo de la claridad clara de la rosa blanca eternal.


Vida: movimiento que nace junto al sol, desapareciendo dentro de él.
Muerte: marca que se asienta dentro de la techumbre de las rosas blancas, íntimas.


Las aguas son bellas. Esa realidad es posible debido a que el agua no repele a lo bello que vive en ella, y de una manera tan natural y viva como quien duerme sobre un lecho, resultando que lo bello y el agua crean una imagen de figuración, cuya veracidad contiene en su origen, lo que el Ser lleva al morar en la casa y ser el verbo el que expresa.


El impedimento para llegar al Ser no es solamente el pensar; es la necesidad impostergable del hombre de apresar la naturaleza, la materia y hacerla suya y tan suya que se convierte en el sustento imprescindible para su vida, es más, para sentirse seguro y continuar aumentando su ansia de posesión.


El hombre establece el tiempo dividiéndolo en una nomenclatura que al acaecer, crea el espacio, la hora, el siglo, el instante. Mas el tiempo sigue siendo el tiempo y semejante al aire que estando frente y dentro de nosotros, no podemos apresarlo, escapándosenos como un errante que nunca mira hacia ninguna dirección por el hecho de estar esparcido, aun en lo que no tuvo principio ni fin.
El tiempo no es una cáscara ni un redondel, y por no tener asidero y carecer de límites, el tiempo, no conlleva en su más intima concentración, ni una chispa que pueda contradecir su propia e íntima condición de encontrarse a plenitud. De allí que habite la casa dejando que las paredes lo reflejen y los ventanales se abran como nubes blancas para que pase el soplo de la palabra.


Pensar como dice Heiddeger en su libro ¿Qué significa pensar?, pareciera ser pensar el Ser. Y nosotros, audaces, arrogantes, nos decimos: ¿es pensarlo y comprenderlo a través de la palabra y como casa del Ser? El Ser no es materia, siendo ésta la que origina las controversias, las discusiones; él se arroga como el fruto a la pulpa y ningún impedimento del fruto le impide significar ese fruto. Entonces, al pensar el Ser sin contradicciones ni opuestos ¿entenderíamos mejor las contradicciones, las discusiones, aun las violencias que ocurre diariamente entre los hombres al proclamar verdades desvinculadas del ese ser del Ser que al albergar en la palabra deja ser la vida, el amor, la justicia?


El Ser no existe como algo que se pueda descubrir, él simplemente está, el hombre lo interpreta y él no se lo impide; lo contrario, permite que la voz lo contenga y que se haga el corazón, sitio para su estadía. Sin explicación se traduce. Gozo para el que lo sienta, alegría al reconocerlo.


Con la mirada no distinguimos al Ser, como no se ve al hombre que duerme dentro de su habitación.
No captar, no descubrir al Ser dentro de la casa de la palabra ¿a qué se debe? ¿a esa mirada que vive en las pupilas y que semejante a una brisa se detiene en las superficies sin tropezar el delgado hilo del horizonte?
La mirada recuerda la hormiga que camina muy lejos mas nunca llega a la cima.
La mirada es un paso corto. Si toca la luna allí se queda, permaneciendo el secreto de su amarillenta piel dentro del círculo cerrado de su propia oscuridad.
La mirada entonces se parece a esa amapola que al desprenderse del árbol, queda sobre la tierra.


¿Y el universo qué es? ¿Acaso la estrella que resguarda entre sus brillos la redonda y sonora casa del Ser?, ¿o es el tablado resonante que provoca el zapateo eterno de alguna danzarina?, ¿o el ring donde constantemente está golpeando el meteorito, el fuego, un astro luminoso que se parte esparciendo un velo de mostacillas que ignoramos dónde concluirá? Insistimos al preguntarnos: ¿una estrella contendrá dentro de sí, otra estrella que nunca se ha visto pero que algún día mostrará su luz a la hendidura de algún piso o de alguna rosa tan abierta como el mismo pensar acerca de la casa del Ser?
¿Nos es dado pensar el Cosmos sin el Ser? Si así ocurriera, quedaría éste como un fenómeno únicamente existencial que en sí mismo rueda y en sí mismo estalla para morir. Dicho fenómeno al ser captado por el pensamiento como hecho, que al existir por sí mismo, tiene una consecuencia lógica y racional: permanecer totalmente separado o si se prefiere, desligado en su entraña más honda de la esencialidad del Ser. Este sí mismo del universo crea la división de lo existente con lo absoluto, dándonos la sensación de ser ese universo semejante a un andariego que nunca más quiso saber del pie que sostiene a las montañas.


Entre tanto, el pensamiento ¿seguirá siendo esa luz un tanto azulada donde se encuentran las arenas del cóncavo círculo del mar?


Si la palabra es casa del Ser, ésta tiene que contener lo original del Ser y no poseer algo que no le incumba.
En el caso de que la palabra mantuviera consigo un elemento contrario o distinto a ella misma ¿en qué sitio de la palabra permanecería dicho elemento? Como ente figurativo que es, no posee espacio interno; su figuración la abarca totalmente. Por consiguiente, ese supuesto elemento ¿cómo podría permanecer estando junto a lo que es distinto a la propia forma figurativa y por consiguiente al Ser? y si esto ocurriera, ¿provocaría acaso y muy sutilmente, la invisible separación entre Ser y el ente que es la palabra?
¿Será posible hablar del árbol eliminando todo aquello que lo lleva a ser árbol?
Ningún elemento es contrario a la palabra. Su identidad figurativa consiste en unirse a otra y fundar una presencia real nunca vista antes; presencia que posee como eje central de su forma, la vida, el hombre, el vínculo y aun lo eterno.
Si decimos: el agua es la mejor doncellez, el agua como ente natural que es, nunca sospechó ser una doncella; es precisamente el lenguaje el que realiza la increíble manifestación de ser la palabra la que, como casa del Ser, realiza tal ambrosía vocal.


El Ser duerme dentro de la casa y la casa alimenta.
Casa y Ser constituyen para el hombre una unidad inaprensible que estando fuera pareciera recogerse hacia dentro, tanto, que ni aun la mano ni la mirada podrían traerla de nuevo hacia afuera. ¿Será cierto este movimiento? ¿será acaso que nuestro pensamiento solo puede dar noticias de lo de afuera y no de lo de adentro que se recoge? El recogimiento no es señal de lo no existente, todo lo contrario, es indicio de ser como diría Juan Ramón Jiménez: "eterna plenitud desnuda". Lo que podría asociarse a esa unidad inaprensible, como una limpieza sin rostros ni caídas, un contorno sin límites que ahorquen, un cielo sin estrellas que concluyan. Solamente lo no significativo, lo no por concluir, lo no por empezar es el Ser dejando ser, toda intervención suya en la materia le cortaría a esta la libertad de ser, hecho que se podría considerar como una oposición a la propia limpieza del Ser, semejante a la ínsita libertad del hombre al ser hombre de acción, pensamiento, justicia, y amor. Por lo tanto, el Ser está no para entrometerse, sino para dejar ser, como el aire que deja a las hojas seguir adelante, y en ese hacia adelante detenerse sobre la piedra, sobre la tierra o sobre el agua.
¿Primera y última caída?


El vacío, la nada y el abismo poseen una misma condición: no llevar consigo ninguna figuración entitativa, como lleva el concepto de mesa, de leche, o de sal. ¿Cuál es la diferencia entre ellos? Los últimos mencionados toman para sí, aquello que destaca la figuración de los conceptos de mesa, de leche y de sal. Es decir, manifiestan la alteridad, así como se miran en los pozos las figuras quietas de las hojas. En cambio, los primeros mencionados, el vacío, la nada y el abismo, tienen una cualidad distinta, no apuntar hacia ningún aspecto de lo real circundante; lo contrario, parecieran haber nacido debajo de esos grandes peñascos donde la oscuridad y el silencio son los más callados establos que sostienen. Tales conceptos surgen en el lenguaje, como neblinas que si ponemos a andar, nos dejan allí, donde comienza ese ámbito carente de opuestos de tiempo, de espacios, de semejanzas y tropiezos.
Es cuando nos preguntamos, ¿dónde está el espacio y el tiempo de la nada?, ¿dónde mirar el espacio y el tiempo del vacío, del abismo?, ¿poseen ellos las medidas que el hombre utiliza para constatar los límites, la duración?
¿Decimos nada y qué ocurre? Nada. Mas, decimos nada, y vale tanto como un bostezo o un suspiro. La nada entonces, ¿es algo? Es nada, sólo que no tiene elemento de figuración, ni tiene medida de espacio ni tiempo de marcador. Mas "es nada" y ya deja de ser nada para ser ese "es" del que Parménides dijo que "del ente es ser", lo que implica "existencia" y con ella darle a la nada una afirmación de existencia tan plena como la que posee el agua al ser agua. La diferencia entre ambos radicaría en que la nada no es virtual, como lo es el agua, y por lo tanto pertenece al orden de lo invisible. La nada es una presencia abarcante, no sumisa ni pedante al querer manifestar la presencia de otros entes que por sí mismos viven y que son para el hombre, para la mujer, el niño. De aquí que podamos asumir que su no figuración la induzca a poseer una especie de intocable carnosidad sin espacio ni tiempo que contribuyan a incrustarle otro motivo u otra cualidad distinta a la de ser "nada".
Ninguna palabra la puede sustituir. Está, y ningún lazo tiende para rivalizar con el Ser; se mantiene allí porque su único poder es pertenecer a la casa y no al dominio de esta. El dominio es condición demoníaca de poseer, en cambio el de la nada es ser sencillamente nada; que es lo mismo y de alguna manera ser sincero y no cubrirse con ninguna máscara.
La nada en su cualidad esencial es una afirmación que, por sí misma, se afirma al decirse nada, vale decir, dentro de ella no hay contradicción alguna que le pueda arrebatar su total sinceridad de limpia credibilidad. Si dijera: no soy nada, estuviera negándose a sí misma al apoyarse en un "no" que contradice su simple presencia de nada; lo que quiere decir: me atengo únicamente a mí, sin poder huir de mí misma, soy un ámbito carente de luz, segundo, abrazo, tristeza, aun "copete de rey", mi mayor libertad consiste en ser "nada", semejante a un bosque donde nunca hubo ríos, aves, árboles que alcancen las nubes y por lo tanto el cielo.
La nada y la palabra conviven y no dominan. La palabra hace de la casa el alimento para el hombre y la nada hace de su nada el íngrimo testigo de la limpia e ínsita pureza del Ser.
La nada se acerca al Ser por carecer de materia, de tiempo y espacio; ella se acata a sí misma, ocurriéndole convertirse en el primer escalón que lleva al hombre a la casa del Ser.


El hombre utiliza la nada incluso para conocerse a sí mismo al proclamar "soy nada". Pero esta nada tiene un acento negativo sobre el "soy", obligándola a contener una acción de la que ella no es responsable debido a la falta de recursos lingüísticos en el hombre, y al querer especificar la negación de "no ser" frente a esa inmensidad inacabable que lo cerca constantemente conduciéndolo a que se sienta disminuido y casi imposibilitado al asirse a la más profunda entraña del existir. Y de acuerdo a nuestro criterio; son la creencias, los mitos y aun la ciencia, lo que mediante sus imágenes y fórmulas, nos incrustan dentro de un gigantesco cajón blindado que nos impiden llegar a la frescura, a lo limpio, puro, inocente, de esa simple y genuina casa del Ser.


Las explicaciones pasan y van quedando atrás como una especie de adiós. El Ser queda porque nunca nació, y el nacer y el morir son una explicación formal del movimiento de la materia.
El Ser está y ya es demasiado, y está igual a las raíces en lo entrañable de la tierra.


Ocurre entonces que a través de la repetición de la palabra "nada" le aparece a ella un tiempo insistente en el pensamiento que la lleva a poseer una figuración muy especial, única, y por lo tanto distinta a la palabra "mesa", o a la palabra "leche". Carecer de piel que fije tiempos de combate, que fije tiempos de destrucción.
En la palabra "nada", su figuración se asemejaría a un color sin forma ni límites. En cambio en la palabra "mesa" o "leche", se define la forma con que estos conceptos se presentan en la realidad circundante.


"...El cumplimiento de mi obra es no querer nunca nada. Pues, mientras no quiero nada estoy sola en él, sin mí, y del todo liberada, mientras que, al querer algo, estoy conmigo y pierdo así mi libertad. Y si no quiero nada, si lo he perdido todo fuera de mi querer, no me falta nada: libre es mi conducta, y no quiero nada de nadie..."

"...Pensar ya nada vale aquí / ni obrar ni hablar..."

Margarita Porète (1250-1310)


Resultando que la nada se nos aparece como una especie de agua seca, no quedando dentro de ella ningún ramaje, ninguna raíz que pueda destrozar a otra. Si algún elemento distinto a ella la invadiera, dejaría de ser lo que es para ser otra distinta; se detendría allí, como un brazo que buscando, no encuentra.


La nada es nada, el Ser es Ser. ¿Qué los identificaría? ¿Ambos conceptos se distinguen uno del otro? La nada se asemeja a una quieta sinceridad, íngrima como el silencio. ¿Y el Ser? ¿Se podría relacionar con la rosa de la que habla Rubén Darío y que es la consecuencia del pensar?
El Ser calla, calla la nada; el Ser no impone, la nada no ciñe y es el pensamiento lo que les da un poder, tan poderoso que no podría pertenecer a la materia que se impone por sí misma, semejante a un parlanchín que nunca deja de hablar. La materia a través del número y de la palabra, nos habla, aquellos callan; callar es silenciarse, nunca dicen: " para eso está la casa, para eso está la palabra" que inocentemente se recogen para acercarnos tanto a la nada como al Ser.


El vacío, el abismo, la nada, no podrían contener lo que son si algún otro elemento diferente a ellos permaneciera allí. Surgen como neblinas, las cuales, si logramos caminar dentro de ellas, nos dejan allí donde comienza ese "territorio" carente de tiempos, de espacios, de semejanzas y tropiezos. Dimensión imposible de señalar, imposible de definir, porque no es tangible ni tiene centro donde se pose la mirada para que el pensar intervenga y pueda la rosa entrar en la tierra y echar sus raíces.


La nada, el vacío y el abismo constituirían apoyos invisibles para detectarles una dimensión espacial y temporal muy distinta a la habitual que usamos para ubicar un punto, una ciudad, una galaxia. Unido a esto también la temporalidad que establecen cada uno por ellos mismos. La nada, el vacío y el abismo al ser espacios invisibles son ilimitados y atemporales, dándonos la oportunidad de sentirlos como concavidades o recipientes sin bordes, sin principios ni fin, toda una gruta que caminamos sin encontrar ningún gozne, ninguna aldaba que sostenga. Configuración completamente diferente a lo que es un camino, un horizonte; en ambos, espacio, tiempo, son elementos imprescindibles que sostienen la presencia de camino u horizonte. En los otros; la nada, el vacío, el abismo, se comportan como hechos existentes que no utilizan ninguna otra figuración para mantenerse.
El hombre usa estos tres conceptos para explicar lo que no es posible definir con otras palabras distintas, lo que nos lleva a decir: son conceptos utilitarios para el lenguaje al contribuir al conocimiento del origen de la propia materia, del hombre, del animal. Y lo pensamos así por una razón lógica, al preguntarnos ¿cuándo comenzó la vida?, ¿cuándo terminará la existencia? Sentimos un sobrecogimiento que no sabemos explicarlo y sobre ese no saber, contestarnos. Lo que de alguna manera plantearía, un vacío abismal.


Nada, vacío, abismo; oleajes imprescindibles que al tocar sus aguas nos colocan dentro de la casa de la palabra del Ser.
Abismo, vacío, nada; sin raíces, sin sonoridad, incapaces de mostrar algo diferente a lo que son: velos traspasables. Y nos preguntamos ¿por qué se nos convierten en imágenes? Cuán suave es un velo si ese velo nos remite al Ser y si jamás se opone a que esos tres conceptos sean los puentes fecundos y primarios del pensar.
Pensar es pensar el pan, la fruta, el beso y el amor; es cuando la palabra nos pone la casa y la habitamos para que el mundo, la vida, puedan correr y seguir y alcanzar el velo y traspasarlo, hasta llegar al Ser. Y desde allí tocar, abrazar, amar, conocer, sabiendo que los opuestos sólo existen para dividir, separar y al efectuarlo, ampliarse cada vez más el dominio operante del espacio, del tiempo y aun de la vida y la muerte.


¿Es posible que el amor pueda convertirse para el poeta en brisa, teja, alero?
Alguien dice: "el canto lleva la raíz hasta la cima."
Que el canto lleve consigo la raíz no puede sorprendernos, si vivimos y miramos desde el lugar unívoco del Ser.
La metáfora se forma por la necesidad inexorable de originar un "canto" al que le fue dado contener una raíz y conducirla hasta la cumbre.
Movimiento invisible que crea la presencia de una unidad existente sin que alguien pueda destruirla, unidad plena como el sol, unidad móvil donde canto y cima pertenecen a un mismo camino totalmente real por lo sencillo y unido de su razón poética, "trans-lumínica", entendiéndose dicho término como lo concibe el filósofo Ernesto Maíz Vallenilla.
Llevados por ese movimiento invisible, y a su vez unitario, nos preguntamos entonces ¿la evolución de la materia es acaso la presencia más clara y definida para advertir en su envolvente movimiento, la ausencia de los opuestos? La transformación de la materia en energía ¿acontece por la carencia de contrarios tal cual ocurre dentro del Ser? Lo decimos por un simple hecho: si la materia llevara consigo la fortaleza irrompible que constituye un objeto, ¿podría la materia padecer de esa transformación al convertirse en energía?
La transformación es la consecuencia de la no existencia de opuestos dentro de la propia materia, dando la impresión de ser la materia, o aquello a lo que damos el nombre de materia, la constatación unitaria cuya presencia no tiene otro camino sino la de ser, es decir, la de ser la materia y la energía un centro donde existencia y esencia no conviven separadamente sino todo lo contrario, son un arco que gira sin girar y rueda sin cambiar debido al traspaso de la energía a la materia y de la materia a la energía; confirmación de un centro unitario que si pudiéramos verlo tal cual miramos la montaña o el agua nos daríamos cuenta de que existe únicamente en ser del Ser. El doctor Fernando Rísquez comenta en su excelente conferencia "Las vírgenes negras" acerca de la alquimia; refiriéndose a lo planteado por Jung: "la alquimia es el resultado de las maniobras para unir los opuestos."
Si lo opuesto se impusiera en la materia, podríamos pensar que el Ser no es su semejante y ¿quién podría respondernos? ¿acaso lo fugaz? Mas lo fugaz, ¿qué lleva consigo? sino el limite aparente de un fin que realmente no es fin porque la materia prosigue su proceso evolutivo mucho más allá de la simple apariencia de un gajo cayendo sobre el camino.


La hoja abre su piel y en la imagen se funda lo entrañable de su verdad
Esplendente la palabra que entrega su realidad al hombre en su dolor y
su muerte
La palabra del poeta alumbra el propio árbol pronunciado
Árbol nuestro, de ayer, de hoy fortalecido por el amor y las aguas, noble
en su fijeza, calmo en su esbeltez
Árbol él, al oír el ventarrón de la angustia nuestra de mil ramajes 
adheridos al instante de la sombra, al instante del sol en la lejanía 
Entre el borbotón del aire corriendo hacia aquel otro árbol del bullicio
íntimo y la sobriedad redonda 
Para quien descubre su camino entre el desfiladero y la piedra, entre 
la hojarasca y la lluvia de azul marfil y grano
En el pensamiento con lo próximo y la sorpresa, con lo asido e hiriente 
del silencio, nacido en el instante primario de la tierra y entre los años 
intocables aun para el sol
En el pasado de un día naciendo para el sueño
Árbol sí, para las manos que se retiran ante el filo sordo de la 
desolación
Árbol sí, suyo, nuestro: conjuro que atraviesa el rencor, aun el festín 
del destello y una voz que no responde
Con sus mil astas bajo los cielos clavadas en el fondo de los siglos 
Con sus mil gajos creciendo para el ya otro y diferente entre las 
pupilas que buscan el albergue protector
Árbol de la palabra, numeroso, hasta el instante de la desaparición
Árbol de círculo tuyo, mío, en su ida de semilla y la nueva del manjar, 
de nuestra soledad, de nuestro silencio, de nuestro fin en lo esfumado 
de la neblina por la palabra de la casa en el iluminado valle del canto 
metafórico

La fachada de la casa tiene un semblante parecido al de la inmensidad. Busquemos su altura y no habrá fin, miremos su ventanal y no encontraremos límites; así de unívoca es.
Encontramos el Ser al pronunciar casa y brotar ella tan fragante y tan exacta como el mismo árbol que ilumina la palabra: milagrosa presencia que hace del verbo el recinto confortable para que el Ser nos señale la puerta donde se siembra lo que en la propia casa hay de agua, distancia, paladar, encogimiento.


Las raíces del origen están en lo prístino de las aves, de las nubes, en el alma y su canto de agua y sol. Son las que más conocen ese fondo donde ni actúan los contrarios ni se destacan puntos superiores junto a otros menores.
La casa es el corazón del hombre. Buscamos su altura y la raíz baja hacia los pies. El agua en la techumbre no se derrumba. El calor en lo oscuro del albergue, el silencio subiendo desde las raíces, ellas no mueren, están en el ir del agua, del fuego, en el principio de la voz y el ademán.
Univocidad de la granja bella de la casa.


 

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