Eleonora Requena

Poemas

 

Joan Miró: Cifras y constelaciones enamoradas con una mujer

 


 

In media res

Se aman en la cama, en el diván, en los hoteles, en una casa. sin muchas palabras, de pie, a un lado y otro del teléfono se aman, al atardecer y de mañana, dulcemente o como gatos también dulces, absortos en el cuerpo, en el del otro. cada uno en su silencio, sin memoria, dados a su juego intenso, desasidos, con historias paralelas o sin ellas, con múltiples besos, con sospechas cuneiformes, sin relojes a la vista, sin pretextos se aman.

Qué hay de los amantes afuera del encuentro, cómo silban melodías, qué miran, cómo se distraen del afán de estar en las junturas. a qué atienden mientras no están cerca, cuáles letras deletrean hacia adentro sin la oreja del otro para hacerlas. cómo se desplazan en la equidistancia, cuáles otros cuerpos sacian con su piel, cuáles otras puertas abren, a dónde escapan, qué recuerdan y qué no, qué lazo les estrecha.

Amarán la rajadura hecha, el sorbo pleno, la memoria de un temblor, alguna osada treta que tramó otro encuentro. mientras el deseo pique en delantera, mientras las agujas tejan, cuando el alcanzar no exista y no se cansen de sorberse, arrinconen hilos sin atar o dejen en la copa algo de vino. se amarán hasta que les alcance el cuerpo, hasta la otra vez incierta. en la cama, en el diván, en los hoteles, en una casa, sin muchas palabras, como gatos, sin sospechas, sin relojes, con pretextos, con múltiples besos, sin lazos.


Minería 

cávate en ti mismo un hoyo y cincela rocas de granito. 
róete los bordes,    
detona algunas cargas de explosivos.
el boquete hará las veces de un sillón de cuero
para dejarte caer con los labios cosidos. 
arrópate a la sombra de cualquier sentencia breve 
y así eludirás severos cantos o al espejo.
serán tus días en la mina del silencio angosto, 
del tenaz minero tras la veta de su propio eco


Tiberiades una raíz brotó de mi ojo izquierdo, extendió sus brazos hacia abajo adhiriéndose a la apergaminada piel y a sus fermentos. no puedo asegurar cuándo me hice vieja, si fue al marchar por el terreno empobrecido de algún sueño o ha sido esta mañana a las orillas del mar de Galilea. me atempera un brote ceniciento que hace estragos la memoria. me tomó al palparme grietas en los labios, me caló su diente el tiempo, se sumerge, precipita y trepa hacia la superficie. ya no puedo imaginar mi piel sin escarmientos.
cargarás tu roca hasta la cumbre. por cada paso torpe leerás un verso, apuntado como sueles en el antebrazo cuando huyes por caminos de alfileres. marciales o leves, culposos o al desgaire, adentro o afuera según las ganas, de amores o de odios según el borde. cuándo aprenderás a ser más precavida, impune al deshacerte los hilvanes, a no mostrar muñones a la puerta de la iglesia, a no mentir tan francamente. cuándo a ser desobediente, a no decirte tanto en los reveses. siempre igual las peñas se desgajan y te lapidan una entraña nueva. cárgate de nuevo en las espaldas los espantos, cuesta a tu desmedro cuesta arriba.
en el madero del barco de piratas de la cinta de video en pause hay un cuerpo atado de muñecas, parado en la angostura de la tabla, nadie tras de sí, asido a su propio desamparo. opta por la intemperie con el pañuelo atado en la cabeza (gasa negra sobre ojos trémulos) el público azuza un tráfico de esperas. tiene astillas en un pie, pulsa el límite en los dedos, arcada y balanceo. cruje no saber. le alienta una brisa leve haciendo las de un coro redoblante pero ajeno. siente el borde del madero romo y suave y algo entra en resonancia. el desasimiento oprime el play
Solitude ¿y a esto le temías? pruébalo no es pardo. es un naranjo conjurado, un gajo. que te encuentre musitando tu tambor sereno, tu temblor mejor, un vaso estrecho. bébete su aire de jazmín que baña. has llegado al sitio que esquivaste y no era tanta su miseria, ya tú eras este íngrimo alborozo, ahora date a tu alabanza


 

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