Edel Morales

Lejos de la corriente

 

Dante Gabriel Rossetti: Lilith

 


 

Escribí estos poemas durante veinte años. Las cosas han cambiado mucho en ese tiempo, algunas más allá de todo límite previsible. Esos cambios han dejado su huella en la escritura, también en mi biografía, en las lecturas realizadas y en los escenarios económicos, sociales, tecnológicos o naturales en que interactuamos. Pero mi idea de la poesía y del ser humano que la hace, necesita y merece no ha variado en lo esencial. Y creo que estos textos muestran esa continuidad.

No sé si es bueno o malo. A mi me complace, amigo Lector, encontrar estremecimientos y preguntas similares en todo el trayecto, descubrir que las palabras sostienen su sentido, y que su intensidad es mayor cuando han expresado bien el instante de su ya difuso origen.

Quisiera, por supuesto, que esa esencia permanezca. Que no se erosione el sentimiento. Que sea otra vez febrero cuando vuelvo a este poema: Tienes la cólera/ el enigma/ la sabiduría// el halo de luz/ la altiva belleza// y el deseo irrefrenable/ que extravía la razón// Así debieron ser las diosas/ que cantaban los antiguos. Y que en el pórtico de un libro de poemas sea posible siempre una dedicatoria sencilla, como esta:

Para Vivian, por amor.

 


Los pies desnudos




		No intentes posar tus manos en su inocente cuello

								Luis Rogelio Nogueras


		la belleza no es nada
		sino el principio de lo terrible

								Rainer María Rilke


Desde el aÑo de la noria Contaba una vez un rey que ganó su trono en la sangre. Yo, y el que ustedes imaginan fiero, nos hemos visto antes. Alguna luz murió sin ser por el cansancio. Algún ciruelo perdió raíces desde entonces. Pero no hay día más terco que los años de la adolescencia firme. Yo, y el que ustedes imaginan, preguntamos juntos. Era el año de la noria con barcos en la costa. Todos gritando abajo. Todos gritando arriba. Todos listos a caer y hacernos piedra, mientras eso fuese una manera de elevar la confianza. ¡Qué terrible el tiempo para trastocarnos tanto! ¡Qué fulgor de espejos para confundirse uno! Porque ocurre como en las viejas historias. Yo, y el que ustedes imaginan, estamos mirando hacia un cielo distinto. Y así jamás la estrella brillará para los dos. Así jamás el grito será igual en los parques públicos. Somos únicamente peces regados por la crecida. El otro, y este que ustedes imaginan fiero, al acecho del momento de saltar. ¡Oh, voz, no calles, antes de cruzar los miedos!
Noches de 1980 He visto caer el sol detrás de las colinas. Como esos viejos que se detienen y pasan las calles aferrados a mi mano. He visto caer el sol detrás de las colinas. Y siento caer las noches de la isla encima de mi cuerpo.
Tercera mirada a la sicología del poema Escojo palabras en la claridad del día. Sé que es inútil —el resplandor, los claroscuros, la más profunda sombra. Quise un cuerpo limpio y fuerte. Quise caminar por el país. Quise decir lo que sabía y lo que soñaba. Escojo pedazos de agua en la claridad del día Sé que es inútil —mi inocencia, mi rabia, mi tristeza de niño frente al acero de las armas. Ustedes no conocerán la historia. Yo quisiera estar sentado en el suelo de una casa, con varias maravillas al alcance de la mano: una bebida fresca y excitante, una música que ayude a caminar por el país, el brazo izquierdo y suave de una muchacha largamente conocida, y las voces de mis nueve amigos más queridos y leales. Yo quisiera que algún narrador contara por mí las dos historias. Salí a la calle, tuve un sitio, elegí mi voz. Sé que es inútil —la rabia, la tristeza, la inocencia de un niño frente al peso de la historia. Pero estoy sentado en el suelo mientras el tiempo transcurre. Miro pasar el resplandor, los claroscuros, la más profunda sombra. Escojo palabras, pedazos de agua en la claridad del día. Y escribo mi esperanza de que algún narrador pueda contar la historia. Y gozo decir: buenas noches. Y no olviden. Desplazamientos

Antes la luz brillaba en los altos edificios. Antes no era hoy que me hago estas preguntas.

Partir Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo. J. CORTÁZAR. Fiel a su manía de partir, el niño que fui me azota el costado. Estoy ante el espejo y nadie entiende mi ahogo: por qué recorro la casa, abro las ventanas, y el aire sigue detenido. Duele mucho este silencio: la leyenda de puertas tapiadas que no dice nada de mí, y el tiempo paciente moviendo su garrote. No puedo cortar el corazón y ponerlo en la sala a que incite el hambre de los visitadores: siempre el sol, con sus figuras veloces sobre las lajas del patio, trae a mis tardes de abril la inquietante belleza y la cruda eternidad del cambio. Quiero arder en un final que parezca aventura y despierte aquella voz de antaño, cuando burlaba las vigilancias mejor establecidas. Quemante, bueno y fiel a su manía de partir, el niño que fui sonríe, dice adiós, azota gustoso mi costado. Y las lajas del patio comienzan su largo incendio: una curación más palpable que cualquier cicatriz.
Los pies desnudos No tengo nada. Sólo el amor de una muchacha y mis párpados abiertos. Así puedo correr sobre la hierba húmeda y punzante. Sabiendo que a esa certeza llamarán locura.
La libertad es infinita. Sic Bajo el duro afiche que da sentido a esta hora, contemplo el rostro de los bailadores. Manos distintas se mueven en el aire. Se mueve una voz, muchachas pegadas al sudor y las guitarras que una estrella acerca por su luz. Fascinados en esa alucinación giramos libremente, sin miedo y sin otra voluntad que estar vivos, así giramos, todos bellos en el crepúsculo de la ciudad. Pasa Laura llevando el ritmo en los labios. Pasa Fernan con un toque de rock sobre botellas. Pasa el mar, azul y gris clarísimo. Blancas monedas que la libertad desnuda. Contemplo el rostro de los bailadores y el efímero resplandor de las cosas más puras. ¡Qué difícil para mi ojo humano mirar de frente esa única luz! Pero siguen dentro refulgiendo sus destellos.
Toda una noche con la mano en el agua Bailar de noche con las manos en la arena. Nadar pegado a los entrantes. Y mis dedos no tendrán paz hasta encontrar el fondo donde como en un cielo habitan gaviotas —la iridiscente luz de los huesos de los ahogados, golpeando en mis ojos para no caerme. Qué marea en las pupilas, qué cuento de nunca acabar. Una braza tiene longitud, la otra recurva hacia la costa de piedras para ganar los cocos. Un lugar definitivo es La Boca, con su tradición de veleros que bajan al río y una muchacha pegada al gobernable. Qué duras piernas las mías para no ceder al abrazo de las algas. Si los peces me llevaran a la próxima frontera y una vez allí saltase yo —como Armstrong o Colón, pero sin fotos ni reproducciones. Qué marea en las pupilas, qué cuento de nunca acabar, qué duras piernas las mías para no ceder al abrazo de las algas. Nadar toda una noche con la mano pegada a los entrantes. Y los párpados cansados, subiendo la fosforescente caja de los que quisieron bailar.
¿Quién ordena en este mundo el lamento de mi madre? ¿Quién?, cuando mi hermano termina el lazo en su segunda bota y Addis Abeba se mece como una flor. Otro mes los camiones bajaban la cordillera en niebla y mamá preguntaba por las manos de Miguel. Cubavisión, Correos Air, toda la noche un sólo sueño y titila azul el satélite a lo lejos. ¿Quién ordena en este mundo el lamento de mi madre? ¿Quién desde una casa ingrávida y ajena dicta así mi insomnio, ordena en este mundo el lamento de mi madre? Viene con dos lágrimas en cada mano plural y yo Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá nos acariciaba: “Pero, hijos...” Por el jardín y en cada laja del patio pasa, irredimible, el tiempo, pasa, irredimible y fugaz, todo el tiempo; y pasan, vigilantes, los grillos, la única luciérnaga con luz, con luz, con luz. No tardarás, Miguel, susurro, no tardarás. Pero el mundo es un nicho cerrado, las horas un juego cruel, el tiempo un lamento humano —redondo y olvidado y cruel y otra vez redondo y olvidado y cruel y muchas veces más. Un simple nicho olvidado después de la explosión.
Estación de invierno Abro completamente desnudo la ventana y miro: arriba las estrellas siguen alumbrando una fiesta de la que sólo escuché el rumor. Músicas que no siempre fluyen para el hombre en la noche irónica y danzante. Música sin la fantasía de mis dedos. ¡Qué largo es el silencio! Contempló el ancho cielo estrellado de mi patria y esas calles que se alejan, se pierden, me dejan solo... Músicas que van y vienen y regresan luego, danzando libres y no iguales hacia y desde un mar sombrío. La felicidad adormece mi voz y luego se aleja, mientras abro completamente desnudo la ventana y miro.
Toda la cabeza Un pájaro se mueve en las maderas del techo. Está apedreado y no podrá salvar el ruido de sus alas. Pero se acerca a las vigas más duras. Su traslación es mínima, inapresable, capaz de enloquecernos. Y en la gravedad de sus plumas se nos pierde el fuego del arquero. Sufro en agonía este dolor de entonces: el pájaro que cae, se mueve y alcanza las vigas más duras. El mínimo, inapresable, infinito dolor de las patas de un pájaro, haciendo caer hacia nosotros el polvo de su eternidad.
De la ausencia y la noche No queda más que marcharse. Y buscar luciérnagas en los patios dormidos. Y conquistar en la ciudad los puentes. Y habitar en soledad la casa. Y dibujar tus ojos en las paredes blancas. Y regresar despacio hasta la puerta. Y olvidar tus ojos, y olvidar, y olvidarlos. Sabiendo que mañana o luego, siempre la noche los traerá.
Calle G. 1982 Una noche partíamos almendras en la calle G. Eran más de las 12 y tú y aquella saya de flores blancas, parecían la eternidad. Yo me detuve un momento a contemplar la luz y el paso de los autos por La Habana de 1982. Todo resultaba tan sencillo. El viejo mar bendito frente a la estatua de Calixto García. Tu rostro avanzando en la semiclaridad de los pinos. El golpe con que mi mano buscaba en la roja intimidad de la almendra. Todo resultaba tan sencillo como la vida del agua que se escurre entre los dedos. No debía venir nadie. No esperábamos a nadie. Yo me detuve un momento a contemplar la luz y el paso de los autos por La Habana de 1982. Tú, y aquella saya de flores blancas, parecían la eternidad.
Mujer gozando su desnudez Las piernas recogidas, el pelo cansado, distinta. Ha dejado su temor junta al último café, ahora goza mi presencia. La semipenumbra y los discos moviéndose en la madrugada, permiten un espacio para el deslumbramiento. Está sentada sobre el piso y mira sin palabras la esperma que deja en los mosaicos la vela de la fortuna. Escucha una canción de ángeles. Goza en su cuerpo mi presencia. La limpieza de su cutis y la lentitud de abril me ofrecen en el espejo manchado la otra cara de la luna.
Sólo ardiendo Nadie sabe si al fin te alcanzaremos: cazadores demasiado torpes para tu huella y para esa luz que oculta permanece en el fuego. Sólo ardiendo lograrás un verso que me rinda, dice tu voz perdida en la hojarasca. Y nadie sabe si al fin te alcanzaremos, cegadora. En la densa claridad de los trópicos lo único cierto es que te seguimos. Con fiebre.
Un poco de amor en la mano izquierda Estoy sentado en la misma piedra que mi mano quiso. No pregunto, ni blasfemo, ni escojo nada. Sonrío como un héroe de novelas triste y solo. Fumo para quemar las semillas más terribles del miedo. Y miro en silencio a través de la ventana. En los círculos que las luces dejan sobre los parques abiertos alcanzo a ver un rostro que sostiene el fuego. Cerca los perros muerden este diciembre blanco y mudo. Nada recuerda esta noche el tiempo feliz. Por esa helada quietud se han marchado los amigos, luego también las escasas muchachas. No pregunto, ni blasfemo, ni escojo nada. Sonrío con la bondad y dureza que he visto sonreír a mis héroes y espero en silencio la próxima lectura. Afuera pasan los días de Navidad. Entrañablemente azul tras la muda hojarasca de diciembre, el fuego de los creadores sostiene mi cielo.
1983 no era un año triste Guarda esas fotos en el forro de tu abrigo, y guarda esa cara de circunstancia: 1983 no era un año triste, lo sabes tú y lo saben las paredes del Club. Deja que el tiempo arrastre esas nubes. Deja tu rabia vagar en esta carne blanca y suelta, la carne que el cielo te dio. No trates de explicar el color de las luces. Escoge una pregunta cercana a la claridad de las voces más jóvenes, y guarda esa cara de circunstancia. Lo sabes tú y lo saben las paredes del Club: 1983 no era un año triste.
Mar Atlántico Como en las fotos del Mar Atlántico, que Enrique guarda en el forro de su abrigo, ahora todos miramos al cielo fijamente. Con su guitarra y su silencio Fran arpegea en las botellas, y quiere llegar, y la vida vale o no, pero aquí estamos. Tere afirma su manía de nubes en la boca y sus príncipes mendigos que nunca quisimos comprender, porque la amábamos tanto; la amaba yo soñando en el muro de espaldas a las preguntas de mi cuerpo; todos, alguna vez, fuimos su insomnio verdadero. Si todavía Mandy fuese el mejor anfitrión, Monsieur Zaping in Zaping's Club, descorcharíamos otra vez la Havana, y el pasitrote de Fernan perdido en las minas sería el más fantástico juego, la mayor felicidad para los golpes de Ale. Eran otros años, nosotros demasiado jóvenes para entender esa historia de gente dispersa en el mundo. Nosotros demasiado jóvenes pero muy seguros de que Fillo no mintió, de que a medio paso del dos mil no se regalan islas. Como en los rostros del Mar Atlántico, murales del Zaping's Club jamás borrados por el peso de la bruma, cada uno es el genio, todos latiendo en un mismo corazón, vigías de un tiempo que nos costó la infancia.
Con el muro a la espalda Murió el tiempo de los cómplices. Felicidad de las horas girando hacia el día de llamarnos cómplices —relámpago, aproximación, tiempo de los cómplices ya muerto. Cómo querría encontrar ese alguien que confirme la inasible nostalgia en su retorno y escape. No he pedido que aparezcas igual, con el muro a la espalda y una lealtad más fiel que los brazos pactados. Pronto es para engañarse. Sólo por hacer algo fija las estrellas ganadas, los años que ardieron como el aire fuerte en la dispersión del fuego. No olvides tú ese rumor que escapa. Murió el tiempo de los cómplices, ha muerto. Y miro la ciudad volver de sus mejores días. Y miro la gente que va y viene despacio junto al mar. Y me pregunto con el muro a la espalda: ¿Tan solo será la vida un tiempo posible?
Fábula del hombre y la ciudad I Sentados junto a una vieja cruz de madera cuatro pescadores miran al mar. Aguas lejanas y muertas, un hombre solo por las calles. Son imágenes que preciso, los últimos lugares que vieron sus miradas de testigos. En sus palabras, y en el relato de otros protagonistas, recuerdan los miedos de aquel año. Escuchan el silencio de treinta mil rostros perdidos en su memoria de niños. Los cayos barridos por las olas, la ciudad apagada. Luego llega la luna y tensa los cordeles sobre el tranquilo mar del sur. Hasta la claridad del día siguiente. II Habrá otro silencio en la poca arena de las costas, han dicho mirándome a la cara. Con el tono de las cosas inevitables. Es la memoria de la sal en el aire de la noche, el color del miedo en sus brazos desnudos. Yo respiro en ese lenguaje de pescadores la temporalidad manifiesta de mis veintiséis años. Yo espero con la mano en la cruz una voz que magie mi nombre y mis ojos de tigre. Por ella atravesé el país y vine a esta playa. Luego regreso por un camino de piedras a mi habitación de hombre de paso en la leyenda. Y veo cómo se apagan sin amor las casas a lo lejos. III Hay un cuerpo en la cruz, unas calles en penumbra, una magia que muere entre las aguas. Una línea de sombras donde se corta el horizonte. Vuelvo a la costa por este silencio antiguo que desde ayer los pescadores me anunciaron. Ciudad anclada en el letargo, y una bella mujer que se pierde entre el fuego y la tristeza. Ciudad de míseros rituales, donde escucho y miro y palpo cada día la simple repetición de estas imágenes. Nadie puede sin cambiar retener de verdad sus mitos. Esas lunas de la memoria de los niños se hunden para siempre bajo este cielo acabado. Desde el mar avanza en ras la marea deslumbrante.
Noches de 1985 He visto encenderse las luces del parque. Semejantes a un ahogado que vuelve abrieron los ramajes para mí. Y puedo ver el blanco borde de los cielos.
Historia tan contada Vuelve, soplo queridísimo, a mi vida. Vuelve, y no olvides: volaban pájaros en el cielo, el amanecer llegaba, y nadie dijo: Acabaré rendido. Lo recuerdo todo en este minuto de agosto. Tú y yo y el alto amanecer. Tú y yo y pájaros que volaban en el alto amanecer. Tú y yo sabiendo que alguna vez el cielo sería algo más y estaría más cerca. Tú y yo, soplo queridísimo, mirando por los mismos ojos. ¿Acaso olvidaste el sonido de las aguas? En la herida burbujea su historia tan contada. Hacia la claridad que asoma en el alto amanecer vuelven los pájaros a buscar el cielo. Mira: cuando termine el silencio habrá nuevas voces. Mira: cuando demos la cara los partos serán felices. Yo te espero, soplo queridísimo, no me faltes.
Mientras arda el fuego Yo estoy seguro o muy seguro: los espectadores desconocen lo que vale una voz, o el peso de una voz en medio del fuego, lo que cuesta adelantarse sin inmunidad. Mientras arda el fuego. Mientras caigan los hombres en mayo. Mientras cada palabra cueste una vida. Con los dedos subiendo al despeñadero, hasta desnudar la rojez de la brasa. Mientras arda el fuego. Mientras caigan los hombres en mayo. Mientras cada palabra cueste una vida. Los espectadores bailan en un pie y nosotros marcamos el ritmo, el sabor eterno de estas otras canciones. Mientras arda el fuego. Mientras caigan los hombres en mayo. Mientras cada palabra cueste una vida. Con los dedos subiendo al despeñadero, hasta desnudar la rojez de la brasa. Espectadores siempre hubo, al margen de la Historia, espectadores en su inmunidad. Yo estoy tan seguro de esta voz como del tiempo.
Yo también tuve un silencio No estoy escondiendo nada. Sólo dije, calmado y para todos: No creo en los murmuradores. Van y vuelven por el largo pasillo. Van y vuelven, pero no adelantan un paso. Yo también tuve un silencio. Cada amanecer en el mundo un vacío alimentándose, una puerta pálida como el frío de los ciegos. Yo también tuve un silencio: era estrecho y apretaba como la tos de los irremediables enfermos. Pero ya rompe el círculo para hacerse voz. Que nadie diga luego: No lo imaginaba. Cada hombre tiene su palabra Cada palabra tiene su sentido. Que nadie guiñe luego el ojo en los conciertos. Sólo creo en el ronco grito de las marímbulas que con la tierra rugen.
Cuando seas alguien I No espero mi nombre en las encuestas, camino hacia otro resplandor. Escucho voces que murmuran: Cuando seas alguien podrás decir, ya soy alguien, amarás decir, si quieres ser alguien no debes decir. Como si esa proposición de barnizado yugo pudiera convencernos. Modelar, y luego pájaros tristes preguntan por nosotros. No. Hace ya varias guerras elegimos la estrella, el pecho abierto, la mano siempre lista. No vamos a ser otros, seguimos siendo fieles, al fin y al cabo el tiempo es nuestro y nuestra es la tierra. Cruzan las piernas y mirando al mar murmuran: Cuando todo se confunde es fácil ascender barajando bien las cartas, basta saber moverse en la marea como hace la blandísima arena que jamás traspasa el veril. Y con esa letanía trataban de cegarnos. II Para no caer como una mosca en la tela juega tu vida en las corrientes y al margen, con rabia y dolor, con toda el alma, con hambre y miedo y paz siempre puedes gritar, y decir: Soy alguien, y no espero mi nombre en las encuestas. Camino hasta las primeras luces, enciendo alguna lámpara porque soy cualquiera y a todos nos importa, el halo del rocío en las flores abiertas. Murmuren y barajen esas cartas marcadas los que nunca dieron su mano. De tanto no ser nadie y no cambiar un rostro que irremediablemente arde, tenemos en la mirada el tiempo: una estrella que abrasa para siempre a los murmuradores.
Vivo Un corazón no puede terminar como una panetela almibarado desmembrable entre los dientes del mundo.
El hombre prevalecerá sobre todas las angustias, dice William Faulkner Sobre la angustia de un amanecer donde no estás. Sobre el blanquísimo sol y la dolorosa penumbra cuando llueve. Sobre la angustia de los cómplices traidores. Sobre el golpe de las gotas en el fondo. Sobre la angustia del lazo y las correas. Sobre el más lento redoblar de las campanas. Sobre la angustia de los cielos perdidos. Sobre vicios y bondades y desesperanza y melodías. Sobre colmos y mañanas el hombre será más que silencio. Sobre la angustia de su propio miedo prevalecerá.
Márgenes Jamás, hombres humanos, hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera, en el vaso, en la carnicería, en la aritmética! Jamás tanto cariño doloroso, jamás tan cerca arremetió lo lejos, jamás el fuego nunca jugó mejor su rol de frío muerto! César Vallejo
Viendo los autos pasar hacia Occidente En las pequeñas ciudades del centro de Cuba las calles, habitualmente bulliciosas y dulces, se quedan vacías en los meses de invierno. Yo he vivido esa pesada quietud. Los estudiantes se han marchado a descubrir el mundo y una paz, una extraña y larga ausencia, llega hasta las paredes y penetra al interior de los edificios. Los clubes, las casas de cultura, los campos deportivos, semejan un set, cuidadosamente preparado, que espera el regreso de los actores para continuar la filmación. En las pequeñas ciudades del centro de Cuba todo es ausencia y espera en los meses de invierno. Yo he vivido esa pesada quietud. Noches de febrero en la esquina vacía de Libertad y Paseo, viendo los autos pasar hacia Occidente. Como quien ve a una muchacha de piel muy limpia y cabellos negros pasar gustosa hacia otro hombre.
Ciudad de todos los domingos Querría quedarme en esta ciudad: su manera de reír me gusta ciertamente. Una eternidad cruza hacia los bailes, deja en mi mano un vaso de cerveza, unas músicas duras, y las puertas de la casa, abiertas, con héroes y borrachos palabreando, friendo carne, brindándose la vida alrededor del fuego. ¿Quién hizo más por el país? Escucho esa pregunta desde mi ventana de pasajero y siento lo efímero de las verdades eternas. Yo querría quedarme en esta ciudad que grita en el tiempo pálido, mientras cruza jugando hacia los bailes.
El calibre de las armas Detrás de los cristales palidece la memoria de otro tiempo, los objetos más simples de una época que la historia quiso elegir, la crudeza y la claridad que hacen a las cosas eternas. Voy por los museos tras la huella de un pasado que da sentido a esta hora, busco en mi vida el destello inconfundible que anuncie el momento del cambio, la cegadora luz de entonces (los bailes de fin de año, el lenguaje de una adolescente —su rostro de cabellos cortos en el interior del papel— el calibre de las armas, las palabras del Maestro a la emigración, la multitud manifiestamente inmóvil sobre la tierra húmeda) Las galerías están desiertas y en el patio de losas siento venir los meses de invierno. Respiro el aire en que convergen los tiempos de la isla, busco un momento en mi vida: el destello inconfundible que anuncie el principio del cambio. La crudeza y la claridad que dan a las cosas comunes el fuego de lo eterno.
Lejos de la corriente El humo siempre irá a desvanecerse, pero nosotros... giramos cerca del campanario con la dicha de mirar un poco más lejos. Lástima no ser fuerte ni preciso para abrir de golpe el ojo: sé que vería el paso de los navegantes dieciocho metros sobre la antigua realidad. Pero no tenemos ancho ni lugar, no escogimos las armas. Ella posa húmeda en los muros, cuenta que me siguió en la brújula del astro sólo por el vino de esta noche. Luego podrá decir que nunca estuvo, pero no es el viento quien alumbra el faro y pide: tú que cruzas el mar enmudecido, encalla en mi desnudez más intima. Ella en la penumbra mantendrá ese tacto en que exijo y me suicido, y únicamente somos la terca ilusión de nadar fieles en un lejano paraje y volver, con la astucia de los sinceros, a mi casa, a mi perro, a mi día de soñar. El humo siempre irá a desvanecerse, pero nosotros... Dieciocho metros no es el borde más terrible ahora que la sirena dicta su canción al náufrago.
El quemante ojo de Romeo Para Odalys Victoria, un largo de felicidad. El brillo único de las constelaciones rueda a lo largo del canapé, donde el vino y los cigarros arden. Vuelven y se besan. No temen perderse. Y rueda el cielo a lo largo del canapé, hacia los más profundos sitios del aire. Adentrados en sus cuerpos exploran el pasado. Donde siempre quiso haber un largo de felicidad hay este minuto de preguntarse la vida, este temblor en las terrazas, este hacer algo histórico sobre los golpes de viento y la cambiante sombra de los muros. Seco con un beso tus pestañas: la felicidad es un corazón para estar despiertos, si modelamos la íntima palabra salvada como un grano de su cáscara. Mañana puede no haber ningún friso en que asciendas por mi impulso prendida al techo, despeinada y sostenida, mientras caen livianas monedas en el calor del vino. No importa, nada importa más que este instante abierto como el cielo en las baldosas, hermoso como un rostro al paso de los labios. La vida sigue siendo un abanico, un rayo de luna, una levitación palpable en la memoria. El aire rueda en los muros y rueda la felicidad a lo largo del canapé, y dibuja en los cuerpos desnudos el brillo único de las constelaciones.
Los tonos del ángel Por Juana Lilliam El invierno apaga los cielos de la Niña. Pero yo comienzo a descorrer su lámpara. No tengo otro prodigio que el puro deseo (manos, ámenla, no tengo otro prodigio). Más allá de la tarde el piano deja en mí sus nostalgias. Yo digo: Con el muro a la espalda los cómplices van a morir. No llores. Acaso fíjate qué música acerca las ciudades. Pequeño es el aro de la luz. Pero yo descorro la lámpara del ángel.

(... y la claridad de noviembre es larga y limpia, escribe en un costado de la sábana. Luego se abraza las rodillas y simula pensar en mí después de muchos años. En su costado de la sábana ella escribe. Todo ocurre como la fiesta del silencio en las cabezas, y la claridad de noviembre es larga y limpia, escribe...)

Luz que amanece y duele,
no hubiese creído este esplendor y su espejo.
Luz que amanece y duele,
sé que la voz y el tiempo me condenarán si escapa.

Digo: Hágase la luz,
y la claridad de noviembre es larga y limpia.

No lo hubiese creído: que alguien develara así
el misterio alimentado en otro juego.


Pérdida de la inocencia Cuando el ángel terminó de llorar alguien más humano cruzó el agua, y se detuvo. Magnetizaban lo pálido del rostro y su voz, sencillamente tirada en la pared. Llegaba la noche para el cielo y la tierra. El ángel levantó su mano en el aire como si empezar ese gesto ya lo salvara. Tenía entre los dedos un cabello de luz y lo acercó a la corteza del árbol. Era un lenguaje de tristezas por la claridad perdida.
Vicarias blancas Bordes que hieren el cielo de mi infancia. He dormido sin sueño doce iguales minutos en una noche de lobos que buscan su carne en el asfalto. En una distancia imposible. Como mi madre doce horas de un mismo dolor. Como doce rostros de mi abuelo sin río y sin peces. Como Paulina Gutiérrez toda la eternidad vacía (ahora va su polvo hacia una tierra entre vicarias blancas). ¿Qué lenguaje dirá las soledades? ¿Qué sonido en verdad significa adiós para siempre, amén? Es absoluto el silencio de Caridad Fuentes Gutiérrez junto a la tierra que espera el cuerpo de su madre. Es absoluto el silencio de Armando Fuentes asombrado y solo después de setenta años de amor. Es absoluto mi silencio en la distancia imposible del asfalto. Los cielos se han abierto para recibir el alma de mi abuela (entre vicarias blancas va su eternidad hacia Dios). Sé que mi madre sostiene la tierra sin una lágrima. Sé que mi madre sostiene en la mano el rostro de su padre. Sé que mi madre sostiene la luz. Es una noche de lobos en la carne del asfalto y en mi herida regresan el río y los peces de abuelo, las vicarias blancas de Paulina Gutiérrez, el cielo de mi infancia. Yo les veo la mirada sin palabras y regreso a casa. Todavía el más profundo dolor está por anunciar su eternidad.
Valle de los Reyes Imitación de Teresa Melo Pero nosotros los desnudos sabemos que es cierto. El hombre no se conoce por el peso de su mortaja sino por las pirámides que construye.
Márgenes En las márgenes del río Máximo, a la caída de la tarde, hice que pasara el tiempo —abstraído en la contemplación. Una hora —un milenio— de gozosa indiferencia hacia las formas de lo real —un siglo cada tarde me permití ese verano. Entonces no conocía otro lenguaje que los habituales juegos de una infancia cuidada y libre —modelada entre los límites de la provincia, la plaza pública y el antiguo árbol familiar. Aquel verano fijó los temas de mi adolescencia y la imagen de estos días —repetidos, más o menos iguales, de mi vida. Ser feliz, anclado a la deriva en las márgenes del río. Los cuerpos de los otros nadaban deseosos río adentro —en contra o a favor de la corriente— hacia los remolinos que bullían en la zona de los saltaderos. Pero yo permanecí a la deriva, anclado en las márgenes, sin un gesto de placer o dolor que denunciara mi aventura. Ajeno a la sustancia física del agua —abstraído en la contemplación de no recuerdo qué vacío, qué figuración extraña, qué palabras— era descuidadamente feliz, sin un motivo real, ese verano. Quizá por última vez, quizá sin saber cuánto.
Los textos escogidos I Después un amigo me envió unos textos de Borges. Eran peligrosas reproducciones en mimeógrafo encuadernadas con el escaso papel de bodega que pudo pagar. Sobre la íntima pobreza que anunciaba el soporte estaban las palabras, la ruidosa inocencia de un gesto de juventud, que descreía del fracaso y del éxito, de las escuelas literarias y de sus dogmas. Eran, supe luego, apenas seis los textos escogidos entre los mil y un poemas que Borges tradujo, mirando las antiguas estrellas desde estos barrios del Sur. II Cafés de Palermo Viejo, calle Florida, certidumbre y tiempo deseable, ya eterno, de la Recoleta. Atestiguo la belleza y las mejillas que el amor desea, la derrota, la falsía, el río de cielo que fundó la ciudad. El primer puente de Constitución y a mis pies el tedio ruinoso que se ordena hacia los arrabales infinitos, las Obras escogidas de Jorge Luis Borges: Naipes, bife, editoriales orientales y occidentales, precios de oferta, tapas plastificadas, papel bond. Veredas donde un cuerpo prefigura otro cuerpo, una inteligencia otra inteligencia, una sensibilidad otra que vuelve en mi memoria circular. III Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad. Mi lejano amigo espera aún de mi poesía una magia que nos haga recordar los textos escogidos. Tú buscas en los numerosos stands cuál tipografía hará el milagro de eternizar una circunstancia que sé azarosa y frágil. En esos movimientos de mi vida adivino los Límites de El otro, el mismo; Lo perdido de El oro de los tigres. Es Buenos Aires, su fervor, y puedo definir la claridad: las palabras que intento para ti son también palabras que en otra latitud del círculo mi lejano amigo espera. Confundo, al evocar el gesto, su mano y la tuya, su libro y el tuyo.
Bajo una luz muy blanca Para Marian Medina. En las sucesivas noches de diciembre la música baja desde los pisos superiores hasta mi habitación, iluminada por una luz muy blanca. Yo escribo el renunciamiento de los hombres y me ofrezco jugo de toronjas; luego fumo y contemplo allá arriba las intermitencias del satélite, su destello en el primer minuto del nuevo día. Ajena a la rareza de ese instante, la mujer de mi eternidad duerme en la penumbra de otra habitación. Yo beso sus manos cada hora y fumo y ofrezco a mis fieras preguntas un vaso helado de jugo de toronjas; luego espero hasta el amanecer otro destello del satélite, otro movimiento de luz en los golpes de baile. Sucesivas noches de diciembre en que la música baja desde los pisos superiores hasta mi habitación, y festeja Navidad y festeja Año Nuevo, mientras escribo el renunciamiento de los hombres bajo una luz muy blanca.
Noches de 1990. He visto moverse un disco en las noches de La Habana. Fue sólo un instante. Pero esa presencia de lo desconocido en las olas de octubre, esa claridad al alcance de mi mano, anuncian los bordes de un nuevo horizonte. He visto moverse un disco en las noches de La Habana. Flotando en el cielo abierto he escuchado su música. Y puedo estar y ser feliz en cualquier sitio donde sea posible el mar.
Un golpe de remo en el agua Un golpe de remo en el agua Un golpe de remo en el agua Traza el remero en el mar el esqueleto sin límites de un pez.
Escrituras visibles La hermosa memoria de un día en el mar. Figuras que sumerges hacia un brazo de agua más tranquilo y limpio, más intenso que la imagen o la palabra fuego, tantas veces igualada por ti a la idea de la libertad. Es todo lo que puedes hacer. Mira el dolor tatuado en la ceniza, los escombros de otras intensidades muertas por la congelación o el límite. Demasiado esperabas de la vida. Todo lo que puedes hacer es un lenguaje iluminado por esencias y por la belleza que ves en el conocimiento de las cosas. No mentir otros miedos. No fingir que tu silencio olvide la significación y el peso de alguna antigua tradición. Lo sabes, finalmente, demasiado esperabas de la vida y esto es todo lo que puedes hacer: escrituras visibles, de una inocencia desnuda y hechizante. Más perdurables e intensas que la palabra fuego, o tu idea, o cualquier imagen que antes igualabas a la libertad.
Cayo Perlas Has escuchado la palabra maravilla. Cayo Perlas: un rostro, dos rostros, un rostro... Evocada en la magia de su significado original, has escuchado la palabra. Es la seducción y el deseo por la naturaleza del trópico. Cayo Perlas: un cuerpo, dos cuerpos, un cuerpo... Es la antigua transparencia del Mar Caribe, su fuerza, evocada en la magia de su significado original. Y tú has escuchado la palabra.
Mientras sea posible Ve mientras sea posible: ella te espera. Encantada en los bordes —pacientemente— nada una piscina más, espera una vez más, para besarte antes de subir al paisaje ámbar de la habitación. Desnuda en el agua —ligerísima— ella te espera: ajena al cansancio senil de la madrugada y a la brevedad de unos días felices que ya terminan. Ve mientras sea posible: mientras permanece en el agua —ofrecido— el cuerpo que deseas, el cuerpo que tu escritura nunca podrá nombrar.
Idea de la rosa azul Para Viviana Cosentino Llanes, la prefiguración de su existencia. I Rubia vestida de azul, de azul y no de negro, de azul y blanco, de blanco y blanco. Y no de negro. Rosa que se eleva en el agua por la luz del Este, en la costa juvenil y sola. Y no en las cambiantes tinieblas. Y no en el servicio estéril del ennegrecimiento. Cuerpo de la transparencia que se abre en plena superficie, en la arena de la costa. Y no en la frustración del sexo. Y no en la caducidad de los salones. Yo entro al azul como antaño entraba al espejo. Yo descubro en el blanco la resonancia del suelo en las iniciaciones. II Rubia desnuda de azul, de azul y no de negro, de azul y blanco, de blanco y blanco. Y no de negro. Rosa imposible y cierta en la alegría de la costa a la hora del alba. Y no en la fatuidad sin nombre. Y no en los balnearios de la indiferencia. Cuerpo de la imagen que sugiere la pureza en una intensidad irreal, en el silencio de la costa. Y no en la sombra pagada. Y no en el ritual de la serpiente. Yo entro a esa rosa con los ojos cálidos. Yo descubro en ella la altivez y el deseo de los nacimientos.
Un día en la blancura de Minks Septiembre de 1990 Es septiembre, caen las hojas hacia la podredumbre. Acerco a mis manos la cabeza de Laritza: escultura realista, la hierba es verde y suave y es la podredumbre, dos que caen hacia la podredumbre. En la lentitud de los parques —ironías del espejo, la luna del otoño asoma entre las ramas— rasgo el papel y los cielos pálidos, meridianos de un mundo que nadie hizo para mí. Había escrito: Ya nada puede asombrarme. Pero alguien dicta mis palabras: Somos terribles —y cae hacia el costado. El fuego es terrible —y rasga mi vida. La voz terrible —y dinamita un mundo. Dice verdades que yo no quería: Bajo los árboles somos terribles con miedo. Acerco a mis manos la cabeza de Laritza: es la podredumbre, verde y suave —ironías del espejo, asoma entre las ramas la luna del novecientos noventa. Es un día en la blancura de Minks y yo quisiera ser feliz, ver que una hoja desciende con limpieza hacia los tiempos. Pero alguien dicta mis palabras: Es la podredumbre, es septiembre que lanza las hojas muertas hacia el fuego entre los árboles. Y cae una escultura hacia el costado.
Gastadas imágenes de antaño Que la tristeza no me impulse hacia el mar. Costas de La Habana, abiertas en los días de invierno de mil novecientos noventa, que la tristeza no me obligue a ser otro. Gastadas imágenes de antaño: la piel de manzana de las niñas en un auto azul y el ojo irónico de los hijos de Occidente con su mirada posmoderna en la memoria de las islas. Costas de La Habana, dispuestas para el viaje en las noches más frías de enero, que la tristeza no me lleve a morir en las playas. Que la tristeza no me impulse hacia el mar.
Dentro de mil o cincuenta años Es por la felicidad que escribo estas cosas. Los discos, el ocaso, las monedas, la espera interminable bajo la sombra apacible de los árboles. La silueta, ligeramente inclinada y sola, de una muchacha hermosa que todas las tardes a las seis, tiende su ropa del día en los balcones blancos. El silencio de las balsas que salen al mar y los pasajeros sin voz, cada vez más lejos de la costa que habitaron, agitando sus manos en el agua. Es por la felicidad de unas noches aún lejanas. Como esos pescadores que en el interior de sus botes recogen el naylon y lo lanzan y ven pasar las lunas sin agotarse nunca —con la misma estudiada paciencia— miro pasar la historia bajo la sombra apacible de los árboles y escribo estas levedades. La profundidad del azul en el ojo del pez me ofrece los mejores motivos. No la fuerza con que el viento arrastra cuando penetra en las ciudades del Golfo. No el movimiento de las batallas que enrojecen el cielo, haciendo más visible el sentido trascendente de las palabras. Escribo estas levedades para noches aún lejanas. Para la felicidad de sorprenderme un instante —dentro de mil o cincuenta años— mirando una silueta inclinada en los balcones blancos, mientras el ocaso, las monedas, los discos giran su espera interminable en el aire del mar. Distinto a las balsas que parten y a esos pasajeros que en el silencio agitan sus manos, intentando vanamente retener una costa que ya para siempre se aleja.
Pisos húmedos Vuelves a estar en los pisos húmedos de la casa lejana de donde en verdad nunca has partido. En su florescencia de marzo los altos mangos iban también en esos viajes, picoteaban las aves tu café de las seis en el patio de lajas, era la sonrisa de tu hermana lo que iluminaba las postales y recogía en los espejos el humo del padre, los silencios de la madre, la ausencia de Miguel. Todo iba contigo por el mundo. Todas las cosas simples donde aprendiste a encontrar tu nombre. Todo iba contigo en esos viajes. Vuelves a estar luego de veinte años en los pisos húmedos de Masó 151 —que no es avenida al mar—sino calle que termina en el agrio movimiento de las vegas de tabaco. Todo lo que en este tiempo has visto era hermoso y extraño: los distintos lenguajes de los hombres, el gozo de tocar las nubes y vivir la paz del cielo, los cuerpos que se ofrecían gustosos y sueltos en las escaleras de los night clubs. Todo se te oculta frente a la claridad de este instante. Vuelves a estar en el tono azul de los cuadros de familia y ya sabes qué significa partir, qué te esperaba más allá de las fantasías de neón, qué encontrarás en las próximas ciudades. Toda esa belleza extraña y ajena, toda esa sabiduría —y la iluminación que pudiste gozar en los sitios lejanos— entraba en ti para que reconocieras la humedad de estos pisos. Pero no culpes al mundo por eso: sin el placer y el dolor que en tus manos pusieron estos largos veinte años nada hubiese sido claramente tuyo, nunca hubieses podido decir: por encima de todas las cosas el tono azul de los cuadros de familia, la florescencia de marzo sobre las aves del patio. Todo se te oculta frente a la claridad de este instante. Y aún así, vuelves a estar de espaldas a la puerta, vuelves a escuchar tu adiós en los pisos húmedos, vuelves a buscar en nuevos viajes esta casa lejana de donde, en verdad, nunca has partido.
Habitaciones interiores Qué importa entrar o salir o desnacer Fayad Jamis Hombre de mi tiempo, eres aún aquel de la piedra y la honda Salvatore Quasimodo
Uno de la ciudad Ve por el bulevar de Obispo. Olvidado de todo y de todos, con un libro de René Char en la mano, cumple el rito de la ceniza: incluye tu incertidumbre en el relato de las proezas de los otros. Una tarde cualquiera, en la Plaza de Armas, empuja una puerta: el origen dudoso de los mitos, el espacio de fábula que agradecen la caballería y la flota, esperan de ti una pregunta, un signo de ironía o plenitud. Considera cuán legítimo es ese sentimiento, ese vivo deseo de escapar a la nulidad de los días habituales. Contempla este lugar: un siglo cubano mostrado al capricho de los restauradores. Entra a los barrios de La Habana, antigua y marinera: junto a los puntos de leche las mulatas anuncian su cuerpo con la estética voceadora del pregón. Haz que dure ese instante hallado entre el sueño y la vigilia. No te obligues en demasía. Descansa una tarde y ve hasta la sombra acogedora de los nuevos toldos. Si ya estás listo. Si todavía eres uno de la ciudad.
Lejos, en la baja gravedad Lejos, en la baja gravedad, dejé flotar las cosas una noche. Estábamos muy juntos, creo, porque el aire era frío. Mirábamos el resplandor rojizo de un astro en el cielo y, a veces, un poco de la aridez o la estulticia que corroen esta tierra. El humo en los fragmentos de luz también flotaba. En el canal de la bahía pitó dos veces un barco holandés. Mi lengua repitió esta palabra: Litiusg, litiusg. Todo lo imposible tuvimos esa noche desde una ventana abierta. Estábamos muy juntos, lo recuerdo siempre. Lejos, en la baja gravedad, las sirenas de tu pie danzaban.
El frío de los años Dibujaba un rostro de gato en la pared —vacía, nueva, recién pintada. El rostro de un gato sin enigmas y luego su piel —sin manchas. Dibujaba la copia virtual de una copia anterior del rostro posible de un gato ya extinguido —sin vida. El rostro seco de un gato cualquiera —sin esfuerzo, sin ninguna tajadura. Igual escribo en la pantalla vacía las palabras gato / rostro / pared sin que pase nada —ninguna revelación, ninguna pregunta. La vida y el arte son fríos. Y nada significan lo nuevo / el sueño / una piel o la expresión en los ojos de un gato —no vivo, escrito, no vivo, dibujado al azar, entre el humo y la niebla, por el inconsciente.
Fin de siglo N i n g u n a lógica Ahora que todo ha terminado ninguna lógica explicaría el vacío.
Niebla de la crisis. Pequeño relato En los años de la crisis iniciamos largas conversaciones por teléfono. Cada noche discaba un número de otro municipio —que para nosotros era oscuramente otra distante ciudad, otra aduana infranqueable, el otro extremo del mundo. Discaba a medianoche la señal esperada: dos veces el timbre, y luego volvía a discar. En el otro extremo del mundo ella permanecía desnuda. Nada fue comparable entonces —tampoco después— a la plenitud que su voz trasmitía al decir: Hola. Escribo sin pretender novedad —como se escribe al regreso del límite— las palabras de un contexto que asumí fielmente. Ella dictó estos diálogos, estas voces habituales: El cubrecamas de raso está sobre el piso, por la frialdad, y yo estoy de espaldas sobre el cubrecamas. Tu voz está sobre mi cuerpo —le hace bien a mi cuerpo la claridad de tu voz en la penumbra de estos años. Muchas veces disqué ese número capturado al azar. Una noche el timbre en la casa distante la trajo hasta mi puerta. En el otro extremo del mundo ella escuchaba una canción: sentí el arpegio de la cuerda en la boca del teléfono y entramos juntos a la sala de conciertos. Puntualmente a las doce vivimos esos años las vidas posibles de La Habana: ahora un cine, después un café, más tarde un paseo junto al mar. Era nuestra ficción de La Habana una ciudad más palpable que la ciudad apagada, física, real. Nunca la vi fuera de aquellos diálogos, nunca lo intentamos. Cortada la ciudad en pedazos distantes, sorprendidos también nosotros por la niebla de la crisis, quisimos salvar el sentido de esas vidas: la intensidad o el relato o la imagen o el deseo de una voz capturada por azar en las líneas telefónicas de una ciudad fantasma.
Noches de 1995, 1996 y 1997 Imitación de Kavafis Era hija de un eminente y honorable cirujano de una isla del Caribe. Trabajaba en un gran hospital. Llevaba ropas sencillas. Los zapatos blancos, humildes y muy limpios. Las manos finas, habituadas al bisturí. Por las noches, ya lejos del salón de operaciones, cuando sentía un enorme deseo por una joya más o menos fina, una joya para lucir en las pocas noches de fiesta, o si detrás de una vidriera había visto y codiciado un hermoso vestido azul, su sonrisa por treinta míseros dólares prostituía. Me pregunto si, en sus años de bonanza, tuvo la fidelísima Habana una joya de mayor belleza, una muchacha más adorable que ella —que terminó tan mal: desde luego nadie hizo ni su estatua ni su retrato; confinada en la frialdad de un gran hospital muy pronto las duras jornadas y esa vil crápula nocturna la llevaron a la destrucción.
Habitaciones interiores En el lado oscuro de la claridad doce girasoles germinan y se agotan —mana la sangre. Los jarrones descansan sobre telas y las telas se agotan —mana la sangre. El artista (ya inmóvil, todavía adolescente) fragmenta su miedo y lo esparce en las flores —mana la sangre. Desde la carne cortada a la altura de la oreja A través de los pisos hacia el mármol blanco En las habitaciones interiores Repetida, sin prisa —mana la sangre.
Amargo palimpsesto de la muerte Cuántas veces ofreciste tu cabeza al vacío. El mar violeta sobrescribía tus preguntas en un cielo estático: amargo palimpsesto de la muerte. Tu cabeza impulsada en el vacío trasmutaba la carne —jugosa o macilenta de los transeúntes— en el alma de un pájaro que picotea la superficie dura de los arrecifes. En la terraza inclinada, solo, tu cabeza imaginaba el alma de un pájaro, una franja de aire entre el silencio y la rutina —la ventanilla del auto al oscurecer, el borde negro de los arrecifes, unas aguas que se agotan. Amargo palimpsesto de la muerte. Cuántas veces ofreciste tu cabeza al vacío. Cuántas veces. Y nunca encontraste una premonición. Nunca una franja de aire o un alma de pájaro trasmutada en el mar violeta que sobrescribía tus preguntas.
Única premonición Sin que supiese por qué me perseguían.
Semana El martes, en un paso de montaña, murió un amigo. Otros dos murieron el jueves, en calles distintas de la misma ciudad donde enmudezco y me oculto y escribo. En el agua salada del mar vi morir el viernes a un cuarto amigo, y antes de llegar a él murió también el quinto: quemado como un paria en la ácida envoltura de salitre. El lunes, todavía el lunes, tiraban fichas a la mesa y burlábamos la muerte —de otros, dijimos, será de otros. Y como un relato trucado, una más de sus muchas ficciones, escuché la noticia imposible en un largo reportaje el miércoles: la muerte brutal y simple del primero. Ayer sábado, sin que los médicos sepan todavía por qué, murió mi sexto amigo, el más sabio y dispuesto, el más joven. No necesito ninguna señal cuando el domingo termina para entender quién está muriendo —protegido impunemente en esta casa de todos los peligros. Y describo el vacío en las formas de esta muerte: el día que se va me lleva hacia la Nada.
La apariencia gris de la ceniza su azogue mortal en la superficie del espejo —que Baudelaire y Block describen como la fatuidad de un lenguaje vacío. su discurso carcomido en las fábulas de la mécanica y la ciencia —que César Vallejo y Allen Gimsberg explican como la sustancia de un mundo sin voz. su disolución de una lealtad y una infancia erosionadas —que José Martí y Rainer María Rilke definen como la traición moderna del sentido. su estatus de materia y tiempo y espacios muertos —que no es posible mostrar, Edel Morales, sino en los textos donde el amanuense escribe su experiencia vivida más allá del límite, en otras realidades perdurables. su miedo —hecho de infinitas miserias, larga ingratitud y olvido. Esperan que agotes tu exceso de bondad, tu demasiada sabiduría. Esperan tu predecible destrucción.
En la puerta del teatro En la puerta del teatro, cuando ya ha comenzado la función: ¿qué acontecimientos espera? Más de una hora estuvo así: la mano abierta, registrando rasgos aislados —ese modo de ser, el ambiente extraviado y fácil de la gente que llega al concierto. El pequeño libro azul —forrado en tela, ilustrado con viñetas de un conocido pintor— permanece abierto, como la mano que escribía, a la espera de algún acontecimiento que confirme qué. (...en una ocasión igual, diez años atrás, habrías luchado un buen sitio en la platea, cerca del escenario, habrías gritado, soñado, vivido, pagado cinco veces el valor de la entrada. más de una noche la mano mostró hábilmente el reverso del billete, los verbos rayados sin estudios ni meditación pero admirables, vivos, libres, admitidos como parte de un ambiente y un modo de ser naturales en la fiebre del concierto. escritas al vuelo, dictadas con velocidad, tus preguntas iban del acontecimiento a la impresión a la idea, sin ocultar o pretender o fingir nada: como va en los solos de guitarra el arpegio libre de la primera cuerda hacia la plenitud en una sala abarrotada...) Los signos dibujados, grabados, marcados en la piel desnuda —esos raros tatuajes que apenas reconoce— eran diez años atrás su vida. El libro —azul, forrado en tela— permanece abierto, pero la mano ya no escribe: estruja el cromo, los hilos de oro, la tarjeta de invitado —ni siquiera oculta, ni siquiera finge un poco de extravío y hermosura. En la puerta del teatro. Solo. Cuando ya ha terminado la función: ¿Qué acontecimientos espera, qué impresión, qué pregunta, qué idea?
El borde del proscenio En mi antigua fiereza y en mi larga humildad, el otro fue siempre. Y caminar sobre la hierba, llegar al borde rugoso de la acera, mirar a la plaza —como un actor que ensaya su representación ante el lunetario vacío: Yo soy otro, y gesticula sus miedos, era un modo de hacer mi propia vida. El otro fue siempre, otro. Y yo mi aspiración, en ocasiones incierta, de caminar sobre la hierba hasta el borde rugoso con que una acera se abre al vacío. Maneras de vivir contemplando el mundo enrarecido por la libertad. Manías que el tiempo vuelve a mostrar en una dimensión distinta. El otro está sentado en el lunetario rojo —tercera fila, tercera butaca, sección izquierda— y contempla mi representación con una sonrisa de ángel triste en sus ojos miopes. El otro era, fue siempre, quien soñó mis días. Y espera que yo diga lo que quisimos ser, que recuerde con un gesto que mi vida es otra, la suya. Vivida con la aspiración y el miedo de un actor que camina hasta el borde del proscenio y escucha en el vacío las más fieras preguntas.
Una pregunta es una pregunta es una pregunta es una ventana que se abre Una ventana iguala otras ventanas anteriores. Iguala su intensidad y ciertos días la imagen —en verdad intraducible— conque la antigua ventana se mostraba. Una ventana es una pregunta es una pregunta es siempre una pregunta —el deseo de ser un espacio que se abre en el placer de las preguntas. Una ventana —abierta de par en par al mediodía— iguala el antiguo deseo y muestra otra vez las dudas de antaño, las firmes preguntas de antaño —la belleza conque antaño el mito se mostraba. Una ventana es siempre una pregunta, tu pregunta —abierta hacia la luz sin sombras que engendra el mediodía.
La luna eclipsa I Y mientras la luna eclipsa: ¿quién escucha mi canción? ¿Alguien oye mi canción mientras ya la luna eclipsa? Bien, escritura, elipsa la doble sombra y conjuga la bruma: cansa, arruga sueños el gran mago de Oz. Escribe un texto sin voz y escribe: La luz se fuga. II Dicta, silencio dador, de la luz la doble fuga. Dicta, silencio, la oruga lame todo el esplendor. El Verbo del Hacedor pone su límite oscuro: no estarás nunca seguro de que vives lo que vives. Sólo si un día lo escribes: La luz en que yo perduro.
El tiempo blanco Efímera fue la alegría. Ahora sólo está el silencio.
Corte de luz Toda la noche la casa ha estado vacía. Viajaba en esa oscuridad: Babilonia, Atenas, el Cuzco —ciudades que invitan a vivir otra vida en calles trazadas para el ejercicio y el goce del amor. Echado en la cama durante toda la noche mira al techo vacío de la casa: es blanco y está totalmente limpio de significados. Pero hay tanta promesa de vida en la contemplación, tanta posibilidad en las preguntas que la incertidumbre y la blancura de un techo aceptan. Barcelona, Buenos Aires, La Habana —ciudades que ha visto pasar desde siempre en el tiempo de la meditación que impone una casa apagada (ni demasiado suyas, ni demasiado ajenas, ni demasiado iguales) invitándolo a vivir una vida distinta en calles trazadas para el ejercicio y el goce de la libertad. Las mira desvanecerse mutuamente después de habitar en ellas durante muchas horas. Sabe que volverán en el próximo corte de luz. Como vuelve en el techo iluminado de la casa el tiempo de la realidad y de la poca acción.
Nosotros mismos Íbamos a ser el hombre nuevo. Minuto a minuto —horas de la niñez, días de la adolescencia, años de la juventud— hicimos lo que se esperaba de nosotros. Edades para alcanzar al fin la gran inocencia —en la vida y en la muerte hicimos lo que se esperaba de nosotros. Ibamos a ser el hombre nuevo. Y sin embargo.
Antes del Big Crunch El Universo expande la finitud de sus cuerdas. No hay bordes. Es de noche alrededor. Y de estos versos —escritos para precisar un instante— nada quedará, finalmente. Lo sé, intentan una imagen imposible del suceso. Perdura en ellos la magia antigua del cazador, su fiebre por encontrar la huella en la espesura, su destino entre el bien y el mal. Los acontecimientos se revelan demasiado visibles, demasiado vergonzantes para una escritura sumergida en el smog y en la frialdad de la época contemporánea. Lo sé, conozco las escuelas y sus dogmas. Nada quedará de su impulso cegador. Nada de la intensidad y la fiebre de esa singularidad desnuda. Es de noche. El Universo se expande. No hay bordes. Pero sí finitud en las cuerdas y en la antigua magia del cazador para cumplir un sueño. En esa fría indeterminación hago lecturas. En ese caos preciso un instante —La Habana, año noventa y sucesivos—y traduzco para un amigo estos versos: hechos con una rara claridad que los condena y los aleja de cualquier estética al uso. Serán barridos hacia otro horizonte, lejos de la corriente. Lo sé. Como sé que ninguna sustancia escapa a la intensa gravedad de los agujeros negros. Ni siquiera la luz.
El doble dolor O poeta é um fingidor, leí una tarde en Pessoa, finge que es loa su loa, dolor su mismo dolor. Escribe siempre el clamor intenso de lo vivido: lo que quiso, lo perdido, el doble dolor que siente cuando finge un aparente dolor que tanto ha sufrido.
Ayer, mientras leía a Borges Para Aymara Aymerich Ayer, mientras leía a Borges, pensé de un modo diferente la tristeza. El polvo al pie de las murallas era el polvo apagado en una tarde de verano, pero en la página viva fue el pulso intemporal de una escritura —suspendida desde antaño entre el musgo y las losas de mármol— y fue también la huella manifiesta de un origen —perdida bajo el agua en la memoria de cien generaciones. Nada de lo que llamamos real hizo que pensara la tristeza de un modo diferente —la vida es ahora virtual y distante y débil es el pensamiento de la época, you know. Al pie de las murallas gocé tu desoladora belleza y la belleza del mar recomenzando, pero no deseaba en verdad un modo diferente —la vida es ahora una copia y tu cuerpo repetición de otros cuerpos pasados y por venir. Los magníficos dramas hicieron a los griegos eternos y a Shakespeare un hombre obligado y libre —descansan, sin embargo, muy lejos de lo real: en la tensa plenitud de su tiempo, o en los espacios congelados de las videocintas, el mito digital y la imagen. Nada en el mundo físico anunció el sentido de aquella revelación; pero ayer, mientras leía a Borges —lejos del mar y las murallas y tu rostro y el polvo— pensé de un modo diferente esa humana tristeza y la serenidad y el oro de una página.
Los pos(tres) ¿Cuál fue la causa de tan grandes penas? José María Heredia
Una mano en el traspié He pensado en la muerte; de un modo más preciso, en morir —un verbo minucioso, apegado siempre a lo real de la experiencia. Cuando regresaba tarde a casa, por las calles vacías, he pensado mi muerte. Fue ayer, digamos ya casi un hoy sin sombras; pero aún ahora estrujo contra el rostro una mano crispada. De nada valen los actos durante tanto tiempo más o menos dedicados a servir. De nada valió amar con toda el alma. Sin una mano en el traspié, sin una mirada o una sencilla palabra de ánimo: destruido estoy y solo, con mi verdad a cuestas. Y nada pueden hacer las multitudes a las que tantas veces puse en marcha. Y nada puede la mujer que quise entera. Vacía está la vida en la pobre ciudad vacía. Con la mano crispada en el rostro he pensado en morir, apenas ayer, hace un rato simplemente, digamos ahora.
Vitalidades carentes de provecho Para qué te sostiene. Para qué se desgasta inútilmente mi psiquis —que alguien menos triste llamaría sin eufemismos mi alma— en vitalidades carentes de provecho. Para qué me infarto. Para qué retorno en paz a ese futuro anulado antes de ser —los libros, los nietos, los caminos— con giros y palabras que igual pronunciaría en el más árido desierto. Por más estoicas que sean sus previsiones nada significan en tu argot los amables gestos —incomprendidos siempre— que mi ánimo intenta proponer. Carente de emoción está tu vida, seca. Desolada y fría está tu especie, recelosa del bien. Como el arroz marchito antes del sol de su cosecha. Como los capiteles muertos tras el paso de los siglos. Así es mi miedo a perder por inacción —o por ausencia elemental de forma y de sentido— lo que siempre supe definir: lo más amado. Así es el nervio de mi entrega. Pero pasan los días y las noches y otra vez los días marcados de la fiesta sin que mi voz te encuentre preparada. Para qué te sostiene, me pregunto, para qué. Si la ciudad se expande y me seduce y canta. Para qué se desgasta inútilmente mi alma lamentable.
Variaciones en los pos(tres) para El Poeta de Cernuda La edad tendrás entonces que él ahora cuando en el tiempo de la siega y del reposo, honores de un sosiego eterno que apacigua —tu memoria, tu certeza, tu silencio— algunos versos lleves a otras manos para mostrar y hallar signo de vida. Algo nos dirán, en el futuro, voces ignoradas, descendientes de la palabra nuestra, y las de extravagantes lenguas, cuyo acento tentativas distantes nos revelan. Pues las cosas, —la tierra, el mar, los árboles, la estrella— eternas siempre permanecen. Eternas y cambiantes, hasta que un día se omiten de un plumazo en la expresión de estos poetas —hijos o no de nuestra lengua, los más contemporáneos— que infundan con nosotros, por su obra, la sed, la incertidumbre plena en todo el mundo visible e invisible. Con dolor e irreverencia así aprendiste que en torno el ser humano abjura de la imagen misteriosa y divina de las cosas, —y de ellos— a mirar inquieto, como espejo múltiple, sin el cual la creación sería vana hasta estallar su anhelo en los poetas. Aquel tiempo vendrá, o tú vendrás, mostrando una fiereza intemporal y antigua: —adonde estarán ellos cuando tengas la misma edad que hoy el Poeta tiene— lo que tu sed recuerda y la suya busca, habrás perdido entonces. Escúchalo pues, que una palabra amiga vale mucho en esta soledad, en este breve espacio de estar vivos, y nadie sino tú puede decirle: —a aquel que te pregunta adónde y cómo vaga— venga a estar en el origen de un mundo. Para el poeta estar es lo bastante e indiferente el crédito o aplauso hacia su entrega, pues en él a cada instante se recrean, —como uno son la tribu, el mito y la palabra— las tres alegorías en tanto otro lugar dispersas: la idea, el origen, y la voz.


 

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