Elías Hacha

Versos custodios

 

Maso da San Friano: La caída de Ícaro (1570)

 


 

Vectores en el espacio del personal laberinto, estos versos asumen el desafío de señalar hacia un único punto en el que cierto día me situé por entero, una íntima y rara posición para la que mi limitado sistema de referencia carece de cualquier coordenada que pudiera hacerla participable más allá de la mera deíxis. Desconozco si tal vivencia supuso la cima de mi conocimiento o el fondo de mi locura. En todo caso, dejó la marca de su insólita plenitud en mi memoria y en mi desvarío.

Versos así nada pueden reflejar. Su designio es extenderse hacia tus ojos creadores como meras líneas indicadoras trazadas desde distintos focos de mi cábala predilecta; replegarse, para los míos, como pilares irregulares del placentero y reservado empeño con que, a contramundo, me atrevo a hilvanar semejante conjetura.

Paradójicamente, este poemario es a la vez la menos fantástica de mis obras y la más ostensible muestra de mi incorregible afán por suscitar la maravilla. Flechas arrojo, con vocación de tocar siempre en el centro. Qué cosa sea el centro, lector, tú dispondrás.



1

[ÍCARO ALCANZÓ EL SOL]

Sólo por un instante
quiso fundir el fuego de los fuegos
la pretenciosa cera de mis alas;
sólo por un instante arrancó de mis hombros 
el reiterado ensueño que me limita humano.

Y mis manos, mi rostro, mis talones, mi espalda, 
estallaron en ojos y más ojos,
ojos multiplicados sobre mi carne firme, 
redondeada ya en el ojo redondo de la redondez plena.

¡Qué dulce el centro amado, la confusión del cuerpo, 
los muslos encendidos de la vida! ¡Qué gloria insoportable 
dos bocas una boca, dos rosas una rosa, 
una explosión tan una!


2 Resurgiste, ¡indemne!, del vuelo de los vuelos. Fue gozo del gozo de los gozos. Suerte fue de suerte entre las suertes. Ardías, fuego tú del gran fuego, en la vivísima deflagración del núcleo y, ante tus propios ojos nacidos de la lluvia, núcleo tú mismo te llovías en partículas doradas de conocimiento. Las veías poblar el aire y sus confines, las sentías superpuestas al mundo como imagen plural de tu propio corazón pulverizado. Las sabías fuera de tu cuerpo y eran parte de él. Cada gota encerraba tu secreto y el secreto soñado de todo cuanto vive. Regresaban a su forma animal, desde todos los ángulos, ráfagas doradas atravesaban tu piel, empapaban tu frente, desbordaban tus cejas, entraban en tus ojos -y todo era dorado- enrojecían al resbalar por tu boca entreabierta y te desembocaban, tumultuosas, en la piedra encarnada del pecho. ¡Qué tentación, entonces, disolverte otra vez, recuperar el estado de absoluta fusión, invertir el sentido y ascender, entre lluvia y vapor, hasta la entraña incandescente, insoportable!
3 Bulleron al unísono las notas exactas en las venas. Tres, cinco, cien, innumerables pulsaron sin aviso alguna zona ignota de la selva electrizada y visceral de su cerebro. O fue en el corazón. El viejo acorde resonó por un instante y grabó la marca de su temblor como en la madera virgen de una joven viola. El viejo acorde, básico, inhumano, fue ser humano aquella vez; el ser humano, viejo acorde en un ahora ineludible, exento de sucesión, eterno; en un aquí liberado del espacio; en un así sin forma, sin posible contraste, universal. Y de golpe, el minúsculo cuerpo reclamando su mineral contorno; y, otra vez, el acorde infinito, cuerpo contra acorde, presencia contra presencia, vertiginosa sucesión polo a polo de ser, pugna entre el fuego sin fronteras y un carámbano sucesivo y concreto, asalto tras asalto, hasta quedar un hombre radiante y desmañado que se puso a ensayar un nuevo paso, celebrando su peso sobre el suelo, en el pecho el eco del eterno son.
4 El sí, el roce repentino, el arrebato certero de ser, inolvidable ya. Esta humana forma en gloria y en temor sumida ante el misterio, en precaución suprema por conservar el rostro, y sin embargo rendida - enamorada- a tal revelación, osada y perpleja en su gozoso miedo. ¡Bienhallada la fluidez indescriptible que disuelve los elementos y declara los corazones!
5 En pie quedé, resuelto en fuego, vivo, inevitablemente firme. Firmemente atrapado, como tener arterias, como saber andar.


 

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