Eliacer Cansino

Acero inolvidable

 

Anish Kapoor: Puerta de Nube

 


Querido amigo:

Ahora, cuando te escribo, me invade la desolación. Quizá tú tan dado al juego, a preferir el azar a la disciplina de las causas, te eches a reír y te reafirmes en tus ideas sobre la creación. Yo no puedo. Sé que hay una creación que tiene su origen en el libre concurso de las coincidencias que después una mente atenta selecciona y dirige. Si no es así, si esta última orientación no existe, entonces el azar no es nada. Admito pues el juego de los hallazgos imprevistos, pero me niego a admitir como obra de arte aquello en lo que no hay intención alguna.

Sé que fruncirás el ceño al leer lo que te digo, tan contrario como eres a mis viejas teorías. Pero aunque esboces una sonrisa, escucha esto y saca tú las conclusiones.

Hace unos días fui a una galería muy conocida aquí en Nueva York para contemplar una exposición de escultura contemporánea. Me acompañaba Lynda, la chica que conociste este verano y que no sé si a estas alturas tendrá intención de seguir conmigo. Como había sido ella quien había insistido en la visita no quise defraudarla y le oculté mi decepción. No lograba entender nada y, lo que es peor, tampoco nada me emocionaba. Todas las obras eran piezas frías: filamentos de metal, níqueles, rombos, cuadrados... figuras geométricas inventadas, creo -no puedo evitar ser irónico-, hace ya algún tiempo.

Pero no es eso lo que quiero decirte. De repente, un brillo intensísimo llamó mi atención. No sé decir si fue una luz certeramente colocada o un rayo de sol azaroso lo que había incidido en la escultura que tenía delante de mí provocando aquel estallido de luz. Lo cierto es que me acerqué atraído. Sobre un pedestal “castamente” neutro se extendía una forma amablemente redondeada sin la agresividad de aristas de las demás. La superficie era de un pulimento perfecto, con un fulgor poderosísimo, aún no sé si debido a la luz accidental. Miré el título -no puedo evitar ese gesto, lo reconozco, pues mal entiendo todo lo que no posea una palabra- y al leerlo me sentí conmovido por el acierto poético: ACERO INOLVIDABLE. Y en efecto, lo era. En medio de aquella uniformidad inane, la escultura que tenía frente a mí poseía una capacidad de fascinación especial. No entendía por qué los demás visitantes no se detenían en ella. En su rotunda abstracción había una claridad inusual, como si fuese el acero ideal platónico.

Corrí en busca de Lynda: “Ven a ver esto, va a gustarte”. La llevé frente a la escultura, dejé que la mirase y entonces le dije: “Ahora lee el título: es como tu alma”. Mi amiga dio la vuelta, conmovida por mi repentina emotividad. Se puso frente al título y leyó. Yo esperaba su gesto de complicidad cuando levantase los ojos, pero al hacerlo me miró seria, movió la cabeza en un gesto airado de reproche, se dio media vuelta y se fue para afuera. Corrí a donde el título y volví a leer. No podía creerlo, ¡no era verdad! Allí ponía ACERO INOXIDABLE. Volví a cerciorarme: ACERO INOXIDABLE, así exactamente, y yo había creído leer ACERO INOLVIDABLE. ¿Pero era posible? ¿De dónde había sacado yo esa imagen poética? Volví a mirar la figura y para entonces ya había perdido el fulgor, o yo no se lo veía, y tan sólo era un simple trozo de acero inoxidable sobre una peana ¿casta?, ¿eso dije? Acero inoxidable como el alma de mi amiga. ¡Dios! Cuando salí al vestíbulo ella ya no estaba.

Esa misma noche me llamó por teléfono:

-Mi alma es de acero inoxidable, pero la tuya ni siquiera es de acero, ¿sabes? Es de hierro, y ¡está mohosa!

Algunas veces pienso: ¿creé yo aquella escultura, la creó el artista, el accidente? Trastocar inoxidable por inolvidable convertía aquella simpleza en un poema. Y en cambio el artista ni lo había pensado, sólo quería decir: acero inoxidable, así, como un tenedor, una tuerca o una cazuela de las que no hay que frotar para limpiarlas.

Eso y no otra cosa es lo que yo llamo arte sin trascendencia. Déjese de simbolismos, de significados ocultos -parece decirnos el artista-, no vaya más allá, simplemente quédese aquí en el -iba a decir corazón, pero será mejor que diga caparazón- caparazón hueco de este acero inoxidable. ¿Lo ve? Nunca se oxida.

Hace unos días en mi clase de literatura española comenté la anécdota (no estaba Lynda presente) y una de mis alumnas, la señorita Kolvach, la más aplicada y entusiasta dijo:

-Eso que dice del corazón-caparazón, me ha recordado un fragmento de Juan Ramón Jiménez, cuando el poeta pisa un cangrejo y dice: "era una cáscara vana, un nombre nada más, cangrejo".

Quizá lleves razón, amigo, y sea el azar quien todo lo provoca, como esa asociación inesperada de la señorita Kolvach a la que, seguro, te gustaría conocer. Pero ya seguiremos hablando.

Por hoy he de dejarte. Tengo estropeada la calefacción y hace mucho frío en Nueva York. Un frío que aquí, entre rascacielos, parece un filo de acero inoxidable que te corta la cara con la limpieza de un bisturí.

Que el azar no tarde en llevarte mis palabras.


 

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