Daniel Lebrato

3 reinas


 

¿Pierre Marechal?: Naipes ingleses del siglo XVI¿Pierre Marechal?: Naipes ingleses del siglo XVI¿Pierre Marechal?: Naipes ingleses del siglo XVI

 


 

[REINA 7.]

Desde el colegio alguien me pide una canción de amor.
Como esos dibujos callejeros que un dibujante
hace a lápiz, su retrato en un minuto, dictado
por oficio, alguien me pide una canción sin que sea
cartón piedra ni reclamo turístico, your name
here. Canción que yo he supuesto silábica y rimada,
con algo de romance y de con flores a maría,
grata al oído de la clientela, discretamente
mercenaria. Qué menos por un beso o por un vaso
de bon vino. Pero vienen los siglos en mi contra,
la pesadilla del enano y los gigantes. Otros
versos que no dejan libre verso alguno me mandan
callar. Desde el colegio, reina, una canción de amor
por amor es más difícil que escribir por encargo.


 

[REINA 8.]

Por amor el guante de los desafíos, la mano
de las ofensas. Por amor las alhambras perdidas.
Por amor el callejón de las navajas, caminos
de finisterre. El suicidio, la cita inaplazable,
lo mejor de nosotros y lo ruin, el ne me quitte
pas, por y contra el amor. Como algunos campanarios,
como algunos solos de trompeta o el pasodoble
de nuestros padres en la era romántica y lite-
raria, cuando el amor procedía de una persona
sistemáticamente amada. Pero en estos tiempos
de diván, mi reina mía, no importa el adjetivo
sino el sustantivo. No el ser amado, ser amante.
Pornografías y excesos sentimentales inclu-
idos, qué pasa por mí cuando te digo te quiero.


 

[REINA 9.]

Cuando te digo te quiero, reina, no es por tus ojos
(no soy Bécquer). Ni por tus labios. Ni por tu nariz
algo cubista, espectáculo mejor que la Jacque-
line de Picasso. No fue verte aparecer un día.
No fue la lucecita verde que como los taxis
teníamos entonces, disponibles. No es cumplir
trienios contigo viendo que tus ideas perma-
necen y cambian como tu pelo cambia de Pasio-
naria hasta lo garzón. No tienes el alma que yo
compraría. No eres ni mi igual ni mi complemento
perfecto. Ni guerrero ni descanso ni costumbre.
Te quiero, lo sé, porque te rozo y viene de ti
para mí una corriente eléctrica que no es amor
más allá de nada. Muero por ese escalofrío.


 

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