David González Lobo

Umbría

 

Pareja japonesa

 



A veces las palabras son gorriones escarbando, 
picoteando la tierra y la hierba tan verde.


Esparcen nubes de polvo de arena.
Al trasluz van escondiendo el esmeralda de las hojas.


De pronto,
brota una sombra de agua.


¿Escuchas? Cayó en el estanque de la entrada de la Escuela al lado del muro donde te sientas a merendar y a fumar. Perfectamente verde, oval, y con la nervadura marcada. Uno se pregunta: ¿por qué? Las respuestas muchas veces son sencillas y muy simples. Uno insiste: ¿por qué?
Hay días que no necesitamos tabaco ni vino. Quizás un vaso de agua fresca porque la sed es tan grande que no sabemos qué decir o cómo decirlo o porque lo que decimos es tan claro que no es lo que decimos. Un hombre mira a una mujer en el muro del estanque de la Escuela. O un hombre mira la hoja tan verde del viejo pitosporus. O un hombre mira las dos a la vez. Cae el hombre. Cae la hoja. Pero la mujer no está en el cielo. Y uno no sé pregunta dónde está la mujer. La respuesta es muy sencilla. Y también la mujer la sabe.
Un hombre y una mujer se miran y el jardín desaparece.
Que las palabras tengan toda la carga y el peso conque han salido de nosotros. Como el de las palomas, los mirlos o los gorriones cuando se elevan hacia las palmeras o cruzan los parterres atraídos por los insectos. Como el de la masa vegetal, rotunda, del Laurel de Indias. Como el de la blanca, casi azul suave Dimorphoteca fruticosa, que el viento mueve como ropa interior femenina. Como el de la Grevillea banksii, florecida como la bandera de un festín en una casa de adolescentes. Como el de la hoja tan verde del Pittosporum tobira cuando va cayendo en el estanque e insistimos en el por qué. Como el de tu cuerpo de muchacha en el muro del estanque cuando meriendas o fumas a las seis y media de la tarde mientras cae el peso de mi cuerpo por la atracción de gravedad del cuerpo de la muchacha en el muro del estanque. Como el peso de la muchacha que no está en el cielo y ella y el hombre lo saben. Como el peso de la mirada de la mujer y el hombre que es el que hace desaparecer el peso del paisaje. Sí, que las palabras sean lo que son y que se combinen y adquieran el peso de la luz que recae en el peso de la sospecha y en el peso de una ligera ansiedad.
Las preguntas -Por fin has regresado-. Sólo había salido un momento a la ventana a buscar estrellas en esta noche oscura o los fósforos de las dudas de los invitados que no vinieron a la fiesta. Y sólo he visto la hija de la gata que desterraron del jardín y a sus cuatro cachorros entrando en el parque de María Luisa. Comprende: el hombre ve muy poco y menos por la noche entre las sombras y entra en más sombras. -Un momento, tengo sólo dos manos y estoy también con mi hijo, debería haber otro tiempo-. Buscamos un tiempo en otro tiempo pero siempre estará en el tiempo de la vida; esa es la fiesta, la vida de arriba a abajo. En el tiempo abandonado, en el de la muerte, dicen que no hay muchachas ni muchachos ni amigos y las estrellas las ves colgadas de una cuerda como adornos en la sala de una fiesta infantil. No te engañes, no hay nada más que esperar del tiempo. Así los dioses nos cedan el cuarto ojo y el séptimo sentido. ¿Cuántas manos tiene ahora? -Tres, una para escribirte, la que me sostiene la barbilla para concentrarme y la tercera, para vigilar a mi hijo. ¿Dónde estás?- En un folio, entre preguntas, en un recodo del Guadalquivir donde cae una piedra y en aquella poza de greda del arroyo Parangulita, con el agua hasta la cintura, donde el hombre ciertos días, cree sospechar que acaba de caer una hoja a la vuelta del camino. -Y sigues con respuestas abiertas-. No, ahora soy una pregunta sencilla: ¿Qué pasará ahora al bajar a la calle cuando suba a la bicicleta? -Me dices que estás entre preguntas, que eres una pregunta, cuando te digo si estás bien o mal-. ¿Un cuerpo en el viento, te parece una respuesta ecuánime? ¿O será mejor y más claro un pensamiento acelerando por la pista del aeropuerto de San Pablo o una mujer volando desde la acacia de tres espinas hasta la palmera canaria o un corazón que planea por el pabellón de la casa donde está el jardín o un hombre que sube a un globo por la escalera del pabellón del oído? Desde la calle San Fernando hasta la valla del jardín saludo a uno o a varios de mis pensamientos o quizás sea sólo uno danzando con otro o con él mismo cogido de su mano y de su cintura. La mirada de un caballo que arrastra un coche ¿cuál número de la resignación o del dolor simboliza? ¿La de un perro que indica que ha encontrado el camino, es ya un símbolo de la unidad? ¿La de unas gatas que son amigas mías y a las que sólo puedo saludar desde aquí porque así es la ley del espacio, puntualizan que un hombre ha perdido su casa? ¿Quizás, también este es uno de los caminos, cómo negarlo...? ¿Quizás una tarde en Nicaragua antes de morir? Ayer hablé con una margarita azul, es pequeña, muy pequeña, quizás por eso hablamos bajito y para no desvelar nuestra comprometida intimidad. Me dijo casi en silencio: -La muchacha es una mariposa como yo... La miré de perfil como si ella estuviera hablando con la hierba y con en esa flores amarillas que parecen meramente de papel. -A veces es difícil seguirte-. Amiga, hablo del tiempo pequeño, el de la arena que el viento mueve por las noches antes de la lluvia. Me gustaría un poco de comprensión, es sencillo. Mire este nuevo ejemplo con paciencia: la hoja de un laurel de Indias en su mano. Nervios, verde intenso, nervios. Llámela: vida, resumen de un fragmento del paisaje, amiga mía. Aún respira en su mano cierto mapa, tal geografía, el boceto con que podrías iniciar un bosque, dos árboles amigos un árbol solo, un árbol solamente abrazado por un hombre. Pero usted necesita ver el árbol, olerlo, oírlo, tocarlo, lamerlo. Quizás la foto de un niño en su hombro podría resultarle una manera más cercana y diferente de comprenderlo. -Lo sé... pero a veces me quedo con la duda de si estas aludiendo a otras cosas, hablas así de repente, en medio de preguntas muy cotidianas-. Todo es exacto y múltiple pero como en un mapa inmenso, así casi duele encontrar un país y al hombre, ¿imagínese? Piense en aquel mapa que usted hizo de España en la escuela. Sin embargo, ¿usted sabe lo que contiene la tierra, sabe lo que contienen las otras personas? Apenas cantas un acorde de lo que sueña Apenas cantas un acorde de lo que sueñas en el camino del jardín de las xerófilas. En la arena todo es tan inmenso. Ofreces detalles; regresas a la ventana con el telescopio y lo guardas en su caja como quien arropa a un niño cansado. A veces se escuchan pequeños fragmentos de un dictado.


 

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